2018 / Ago / 09

Tenía que llevar a la práctica el plan que había diseñado durante mis momentos de soledad en la habitación del hospital. Había logrado convencer a William para que fuese a tomar algo durante la noche cuando yo no tenía sueño o cuando él se había quedado medio traspuesto yo había empezado a maquinar.

Como primer paso, tenía que hacerle creer a Douglas que seguía estando bajo su dominio. Si él se creía superior, si no le daba pruebas de lo contrario, no tenía porqué sospechar nada. Por otro lado, tenía que ponerme en contacto con Heinrich. Él podría ayudarme en todo lo que intentaba hacer, el verdadero problema era despistar la seguridad que tenía encima a cada momento. Sabía que me espiaban, pero no hasta qué punto lo hacían. Fuere a donde fuese Douglas estaba avisado. Así que la policía era el último paso de todo este asunto. Debía tener algún tipo de coartada que me permitiese ir a determinados lugares a realizar dos tareas, lo que realmente había decidido hacer y lo que él debía creer que estaba haciendo.

Él me había pedido que no jugase a ser más lista que él, que no podía serlo. Lo que no sabía es que los retos para mí eran adictivos, esa competición por ver quién termina ganando y como mi vida ya estaba en sus manos, solamente tenía la oportunidad de luchar esperando sacar la jugada maestra en la partida.

William no habló en el camino en taxi hacia casa. Yo estaba demasiado enfrascada en mis pensamientos de justicia como para percatarme que él había vuelto a poner un muro inmenso entre nosotros. La frialdad volvía a estar delante. Me culpaba por lo sucedido, por lo que él creía que había sucedido.

— Vamos, la ducharé. Suba con cuidado las escaleras.

Cuando creí que él se ducharía conmigo, me llevé un chasco considerable. Fuera de la ducha, completamente vestido, empezó a pasar la esponja por mi cuerpo como si fuese tan frágil que me rompería en mil pedazos en cualquier momento. Debía callar a pesar del dolor que sentía por ver su propio dolor. Parecía estar reviviendo una pesadilla horrible y entonces recordé a la condenada Eliza. Ella parecía sentar todo precedente en todo lo que él hubiese vivido en el amor, pero… ¿quién era? ¿Por qué si seguía viva y no podía olvidarla no regresaba a su lado sin dejar de jugar conmigo?

Ahora era yo misma quien estaba dolida con él, herida de verdad mientras una toalla envolvía mi cuerpo. Caminé hasta la habitación. Él se quedó unos segundos en el baño terminando de recoger todo lo que debía. Me senté en la cama y esperé a ver qué haría él.

— ¿Puede vestirse sola? —preguntó con tanta frialdad que resultaba igual de doloroso que hacerse la cera a tirones.

— Eso creo.

— Bien… nos veremos por la mañana.

Dicho aquello salió de la habitación dejándome sola, sintiéndome miserable. ¿Por qué me trataba así? Yo no había atentado contra mi condenada vida. Pero el orgullo reclamaba su lugar. Él había subido a su despacho, aquel que yo le había decorado, aquel donde habíamos terminado envueltos en la pasión. Apreté mi mandíbula sintiéndome traicionada e hice una peineta al techo por si había alguna posibilidad de que le llegase mi enfado.

Me sequé el cuerpo despacio, me puse ropa interior limpia, un camisón y me tumbé encima de la cama. Me abracé a la almohada esperando en algún momento sentir esa paz que me daba volver a estar en casa, pero mi cabeza había vuelto a un momento anterior, había comenzado a mezclar recuerdos. Douglas aparecía, los rostros de mis padres también en los momentos más dolorosos de mi vida.

Quise levantarme y decirle a William lo injusto que era, sin embargo, me quedé ahí, en silencio, dando la espalda a la puerta. La forma de tratar a una persona que está pasando por un mal momento no es la apatía e incluso el desprecio. Así solamente se incrementa el malestar de la otra persona, la sensación de que evidentemente nadie la quiere ni la respeta, que nadie la necesita mínimamente. Comentarios como: “por esta tontería que acabas de hacer…” no sirven de nada. El consuelo, el afecto, la ayuda… ¡eso sí sirve! ¿Quién en su sano juicio trata a una persona que cree que ha intentado quitarse la vida como si fuese lo peor que le hubiese pasado nunca, como si sintiese vergüenza, asco… ? No alimentar esos sentimientos del otro debía ser una de las lecciones principales que debía dar la vida en este tipo de casos, pero parecía que aún así éramos egoístas, que no podíamos mirar por el otro sino por el sufrimiento que nos había causado a nosotros mismos lo que hubiese hecho o la estúpida idea de pensar que comentarios despectivos iban a evitar que alguien quisiese volver a hacerlo. No se consigue evitar el aislamiento de nadie aislándolo aún más. ¿Para calmar el hambre uno dejaba de comer? No, ¿verdad? Pues esa lógica aplastante había que usarla en todo lo demás.

Caí en un profundo sueño más por orgullo y rabia que por otra cosa. Mi disconformidad llegaba a límites exponenciales. Mis deseos de ir arrancando cabezas se veían reflejados en la rabia que emitía en mis sueños y finalmente, en todos, terminaba discutiendo hasta que me quedaba sola en mi propio mundo, aislada como parecía ser lo que todos deseaban.

Hablaba la rabia, lo sabía. No pensaba razonadamente así, pero debía permitirme mis momentos de locura transitoria. No dejaba de ser una persona, de sentir emociones fuertes como podía sentirlas cualquiera en mi lugar.

Respiré profundamente para darme la vuelta en la cama y cuando lo hice noté un brazo alrededor de mi cintura. Me giré poco a poco observando el rostro dormido de William quien había venido a descansar a mi lado. No supe qué sentir. No sabía si gritarle para que se fuese de la cama, para que se despertase y se fuese de mi vida, pero en lugar de eso, me acurruqué en su pecho y sonreí ligeramente. Al fin y al cabo, a pesar de todo, había vuelto a mi lado.


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