2018 / Ago / 08

— ¿Ha venido para esto?

Él negó. Después se inclinó hacia mí. Intenté mantener la calma porque estaba la isla de la cocina entre nosotros. Había algo en su semblante que se había disparado todas las alarmas de mi mente. ¿Sería esa la expresión que tenía cuando estaba a punto de matar? Podría haber visto mi vida delante de mis ojos en un parpadeo si no hubiese estado pendiente de cada mínimo movimiento que hacía.

— No me haga mostrarle mi peor faceta, señorita Mijáilova. No juegue conmigo y piense que soy tan estúpido como cualquiera de los hombres que le bailan el agua o de sus pacientes. Mi mente no funciona igual que la mayoría, puedo llegar a ver funcionamientos que otros consideran ilógicos. Sé cuál es la moralidad de cada uno con tan solo escucharle una vez. Por mucho que seamos individuos hay una estructura base común en la mayoría de nosotros. Tengo mis teorías con respecto a la humanidad, pero la teoría que deseo comprobar principalmente es aquella que he enunciado: ¿Hasta qué punto llegará la señorita Mijáilova con su dilema?. Ni crea por un momento que me ha engañado con su intención de ayudarme, Kyra… Puedo leer fácilmente en usted el deseo de no cargar con otra mente en su conciencia, pero plantéeselo desde esta perspectiva: No es usted quien les arrebata la vida. Son mis manos, no las suyas. Así que deje a un lado cualquier estúpida posibilidad de delatarme, porque créame si le digo que su vida será todo un infierno.

Había pasión en su voz, esa pasión que solamente había escuchado en los momentos que me había descrito a la perfección la manera en la que sus víctimas habían perdido la vida en sus manos. Por un segundo había logrado hacerme perder el habla, sin embargo, el enfado es osado y consigue que el miedo termine a la altura de los tobillos cuando la ira toma el control en la ecuación.

— ¿Y si me lo planteo desde la perspectiva en que está tocándome demasiado las narices que me tenga en sus manos y además no confíe en mí? Quizá, eso sí le dé motivos para pensar en mí como una amenaza —solté una pequeña risa antes de apretar mi mandíbula hasta el punto que llegaron a dolerme las muelas—. ¿Quién se cree como para tenerme contra las cuerdas y hacer hasta lo imposible por provocar mi locura? No consentiré que siga jugando conmigo. Piénselo. O confía en mí o no lo hace, pero no siga con ese juego en el que intenta probarme a cada paso que doy —mi voz sonó dura, muy dura. Llevaba demasiados años sin hablarle de esa forma a alguien.

Recordaba el último momento en que había hablado a alguien así, con intención de arrancarle el estómago por la garganta. Mi madre se había puesto pico a pico conmigo, había saltado aquella bestia indomable y había terminado pegándole un golpe. Me había puesto increíblemente agresiva y mi padre había tenido que inmovilizarme gracias a sus conocimientos de judo y su peso superior al mío en ese momento.

— ¿Quién es usted y qué ha hecho con la tímida y apocada mujer que siempre me atiende temerosa casi de su propio aliento? Es sorprendente que ahora mismo haya encontrado ese valor que parecía haber perdido —se carcajeó mientras se levantaba del sitio.

Sus pasos fueron igual que zancadas y terminó agarrándome del cuello antes de apretar mi espalda contra la pared más cercana sintiéndome tan liviana como si fuese una pluma que hubiese decidido mover su lugar. Escuché al golpe de todo mi cuerpo gracias al movimiento del interior de la vajilla de uno de los armarios mientras todo mi cuerpo lo sentía con violencia.

— ¿Está jugando conmigo? —se acercó tan peligrosamente a mi rostro que me quedé sin un solo gramo de aire que respirar que estuviese contaminado de su colonia tan cara como cada una de las prendas de su ropa—. No me gusta que jueguen conmigo. Recuerde quién es en esta relación. Recuerde dónde está su lugar y no me haga tener que hacérselo sentir en cada milímetro cuadrado de su anatomía. Manténgase donde le he dicho que debe mantenerse. No intente ser más inteligente que yo porque no podrá hacerlo —sus labios rozaron los míos mientras mi rostro se comprimía en una mueca de espanto que la provocaba placer—. No olvide quién manda aquí.

Se separó muy lentamente antes de que fuese consciente que estaba sonando su teléfono móvil. Lo cogió sin separarse demasiado de mí. Estaba tan cerca como para seguir resultando amenazador. Su cuerpo no me tocaba, pero su aliento se mezclaba con el aire creándome aún más repulsión por aquel hombre.

— Sí. Enseguida voy. Trataba un tema personal —colgó la llamada y su mirada fría y calculadora volvió a situarse en mi ser—. Sería una lástima que terminase siendo parte de mi lista de víctimas, Kyra. Intente, en lo posible, seguir las reglas. No es tan complicado. Sabré recompensarla, si se porta bien —me guiñó uno de sus ojos.

Se giró sobre sus talones y después salió de mi hogar. No hasta que pude escuchar perfectamente bien la manera en la que el portazo me indicaba que había salido, sentí ese peso sobre mis hombros y colocándose nuevamente alrededor de mi garganta como si fuese una soga. Si me movía, me ahogaría. Si respiraba, me ahogaría. Si no lo hacía, también.

Las lágrimas se agolparon en las cuencas de mis ojos pidiendo salir. Poco a poco fui escurriéndome hasta el suelo notando que mis piernas ya no podían con mi propio peso. Las lágrimas caían con violencia, igual que cataratas que me había sido imposible contener. Me había desbordado por completo, había sido tratada como un objeto sin vida y sin sentimientos. Me habían amenazado, me habían apretado el cuello, no demasiado, pero lo suficiente como para que aún sintiese su cálida piel alrededor de la mía. Me estremecí de pies a cabeza, creyendo haber visto la muerte desde muy cerca cuando yo misma la había abrazado dispuesta a huir de todo dolor posible en mi adolescencia. Y simplemente, me dejé llorar, aceptando mi miedo.


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