2018 / Ago / 09

Estaba preparada. Hoy era el día que Douglas solía venir a mi hogar para su terapia. Tenía que fingir que no había tramado nada contra él. Necesitaba toda la información posible para ayudar a la policía en el caso de que no me creyesen. Además, tenía un serio problema, no sabía si Douglas era su verdadero nombre, suponía que no, pero… ¿quién sabe?

A la hora en punto llamaron a la puerta. Hacía un par de horas que William se había marchado. ¿A dónde? No quería pensar en ello por el momento. Había dado de comer a Rochester y éste permanecía a mi lado como si desease custodiarme a pesar de ser el hombre al que temía.

Abrí la puerta y le vi allí, con la impecable presencia que le caracterizaba que escondía al hombre sin escrúpulos que era en realidad. Sus ojos se posaron en mí, casi creí que estaba preocupado por mí. Después sospeché que no era más que una tapadera cuando no le importaba ni lo más mínimo. Si hubiese querido me hubiese matado allí mismo el día anterior.

— Se la ve desmejorada.

— Pase y siéntese, por favor —cerré la puerta en las narices a su chófer que parecía tener intención de entrar. Si ya era difícil enfrentarse a uno no iba a aceptar, en ningún momento, ser dos contra uno. Dudaba que su chófer me ayudase a seguir con vida cuando cuidaba a Douglas igual que si se hubiese caído del cielo en su magnificencia.

Caminé hasta el sillón donde solía estar. Él, ni tan siquiera rechistó. No era nuestro habitual modo de comportamiento, pero si creía que no habría cambiado ni mínimamente por sus actos, estaba muy equivocado. No era tan listo en lo que se refiere a la comprensión de los sentimientos humanos.

— Está muy seria.

— Preferiría que nos centrásemos en la terapia, si no le importa.

Giró levemente su cabeza hacia la derecha, su derecha, mirándome de reojo, examinándome de una forma que me ponía nerviosa. Intentaba estar serena, pero solamente personas con los nervios de acero podrían lograr algo parecido a una calma total frente a un asesino en serie que les ha amenazado.

— Muy bien.

— Tengo algunas preguntas que hacerle, si no le molesta.

— ¿Son estrictamente necesarias?

— Me ayudarán a comprender algo más la globalidad de los sucesos ocurridos en su vida. Hasta ahora las pinceladas son básicas, bastantes, pero concisas. Supongo que soy excesivamente curiosa, pero me gustaría entenderle, comprender su método, como le dije en reuniones anteriores y dudo que pueda hacerlo si no tengo la información.

— Parece razonable… —apoyó bien su espalda en el respaldo del sofá, sintiéndose visiblemente a gusto. Parecía que aunque todo aquello le había contrariado no había provocado nada extraño, ningún tipo de suspicacia extrema que me hiciese volver a temer por mi vida—. Siempre y cuando, me responda a otras preguntas también.

¡Mierda! Aguanté el fastidio que me ocasionaba ese cambio de planes. Yo no era nada más que la profesional, mi vida, en teoría, debía quedar fuera de todo esto, pero él tenía el control en toda esta situación, no eran terapias al uso, ni mucho menos.

— Está bien —le concedí finalmente.

Parecía complacido, así que no tenía porqué negarle algo tan simple de buenas a primeras, me las apañaría para que el final de la cita llegase antes de mi respuesta a sus curiosidad, si es que aún tenía esa opción viable.

— Supe sobre su infancia, encontré un posible motivo de su forma de comportamiento, no obstante, aún no sé el nombre de su padre ni el de su madre, por ejemplo.

Su mandíbula se tensó. No se esperaba algo así, estaba convencida. Intenté ocultar mi sentimiento de mínima victoria por ello. No todo parecía haberlo programado y etiquetado de manera que ocurriese en el momento que él más esperase. Aún había esperanzas con mi plan entonces, o eso creía.

— Son irrelevantes. No es necesario que los sepa ni yo pienso decírselo.

Estaba nuevamente en un callejón sin salida. Intenté encontrar una manera para que me respondiese, sin embargo, él fue más rápido que yo.

— ¿Quién es Eliza, señorita Mijáilova?

El nombre de aquella mujer en los labios de Douglas sonaba aún más terrorífico para mí, como si tuviese que enfrentarme a uno de mis mayores miedos junto a mi peor enemigo.

— Pensé que sería yo quien le hiciese las preguntas primero —intenté cambiar el tema de conversación queriendo que creyese que la sorpresa era a consecuencia de eso. Sabía que sería demasiado listo para tragarse una patética actuación de ese estilo.

— He creído conveniente que sería más divertido jugar a un juego. Pregunta por pregunta, como cuando se intenta resolver qué personaje es el que tiene el otro en el quién es quién. A ciegas, sin posibilidad de quitar cartas, pero mucho más interesante a mi parecer, ¿no lo cree?

— Si usted lo dice…

— Bien, prosigamos entonces. ¿Quién es Eliza, señorita Mijáilova?

Me sentía igual que en uno de esos concursos de la televisión en los que si dices la palabra correcta te llevarás un millón de dólares, pero en este caso, el premio estaba envenenado. Muy envenenado.

— Una mujer del pasado de William.

— ¿Solamente sabe eso?

— ¿Es esa otra pregunta?

Una sonrisa macabra se deslizó por sus labios e hizo el gesto de quitarse la chistera ante mí, aunque no llevaba ninguna sobre la cabeza.

— Rápida… Bien. Su turno, entonces.

Intenté recobrar el buen humor si es que era posible en aquella situación. Él sabía quién era Eliza, tenía información que yo no tenía, podía contarme toda la verdad. Podía salir de mi paranoia obsesiva o, al menos, saber a qué me estaba enfrentando en la vida de William. Estaba ante la encrucijada de hacer el bien, hacer lo que creía correcto o satisfacer mi propio anhelo de curiosidad que se había despertado con una rapidez inusitada.

— ¿Cuántas mujeres han caído entre sus manos?

Su rostro fue de completa decepción. Quizá creía que iba a caer en la tentación, que le iba a preguntar lo que mi mente suplicaba a gritos que le cuestionase, pero tenía un plan milimétricamente trazado, necesitaba llevarlo a cabo, y si más tarde podía preguntar por ella, lo haría.

— Diez —contestó con algo de desgana—. No, espere, once… Se me olvidaba la mujer de ayer.

Sentí nuevamente el color de mis mejillas palidecer. ¿Otra más? Tenía que pararle como fuese.


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