2018 / Ago / 09

Catherine me había prestado su teléfono móvil durante el tiempo que había estado en el hospital. Gracias a ese teléfono había podido ponerme en contacto con Heinrich. Él había aceptado ayudarme si era algo tan urgente como parecía con la promesa de que le contaría todo lo antes posible. Había mandado la grabadora por medio de un mensaje y había puesto un nombre diferente en el paquete para evitar que Douglas se diese cuenta de todo eso.

Había guardado la carpeta y la grabadora en bolsas de plástico que había comprado, de esas para envasar al vacío los alimentos por lo que dudaba que fuese a sospechar algo si alguno de los que me estaban vigilando se había percatado de aquella compra. No era algo inusual, era de ese tipo de cosas que se tenían en casa.

— Ya lo tengo todo, señor Hamann.

— Perfecto, señorita Mijáilova. ¿Cree que sea posible que nos encontremos?

— No. Creo que lo único que puede hacer ahora mismo por mí es acompañarme a la policía cuanto antes.

— Nos veremos en comisaría en un cuarto de hora. Entraré antes que usted aunque si supiese algo sobre esta situación, me vendría de maravilla.

— Si todo sale mal… quizá sea mejor que no lo sepa.

Colgué. Después subí las escaleras y me puse los zapatos. Salí de mi hogar con la correa de Rochester de la mano y un bolso en el que me cupiese todo lo que tenía que llevar a la policía. Respiré profundamente y mi perro se restregó contra mi pierna para darme todos los ánimos posibles. Era como si supiese lo que estaba pasando en ese momento.

Caminé intentando parecer relajada por el recorrido habitual que siempre seguíamos Rochester y yo. Solamente tendría que desviarme en una calle hacia la derecha en lugar de la izquierda para poder ir a la comisaría de policía. Mentiría si decía que no estaba nerviosa, temerosa, con ganas de vomitar, pensando que Douglas aparecería en cualquier momento, me metería en algún coche y acabaría finalmente conmigo.

No lo hizo. Por suerte para mí. Cuando entré en la comisaría tuve que dejar a Rochester fuera. Busqué a Heinrich con la mirada y su traje de raya diplomática fue inconfundible entre tanto uniforme. Se acercó a mí. Quizá por instinto humano más que por otra cosa me abrazó, esperando calmarme.

— ¿Está segura de esto? Está temblando como un flan.

Asentí aunque no demasiado convencida. Él me guió hasta un amigo que tenía en el cuartel. El inspector nos esperaba en la sala de interrogatorios. Tuve que coger fuerzas y cuando creí que estaba al borde de la extenuación, comencé mi relato sin fijarme en las caras que seguramente podrían todos aquellos hombres haciéndome creer que estaba completamente loca.

 

 

Una hora y media después, el inspector había comprendido toda la situación. Se había puesto a escuchar la cinta que le había dado y había pedido que mandasen a analizar la carpeta dichosa. Heinrich había tomado mi mano y la había apretado para darme fuerzas casi sin poder creerse que todo aquello me hubiese ocurrido a mí. O, al menos, eso era lo que quería pensar. Deseaba encontrar en ellos apoyo y no reprimenda. Si ellos no me creían sería infinitamente más complicado librarme del verdadero final que me podía llegar a esperar en este mundo de las manos de Douglas.

Heinrich y el inspector Sawyer salieron a hablar. No tardaron demasiado en regresar. En la mano, Sawyer llevaba una carpeta, diferente a la que yo le había entregado y puso delante de mí ésta misma hasta que al abrirla me mostró el rostro de Douglas. ¡Era él! ¿Tan rápido habían podido averiguar todo?

— ¿Este es el famoso Douglas?

— Así es… es él.

— Llevamos detrás de él demasiados años, señorita Mijáilova. No habíamos podido encontrar nada y por lo que parecía había sido por lo listo que había sido y lo deficiente que habían terminado por trabajar mis hombres. Su nombre real es Christoff Owen McGregor. Es el dueño de una de las empresas más prestigiosas del Reino Unido y parecía tener siempre los contactos adecuados para que le dejásemos en paz. Pero quizá, algún juez que no haya sido comprado por él nos escuche gracias a usted.

Su ceño estaba fruncido. No parecía contento. Era como si no haber sido él quien hubiese atrapado a ese hombre hubiese hecho todo menos sorprendente, menos heroico, menos válido. Me preguntaba exactamente cuántos años hacía del asesinato de Grace.

Estuve dentro de la comisaría al menos una hora más para contar y que dejasen constancia de todo lo que sabía. Cuando estaba diciendo las últimas palabras, un agente entró en la sala y le susurró algo al oído.

— Señorita Mijáilova, ¿el perro que estaba en la entrada de la comisaría era suyo? —preguntó con una solemnidad que me asustó.

— Sí, ¿por qué?

La pregunta que me había hecho podía haberme dado todas las claves. Había usado el pasado y no el presente. Había preguntado por un perro que no tenía porqué haber molestado a nadie, nunca lo hacía.

Me levanté, intenté salir de aquella sala.

— ¿Qué le ha pasado a Rochester? —mi voz había salido distorsionada por la agitación y el miedo.

No había pensado en él. No había creído que nadie fuese lo suficientemente malvado como para actuar en Rochester cuando quería vengarse de mí. Creía que solamente las mujeres podían ser el blanco de su ira.

Ni tan siquiera sé de qué estaban hablando todos los presentes. Solo supe que me dirigieron hasta el lugar donde habían trasladado a Rochester. Tenía la esperanza de que estuviese vivo me hubiesen dicho lo que me hubiesen dicho los demás. Si estaba vivo había una posibilidad, siempre había una mínima posibilidad.

Sin embargo, allí estaba, completamente inerte, lleno de sangre, muerto. Llevé una mano a mi boca, rompí a llorar y me refugié en el abrazos que Heinrich me dio para sostenerme. Había matado a mi perro. Había incumplido los límites que él había impuesto. Me habían visto entrar a la comisaría, Douglas había cortado por lo sano. Ahora, sí que estaba en verdadero peligro. Si había matado a Rochester en plena calle dudaba que le importase demasiado acabar con mi vida en las mismas circunstancias.


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