2018 / Jul / 25

Podía escuchar perfectamente la voz de mi madre regañando a mi padre. Estaba igual que en casa, no había duda. También podía escuchar a la perfección los pequeños gritos de mi primo Faddei. Ya había cambiado casi por completo la voz, por lo que aquellos gritos que antes le salían tan agudos que parecían taladrar los oídos, ahora casi parecían gritos de ultratumba. Seguramente escuchar a mi madre gritando a mi padre había provocado esa alteración en Faddei, pero cuando se sube el demonio de la mala uva a la espalda, ¿quién es capaz de aguantarse los gritos que quiere soltar?

Abrí la puerta. No tuve que llamar siquiera puesto que debían haberla dejado entreabierta para que alguno de los miembros que ya se habían instalado, o lo intentaban, pudiese regresar sin tener que dar al timbre. Esperaba que no nos entrase ningún ladrón o algo parecido, porque no sabíamos si podíamos estar relajados en aquel lugar por mucho que fuese un pueblo.

— ¡Kyra! —dijo de repente mi madre acercándose para darme un abrazo.

— Hola, mamá… No te preocupes que ya estoy aquí, ¿si?

Ella asintió tras mirarme fijamente a los ojos como si esperase leerme el pensamiento, esa especie de sexto sentido maternal que leen a sus hijos como si fuesen un libro abierto.

Durante estos meses habíamos hablado mucho, ella sabía mis sentimientos, la forma en que había conseguido agobiarme aquella situación y cómo finalmente, había optado por luchar y si mi familia materna no me quería, pasármelo por donde no me daba el sol por costumbre.

— Te ha tocado compartir habitación con Natalie. Ella está en la buhardilla. Nos hemos organizado como hemos podido de dos en dos —la forma en que me explicaba las cosas me hacía pensar que ella misma temía porque algo me alterase más de lo debido. Eso sí que me ponía de mal humor. La sensación de creerme algo parecido a un demonio no me resultaba agradable, y sin embargo, para mi familia completa, parecía serlo aunque mis padres hubiesen visto mis cambios.

— Iré a instalarme…

Justo en ese momento mi tía Fedora salió del interior de otra sala junto con mi tío Hedeon. Los insultos de Fedora aún se agolpaban en mi memoria con fuerza. Me había llamado cosas que había considerado imperdonables solamente por pedirle, aunque de malas formas, que se fuese mientras intentaba serenarme aquel día uno. Fue la primera en salirse de sus casillas, porque, incluso en mi ceguera pasional, había intentado dar instrucciones para que me dejasen tranquila, para que se fuesen, para que no me siguiesen hablando. Mi rabia era igual que un fuego que con cada palabra se alimentaba con gasolina.

Dije un hola, por puro respeto, no por ganas y me fui hacia las escaleras para intentar organizar mi ropa mientras se decidía qué hacer después, o esperando que mis súplicas porque algo me saque de allí tuviesen efecto.

La maleta no fue fácil de subir por aquel estrecho tramo de escaleras. Era una escalinata diseñada para subir de uno en uno y si me apuras hasta de costado para ocupar menos.

Al llegar arriba, golpeé la puerta de la habitación que estaba cerrada. La voz amortiguada de mi hermana me indicó que podía entrar por lo que lo hice. Cuando me vio, su cara era completamente de circunstancias. Me regaló una pequeña sonrisa y tras saludarme cogió su teléfono móvil como si hubiese sonado.

Decidí no prestar atención al hecho de que mi hermana parecía no querer hablar conmigo. No había sido nunca demasiado comunicativa, así que no tenía porqué ser algo personal.

Subí la maleta encima de la que sería mi cama y empecé a sacar toda la ropa, incluyendo el vestido, que esperaba que no se hubiese arrugado demasiado aunque algo me decía que como en todas las anteriores bodas a las que había asistido, mi madre cogería rápidamente la plancha y le daría un golpecito de vapor para quitar las arrugas. Había aprendido a planchar gracias a ella, pero ¿qué tenían las madres que parecían hacerlo todo siempre mejor que nosotros? En ellas no servía la expresión de «el alumno ha superado al maestro», era casi imposible, como si se colgasen la capa de supermamás y no la dejasen hasta el día en que realmente necesitasen ayuda.

Escuché unos golpes de nudillos en la puerta de la habitación. Fue mi hermana quien contestó, pero la voz de mi hermano y de mi cuñada me sorprendieron. No creí que ellos fuesen a entrar allí, pero recordando lo bien que se llevaban mis hermanos, rápidamente le resté la mínima importancia que le había dado, casi como si hubiese sido una encerrona para mí.

— Kyra —dijo Lewis—, ¿podemos hablar un momento?

Efectivamente, era una encerrona. Me giré y me senté en la cama haciendo ellos lo propio en la cama de mi hermana.

— Claro. ¿Qué quieres? —mi voz intentó sonar indiferente y para evitar enfadarme me percaté de lo adorable que estaba Masha con su barriguita. Ya se le notaba bastante el embarazo.

— Queríamos hablar del día uno.

— No hay demasiado que hablar, Lewis —corté rápidamente—, entiendo que perdí los papeles y que vosotros prefirieseis quedaros en casa de Fedora hasta las mil. Nos lo echo en cara, pero me dolió, ¿para qué mentir?

— ¿Podrías contarnos qué pasó?

Natalie me miró con esos hermosos ojos verdes y finalmente claudiqué. No quería reabrir la herida para que volviese a sangrar, pero si no se habían enterado de lo ocurrido, en fin, tenían derecho a saberlo para juzgarme de todas las formas que deseasen.

— Sé que el motivo principal de toda la discusión fue una niñería. Soy consciente de ello, pero sabéis que no sé acercarme a la familia, ni a la gente en general, al menos, no desde una posición más adulta. Para mí jugar a las condenadas cartas podría abrirme la puerta para acercarme más a ellos —hice una pequeña pausa intentando organizar mis ideas—. Esperé todo el día, pero uno a uno todos se fueron yendo y aunque el día anterior había comentado mis planes, finalmente el día uno fue imposible llevarlos a cabo. Me frustré, es cierto. La tía Ninochka había decidido jugar a otro juego cuando en teoría me había dicho que íbamos a jugar a esas cartas. Ya sabéis que esas cosas me provocan frustración, sobre todo por lo que significaba para mí. Por ese motivo me fui a sentar al sofá. En la televisión estaba puesto el documental de peces y creí que no pasaría nada si me quedase viéndolos para relajarme. Entonces, mamá hizo ese comentario sobre lo mal que me había sentado no jugar a esas cartas, a pesar, de que le había dicho que no dijese nada. Ahí comenzó todo. Ninochka me explicó veinticuatro mil veces porqué no jugábamos a las cartas, algo que yo sabía y me sentí como una niña de dos años a la que le están explicando que algo no puede ser por una lógica aplastante que no le permite entender su pequeño cerebro. Como estaba enfadándome demasiado, pensé que lo mejor sería irme a coger algo de aire fuera, en la calle. Pero, creyendo que papá y mamá sabían de sobra que por la noche no solía irme de picos pardos porque me daba mucho respeto, pensé que entenderían a la perfección que solamente iría a tomar el aire —solté un suspiro mientras desviaba mi mirada—. Un error por mi parte, lo sé. Creyeron que me iba, así que las tías intentaron detenerme como si fuese a hacer algo malo, pero en mi estado de alteración, les dije que solamente iría abajo, nada más. Cuando una persona te dice alterada algo así, a menudo, no la crees, es cierto, lo sé, pero en mi cabeza sabía que no estaba haciendo nada malo y «la madurez inexistente» que me dijo Marinochka no ayudó para nada. Fue como recibir otra bofetada. Bajé abajo seguida de papá y mamá que no se llevaron los abrigos. Cuando os pidieron que los bajáseis y fue la tía Fedora quien los bajó, intenté, sí, sé que no de las mejores formas, que ella se fuese porque sabía que no me iba a ayudar en nada, y menos si mamá se ponía a hablar con ella como si yo no estuviese delante. Una de las cosas que dije es que no sabía tratarme, porque siendo realistas la última vez que me había intentado calmar había sido con.. ¿once años? Sin saber cómo, en mi intento porque se fuese para no ponerme más nerviosa y dejar de llorar en lo posible, comenzó a insultarme y volvió a subirse a su casa. Debido al insulto les pedí a papá y a mamá que me sacasen de allí, por eso me dejaron en casa, y bueno… eso fue lo que pasó.

Tras unos segundos en silencio, mis hermanos se miraron y sus ceños se fruncieron como si algo no les cuadrase.

— ¿Fedora te insultó?

— ¡Eso no nos lo dijo! —mi hermana mostraba signos de verdadero enfado.

— Es cierto, no dijo nada de eso cuando subió —murmuró Dasha.

Entonces, mis hermanos demostraron algo que pensé que no existía. Ellos me querían y me hubiesen defendido. Comenzaron a segurar que no se hubiesen quedado en casa de Fedora de haberlo sabido, e incluso, le hubiesen soltado alguna fresca por atreverse a insultarme.

Fue la primera vez en mucho tiempo que comprendí que por muy diferente que fuese, por todo lo que hubiese pasado y lo que hubiese alterado mis problemas psicológicos su vida, mis hermanos me querían, me aceptaban e, incluso, darían la cara por mí de ser preciso.

Quise llorar porque era la primera vez en mucho tiempo que me sentía parte de algo.

2018 / Jul / 25

Habían pasado seis meses desde el fático comienzo de año. Habían cambiado tantas cosas, pero todo el dolor seguía intacto. La sensación de estar por completo fuera del mundo había dejado una herida que aún no cicatrizaba. El dolor podía ser constante, a pesar de la locura ser transitoria.

Había regresado al trabajo con Chloe. En estos meses nos habíamos vuelto muy amigas, por suerte. Yo la escuchaba sus problemas con su pareja y ahora parecía incluso que tendría que trasladar su negocio de lugar dado que su maravillosa cuñada les quería echar del piso. Le podía ofrecer mi hogar durante un tiempo, pero no demasiado dado que si se iban, si se mudaban, yo también tendría que buscarme la vida en alguna otra parte.

Pensaba todo eso mientras recogía la maleta en el aeropuerto italiano. En dos días sería la boda de mi tia Marinochka. Se casaría con más de sesenta años con su novio Leonardo con el que llevaba algo así como una veintena en una relación de idas y venidas literales. Ella cogía el avión o lo hacía él para poder verse en Rusia o en Italia. Una vida bastante complicada y de la que uno termina cansándose. La vida nos obliga a dar pasos en las relaciones y uno de los dos hace un ultimátum. No sé quién fue en la relación de mi tía, pero me parecía bien que finalmente se estableciese aunque para ello debía renunciar a la vida que tenía en su país de origen, tal y como había hecho mi otra tía, Charlotte. Una verdadera pena para la familia consanguínea.

No me había quedado con el nombre y por mucho que había intentado aprender italiano años atrás y repasármelo en mi tiempo libre estos meses, no había manera. Escrito podía llegar a comprender algo, pero mi orejilla de sordete no me había ayudado nada en la comprensión de otros idiomas. El inglés lo hablaba de forma fluida, sí, había costado lo suyo, pero cada vez que aprendía un idioma nuevo volvía a tener la misma dificultad: el miedo al ridículo. Si podía evitarlo, me guardaba mis conocimientos en otras lenguas y me hacía la tonta o sacaba mi inglés del bolsillo para salir del paso. Por suerte, era el idioma más hablado del mundo. Según la mayoría de las personas había que subirse también al tren del imponente país asiático, China, pero yo veía que si además de pronunciaciones tenía que aprenderme otro tipo de alfabeto terminaría explotándome la sesera.

Seguí todas las flechas intentando quedarme con las palabras en italiano que no sabía lo que significaban, pero que su traducción al inglés me facilitaba mucho la labor. Adoraba que en todos los carteles estuviesen en inglés, porque a fuerza de las repeticiones del verbo to be en el instituto y los estudios en una Escuela Oficial de Idiomas junto a las explicaciones de mi prima, bueno, habíamos logrado conseguir algo decente y podía usarlo para comprender otros idiomas. El truco estaba en pensar en el otro idioma, no el tuyo autóctono y traducir. Sin embargo, la manera de funcionar de nuestro cerebro no siempre nos lo permite hasta que algo ahí arriba hace «clic» y sale tan automático como si lo hubiésemos hecho toda la vida.

Tenía la dirección en un papel. Mi madre se había empeñado en alquilar una casa rural. En ella estaríamos toda mi familia, con novia de mi hermano incluída y también mis primos junto a su padre que casi me hace golpearle durante el anterior cumpleaños del mío. Paciencia, eso era lo que había que tener y aguantarse unos cuantos días.

Me había prometido a mí misma que haría hasta lo imposible por volver a empezar, por demostrarme a mí misma que podía con todo lo que el mundo me quisiese echar a la espalda. Por eso había decidido finalmente ir a la boda. Me había cambiado el pelo, tenía un color caramelo y las puntas más rubias. Había comprado un vestido que consideraba perfecto. Era una boda, sí, pero no dejaba de ser una invitada de segunda fila así que no era necesario que fuese como si se tratase de la misma alfombra roja.

Me había codigo un vestido en tono champán. Largo. La zona de la cintura hasta el escote daba la sensación de ser pequeños detalles marinos hechos con aquella maravillosa tela plisada. Flores, encaje como si fuesen las algas en la zona del pecho. Además, era muy sencillo y cómodo así que no iba a tener que soportar ni el calor excesivo sudando como si llevase ocho mantas encima, ni tampoco tendría que aguantar demasiado frío, salvo en las piernas si decidía refrescar. Esperaba que a esas alturas no hiciese tanto frío como en un angustioso mes de enero, pero todo podía suceder.

Me recosté en el asiento del taxi que me llevaba mientras observaba todo el esplendor del lugar. Había vegetación verde, pura y limpia por todas partes. Si me hubiese gustado el campo hubiese sentido una gran envidia, pero lo único que soportaba de la naturaleza era ver el agua de los ríos correr y la posibilidad de ser devorada por los insectos me hacía la escapada a ver el agua pura mucho menos atractiva.

Decidí encender el teléfono. No sabía qué cobertura tendría en esos momentos, pero agradecía tener dos tarjetas SIM, una de mi país natal y la otra norirlandesa porque era mi lugar de residencia, al menos, por el momento.

El camino fue largo, la factura cara, pero no me preocupaba demasiado. Lo difícil no era precisamente llegar a ese hogar, sino sobrevivir todos los días que debía pasar en él sin montar un conflicto. Era mi primera toma de contacto con la familia tras lo sucedido y había dos problemas si todo se salía de las manos: una, no estaba en un sitio que conociese así que tampoco podía alejarse demasiado de la casa, yo sola; dos, tendríamos dentro una embarazada de siete meses y un adolescente autista a quienes no les vienen bien ese tipo de situaciones tensas. Conclusión: debía mantener a la bestia escondida hasta que pudiese mandar al diablo a alguien con toda la razón del mundo. Autocontrol, ven a mí. 

Mente abierta, Kyra. Mente abierta.

Y sin más, entré en la casa rural que, al menos la fachada, no tenía mala pinta.

2018 / Jul / 24

Año nuevo. Tenía un plan para año nuevo. Me había comprado unas cartas, un juego francés al que había jugado cuando había estado en el hospital de día. Mi intención, ante todo, era acercarme a mi familia, para eso lo había comprado. Sin embargo, el destino no siempre nos ayuda, o nosotros no somos capaces de expresar bien lo que se quiere, lo que significa para nosotros.

Hay momentos en nuestra vida que nos dan un antes o un después y el primer día del año lo fue para mí, en todos los sentidos.

Gritos. Locura. Peleas. Insultos. Todo aquello consiguió acabar con lo poco que había podido salvar a mi corazón de una destrucción completa. Me había bajado a la calle, con mis padres detrás y habían terminado llevándome a mi casa mientras analizábamos la situación.

Había perdido los estribos por una tontería, cierto, pero una tontería que significaba mucho para mí. Era un intento de acercarme a ellos, como ese niño pequeño que se acerca a otros intentando jugar con un juguete nuevo. Todo había terminado explotando por un comentario de mi madre, una forma en la que había respondido a mi tía y ella no había cesado de repetir una retahíla que yo ya sabía y no quería escuchar para evitar alimentar a aquella llama, pero sobre todo mi huida de la casa de mi tía fue la culminación. Pensaba que mis padres habían comprendido que me daba miedo ir sola por la calle, que no podía hacer grandes cosas de noche y aún así, allí estaba. Creían que iba a desaparecer. ¿Tantos años de terapia y de vida para nada? ¿No se suponía que si no puedes aguantar a alguien, que si ves que vas a explotar lo mejor es irse a dar una vuelta? ¿Por qué era la única que había alucinado con todo aquello?

Llevábamos como dos horas en nuestra casa y había llorado hasta casi perder el sentido. Mi pesadilla, la mayor de todas había estallado regalándome el peor regalo de principio de año de la historia. El dolor no había podido hacer gran cosa salvo terminar arrancando poco a poco mi corazón, ese corazón que necesitaba volver a nacer para componerse de nuevo.

Insulté, sí, lo hice, pero fui la primera en recibir insulto y eso me hizo comprender que no era nada más que una desconocida en una familia que había podido seguir sus vidas sin mí durante dieciséis años sin pretender conocerme mínimamente. Ahora, la burbuja había estallado y mis sensaciones se habían vuelto realidad. No era nada más que una persona de otra naturaleza. Era como un carnívoro viviendo en un bosque sin alimento. No había posible marcha atrás en todo aquello y me sorprendió saber que mis hermanos se habían quedado en casa de mi tía, que no habían regresado con nosotros.

Respiré profundamente y cuando sentí que el cansancio podía conmigo, simplemente me despedí de mis padres y me fui a dormir porque sabía que el día siguiente sería duro, difícil, y que después de todo, yo había sido la culpable por enfadarme por una tontería, pero todo se había escapado de mis manos ante sus respuestas tan impropias.

Me tomé un orfidal en un intento por calmar el dolor, por hacerme más fácil el descanso y por cerrar por fin el capítulo, el primer capítulo del año que no prometía demasiado.

Kyra.

Por favor, te pido toda la ayuda que puedas darme. Ha pasado lo que creí que no sucedería jamás a pesar de ser uno de mis mayores temores. He discutido con toda mi familia, uno tras otro y… ahora entiendo que no tengo lugar en el mundo. ¿No es evidente que todos me odian? ¿No es evidente que debo dejar todo pasar? 

No hay nada. Estoy sola, completamente sola y no tengo fuerzas para enfrentarme otra vez a la subida. 

¿Eres tú mi última respuesta o quizá seas la única?

Respóndeme… 

Entonces lo sentí, lo comprendí, en sueños, igual que si algo hubiese hecho un gran cambio en mi mente, como si finalmente se hubiese producido una nueva conexión neurológica. Yo misma me había dejado arrastrar. Yo misma había perdido todo el control de mi vida y era hora, de una buena vez, que no pudiesen las circunstancias conmigo, sino al revés. Si quería hacer algo, lo que fuese, debía mostrarle al mundo que no estaba menos capacitada que los demás para ello, para vivir.

Las lágrimas se secaron con la madrugada. Mis hermanos llegaron sin que les oyese llegar. No sé qué hablaron, qué no, solamente sé que por una noche mis sueños no me mostraron pesadillas, es como si mi cerebro al fin hubiese tenido un respiro de su sueño profético y dormí, dormí y dormí hasta que me dolieron los huesos y los músculos de estar en la misma posición. Dormí hasta que el dolor volvió a despertarme haciéndome saber que la vida, tal y como había sido para mí, había terminado con este comienzo de año.

2018 / Jul / 24

Querida Livia. 

Las fiestas suele ser un motivo de celebración para todo el mundo salvo aquellos que tenemos problemas para estar rodeados de personas. He tenido que soportar situaciones similares a la tuya. Ahora mismo no tengo precisamente una reunión familiar de esas típicas de las películas en las que todo parece una postal perfecta en que todo el mundo aguanta a todo el mundo. Créeme, y ahora me pondré en plan señorita Rottenmeier, según las estadísticas las fiestas son los momentos que provocaban más divorcios, más peleas familiares y más conflictos en general. El ser humano tiene tanto estrés acumulado y somos en general, tan intransigentes e intolerantes que es prácticamente imposible que en situaciones que impliquen una convivencia más intensa todo sea como en las películas. 

Te contaré que la religión y la política suelen ser los temas en los que uno termina discutiendo y… ¡sorpresa! Son los más problemáticos de todos. Nuestras ideologías no son de la misma clase que las de otro y la intolerancia conlleva muchísimas veces a eso mismo, Livia, a no tener una conversación sino una imposición de ideales en busca de llevar la razón como si se ganase algo. ¿Has visto algún documental de animales? Pues igual que las peleas de los machos Alfa por liderar la manada o por procrear con una hembra concreta. Somos igual de obtusos. Parece mentira que inventásemos el habla, nos entendemos igual que en el paleolítico en algunos momentos: a gritos y golpes. 

Ahora bien, volviendo al tema. No creo que estés del todo equivocada en tu apreciación. Si piensas bien cuando se habla de problemas mentales, en el círculo que sea, salvo aquellos que están completamente sensibilizados con esa situaciones, ¿se recibe una buena respuesta? Pensando con frialdad, lo primero que a la mayoría se nos vienen a la cabeza son todos esos casos violentos, esos asesinos en serie con cuadernos, esos psiquiátricos con camisas de fuerza. Siéndote sincera, esos casos se dan, es cierto, pero no son todos así. Un ejemplo claro es la campana de Gauss. Si no sabes cuál es, puedes mirarlo en Google. Es en sus extremos más estrecha, eso serán los casos más graves y los menos graves. Sin embargo, la parte más grande de la campana es aquella en la que están la mayor parte de los casos que no requieren ni operaciones, ni tampoco ingresos permanentes ni cosas de ese estilo, pero tampoco son tan simples como una necesidad de terapia de un par de meses para bajar el estrés y aprender técnicas de relajación. 

La mayor parte de la campana es la parte en la que están el resto de situaciones, el resto de pacientes. Hay situaciones más normalizables y situaciones que no. No sé realmente hasta qué punto uno puede soñar con que en el exterior puedan comprender los problemas internos. Hay una intensa necesidad de no salirse de lo preestablecido, de lo «normal» y sí, digo normal entre comillas porque la forma canónica de aceptación es extraña. Si somos seres diferentes, ¿por qué pensamos que todo el mundo tiene que estar cortado por el mismo patrón? Mientras no ofendas a nadie, ¿qué leyes infringes? No sé… supongo que esto me llevaría mucho tiempo explicártelo así que regresaré al tema que estábamos hablando. 

Esa sensación tuya quizá no sea una sensación tan solo. No tienen porqué haber dejado de quererte, pero puede que no sepan cómo acercarse y que te vean como esa persona voluble que no saben cómo puede responder. Al fin y al cabo, la familia no deja de ser una parte de la sociedad y así reaccionan de puertas para fuera, ¿por qué de puertas para dentro no lo harían? Es una respuesta natural, aunque a mi parecer no es nada legítima. ¿Por qué el que tiene problemas es quien tiene que acercarse? ¿Por qué cuando es evidente que alguien está mal no vamos a socorrerle? ¿Por qué queremos que cambie el mundo si no somos nosotros los que damos el paso por cambiarlo? Una acción no supone nada según algunos. Puede. Aunque se nos olvida pensar que si no pensase nadie diferente, si no hubiese una sola persona que tuviese otras ideas esas mismas no podrían extenderse. No importan los fallos que tenga en sus deducciones o en sus razonamientos, lo que importa es que no se conforma porque tiene voz para decir que eso no es así. 

Entrar en ese tema quizá sería hablar mucho del comportamiento social y todo lo demás, pero tus apreciaciones no tienen porqué estar equivocadas, aunque puede que sí lo esté la forma en la que llegas a procesar alguna información. Por ejemplo, me comentas sobre todas esas formas que tienes de retorcerlo todo. Quizá, al principio, no seas consciente de ello, pero nuestra mente es malvada. Si quieres encontrar una mala acción, incluso aunque no exista, la encontrarás. Puede que determinados comentarios no sean mordaces, en realidad, pero tú los sientes como si así fuesen, como si te estuviesen lanzando pequeños dardos todo el tiempo. 

Existen varias explicaciones a eso mismo. Una puede ser tu intención de darte la razón a ti misma cuando piensas que el mundo te odia, y como dijiste no es más que una retroalimentación de tu propio odio por todo lo que no supieron ver que estabas sufriendo para que no puedas dejar de odiarles, para que ese sentimiento siga latente, dado que es fácil que creas que no se merecen ni una sola de tus sonrisas, ni un pequeño buen momento. Otra quizá sea tu propia admisión frente a los demás de esa autoestima tan baja. Cuando uno tiene la autoestima baja, lo más fácil es que cualquier cosa termine siendo un refuerzo de lo malo que es, de lo inservible, de lo poco que vale… Aunque también existe la posibilidad de que hayas tomado un rol en tu vida de sumisión, dolor, inseguridad, complejos, etc; como si creyeses que no puedes salir de ahí, como si el estado en que crees que debes estar continuamente no es otro que el de la depresión continua. Como dijiste, el dolor parece tu compañero de viaje y aunque quizá no lo quieras, puede que una parte de tu mente haya decidido que no tienes posibilidades de vivir sin él, que te perseguirá porque no te mereces felicidad y eso, corazón, no es más que un reflejo de tu autoestima prácticamente inexistente. Tu moral está mellada y en la búsqueda de la disminución de ese dolor buscas la aceptación a regañadientes. El cerebro tiene sus razonamientos, lógicos o ilógicos en una situación sin las circunstancias en las que vives. 

Te diré algo que debes tener en la cabeza: muchas de tus respuestas son normales porque las situaciones y los sucesos previos fueron los anormales. 

No te rindas, Livia. Cuéntame qué tal tus vacaciones a parte del tema familiar. 

Estoy siempre al otro lado de la pantalla. 

2018 / Jul / 24

Me refugié en la cocina. Existen momentos de deleite, de disfrute y otros en los que una sola persona puede necesitar desaparecer del mundo. Muchos de esos instantes lograba, en lo posible, huir. Sabía que en mi cara se leía todo con gran facilidad. El asco, el enfado, la forma irrefrenable en la que rodaba los ojos cuando escuchaba algo que rozaba los límites de la estupidez más profunda. Intentaba ser tolerante, con todos, pero había ocasiones en las que era demasiado complicado.

La cocina no había cambiado casi nada. Tenía aún esos azulejos con la cenefa de teteras y utensilios que normalmente se usaban en la cocina. Había un frigorífico nuevo. Era evidente que aquel que dejé cuando me marché de mi hogar estaba en tan pésimas condiciones que suplicaba ser cambiado y pasar a mejor vida. ¿Por qué lo sabía? Porque enfriar, su objetivo y único trabajo había dejado de ser una prioridad para él.

Había otra vitrocerámica. Estaba tan bien cuidada que no me sorprendía que mi madre no le hubiese dejado a mi padre limpiarla ni una sola vez. Recordaba que la anterior había tenido tantos arañazos por la fuerza innecesaria ejercida por mi padre al limpiarla que parecía tener muchísimos años de uso antes de tiempo.

Sobre la encimera estaba toda la comida que aún no habíamos consumido y que probablemente no lo hiciésemos. Mi familia comía bastante, pero en todos los cumpleaños habían restos y esos eran para los anfitriones de la velada.

Me sorprendía la facilidad para pasar de un tema a otro que tenían en el salón. Si yo me enfadaba solía quedarme encasquillada con ese tema al menos unos cinco minutos hasta que lograba pensar en otra cosa antes de haber mandado, internamente, al demonio a todos aquellos que me habían hecho sentir ridícula. Sí, la rabia, el mal humor, era algo que prácticamente había aprendido como método de defensa frente a todo. Eso sí. Con lo que a menudo conllevaba todas emociones tan fuertes.

Hola, Kyra. 

Son las fiestas de Navidad, aunque imagino que ya lo sabes. Sé que lo más probable es que estés ocupada y que no reciba contestación tuya de ninguna clase hasta pasadas estas vacaciones, sin embargo, necesitaba escribirte. 

¿Es normal sentirse como un pez fuera del agua en tu propia familia? Llevo estas fiestas aún preguntándome qué hago aquí, porqué les obligo a pasarlas conmigo cuando es obvio que no les interesa hacerlo. Me aislo en el ordenador e intento buscar mi propio placer para no saltar a la mínima de cambio. ¿Sabes qué es esconderse? Yo lo hago aislándome en mi propia burbuja y aunque me vean, no se acercan a mí, no importa lo mucho o poco que haya cambiado, para ellos sigo siendo ese animal salvaje que puede morder en cualquier momento. ¿Eso cambia?

Sentirse a gusto no es parte de mi dinámica común. Creo que sobro en cada lugar en el que me permito estar. Es como si hubiese un muro imposible de escalar entre ambos y que todos pareciésemos haber perdido las ganas o el interés en intentar ir al otro lado. 

No me siento comprendida. Creo que cada comentario es igual que un intento por no preguntarme qué hago, qué haré, qué podré intentar lograr en un futuro. ¿Tiene sentido creer que has dejado de importarles a las personas que deberían quererte más?

Siento que todo es una invitación a una pelea y no dejo de tener esa pesadilla en la que voy discutiendo con un miembro de la familia tras otro. Empieza por tonterías, pero va a ascendiendo en la escala de la crueldad. Tengo a todo el mundo en contra y me llega a preocupar el nivel de ira que se dispara en mis venas. Temo que si llego a esos niveles fuera de la pesadilla termine al final arrancando cabezas. 

Tengo miedo, tengo miedo de mi propio odio. Creo que en cualquier momento esa fiera que los demás creen que está dormida terminará saliendo y seré agresiva, más aún de lo que soy ahora. Y ya no sé cómo calmarme. Siento que no sirve de nada todo mi autocontrol o el que intento demostrar la mayor parte del tiempo. Todo son indirectas o rechazo sin pronunciar una sola palabra. A veces, el silencio, puede resultar tan hiriente como un insulto dicho en el momento propicio. 

El dolor ha sido mi mejor amigo durante mucho tiempo y ahora, no tengo ni idea de cómo evitarlo. Tengo la sensación de que yo misma lo busco. Es como si retorciese todo de forma que tuviese que ser una puñalada directa a mi corazón. ¿Son los demás tan malos? ¿Soy yo tan sensible? ¿Soy tan odiable? ¿Qué es lo que ocurre en mi cabeza? ¿Puede alguien volverse adicto a esa sensación de malestar? 

Es una retroalimentación de mi propio odio. Cada palabra, cada sentido que le doy a lo que me dicen es igual que experimentar todos los dolores de mi vida juntos. En mi cabeza se van desencadenando, odio a quienes me hicieron daño, odios a quienes no lo impidieron, odio, odio y odio. ¿Dejaré de hacerlo? ¿Podré sentir más cosas que dolor?

Ojalá mi correo no te destroce las vacaciones, pero estoy intentando, de la forma que sea, encontrar algún motivo para ser feliz, para celebrar algo que no me gustó nunca salvo por los regalos y creo que jamás lograré aceptar cierto placer en las reuniones familiares, precisamente porque eso es lo que simbolizan. Una reunión familiar para todo el mundo, menos para mí, quien permanezco aislada como si fuese una leprosa, como si hubiese hecho daño a todos aquellos cuando me dejaron marchar de su círculo antes de que tuviese verdadera consciencia de lo que estaba haciendo. 

Nunca fui la graciosa. Nunca fui la inteligente. Nunca fui nada más que esa chica que se sentaba enterrando rencor en su interior para terminar expulsándolo en ráfagas de palabrotas porque me daban la posible mínima salida a cantidades pequeñas de toda esa rabia que no sabía cómo expresar. 

Ahora que termina el año siempre se piensa en que el anterior será mejor, yo, hace tiempo que espero que al menos no sea tan horrible como el anterior. 

Cuando terminé de leer las palabras de Livia un intenso dolor apareció en mi pecho sabiendo que eran exactamente las mismas frases que yo había escrito años atrás y no demasiados. Cerré mis ojos jadeante intentando controlar las lágrimas porque era verdaderamente intenso. Era una imagen casi perfectamente copiada de mí misma y tenía que ayudarla fuese como fuese. Al menos, ella merecía poder seguir adelante sin caer en la desesperación y aprendiendo a apreciar la vida tal y como yo había dejado hacía tiempo de verle ese color maravilloso, esa luz y esa fuerza.

2018 / Jul / 23

Los miembros de mi familia eran tan diferentes como lo pueden ser distintos seres escogidos al azar de cada una de las posibles comunidades del planeta. Tenía la sensación de algo que no comprendía. Todo aquel que estaba en el grupo de los «licenciados» en la universidad, parecían querer tener la razón sobre todas las cosas como si el resto no tuviese igualmente opiniones válidas. Podía ser una apreciación mía, estaba segura, aunque también podía tener que ver con la forma tan agresiva de algunas personalidades en las que siempre tienen que tener la razón ocurra lo que ocurra aunque estén equivocados.

Había un porcentaje que se limitaba a escuchar hasta que comprendían que el fallo garrafal que se estaba diciendo era insalvable o, porque ellos tenían otras experiencias. Por otro lado estaban aquellos que no se bajaban del burro por muchas pruebas que les diesen tomándose hasta llegar al ámbito personal. Y además estaban aquellos que daban la razón como a los tontos a éstos últimos porque de esa manera se aseguraban varias cosas: uno, ganar la discusión y dos, intentar tener menos problemas con el susodicho.

Llegaban a existir casi bandos, personas que siempre estaban en el mismo grupito de discusión a favor de la misma idea aunque fuese en caso de alguno contraria a lo que había dicho los días previos. En esta ocasión todo se deslizaba entorno a los distintos medios de conseguir trabajo en el país. Las plazas, dependiendo de qué sectores, eran bastante más complicadas las unas que las otras, sí, es cierto. No obstante, tal y como se había puesto uno de mis tíos explicando la dinámica parecía que le había tocado de examinador el mismísimo Einstein.

No obstante, me fijé que en ocasiones me ocurría algo en mi comprensión analítica. Cuando intentaba seguir el hilo de las conversaciones la forma en que algunos tenían la intención de lograr llevar la razón o la voz cantante me parecía un tanto extraña. ¿Por qué se desviaban de un mismo tema? Por ejemplo, explicar mil veces la forma en que se realiza un examen no quita verosimilitud a la posibilidad de que hubiese habido chanchullos en la aprobación de determinadas personas, porque sí, dudaba mucho que en algún país, en ningún momento de toda su existencia hubiesen terminado escogiendo a alguno de los miembros de su plantilla a dedo por ser amigo de, hijo de, o hermano de alguien que ya estaba en la empresa o que estuviese en el tribunal.

Los políticos eran un claro ejemplo de esto mismo. ¿Cuántos casos no había de corrupción en los que aprovechaban su posición de poder para meter a toda la familia en negocios en los que pudiesen salir beneficiados todos? Pensando fríamente, ¿qué persona si pudiese favorecer a algún miembro de su familia no lo haría? En cuanto se trata de la familia mezclada con negocios, el cerebro humano busca todas las formas de beneficiar en exceso. No era partidaria de ello, pero sabía que probablemente en la misma situación yo también cedería ante el poder de la familia. Es casi como ser miembros de la mafia o algo parecido.

Mi propio pensamiento casi hace que soltase una carcajada que no venía a cuento, pero tenía la idea perenne que tendríamos conversación inservible para mucho rato. Unos asegurando lo que sabía todo el mundo, la forma tan fácil en que algunos habían llegado a sus puestos de trabajo; otro, en cambio, sin cambiar de postura por haber sido uno de los miembros de uno de los múltiples tribunales que habrá en el país cuando se trataba de ese tipo de exámenes.

— Partiendo del punto y hora en que aceptemos que en ese tribunal en el que estuviste realmente no hubiese habido ningún tejemaneje, no puedes poner la mano en el fuego por todos los tribunales de todos los países básicamente porque ni has estado en ellos ni podrás negarlo por mucho que quieras. El resto tienen pruebas de ello, sí, en otras áreas laborales diferentes a la veterinaria; no obstante, tú, por el contrario, solamente tienes como aval tus comportamientos en los tribunales en los que has estado en años diferentes. ¿No crees que la generalización y tu categórica negativa sobre las respuestas de ámbitos en los que tú no tienes la respuesta es inaceptable? —aquel pretendía ser mi discurso. Lo hubiese sido de haber podido pronunciar más de dos palabras seguidas sin que ese hombre me cortase para sentar cátedra, una vez más, de todo aquello que le habíamos escuchado decir, al menos, cuatro veces ya.

Rodé los ojos viéndole, además, llevarse un montón de ganchitos a la boca. Pregunta, solamente interna mía, ¿en qué dieta estricta de esas que sometía a toda su familia a comer solamente verduras, entraban los ganchitos? Oh, sí. Ese era el tío que aseguraba que aún con sesenta años cumplidos tan solo tenía que comer más fruta y verdura un par de semanas y con algo de ejercicio habría bajado de peso en un mes. Exactamente lleva diciendo lo mismo algo así como seis años, pero aún no le había visto dejar los dulces, el alcohol, ni los desayunos fuera de casa con unos buenos churritos en ese bar español que como no llevaban casi aceite para freírse…

Con ese tipo de personas solamente había dos opciones: darles la razón como a los tontos y fomentar su creencia sobre su superioridad sobre el resto de la población mundial, o bien, pasar de ellos intentando que pronto llegase su próximo compromiso para irse de picos pardos y no tener que aguantar más su imposición autoritaria de cada doctrina dicha por una cabeza que evidentemente tiene algún tipo de problema.

¿Siendo sincera? A menudo tenía ganas de estamparle alguna cosa en la cabeza o mandarle a tomar vientos. Era el típico machista que educaba a sus hijos bajo la imposición de doctrinas de la edad de piedra en que los hombres no podían llorar porque «eso era de niñas». Por su creencia de ser superior había recibido un hachazo del destino, la incomprensión e imposible aceptación del autismo de su hijo menor. Ni tan siquiera cuando habían pasado ya quince años, cuando eran más que claros los problemas y cuando la violencia del pequeño se escapaba de los límites contra su mismo porque no podía soportar alguna frustración que nosotros no comprendíamos, era capaz de pensar en su hijo y ver que su negativa a aceptar sus limitaciones y su enfermedad no hacían más que impedir lograr que ambos tuviesen una forma de trabajar conjunta, aunque… nunca la habían tenido.

Existían muchas clases de padres y lo había comprobado con el paso del tiempo.

2018 / Jul / 23

Si en algo se caracterizaban las fiestas navideñas no era por otro motivo que no fuese por las enormes comilonas. Generalmente, todas las familias tenían de descanso los días de la semana siguiente, pero en mi hogar había una diferencia considerable, el día veintisiete de diciembre era el cumpleaños de mi padre, por lo que teníamos que celebrar otra fiesta en la que desde luego se comía mucho menos sano. Los aperitivos como patatas fritas y todo tipo de esos derivados no faltaban dado que gustaban a todo el mundo y era una verdadera perdición para mí.

De todos modos había que ponerse en situación: toda mi familia estaría allí en esa ocasión y no sería tan solo la más cercana. Tendría que ver a mis tías, al menos, las que hubiesen llegado ya de sus destinos o quisiesen aparecer por aquí.

No sabía si a mi padre le gustaba su cumpleaños. Hacía tiempo que no reía fácilmente, ni tan siquiera se le escapaba una sonrisa, vivía atormentado en el mundo que su cabeza creaba y dudaba que el Parkinson le ayudase con todo eso.

Habían ido aquella mañana a comprar. Había decidido quedarme en mi casa puesto que mi hermana quería acompañarles. La casa para mi sola había sido un verdadero descanso mientras intentaba recordar a mi cabeza que si me había enfrentado en otras ocasiones a cumpleaños, éste no tenía porqué ser peor que ellos.

Las horas se deslizaban igual que por un tobogán. Iban deprisa, como si estuviesen haciendo una competición a ver quién duraba menos. La parte buena, entre comillas, es que no llegaría nadie a las cuatro de la tarde. Ese turno de familiares tan solo había pertenecido a mis dos abuelas durante mucho tiempo. Ellas estaban allí las primeras, una porque así no tenía problemas para coger los autobuses dado que no le gustaba que la llevasen y trajesen a todas partes, y por otro lado, mi abuela materna porque no aguantaba tener que esperar mano sobre mano a que sus hijas se arreglasen cuando ella ya podía disfrutar de sus nietos y felicitar a su yerno. Las echaba de menos. Una era más tacaña que la otra, pero ambas daban lo que podían en los cumpleaños y siempre tenían esos chascarrillos que estábamos hartos de escuchar, pero que ellas no parecían comprender que habían repetido hasta la saciedad.

Me dolía pensar que jamás volvería a escucharlas decirme un «guapa» cuando menos lo esperase o por el contrario, ese comentario sobre mi voz tan dulce y bonita. Yo la odiaba, era casi de niña pequeña, pero la soportaba debido a que podía engañarme a mí misma cuando hablaba, con eso de que no podemos oírnos exactamente igual que los demás, sino varios tonos más graves.

Observé las manecillas del reloj moverse hasta el momento en que sonó el timbre. Esperaba, en lo posible, que no viniesen todos juntos, que alguien se saltase el cumpleaños, pero no parecía tener demasiada suerte con ello.

Todas mis tías fueron entrando una a una. Mis tíos, los hermanos de mi padre, hacía mucho tiempo que no iban a sus cumpleaños ni nosotros a los suyos. Problemas familiares que llevarían demasiado tiempo intentar explicar y que ni tan siquiera yo me había enterado bien del todo de lo que había pasado. Con el paso de los años lo había aceptado como si fuese algo normal comprendiendo que tendría que enfrentarme a la familia de madre. Garras afiladas, corazas puestas, malos humores, intentos de llevar siempre la razón… Pensaba que todas las familias eran así y no me equivocaba del todo. En las discusiones era parte de la naturaleza humana intentar imponer la opinión frente a la del otro, había que hacer un aprendizaje para evitar tener esos instintos y era fácil saber que la mayoría de las personas no están dispuestas a recibir lecciones de cómo pueden ser mejor personas o quizá el término sería, mejores ciudadanos o más tolerantes. Nuestro ego, cuando nos hacen esa sugerencia, nos tapa los oídos y se pone a cantar como cuando de pequeños decíamos: habla chucho que no te escucho. Yo misma pasaba en muchas ocasiones por esos estados y la realidad no era hora que intentar usar mejor el lenguaje. El imperativo estaba a la orden del día en nuestras conversaciones.

El sonido comenzaba a ser asfixiante. Miré a todas mis tías entrando con sus variopintas formas de vestir. Unas más elegantes, otras tan apretadas que me parecía sorprendente que dijesen tener complejos de la clase que fuese si se obligaba a entrar en ropa dos tallas más pequeñas de la que debería usar. Así cualquiera iba apretada. Otra llevaba un look más casual debido a que permanecía aún en su adolescencia mental dado que se había saltado esa parte de su vida. Rubias, morenas, pelos lisos, rizados… No había dos tías iguales.

También habían venido mis primos. En total tenía cinco y algunos de ellos ya tenían su propia familia. El lugar se llenaba de niños pequeños de nuevo. Había una temporada en que las generaciones se renovaban poco a poco. Durante un tiempo no había niños pequeños y después comenzaban a salir casi de debajo de las piedras.

A mí me parecía una completa y absoluta bendición. Los niños lograban que pudiese separarme de la miseria o de mis pensamientos negativos. Así que en el momento que entraron las niñas y los niños con esos conjuntos y vestiditos quise comérmelos a besos a todos esperando que me aceptasen como su compañera de juegos para evitar de esa manera tener que mandar al diablo a alguno de los padres o abuelos de los pequeños.

Mi primo quien no había querido estudiar algo que realmente pudiese darle la salida apropiada, había terminado trabajando en una de las cadenas de comida rápidas más conocidas en el mundo. Sin embargo, eso no quitaba a nadie la inteligencia ni la valía, porque él había ascendido como la espuma demostrando que hasta en los trabajos más infravalorados uno puede destacar. Su esposa trabajaba en lo mismo.

Mi prima mayor, en cambio, trabajaba como profesora de inglés y lamentablemente su situación laboral no era precisamente buena. Dudaba que en algún otro país los profesores, uno de los pilares de nuestra educación más primaria, no estuviesen explotados.

Y ahora, yo entre ellos, a pesar de tener una carrera había terminado trabajando en algo completamente diferente porque no, no es la inteligencia lo que suele mover el mundo, sino la necesidad en muchas esferas de la vida.

2018 / Jul / 22

¿Realmente me merecía a alguno de esos hombres que se acordaban de mí durante las fiestas o mi cumpleaños mientras que yo solamente quería esconderme de todos y cada uno?

El día de Navidad fue largo, muy largo. Intenté animarme a mí misma pensando que solamente quedaba una semana para año nuevo y que después de año nuevo podría irme de allí, aislarme del mundo, gritar, patalear, o… ¿o qué? ¿Podía hacer algo de todo eso? ¿Podía aislarme del mundo en realidad como ya había hecho otras veces en mi vida? ¿Era esa la solución? La vida seguiría. No podía volver a arrastrarme por ella para intentar remontar el vuelo. ¡No tenía derecho a obligarme a eso!

Cuando la comida hubo terminado, esa que no era otra cosa que las sobras de ayer y la maravillosa sorpresa de comprobar que mi hermano se había ido con su novia a celebrar el día de Navidad a casa de sus suegros. Me vendría bien pasar un solo rato sin la manera en la que echaba por tierra todas mis argumentaciones como si fuesen la mayor estupidez dicha por la humanidad. Volví a la habitación y pensé qué podía hacer con esos regalos. La carta de Damian no quería leerla aún. El manuscrito de William sí, una historia de amor siempre era un consuelo agridulce para un corazón roto. Pero, necesitaba saber qué estaba escrito en esas cartas.

Abrí la primera, la más antigua. Y, entonces, pude empezar a conocer al verdadero Gustav.

No habían pasado muchos años desde su última relación. La primera y la única que había tenido. Aquella chica, Anaïs había logrado entrar en su vida igual que si fuese un terremoto. Por primera vez se había sentido bien, contento, entusiasmado por algo, completo… La describía como si fuese la mujer más maravillosa de la tierra. Su cabellera rubia, sus ojos chocolate, la sonrisa coqueta con toques de inocencia y la forma en que sus manos parecían casar a la perfección cuando se rozaban.

Todo había sido lento. Anaïs era la chica de su vida, eso lo sabía desde que la había conocido y por ese motivo, no quería hacer nada antes de tiempo. Debía ser cuidadoso. No quería lastimarla, no quería herir su corazón de ninguna forma y menos ofenderla por intentar cosas que ella no estuviese dispuesta a hacer. La trataba como a una princesa de cristal demasiado frágil para sostenerse ella sola en sus dos delicados pies. A esas alturas, había cogido un asco insoportable a esa tal Anaïs, pero seguí leyendo.

Todo había sido meditado. Había tardado casi dos años en pedirle una cita y finalmente cuando había obtenido el sí de ella habían estado otros dos años en relación. Me describió de manera tan intensa sus sentimientos en cada uno de sus encuentros que me dieron ganas de vomitar. Había estado con un hombre que no había olvidado a su primer y único amor. ¿Para eso me mandaba todo eso? ¿Quería destrozarme por la absurda razón de no haber sido Anaïs 2.0?

Intenté relajarme antes de tirar las cartas a la basura. Me contó sobre algunos de sus viajes y cómo a su regreso, Anaïs ya no era la misma, ya no era su Anaïs. En uno de sus anillos estaba un deslumbrante anillo de compromiso que le había regalado uno de sus compañeros de trabajo.

La agonía consumió a Gustav en ese momento. Pensó que no volvería a ser feliz, jamás. Tuvo que ir a la boda porque no encontró excusa y debió aguantar el tipo mientras se decían los votos matrimoniales con palabras que él había escuchado salir de sus rosados labios dirigidas a él. Ella había jugado con su corazón convirtiéndolo en su diana favorita.

Por ese motivo se fue, huyó a Belfast. Cogió todos los trabajos posibles que le tuviesen de viaje en viaje y en uno de esos, aparecí yo. Aturdida, al borde de la muerte, con la agonía escrita en todo mi ser y el desamparo escapando de mi alma. Se dijo a sí mismo que no podía consentir que alguien tan frágil y a la vez tan distinta al mundo pasase a mejor vida por un atropello y sin pensarlo demasiado me salvó la vida.

Cuando me tuvo lo suficientemente cerca pensó que debía ser irreal. ¿Quién en aquel mundo de locos se seguía sonrojando con un halago, una sonrisa amable? ¿Quién aún creía que él podía ser algún tipo de ángel por haberle salvado la vida? Era distinta. Era la mezcla perfecta entre dulzura e inocencia. No había maldad en mis ojos hacia el mundo, pero sí había un continuo reproche hacia mí misma y puede que eso le atrajese como un imán. Era como si sintiese la necesidad de protegerme hasta de mí, de mostrarme la salida para ser feliz y ayudándome a mí misma a encontrar las claves quizá podría lograr descubrirlas él mismo en su propia realidad.

Mis mimos, la forma en que William me trataba y la tortura china a la que yo misma me sometía. La forma en que veía el mundo, la dulzura con que me había comportado mientras habíamos sido compañeros de piso le hicieron más que imposible no enamorarse de mí, de una forma diferente, de una forma que rompía todos sus esquemas y aún así, se había enamorado. E igual que le había pasado la última vez, el trabajo le había arrebatado la posibilidad de ser feliz. Me echaba de menos por razones que no entendía. Escribía frases bastante más cursis de las que yo hubiese podido esperar de él. Pero se despedía de nuevo pidiéndome que no le olvidase. Asegurándome que cualquier hombre sería el más feliz de la Tierra siendo mi pareja y que odiaría a ese hombre hasta el fin de sus días.

La congoja se apoderó de mí. Las lágrimas hacía cartas que no paraban de resbalar por mis mejillas sintiéndome la peor mujer de la Tierra y comprendiendo que él se merecía mucho más, muchísimo más que yo. No podía dejarle volver a mi vida porque se la haría miserable y por ese motivo, el destino me había vuelto a mandar a William quien me trataba de la manera rastrera que debía. No había espacio para la felicidad en mi vida.

Sin embargo, una voz gritó entonces en mi cabeza: ¡Un momento, señorita! ¿Y tú te haces llamar psicóloga? Por eso, desde mi fuero interno supe que no podía seguir descendiendo en el pozo pues éste parecía haberme atrapado de nuevo arrastrándome a su interior.

2018 / Jul / 22

El agua recorría mi cuerpo y para mí era igual que si limpiase un pozo profundo de problemas. Era solamente un placebo, un bienestar instantáneo, pero servía y eso era lo importante. A menudo, solamente necesitábamos un momento de paz y tranquilidad para poder encontrar una salida a todo lo que estaba en el aire. Y otras veces solamente necesitábamos no pensar. En este caso, yo no quería pensar, ni un solo segundo.

Tras cambiarme en el baño, salí para ir al salón donde mi hermana estaba con el pelo revuelto recogido en una coleta y mi padre también, obligado por mi madre a desayunar en el salón puesto que tenía esa odiosa manía de desayunar en la cocina, de pie, sobre la encimera. Algo que no debía venirle precisamente bien a sus articulaciones.

Caminé hasta la mesa donde aún estaba la bandeja con los dulces navideños. Cogí una pasta con mucho azúcar que descubrí con gusto que parecía de hojaldre o algo muy similar a éste. Me senté en mi lugar y cuando me di cuenta vi que había regalos en el pequeño árbol de plástico con el que llevábamos toda la vida. No eran demasiado, cierto, pero por lo menos había uno para cada uno. Mis padres habían intentado hacer este día un poco más especial.

Rochester quien se sabía de sobra mi predilección en los colores, entró en el salón y a pesar del reproche de mi madre porque no le gustaban los animales, había cogido el regalo envuelto en una especie de papel metalizado amarillo con adornos plateados. Mordisqueaba el cordel y finalmente me entregó el paquete cuando se percató de que mi mirada estaba puesta en él.

— ¿Nos habéis comprado un regalo a cada uno? —pregunté sorprendida mirando a mis padres.

— ¿En serio no son solamente de decoración? —la voz de mi hermana quien a menudo no disfrutaba de conversaciones activas a primera hora de la mañana sonó mucho más grave de lo acostumbrado.

Ambas abrimos nuestros regalos con el permiso de nuestros padres justo en el momento que llamaban a la puerta. Para que no se levantase ninguno de mis padres lo hice yo, fui a abrir puesto que tenía mejor pinta o, al menos, estaba más arreglada que cualquiera de ellos.

Al abrir la puerta pensaba que me encontraría a mi hermano, sin embargo, había un repartidor. Me sorprendió comprobar que estaba trabajando el día de Navidad.

— ¿Señorita Mijáilova? ¿Kyra A. Mijáilova?

— Soy yo.

— Le traigo estos tres paquetes. Créame que alguien le debe de querer mucho porque no es lo normal que nos paguen un buen extra por traerlos —soltó una carcajada y me mostró la condenada pantalla táctil del móvil que siempre me dejaba un churro de firma porque jamás en la vida había aprendido a firmar con el dedo y menos teniendo a otro que me sostuviese el formato antes llamado papel.

— Gracias.

La confusión en mi rostro era evidente cuando cogí los tres regalos. No sabía de quién podía ser cada uno y esperaba que no fuesen de la misma persona, no al menos esta vez. Sin embargo, el remite de cada paquete era diferente aunque en ninguno ponía el nombre de quien lo enviaba, solamente la dirección y el país. Veamos tenía: Tailandia, Estados Unidos e Inglaterra. Si alguien podía estar en Tailandia era Gustav. Se me encogió el corazón al pensar que podría haberme comprado algo para Navidad y yo no haberle regalado nada, ni tan siquiera haberle hablado en todo este tiempo.

Respiré profundamente y subí los paquetes a la habitación, no quería tener que dar explicaciones a nadie. Después, bajé para terminar de darles las gracias a mis padres por el regalo que me habían hecho. No era gran cosa, era cierto, para cualquiera no sería absolutamente nada, pero para mí era fantástico. Un libro. Un hermoso libro que ambos habían escogido para mí. Sabían que me gustaban las letras, así que había sido un acierto seguro. Siempre le había dicho a mi madre que lamentaba que no tuviésemos nada más que El perro de los Baskerville de las obras en donde Sherlock Holmes era el protagonista y por eso delante de mí tenía un libro con varios relatos diferentes de los distintos casos creados por Doyle.

No fue un gracias demasiado efusivo. Rápidamente me fui a la habitación porque había tres regalos que tenía que abrir y que no podía quitarme de la cabeza.

Rochester me siguió. Estaba dispuesto a no dejarme ni un solo segundo sola aunque ayer por la noche había tenido que pasarse la velada en mi dormitorio.

Me senté en la cama mirando los distintos paquetes y preferí empezar por aquel que tenía de remite Inglaterra. No podía ser otro que Damian. Cerré mis ojos con fuerza unos segundos y finalmente abrí la caja cuando me permití mirar de nuevo. Dentro, había un pequeño osito de peluche. Había acertado claramente y aún así, no me hacía la más mínima ilusión después de lo ocurrido entre nosotros.

Había una carta, pero si quería tener tiempo y estar lo suficientemente bien para la comida, dado que no sabía si vendría la novia de mi hermano, debía dejar esa carta para más tarde. Me enfadase o llorase no sería un buen estado anímico para tener que encontrarme con alguien ajeno a mi montaña rusa emocional.

Abrí el paquete de Nueva York. En su interior me encontré un manuscrito del último libro de ¿quién si no? El profesor. Suponía que esto tenía que ver con mi aceptación a leer algo suyo meses atrás. Puede que la carta antigua no fuese nada más que un regalo y no una súplica de nada más. Mi inexperiencia leyendo las señales de amor era bastante notoria.

Por último, dejé el regalo que tenía más matasellos. Tailandés. Abrí poco a poco el paquete y cuando lo hice pude ver una cajita de madera rodeada por un sedoso cordel del que colgaba una llave. Al quitar el cordel pude abrir ese cofrecito y en su interior encontré cartas, todas a mi nombre, todas sin sello, todas escritas durante todos los meses que habíamos pasado separados antes y después de nuestra ruptura. La mayoría eran sobres gordos así que tendrían más de una hoja escrita y comprendí que Gustav me estaba entregando todo su corazón.

2018 / Jul / 22

Me pasé la mayor parte de la cena escuchando a los demás hablar. No tenía muchas ganas de contar nada a nadie de lo que había vivido en mi estancia en los diferentes países. Lo que quería era recobrar el buen humor que parecía haber perdido. Deseaba, en lo posible, encontrar a la Kyra que había parecido perder en mi propia locura indomable y, como de costumbre, no fue demasiado difícil porque mi familia disfrutaba en sus conversaciones manteniéndome al margen igual que si fuese una extraña. Tan solo mi madre lanzaba alguna pregunta esporádica si me veía intranquila o si en mi rostro veía la frustración o la tristeza, algo que me obligaba a disimular concentrándome en la discusión que se producía en la mesa con asuntos que ni me iban ni me venían o entendía.

Mi cabeza se encargaba de regalarme algo de paz tarareando alguna canción que me hacía pensar en otra cosa. Sin embargo, mi existencia era culposa, igual que un ladrón arrepentido de haber cometido su último robo como si hubiese estado obligado a hacerlo.

La noche se iba alargando y disculpándome con todos ellos me fui a la que era mi habitación. Tenía que subir las escaleras puesto que mis padres habían tenido que cambiar su dormitorio con el mío para facilitarse a ambos el subir y bajar los escalones, aunque todos lo sabíamos que lo habían hecho por mi padre tan solo, al menos, mi madre, aún estaba de maravilla a pesar de la edad.

Cerré la puerta y maldije el frío endemoniado que hacía en aquella parte de la casa. Me quité la ropa deprisa y corriendo observando tal y como habían colocado todos los muebles. Gracias a eso no había problema en que tuviese mi pequeño rincón para disfrutar de la lectura.

Tras meterme en la cama, me acurruqué bajo las sábanas y respiré el aroma tan extraordinariamente familiar del suavizante que aún usaba mi madre. Una sonrisa se deslizó por mis labios y me abracé a la almohada. Todo estaba casi igual a como yo había querido dejarlo cuando me fui, por lo que una parte de mí encontraba suficiente consuelo refugiándome en la joven sin vida que fui tiempo atrás y esperando poder regresar a esa etapa de la vida, al menos, mientras me sintiese vulnerable.

Los sueños no eran muy agradables. Me revolvía en las sábanas de franela de colores cálidos en una búsqueda de sentir la seguridad que en otro momento hubiese sentido en mi cama. Ahora, en cambio, aquel era y no era mi hogar. Era igual que un pez nadando entre dos aguas.

Descansé hasta que despuntó el alba y rápidamente mis ojos se posicionaron en las ventanas del tejado que me impedían continuar durmiendo además de ser poco a poco consciente de todos los ruidos que ya hacían algunos de los vecinos. Me pregunté cómo se podían tener energías a esas horas para yacer en la cama con su pareja, pero seguramente, si gozase de pareja, yo misma podría estar entre juegos en busca del disfrute más profundo.

Volví a sentir el golpe de la soledad, la ausencia del amor. Me levanté de la cama y busqué entre mis cosas mi ordenador que me había acompañado también a su lugar de origen, o al menos, dónde lo había comprado muchos años atrás.

Encendí el ordenador, abrí algunas páginas de internet, pero finalmente, allí donde terminé fue reabriendo ese blog que había escrito muchos años atrás. Comencé a leer mis propias palabras recordando las historias que narraba para lectores anónimos que jamás me dejaban un comentario si es que alguien leía.

Finalmente, me entró el gusanillo y me dispuse a teclear mientras evadía mi mente logrando descargar toda mi cabeza de múltiples historias, de situaciones insospechadas, de… vida. Porque aquello era la vida y dándole vida a otros lograba entender mejor la mía propia además intentar perdonar a mi pasado con cada palabra tecleada.

Había vuelto a encontrar el placer que sentía antes en la escritura. Salirme de mi propia vida y poner mis problemas en un personaje no dejaba de ser una de las mejores terapias. Había que enfrentarse a uno mismo, encontrar soluciones, porqués y respuestas a comportamientos incomprensibles. Además, como autor era la dueña y señora de la vida de aquellos personajes, por lo que esperaba que ninguno se hiciese rebelde para llevar el control de toda la situación. Quería castigar y dar premios a mi protagonista y una parte de mí pensó que quizá yo misma era el personaje de una historia y estaban jugando conmigo dándome tantos premios como quitándomelos antes de haberlos disfrutado del todo.

Empecé a escuchar sonidos. Había estado escribiendo alrededor de dos horas. Mi madre siempre se despertaba temprano así que seguramente sería ella dispuesta a recoger el salón que habría terminado sin recoger del todo para su gusto. Sonreí pensando en ella, en lo muchísimo que trabajaba para tener la casa perfecta, pero la limpieza es tan efímera que en cuanto terminabas de limpiar podía volver a estar sucio lo primero.

Gustav había sido muy maniático en el tiempo que habíamos vivido juntos e imaginaba que solamente por no ofenderme había logrado aguantar sus deseos de desinfectar todo el lugar. Me había recordado a mi madre y ahora, ni tan siquiera podría presentárselo a mi familia.

La tristeza parecía ser algo que iba a consumirme durante todas esas fiestas. Hoy, era el día de Navidad. Hoy, no tendría ni un solo regalo como hacía años que era así. Cerré mis ojos echando mi cabeza para atrás antes de comentar todas mis frustraciones en mi personaje principal como si fuese mi propio diario.

Me levanté, cogí mi ropa y me bajé a la ducha. No podía negarme la intención de quitarme algo de malestar, de dolor, de rabia con una calmante y reconfortante ducha de agua caliente. Mi madre estaba ya en el salón comiendo aquel desayuno horrible: pan churrascado que había impregnado todo el lugar con su olor ha quemado y así, sin más, había vuelto a sentirme en casa.