2018 / Ago / 09

Desahogarse fue toda una liberación. Sentí que mi pecho dejaba de oprimirse. Respiré tranquila, sosegada, sabiendo que al menos, al poner toda la situación con las cartas sobre la mesa había logrado verlo todo desde otra perspectiva. Le había explicado mis posibles soluciones, le había hablado de mis dudas sobre Eliza, sobre William, sobre todo lo que estaba ocurriendo en mi vida. Le hablé de Chloe, de Gustav, de Douglas impidiéndome a mí misma usar ese nombre. Fue la primera vez en mucho tiempo que agradecí que William hubiese tardado tanto.

Catherine intervino haciéndome las preguntas que creía adecuadas, tratando todas mis situaciones con una imparcialidad casi envidiable. Ella me había dejado ir llevando la situación por donde yo deseaba, el tipo de terapia que a mí me gustaba y no me había dado soluciones, solamente me había hecho ver alguna posibilidad que quizá no había barajado. Aunque sabía que ella tenía pleno conocimiento de quién era Eliza, no dio ningún dato más. Se mantuvo usando los términos que yo había usado tanto con Eliza, como con Verónica, siendo quizá demasiado cuidadosa en esos momentos, calculando bien las palabras, pero ¿no dejaba de ser evidente que si se lo hubiese contado a cualquier otro profesional hubiese tenido exactamente el mismo nivel de conocimiento de la situación que yo?

Verdoux regresó dos horas y media después de haberse ido. Explicó el retraso, solamente como: “problemas en casa”, algo que Catherine pareció comprender a la perfección, pero no así yo quien lo único que podía imaginarme era a uno de sus hermanos discutiendo con otro habiendo tenido algún percance gordo que provocase que su hermano mayor tuviese que ir a solucionar la situación.

La psiquiatra se marchó y tras desearme una pronta recuperación me dijo que ya me llamaría. Sabía que era para darme cita para tener otra consulta con ella porque no tenía ningún otro motivo para hacerlo a espaldas de su hijo. Todo lo que podía saber de mí, previamente, había sido a través de las palabras de su hijo.

William y yo nos quedamos solos. Tras haberme liberado en la conversación con Catherine volvía a tener esa necesidad por él, por su pasión, por sus besos, por su tacto, aunque supiese que me estaba engañando, aunque tuviese tantos secretos escondidos que prácticamente conseguir averiguar uno sería igual que abrir la caja de Pandora. Todo parecía demasiado oscuro a su alrededor y aún así, creía que lo más probable es que yo fuese la única que pudiese poner fin a todo eso. Era yo quien sufría en un juego al que había comenzado a jugar sin saber todas sus reglas e iba perdiendo pues los dados jugaban en mi contra, cada vez que sacaba una buena jugada se transformaba misteriosamente haciéndome regresar hacia casillas anteriores. Lo que parecían avances, en realidad, no eran más que pasos para atrás.

No me daba demasiada buena espina todo el asunto, y aún así, seguía queriendo tenerle cerca. Me preocupaba hasta qué punto estaba teniendo una dependencia extrema hacia ese hombre. No sabía en qué parte de la ecuación se despejarían todas las incógnitas, pero mi inconsciencia, en lugar de aceptar el futuro como se planteaba, deseaba aguantar a su lado todo lo que pudiese.

— ¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué… ha hecho eso? ¿Por qué ha jugado con su propia vida?

Le miré sin comprender, pero imaginé que él seguía creyendo que había atentado contra mi vida aunque todo pudiese indicar que no era así, que era solamente una noticia, un hecho chocante que había provocado mi propia desesperación. Me planteé la posibilidad de decirle la verdad, pero si no creía a los médicos, ¿por qué iba a creerme a mí? La idea de que pensase que me había intentado suicidar resultaba insultante. Hacía tiempo que no estaba en ese punto de mi vida, pero suponía que cuando uno cruzaba una vez esa línea permanecía marcado para siempre. Nadie entendía que podía no querer volver a intentarlo.

¿Quería poner a William en peligro? Según las mismas palabras de Douglas, lo tenía completamente investigado. Y no sabía esos secretos lo que podían hacer con él, así que creí que era mejor que creyese que me había intentado quitar la vida. Una forma de mantenerle a salvo.

— No quise terminar así… es solo que…

William alzó la mirada hasta mis ojos y pude ver en ellos verdadero dolor. Su rostro estaba demacrado, sus labios estaban más blancos que de costumbre. Sentí como mi corazón se encogía al verle así. Le importaba hasta el punto de casi perder su escasa alegría vital allí frente a mí. Casi podía ver sus manos temblando, la forma en la que las apretaba para no mostrar su vulnerabilidad en ese momento.

Nos miramos unos segundos en silencio. No sabía qué podía hacer para intentar calmar esa desazón. Era igual que temer perder a la persona amada cuando diese un solo paso hacia delante.

Él lo hizo, desafió aquella norma impuesta por mi mente y tomó mi rostro entre sus manos antes de besar mis labios de esa forma que me dejaba sin aliento, que se deslizaba por toda mi anatomía regalándome nuevamente la vida, permitiéndome sentir aquello que me había negado durante demasiado tiempo hasta que él llegó para dar una vuelta de ciento ochenta grados a todo lo que había creído real.

El beso fue intenso, no fue apasionado, fue necesitado. Había temido perderme. Había creído que no moriría delante de él cuando tan solo tenía un ataque que no había podido controlar. No iba a morirme.

— No lo haga de nuevo, por favor… —susurró contra mis labios y volvió a besarme sin darme tiempo para que pudiese responder a aquella súplica y a su demandante boca. Enredé mis dedos en su cabello e imploré a todos los dioses de todas las religiones que nada me separase de ese hombre, que en algún momento pudiese contarle la verdad, que no temiese por mi vida como lo habían hecho mis padres años atrás.

Sin darme cuenta las lágrimas habían vuelto a aflorar y cuando las sintió en sus dedos se separó de mi rostro secándolas con sus pulgares sin decir nada más, limitándose a mirarme, buscando algo en mí que no parecía poder darle para calmar su angustia.

— Te amo… —escapó de mis labios y tras hacer una mueca dejó un beso en mi frente.

No me había vuelto a responder y su silencio despertó la parte más negativa de mi ser.


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