2018 / Ago / 09

— ¿Puedo saber ahora de qué iba todo eso de la policía? ¿Quién es ese hombre de la foto?

Habíamos llegado hacía tan solo cinco minutos al interior de nuestro hogar, o del que había sido mi hogar durante un espacio tan corto de tiempo que casi me había parecido imposible. La idea de tener que dejar todo aquello de nuevo comenzaba a hacerse palpable salvo que consiguiesen pillar a Douglas, o como a diantres hubiesen dicho que se llamaba en realidad.

— Era o… es teóricamente aún, un paciente.

— ¿Un paciente? ¿Y su código deontológico, señorita Mijáilova, dónde lo ha escondido?

Le miré enarcando una de mis cejas y esperando que ese comentario fuese un vano y horrible intento por hacer una broma en ese momento. Me senté en el sofá donde había observado a mi paciente contarme los peores secretos que hubiese escuchado nunca, además, de ese deseo porque me picase la curiosidad para saber algo sobre la vida de William.

Fruncí mi ceño. Intenté calmar mis emociones. Ese ser abominable seguía por ahí, seguía libre a pesar de haber matado o mandado matar a mi perro. A pesar de haber quitado la vida a once mujeres contando a la pobre que había tenido la horrible mala suerte de parecerse mínimamente a mí.

La policía no había encontrado aún ese cadáver, pero esperaban que en lo posible pudiesen encontrar las pruebas necesarias para no tener tan solo la confesión grabada, sino poder asegurar que esa joven que decía haber matado no era otra que ese cuerpo sin vida que permanecía allí, en soledad, a saber donde, sin que nadie hubiese sabido que acababa de fallecer por el placer sádico e incomprensible de un hombre trastornado de una forma inimaginable.

Me abracé las piernas y aquello pareció hacerle entender a Verdoux que no debía hacer bromas, no en ese momento.

— Me contactó en Belfast. Se acababa de ir hacía poco y había sacado a Rochester a pasear. Mi perro se puso a ladrar, a gruñir, y él ni tan siquiera nos había visto. Iba con una mujer y se metieron a un vehículo. Quiso saber mi nombre, no se lo dije y me alejé lo más deprisa posible de ese hombre, pero el coche volvió a aparecer. Él no salió, lo hizo su chófer quien empezó a llamarme. Me negué a escucharle y seguí adelante, hasta mi hogar. Cuando pude llegar al piso, le vi por la ventana, apoyado en el carísimo coche, fumando un cigarrillo y tan vestido como si no acabase de oírle hacía tan solo unos minutos tirarse a aquella mujer en su coche —me quité la coleta y me hice un moño porque necesitaba calmar la ansiedad que tenían mis propios dedos por moverse, por hacer algo diferente a lo que estaban haciendo—. Tiempo después, cuando conseguí el trabajo aquí, se puso en contacto conmigo. Me hizo una… entrevista, si es que se le puede llamar así y me hizo firmar un acuerdo de confidencialidad vitalicio. Solamente si uno de los dos moría cualquiera podía hablar.

— Aceptó algo semejante, entonces.

— ¡Por Dios, William! Lo máximo que podía ser era un acosador, nunca me había tenido que enfrentar a nadie con tanta mierda en la cabeza. No, al menos, que resultasen peligrosos. Así que sí, acepté, me parecía un chollazo por escuchar a un ricachón creído contarme sus problemas con las mujeres o a saber qué. El único problema es que todo fue mucho más grave de lo que yo esperaba.

— Podía haberlo pensado antes cuando la había buscado sin conocerla como un maníaco —su rostro y voz se habían tornado tan fríos que estuve a punto de explotar con una risa sarcástica y un comentario que tuve que comerme, pero no fue necesario decirlo, él se dio por aludido solamente con mi mirada—. Usted misma debería saber que no son comportamientos normales.

— Sí, lo sé. Y por eso mismo tendría que haberme alejado de usted, el primero.

Mis palabras tuvieron un gran peso. Ambos nos habíamos alterado considerablemente. El literato no me dirigió la mirada mientras iba hasta la cocina tras susurrar un “me haré un té” que prácticamente había tenido que adivinar porque me había costado entenderlo por lo bajo que lo había pronunciado.

Estuvimos en silencio el tiempo que tardó en hacerse el té. Aproveché todo ese tiempo para elegir exactamente qué podía llegar a decirle. No sabía si era conveniente que supiese que era un asesino. Quizá solo debía saber que se había obsesionado conmigo y ya está. No comprendería que hubiese querido tratarle al saber que era un homicida.

Fruncí mi ceño cuando se sentó delante de mí. Estaba en el mismo lugar que había estado antes él. Ese ser que había trastocado mi vida de una forma aún peor que lo había hecho William.

— ¿Por qué ha matado a su perro?

— Porque no cumplí sus términos, sus reglas ni quise tampoco acceder a ser “suya” y no “tuya” —le miré encogiéndome de hombros antes de apoyar mi cabeza en la butaca. Por la reacción de William estaba claro que hubiese preferido que le dijese que era asesino.

— Así que se ha obsesionado con usted… No sé porqué no me sorprende —bufó mirándome como si yo tuviese toda la culpa—. ¿Ha estado intentando conquistarle también?

Abrí mis ojos como platos sin poder llegar a creerme lo que estaba escuchando.

— ¿Y me lo dice quien por lo que sé se mete las noches que no viene aquí a la cama de la pelirroja despampanante que tiene en su casa viviendo como si tal cosa? ¿Al que no le importa ni una condenada mierda como yo me sienta cuando pronuncia el nombre de otras mujeres en sus sueños? ¿Al que le da igual pensar que he sido yo quien he intentado quitarme la vida en lugar de creer que alguien ha podido atacarme o que me haya dado un shock? —dije tan alto que podía sentir una puñalada en mi garganta con cada palabra.

William se quedó en silencio. Se limitó a mirarme. Luego, se levantó en un solo movimiento, cruzó la distancia que nos separaba, me agarró de los hombros y apretó mi cuerpo contra el suyo terminando por besar mis labios como lo había hecho en el hospital. Podía sentir en ese beso el temor a perderme envolver mi corazón hasta apretarlo igual que si lo hubiese rodeado una malla de aquellas usada en las guerras o para evitar que alguien escapase de donde se suponía que debía estar encerrado. Protecciones que desgarraban la piel y ahora el corazón.


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