2018 / Ago / 09

— ¿Ayer?

— Oh, sí, verá.. Normalmente no soy tan impulsivo, ni mucho menos, pero ayer me puso de tan mal humor con su insubordinación que tenía dos opciones, regresar a su hogar y acabar con el problema de raíz o ir hasta alguna otra mujer fácilmente accesible. Además, supe de su ingreso en urgencias, y temí que nuevamente, su impuntualidad e impertinencia se saliesen de los límites preestablecidos sin atenderme hoy. Por ese motivo, busqué a otra mujer, alguien con un físico particular… —uno de sus dedos se metió entre el cuello de la camisa y la corbata que llevaba aflojando el nudo que corrió con facilidad—, su físico, Kyra.

Mi respiración se disparó. Empecé a no sentir los dedos que querían moverse a una velocidad descontrolada. Solamente tenía algo claro en mi cabeza, la idea de escapar. Si había buscado a alguien que se parecía a mí, era porque quería acabar conmigo, simple, y por muy egoísta que sonase, no tenía tiempo para pensar en la joven que había pasado a mejor vida, sino en salvar la mía propia.

— ¿Quiere oír lo que pasó? No se preocupe, no pienso hacerle daño… Sé que me tiene miedo. Puedo leerlo en sus ojos, en la forma en que sus labios se resecan, en el sube y baja de su pecho oprimido en ese vestido… —sus ojos se habían quedado fijos en mis senos, pero en un parpadeo volvió a cruzar su mirada con la mía.

— Como usted quiera —de mi garganta salió un hilo de voz tan solo, pero él comprendió sin problema lo que había dicho.

— Estaba deseando que dijese esas palabras…

Le sorprendería la cantidad de jovencitas que se dejan engañar con la promesa de un sexo sorprendente, pero no fui a por una de ellas, no, no tienen su caché, su… estilo y por supuesto, no se dejarían hacer lo que fuese. Debía ser una mujer que pudiese doblegar fácilmente, alguien que me recordase a usted, apocada, temerosa, pero también con ese insufrible e inesperado carácter. No podemos negar que debía tener su figura. Su minúscula cintura, sus caderas generosas y sus senos grandes y exuberantes… Tenía que ser en lo posible igual que usted, así que podía quitar de la lista a las mujeres demasiado mayores y a las adolescentes tan fáciles de engañar. 

Comencé mi búsqueda y también a desesperarme. No sabía dónde llegaría a encontrar a alguien con unas especificaciones físicas tan concretas como las suyas. Además, seguramente debía tomarme mi tiempo para engatusarla, para permitir que confiase mínimamente en mí lo que cada vez me causaba mayor ansiedad. 

Entonces, la vi. Su viva imagen. Tendría unos ventialguno. La única diferencia era un piercing en lugar de sus tatuajes y un flequillo espeso sobre los ojos. 

La conquista fue más sencilla de lo que esperé, lo cual me resultó decepcionante. Sabía que usted me habría durado mucho más tiempo haciéndose la difícil o, incluso, huyendo de mí hasta que tuviese que pararla para que me hablase, apretando su cuerpo entre una pared y el mío propio temblando de miedo como esa misma mañana. 

La mujer cada vez se está haciendo más perversa, señorita Mijáilova. Debería cuidar a su propio género si no quiere que hombres como yo nos sigamos aprovechando de promesas vacías, sonrisas falsas y palabras que solamente usamos para conquistar corazones tan ingenuos como el suyo. 

Se dejó privar del sentido de la vista, del oído y atar de pies y manos. Hubiese sido perfecto de ser usted quien hubiese estado en esa posición. La besé, pero su sabor no era como aquel que mínimamente había probado de sus labios, así que no volví a tocar su boca, era innecesario. Yo quería su sabor, y ese sabor no podía tenerle nada más que de su boca. 

Me puse un condón. Usted es diferente, delicada, a usted hay que tratarla como si pudiese romperse, como si los cuentos de hadas fuesen reales. Y la penetré profundamente. Ella se quejó, le dolía. Sus gritos aumentaban mi placer. La embestí vigorosamente, susurrando su nombre… Kyra, Kyra, Kyra… Ella suplicaba porque parase, pero no podía moverse, así que se terminó rindiendo a mí, sin disfrutar, sin hacer su papel. No, tenía que haber hecho de usted, entregándose a mí, gimiendo mi nombre a cada embestida, y lo había hecho todo mal. 

Me corrí en su interior como si lo hubiese hecho en el suyo, pero el condón atrapó mi esencia. Furioso, salí de ella sin miramientos, me quité el preservativo, lo tiré donde creí que nadie rebuscaría y volví hasta ella. La golpeé con furia. Ella no me oía, pero le gritaba que fuese usted, que hiciese su papel. 

Terminé obligándole a hacerme una felación, a sentir su boca alrededor de mi pene y a que disfrutase o fingiese disfrutar si no lo hacía. Después, la maté. Había sido una burda imitación de mi verdadero deseo, poseerla. 

Tragué en seco. Aquel era el relato erótico más asqueroso que había escuchado en mi vida. El hombre que tenía ante mí había matado a una mujer solamente por no ser yo, pero él la había buscado a ella cuando había podido encontrarme a mí donde me había dejado tirada. Había gemido mi nombre cuando había alcanzado el orgasmo. Había perdido el oremus, una vez más, porque no habían hecho lo que se suponía que tenían que hacer.

Quería vomitar. Nunca, ni en mis peores pesadillas, hubiese creído que podía llegar a ser la obsesión de alguien. El problema estaba en que ese alguien, era uno de los hombres más peligrosos del planeta Tierra. Me estremecí de pies a cabeza bajando mi mirada al cuaderno donde tenía las preguntas para ver si podía llegar a tomar algún apunte sobre lo sucedido, fingiendo indiferencia, pero yo no era tan buena actriz como para tener una actuación de Oscar de ese calibre.

— ¿Por qué no vino a buscarme a mí?

— Porque de haberlo hecho, me hubiese perdido su rostro cuando le contase todo lo que la deseo hacer…

— ¿Incluido matarme?

Sonrió como lo haría el malvado de la película, y aquello era la vida real.

— Todo a su debido tiempo, Kyra. Ahora, es mi turno para preguntar.


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