2018 / Ago / 08

No sabía si podría con tanta presión. Desmoronarme parecía lo más común en una situación así. ¿Cómo podía sentirme segura en alguna parte si Douglas me estaba vigilando? Mi dolor era creciente, mi cuerpo temblaba, no tenía forma de negarme a nada de lo que él podía querer. Me tenía en sus manos y las apretaría alrededor de mi garganta en cualquier momento, hasta que expirase con la última imagen de su rostro descompuesto por la ira homicida.

Debía buscar soluciones, pero en ese momento no encontraba salida alguna.

Rochester había empezado a ladrar a mi lado, pero tan pronto lo había hecho había dejado de escucharle. Temblaba en el suelo, me sentía al borde de un estado catatónico. No podía pedir ayuda cuando quería, necesitaba pedirla, al menos, dejar escapar un grito, pero mi cuerpo no me respondía.

No sé cuanto tiempo estuve así. Solamente sé que vi los ojos angustiados de William, rafagazos de otras personas. Alguien subiéndome a algún sitio y el interior de un hospital. Había sufrido un ataque de ansiedad en toda regla.

Me sedaron porque lo siguiente que recuerdo es despertar de noche en la camilla del hospital. Fuera, William estaba hablando con alguien, podía verle a través de una de una rendija que había dejado para no cerrar del todo la puerta. Tenía la cabeza embotada. Podía escuchar parte de la conversación.

— ¿Qué es lo que le has hecho a esta, William? ¿No fue suficiente jodiéndonos la vida a las demás?

Era una voz femenina. Estaba hablando al profesor como si le conociese de toda la vida.

— Samantha, no te he pedido tu opinión en este asunto, solamente saber cómo está.

— Deberá volver a pasar por otra de las evaluaciones psiquiátricas que parecen habituales en ella. Te has buscado otra joyita como Elizabeth, ¿eh?

William apretó los músculos de su espalda, estaba tenso, muy tenso. ¿De qué podía conocer a esa mujer? ¿Qué era lo que estaba sucediendo en realidad?

— Mi madre se encargará de la evaluación.

— Tiene que hacerlo personal del hospital. Esto es el mundo real, no ese mundo donde puedes hacer todo lo que te da la gana sin recibir castigo alguno.

— Que se lo hagan lo antes posible, entonces.

— A sus órdenes, señor —la ironía fue tal que hubiese resultado igual que recibir un golpe en la cara.

William se había dado la vuelta y habría entrado dentro de la habitación cambiando su expresión de fastidio al verme. Caminó hasta la cama y se sentó en ella tomando una de mis manos entre las suyas.

— ¿Cómo está?

— Bien, solamente me duele un poco la cabeza —me quejé con la boca pastosa.

— Me alegra. Voy a tener finalmente que felicitarme a mí mismo por haberle regalado a Rochester, el cánido vino a mi hogar para avisarme cuando la vio de esa manera. No sé si tardó mucho, poco o regular, pero al menos pude encontrarla.

Rochester… mi perro me había salvado la vida, o al menos, evitarme un ataque de ansiedad de aquellos que me terminaban dejando sin fuerzas para levantarme durante el resto del día de la cama.

— ¿Quién era esa? —pregunté finalmente intentando saciar mi curiosidad.

— Ni medio drogada es capaz de contener sus deseos de conocimiento —me reprochó antes de llevarse mi mano a sus labios dejando un beso en el dorso—. Es mi ex mujer.

Me dolía tanto la cabeza que no era capaz de recordar si me había dicho o no si había estado casado. ¿Era esta la madre de Helena? ¿Era otra? Fuese como fuese esa información estaba entrando en mi cerebro igual que lo haría un camión de demolición.

— ¿Está bien?

Asentí fingiendo que era solamente algo de los medicamentos extra que me habían puesto. Cuando iba a ponerle palabras, alguien llamó a la puerta de la habitación. Se abrió mínimamente y Catherine, con una sonrisa en los labios, entró.

— Gracias por venir.

William parecía aliviado. ¿Había llamado a su madre por lo que me había ocurrido? ¿Había hecho algo que no debía haber hecho como para tener que tener a una mujer como aquella supervisándome o había sido solamente por la propia tranquilidad del literato?

— No tienes nada que agradecer, cariño. ¿Cómo estás, Kyra? —preguntó con una sonrisa dulce en los labios antes de apoyar su mano sobre aquella que tenía libre pues William no me soltaba la otra.

— Bien, solamente me duele un poco la cabeza.

— Voy a por un café.

Catherine y él se fueron juntos casi en el mismo momento que los médicos entraron en la sala. Psicólogos y psiquiatras, no había nada más que verlos para saberlo. La manera en la que analizaban era bastante diferente al resto de los pacientes. Llevaban una carpeta en sus manos lo suficientemente gorda como para ser mi historial médico sección psiquiatría al completo.

— Kyra, nos gustaría hacerte unas preguntas.

Asentí pues conocía los procedimientos. Apoyé mi cabeza bien en el cabecero de la cama que por suerte estaba levantada y no horizontal al cien por cien. Podía estar casi como si estuviese sentada y me recordaba al somier reclinable que había dejado en alguna parte. No podía recordarlo. ¿Me lo había traído desde Belfast a Londres o aún seguía en el apartamento de Gustav?

Sus preguntas, al principio, fueron sencillas. Después se tornaron más complicadas de responder. Tenía prácticamente borradas las últimas horas. Solamente podía recordar una taza que por mucho que yo había escuchado tan nítidamente cómo se rompía, no habían visto ninguna en el suelo de la cocina. Recordaba un olor, un olor que no sabía describir y finalmente, terminaron diciendo algo parecido a un shock.

No quería pensar en nada. Estaba cansada, me dolía la cabeza, quería que William regresase, quería irme a mi casa. Estaba demasiado sensible y no quisieron, en ningún momento darme sedación, tampoco la pedí. Solamente me dijeron que debían vigilarme un poco más exhaustivamente. Tenía un trastorno de la personalidad, no una enfermedad mental que pudiese aparecer en cualquier momento. Algo que no recordaba me había puesto en ese estado, seguro. Pero parecía para todos más probable que una nueva enfermedad psiquiátrica estuviese asomando la cabeza.


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