2018 / Ago / 09

Callarme cuando estaba furiosa no era una de las técnicas más hábiles. El tiro solía salirle a todo el mundo por la culata. Sin embargo, William no quiso ir a más, se mantuvo ahí, en un beso y después, me dejó llorar contra su pecho.

Ambos sabíamos lo que teníamos que hacer. Aquella noche iríamos al restaurante al que ya tenía planeado llevarme William, de forma que nadie pudiese sospechar nada. Esperábamos que no fuese tan listo como decía que era, porque de ser así, todo terminaría sin haber empezado siquiera, o terminaría peor aún de lo que yo hubiese podido desear nunca, con mi cuerpo a saber donde abandonado a la suerte de quien quisiese encontrarme cuando ya estuviese irreconocible.

Si aparecía, la policía lo atraparía.

Nos arreglamos como si no temiésemos nada. William no me dejó sola ni un solo segundo. Estaba temeroso, sí, temía por lo que pudiese llegar a pasarme si él no estaba delante para golpear a quien intentase hacerme lo que fuese o para llevarse la bala si me disparaban. Quizá, mi romanticismo idílico estaba viendo en él cosas que no sentía, pero sí era cierto que no me dejaba sola ni a sol ni a sombra.

Habíamos pasado la tarde como mejor habíamos podido. Nos habíamos ido arreglando con calma recordándole al otro que no estaríamos solos, que todo iría bien. La policía iba a estar allí, el operativo estaría listo. Simplemente teníamos que intentar cenar, eso era todo.

William había llamado a un taxi. Nos subimos a él y tuve cuidado de que no se escapase nada de mi pecho por el pronunciadísimo escote que tenía. Normalmente no estaba nada segura llevando vestidos así, pero si el asunto iba de provocar, debía hacerlo, ¿no?

Los labios de Verdoux se encargaron de recordarme su presencia deslizándose muy lentamente por mi cuello. Me sorprendía que estuviese lo suficientemente tranquilo para dedicarse a jugar de esa forma. Sus labios me hacían estremecer por completo y cerrando mis ojos el camino se me hizo mucho más corto que si hubiese estado pensando en Douglas.

Bajamos del taxi y caminamos hasta el interior del restaurante. Todos nos miraron por alguna razón que yo desconocía, pero me percaté cuando observé que la mayor parte de las mujeres no lucían un vestido tan… vistoso como el mío. Me sonrojé hasta las orejas. Aunque aquel momento de vergüenza rápidamente se vio eclipsado por el horror que atenazó mi estómago cuando Douglas rozó la parte baja de mi espalda con las yemas de sus dedos entrando en el restaurante justo después de nosotros.

— Está… tan apetecible, señorita Mijáilova —el susurro en mi oído me puso la piel de gallina y no en el buen sentido.

¿Cómo había llegado allí tan pronto? ¿Cómo habían permitido que entrase al lugar? Mi corazón latía dolorosamente recordándome que aquel hombre hubiese dado lo que fuese en ese momento por acabar con mi vida o por terminar revolviendo en mi interior hasta llevarme a la locura más extrema. Si hubiese sido un lobo, como el de Caperucita roja, sabía que se hubiese relamido dispuesto a cazar.

A mi lado, William había estado a punto de saltar, de realizar algo de lo que se hubiese arrepentido pues en aquel restaurante no estábamos solos sino también su agente. ¡Qué casualidad! Aquella mujer me ponía enferma. No sabía qué temía más, si sus tentáculos o la manera en la que Douglas me arrancaba la ropa con la mirada. ¿Cómo podía llegar alguien a tener una obsesión tan grande por mí en tan poco tiempo? Bueno, en realidad, ¿cómo podía alguien obsesionarse conmigo? No tenía sentido, no le encontraba lógica, pero sospechaba que debía ver en mí a Grace de alguna forma y por eso sentía atracción hacia mi persona.

Caminé con William hacia la mesa que nos habían reservado. En el trayecto pasamos por la mesa donde Miss Silicona le miraba con esos ojitos de corderito que no engañaban a nadie. Mientras tanto, mi mente sentía los dardos que me clavaban las miradas de Douglas que no se desviaban de mi anatomía ni por un solo momento.

Me senté en el lugar que me indicó el literato. Me había puesto de forma que él quedaba de espaldas de Douglas, porque creía que no se controlaría si seguía viendo que estaba dispuesto a pasar por delante de él aunque fuese mi acompañante. ¿William celoso? ¿No se suponía que había que tener miedo? Nunca entendería la mentalidad de los hombres por mucho que lo intentase. La lógica desaparecía aunque yo tampoco es que fuese demasiado común en muchos instantes.

El camarero nos entregó una carta a cada uno y se fue para servir a otros comensales. Intenté fijarme en lo posible en el nombre de cada uno de los platos. No me sabía el nombre ni el aspecto de la mitad. O era mi escasa concentración o temía no había leído ese tipo de platos en mi vida. Después, me percaté que era la traducción al alemán que tenían en aquel restaurante por deferencia a los familiares del dueño que iban de vez en cuando. Los nombres de los platos estaban escritos en un inglés perfecto justo debajo, con una letra más pequeña, pero lo suficientemente legible.

— Ahora mismo vengo…

William se levantó para ir hasta la mesa donde estaba su agente. ¿En serio? ¿Estaba tomándome el pelo? Me había dejado tirada en la mesa teniendo a un tiro de piedra a un hombre que deseaba quitarme la vida y él se iba con la rubia artificial sin importarle mi propio bienestar ni míseramente.

Fruncí mi ceño, tan molesta que casi le tiré la carta a la cabeza, aunque con mi puntería seguro que la hubiese terminado dando a la rubia en una de sus tetas de silicona.

El chasquido de la lengua de alguien me hizo dar un pequeño respingo en el asiento. Sin que me hubiese percatado, Douglas se había situado justo detrás de mí, rozando con sus dedos mis brazos antes de hablar.

— ¿Y aún así lo prefiere a él? Ni aún sabiendo que podrían terminar con su vida con un solo disparo o de la peor manera posible, se mantiene a su lado. Juega con usted, con su amor y le deja, Kyra… ¿cómo puede ser tan inteligente para algunas cosas y tan tonta para otras? Él no la ama ni lo hará nunca porque su corazón siempre ha pertenecido a Eliza.

Y fue casi inmediato pronunciar Douglas su nombre, que William se girase y tener la certeza de que aquello iba a terminar increíblemente mal.


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