2018 / Ago / 09

Me quedé en silencio observándole. Intentaba, en lo posible, ceñirme al plan. Quería sorprenderle, pero las cartas que estaban sobre la mesa me sorprendían más a mí que a él. Quizá fuese eso mejor. Puede que si me pasase de lista en algún momento él podría sospechar sobre mis intenciones. Si era natural, si sentía náuseas, si le miraba con asco, podía tener lo que quería y salvarme por unos cuantos días más hasta que quisiese poner fin a mi vida y puede, que de esa forma, tuviese un mínimo momento para enfrentarme a la realidad y contarle la verdad a la policía con todas las pruebas que hubiese podido averiguar.

— Oh, antes de que se me olvide… —me entregó una carpeta y le dejó sobre la mesita de café entre nosotros.

El gruñido de Rochester no le evitó continuar el avance de su brazo hasta situarlo justo donde él deseaba. Después volvió a su posición sin quitar su mirada de mi rostro. Le mantuve lo que pude aquella muestra de control, de dominación absoluta. Terminé desviándola hacia la carpeta, pero no hice ni un solo ademán en abrirla.

— ¿Qué es lo sabe sobre Eliza? Sea concreta.

— Ya fui lo suficientemente concreta. No sé quién es, solamente sé que es parte del pasado de William. Y no entiendo qué placer encuentra usted en saber eso.

— El conocimiento es poder…

Se quedó pensativo. Podía ver los engranajes de su cabeza moviéndose a una velocidad pasmosa mientras asimilaba la situación que le acababa de plantear.

— ¿Por qué está con él, Kyra?

— Creo que le respondí a su pregunta anterior. No debería hacerme otra.

— Concédamelo… queda poco tiempo. Déjeme saber porqué está con él.

— No es de su incumbencia.

— ¿Y sus preguntas sí de la suya? Si yo no le concediese el favor de entrar en mi mente, no tendría derecho alguno a ello. Sea buena, no le cuesta nada, dígame porqué…

Apreté mis labios dispuesta a decirle lo que quería escuchar, pero si cedía, si le permitía salirse una vez con la suya el poco control que tuviese de la situación habría desaparecido por completo.

— Si no está dispuesto a responder ninguna pregunta mía más, creo que la sesión la podemos dar por finalizada.

Me observó unos segundos y después soltó una carcajada. Negó con diversión antes de inclinarse hacia delante.

— ¡No! ¡Dígame que usted no! ¡Le ama! No le conoce, pero le ama… Un patetismo solamente digno de seres inferiores. Creía que era más inteligente.

Fruncí mi ceño antes de responder, pero decidí callar por lo que él siguió con su discurso sobre los sentimientos ajenos innecesarios y tediosos.

— Debería ser más sensata y ser mía. Yo podría proporcionarle lo que él jamás podría darle.

— ¿Por qué debería ser suya si una de las connotaciones que eso tendría sería la posibilidad de perder la vida en cualquier momento por pertenecerle en todos los sentidos?

Entrecerró sus ojos y después negó antes de levantarse y caminar hacia mí. Hice lo propio y después me separé poco a poco mientras Rochester se ponía entre nosotros en un intento por evitar lo que parecía imposible.

— Si fuese mía no sería tan sencillo que acabase con su vida, además, piénselo, al menos conoce todos mis secretos mientras que los de su noviecito actual no tiene ni la más mínima idea.

— No creo que pueda ser peor que sus secretos…

— Puede que no —su sonrisa se ensanchó mientras bajaba la mirada hasta Rochester quien gruñía con la mandíbula apretada conteniendo un ladrido—, pero yo he confiado lo suficiente en usted para contárselos y sabría las reglas de antemano. Él, en cambio, no lo hizo.

Se colocó la corbata sin necesidad de mirarse en ningún espejo. No sé cómo lo hizo pero estaba milimétricamente situada en su lugar. De tener alguna desviación debía ser completamente imperceptible para el ojo humano, o puede que mi estado anímico no me permitiese darme cuenta de una desviación tan simple. Había cosas más importantes en las que pensar, como la distancia entre nuestros cuerpos, la posibilidad de huida, la espera de no haber sido descubierta en la trampa que le acababa de tejer.

— Piénselo. Si es inteligente le dejará antes de sufrir más por alguien que no la valora —señaló con uno de sus dedos la carpeta sobre la mesita de café—. Ahí tiene la copa del contrato. Se me había olvidado firmarlo y sin él, en fin, dudo que tuviese verdadero peso legal. Que tenga un buen día, señorita Mijáilova. Nos veremos pronto.

Caí sobre el sillón soltando un jadeo de extenuación. Me temblaban las piernas, a duras penas si me habían podido sostener el tiempo que había estado de pie. Puede que la adrenalina hubiese hecho más factible la posibilidad de mantenerme rígida sobre aquellas columnas hechas de mantequilla.

Rochester gruñó a la puerta, como si él siguiese allí, esperando, pensando, acechando o a saber qué hacía. Pero en el instante que el motor del coche me indicó que había desaparecido fui hasta el sofá donde él había estado sentado. Tenía que comprobar que todo, absolutamente todo había salido como lo había previsto. Quité la grabadora que había colocado detrás del sofá. El modelo que me habían podido mandar sin haber sido yo quien lo hubiese comprado. Heinrich me había ayudado en eso.

Paré la grabación, rebobiné y después le di al play esperando escuchar su voz. ¡Y ahí estaba! Se le oía perfectamente. Sí, tenía una prueba que refutase todo lo que yo podía decir, todo lo que realmente había pasado. Podía ponerle delante de la policía para que fuesen a por él y no muriese nadie más. Hubiese aceptado, incluso, esa posibilidad de ser “suya” de alguna forma siempre hubiese detestado. Además, gracias a la carpeta, tenía sus huellas dactilares. Ocurriese lo que ocurriese podrían identificarle.

Una pequeña sonrisa se deslizó por mis labios pensando que estaba, en lo posible a salvo, que nada malo me ocurriría ni a mí ni a ninguna otra chica y que ese misógino repugnante se moriría en la cárcel si teníamos la suerte de que le concediesen lo más parecido que hubiese en Inglaterra a la cadena perpetua.


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