2018 / Ago / 09

Me había vuelto a quedar medio dormida en el momento que escuché la voz de William. Cualquiera hubiese mantenido sus ojos abiertos, pero ellos estaban hablando y no quería interrumpirles. Además, Morfeo estaba llamándome con fuerza, como si temiese que me fuese a escapar si volvía a abrir los ojos.

— Parece que está más tranquila —comentó Catherine.

— Si la hubieses visto cuando la encontré. Estaba tiritando, sin dejar de llorar en el suelo. No me respondía, no… no sé si era consciente de lo que estaba pasando a nuestro alrededor. Creen que ha podido ser una sobredosis de medicación. Hace años lo hizo.

— ¿Crees que tendría motivos para intentar acabar ahora con su vida, William?

— No lo sé. Es muy curiosas, hace muchas preguntas, sabe de la existencia de Eliza.

— Pero, ¿qué sabe sobre ella, hijo?

— Nada. Parece ser que la nombre durmiendo y ella me preguntó quien era. Si… si se entera…

— Si te ama de verdad no te dejará por algo así, no si es lo que crees que pasará.

— ¿Y si lo hace? No es la primera vez que se desvanece entre mis dedos, que ella misma se corta los brazos para escapar de mí y no seguir atada en lo que sea que tenemos.

— ¿Tú la quieres contigo?

— Esa no es la pregunta, sino saber que yo no soy lo que ella necesita. La estabilidad que merece no sé si puedo dársela ya sabes que Eliza requiere de toda mi atención.

— Sabes que existe una mejor solución para ella.

— Pero si Eliza sabe quien es realmente Kyra para mí… no quiero ni imaginármelo.

Me sentía culpable por escuchar aquella conversación. Era como una niña pequeña a la que sus padres le habían prohibido ver una película y la estaba viendo gracias a la pequeña rendija que dejaba la habitación abierta que le había pedido a su madre que mantuviese así porque no quería estar completamente a oscuras.

Eliza… ella había vuelto a aparecer como una sombra. No sabía quién era ella, pero debía ser alguien muy importante como para que a William le importase tanto que ella se enterase. ¿Sería su mujer, la pelirroja su novia y yo su amante? ¿Había más? Aquello me estaba poniendo las tripas verdes. Quise pedirles que se fuesen de la habitación, pero sabrían que había estado escuchando todo el tiempo cuando ellos habían hablado sin tapujos debido a que me creían en otro mundo.

Cerré uno de mis puños alrededor de la sábana. No sé si William se percató de eso o fue casualidad, pero sus dedos envolvieron mi mano intentando tranquilizarme, o eso quise creer. Quería llorar. Quería gritar, quería…

Me estaban vigilando el pulso por lo que rápidamente saltaron las alarmas cuando como consecuencia de mi propio mal humor, mis pulsaciones se dispararon. No tardaron demasiado en ponerme otro calmante, solamente para permitirme descansar un poco más. Quizá de esa forma podía sentir menos dolor cuando se pasase el colocón de la medicación. Tantos intentos por quitarme cuantas más pastillas posibles como para que ahora hubiesen terminado de esa misma forma. Chutándome todo lo que pudiesen para que estuviese tan mansa como un corderito.

Me perdí de nuevo en el mundo de la inconsciencia. Agradecí por unos segundos a quien había inventado las drogas, pero no cuando mi propia cabeza, aprovechándose de mi vulnerabilidad inconsciente me hacía recordar los momentos ocurridos en mi hogar, todo lo que había pasado antes de que Douglas se marchase de mi casa. Su mirada de asesino, el roce de sus labios contra los míos, su piel ardiente quemando mi garganta y finalmente, ese guiño con el que me había prometido recompensarme si era buena, si me comportaba bajo las normas por él impuestas, pero… ¿qué significaba esa recompensa? No quería ni pensarlo si no deseaba comenzar a vomitar.

Mi mente me narró los sucesos de forma que casi parecía contármelo para que no perdiese lujo de detalles. Solamente había sido eso, un ataque de ansiedad, de pánico quizá ante la idea de que aquel monstruo pudiese hacerme algo.

En mitad de mi inconsciencia, el rostro de Heinrich apareció como si fuese una salvación. En algún momento tendría que pensar una solución para todo aquel jaleo en el que me había metido. Aunque pensar, drogada, en el inconsciente, dudaba que pudiese permitir ningún tipo de lógica. Por ese motivo se me ocurrieron ideas disparatadas hasta que mi cabeza pareció golpear la puerta indicándome que el dormir se había acabado.

Catherine estaba sola en la habitación, conmigo. No me hacía mucha gracia que William se hubiese ido, pero imaginaba que estar ahí un montón de horas viendo a alguien dormir no resultaba una probabilidad demasiado atractiva.

— Hola, Kyra. William ha ido a hablar por teléfono, será cosa de poco que regrese.

Asentí y respiré profundamente antes de volver a fijar mis ojos en Catherine, una mujer con el suficiente peso además del mismo código deontológico al que atenerse. Podría confiar en ella dado que una mujer de su prestigio habría tenido que guardar todo tipo de secretos en su investigación sobre la sociedad humana.

— Entonces, ¿puedo comentarte algo, Catherine?

— Por supuesto, querida.

— Me gustaría tener algunas sesiones contigo, ¿sería posible?

La mujer sonrió complacida por algún extraño motivo y se acercó para informarme de algo que yo desconocía por completo.

— William me había pedido que intentase convencerte de eso. No se fía demasiado de todo el mundo.

— Sé lo que supondrán algunas cosas para ti, lo sé, pero te ruego que mientras seas mi terapeuta escuches únicamente mi versión, que te olvides de tu papel de madre, de mi unión a William y sobre todo que mantengas el secreto profesional. Sé que puedo pedirte esto dado que en realidad nuestra relación no es lo suficientemente estrecha, pero sí lo es con tu hijo de por medio. ¿Podrás hacerlo?

Catherine me observó con esa sonrisa de quien sabe terminarían pidiéndole separar su faceta de madre de la faceta profesional.

— Creo que podré, Kyra. Y no te preocupes, William no sabrá nada de lo que hablemos entre nosotras.

— Bien —respiré profundamente y me armé de valor—. Déjame que te cuente qué es lo que me está pasando…


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