2018 / Jul / 30

Todos los cuentos terminan antes de lo deseado. Había regresado a Belfast con una promesa y la cabeza hecha un verdadero lío. En momentos así extrañaba tener algún amigo. No le había dicho a nadie que regresaba un día antes de lo esperado, por lo que podría disfrutar de unas horas para mí sola, para ponerme al día con los correos y limpiar la casa.

Saqué el portátil de la maleta esperando que no se hubiese destrozado en el viaje. De no haber sido así mataría a quien lo hubiese roto. Diez años en mi vida y nunca me había dado ningún problema. Era el único “amigo fiel” que podía tener. Mientras cogía algo de carga y se encendía, limpié todo el polvo que había. Ni una sola miga ni nada por el estilo. Eso sí, polvo todo el que quisiese. Debía acordarme de ir a ver a Rochester y traerla a casa en un par de horas. Sí, me descubriría yo sola, pero necesitaba a mi perrito conmigo.

Vi todos los correos de Livia. Una sonrisa genuina se extendió por mi rostro. Estaba realmente feliz de que ella estuviese logrando algunas motivaciones. Sabía que había mucho camino por delante, pero puede que tuviese más facilidades que las que yo misma me impuse durante tanto tiempo. Nadie me puso barreras, solamente yo las colocaba para no seguir avanzando, para no ir hacia delante aunque en mi interior quisiese comerme el mundo. El miedo tiene todo el poder que uno desee darle y yo le había entregado mi vida entera como una esclava ante su señor.

Querida Livia. 

¡No sabes la ilusión que me hace saber que tienes planes! Cuéntame, ¿qué es lo que quieres estudiar? ¿Realmente eres tú quien quiere intentarlo o te sientes ligeramente obligada por esa imposición de tus padres? Estoy deseando que me cuentes todo con todo lujo de detalles. Ya regresé de vacaciones, así que soy toda tuya. 

No era cierto. No era toda suya. Ni tan siquiera había podido escribir un e-mail lo suficientemente largo como ella se merecía, pero en ese momento mi cabeza pensaba en todo lo que tenía que hacer, como debía cambiar el rumbo que había tomado mi vida tras la marcha de Gustav e… intentar vivir. ¿Sería tan difícil eso? Tenía treinta y tres años. Con carrera, pero sin trabajo de mi profesión. Bilingüe, o al menos eso intentaba. Y un solo hombre, o más bien dos, habían desbaratado todos mis planes con su ir y venir.

Miré los correos que no tenía como destacados. También la bandeja de spam. Allí había un total de trece correos que ni me hubiese planteado mirar si no estuviese haciendo tiempo antes de ir a por mi perrito informándole a Chloe que ya había vuelto a Belfast. Había hablado con ella antes del viaje y durante éste y aunque conservaba su buen humor, la situación no pintaba nada bien. La cuñada sabía dar bien por saco cuando quería. Les tenía entre la espada y la pared, en una incertidumbre constante y no sabía qué iban a hacer, pero “El paraíso de los dulces” corría riesgo de terminar cerrando.

Respiré profundamente antes de ver un correo que no parecía publicidad. Cliqué en él hasta que finalmente se abrió mostrándome una oferta de empleo en uno de los hospitales de Londres, una vacante a la que me había recomendado el doctor O’Connell. Según palabras textuales había sido una de las mejores compañeras que había tenido en el ámbito de la Psicología.

Me sonrojé por instinto. Me resultaba agradable que un compañero pensase eso de mí cuando no me debía absolutamente nada. Releí el correo y comprobé que hacía tan solo dos días de los tres que me habían dado para responder. De ese modo me dispuse rápidamente a teclear para informarles de mi interés por el trabajo después de asegurarme que el correo no era fraudulento.

No podía creerme lo que me acababa de pasar. ¡Una vacante en Londres! Si tenía un sueldo más o menos aceptable podría irme de casa de Gustav para que él hiciese lo que quisiese con su hogar. Me sentía intrusa sin él por allí. Era igual que estar de okupa en la propiedad de otra persona.

Revisé el resto de correos hasta que finalmente me encontré uno de una dirección que tampoco conocía de nada. Lo abrí esperando que no fuese un virus ni nada por el estilo.

Señorita Mijáilova. 

Debo pedirle disculpas por lo sucedido. Ni en mis peores pensamientos podía haber pensado que algo así ocurriría y créame si le digo que desearía tenerla conmigo en este mismo momento, abrazando su cintura, sintiendo su dulzura inocente contra mis labios… 

No piense que la olvido si tardo en buscarla, téngame paciencia. Han ocurrido sucesos que temo relatarle por si termina huyendo de mí como lo ha hecho otras veces. 

No sé qué me está haciendo… No sé cómo ha logrado que mi cuerpo se estremezca con solamente su recuerdo. ¿Es realmente inocente o es tan solo la máscara que pone frente a mí para encandilarme? 

Espero que haya tenido un maravilloso viaje. Quizá algún día podré llevarla lejos del mundo, iremos en un viaje donde no existiremos más que nosotros. ¿Sería demasiado pedir? 

Disculpe estas bobas palabras de un hombre hechizado. 

Cerré mis ojos con fuerza intentando no pensar que aquello era una carta de amor. No lo era, era simplemente un reclamo de un hombre hambriento de un cuerpo inocente, un demonio que había logrado encontrar el alma inocente que llevar al infierno para pasar la eternidad quemándose en el castigo de los pecados que cometía ahora. ¿Debía responderle? ¿Debía desaparecer como él había hecho tantas veces? Ni tan siquiera se había disculpado por lo ocurrido con su hermano, por todo lo que me había gritado como si fuese sorda, como si no pudiese escucharle con un tono normal.

Cerré el ordenador quedándome pensativa. Quería saber qué podía pensar. Necesitaba ayuda, pero ¿cómo le diría a alguien todo lo que había vivido con William para que me ayudase a entenderle? Verdoux debía ser mi secreto, hasta que lograse aprender a descifrarlo.

2018 / Jul / 29

Giuliana había preparado la cena cuando llegamos. A pesar de haber comido un poco no hacía demasiado tiempo, los niños estaban hambrientos y yo también. La ensalada caprese estaba deliciosa. Como plato principal había preparado un risotto a la milanese. Después algo de pollo y como último un delicioso helado. Cómo se podía cocinar tan bien era algo que no entendía, pero que admiraba de buen grado. Ojalá tuviese la misma mano que la mujer.

Comí todo lo que estaba en el plato y un poco más. Estaba hinchadísima, pero no me importaba haberme excedido un poco después de lo ocurrido cerca del río. William me había hecho suya, otra vez. ¿Cómo negarse a sonreír un poco? Sí, era cierto que los sentimientos no existirían entre nosotros, pero ¿y qué? Sí, me repetía tantas veces eso en un intento por hacer que me lo creyese yo misma.

Me levanté de la mesa dispuesta a irme a descansar. Estaba agotada. Cuando me despedí de ellos los dedos de William rozaron los míos al pasar por su lado y tuve que evitar girarme o me vería sonrojada. Entré en la habitación y me tumbé en la cama sin haberme quitado aún nada de ropa. Tenía que pensar con claridad, con toda la claridad posible, pero mi cabeza solamente era capaz de recordar una y otra vez lo sucedido aquella tarde. Primero el beso, después la pasión arrolladora. Con solo pensarlo ya estaba sonriendo como una niña boba, como si me hubiese dicho que me quería o algo por el estilo cuando en realidad, esas palabras jamás habían salido de su boca.

Me quité la ropa y me puse el camisón con el que dormía. Cuando hube terminado, escuché cómo llamaban a mi puerta. Al abrirla, William estaba al otro lado. Se abalanzó sobre mí robándome el aliento con sus labios y apretando mi cuerpo contra el suyo en un intento porque no me separase, porque no pusiese fin antes de tiempo a ese beso, al menos, quise entenderlo así. Mis labios respondían a los suyos con la misma pasión durante tanto tiempo contenida y mis dedos se aferraron a su cabello en busca de la liberación de mi alma, sin embargo, él se separó antes. Jadeó y me miró con la respiración errática mientras sus manos se divertían en donde parecía ser su lugar favorito, la curva que daba acceso a mi trasero.

— Pasaba a desearle buenas noches.

Solté una pequeña risa antes de dejar un beso en su mentón. Su rostro se escondió en el hueco de mi cuello y aspiró mi aroma, con fuerza. Ese olor a vainilla que me caracterizaba. Cerré los ojos y cuando los volví a abrir, Phillip estaba en el marco de la puerta que Verdoux había olvidado cerrar.

— ¿Cómo puedes estar con esa?

El desprecio en su voz era demasiado hiriente para ignorarlo. William salió del escondite de mi cuello y se giró tapándome con su cuerpo.

— Phillip esas no son formas de…

— ¡No puedes preferir a esa guarra antes que a ella! ¡No puedes!

— ¡Oye, mocoso…! —había empezado a salir de mi garganta cuando fui interrumpida por William quien me ponía un brazo en la cintura.

— Déjeme solucionar esto a mí, Kyra…

Con pesar se separó de mi cuerpo y caminó hasta donde estaba su hermano que no hacía nada más que soltar improperios hacia mi persona descalificándome de tantas formas que tan solo un grito de su hermano mayor cuando le arrastró hacia otra habitación había logrado detenerlos.

¿Quién era ella? ¿Quién podía haber sido ella? ¿Habían conocido a la madre de Helena? Quizá la dura competición fuese con esa mujer, una francesa de largas piernas, sonrisa angelical y una forma de ser que se había ganado a todos ellos. ¿Era a ella a quien llamaban mamá? ¿Alguna vez sabría toda la parte de esa historia?

Cerré la puerta. Me metí dentro de la cama mientras la cabeza me daba millones de vueltas. ¿Qué secretos escondían todos ellos? ¿Por qué parecía estar contemplando un libro de misterios donde aún no te explican quien es ese personaje del que todo el mundo habla? Me sentía insatisfecha. La curiosidad era uno de mis más grandes defectos y quería conocer todo, entender los porqués de las sombras de los Verdoux y una parte de mí, sensata ella, me pedía que me marchase a gritos si no quería sufrir de verdad. Todo era extraño y a la vez desconcertante. Todo era intenso e inapropiado. Era una familia disfuncional separada durante mucho tiempo y puede que solamente fuese eso lo que había provocado el verdadero rechazo hacia mí. No dejaba de ser una extraña que podía llevarse a su hermano mayor de sus vidas de nuevo.

Me abracé a la almohada y me dispuse a dormir. Por mucho que mi mente elucubrase yo no tenía todas las piezas del puzzle. Quedaban algunas a las que dar la vuelta y esperaba que William asumiese que no podía haber más secretos, ninguno más.

No se cuando terminé quedándome dormida. Ni tan siquiera sé si alguien vino a la habitación. Lo único que tenía eran sueños extraños con una mujer sin rostro más maravillosa que yo y burlándose de mí. Junto a ella, todas las chicas que se habían burlado de mí, una tras una aparecían para volver a lastimarme con sus risas y de cuanta manera se le ocurriese para ridiculizarme.

Me despertó el sonido del teléfono. Jadeé asustada, temerosa de que algo hubiese ocurrido. Recordé que ese no era el tono de mi móvil, así que me relajé sabiendo que no sería de mi casa, nadie de mi familia.

Escuché varios pasos. Después esos pasos seguidos de otros más fuertes y decididos alejándose. Una conversación amortiguada. Más y más voces. Las pisadas decididas yendo de una a otra habitación hasta que finalmente la puerta de la mía se abrió de sopetón. William estaba alterado, mucho y no parecía haber dormido gran cosa.

— Señorita Mijáilova… lamento mucho todo esto, pero mis hermanos y yo tenemos que irnos. Ha surgido algo importante que requiere nuestra atención. Es un asunto familiar, la llevaría conmigo de buen grado, pero no puedo… Le reservaré un vuelo a Belfast cuanto antes —concluyó y después cerró la puerta dejándome aún más atónita que antes.

¿Qué podía haber sido eso tan grave que había pasado?

2018 / Jul / 29

Me sentía como una adolescente. Estaba jugando con fuego, estaba quebrantando mis propias leyes y aunque supiese de sobra que no debía, que no podía, que me tenía que negar ese deseo, era igual que ponerme mi comida favorita preparada para comer y a punto de enfriarse lo suficiente como para que estuviese incomible. Era una tentación en toda regla y hacía mucho tiempo que la religión había abandonado mi vida casi del todo como para aceptar que tenía que negármela.

El resto del día fue bastante divertido. Tras el baño salimos y me puse a tomar el sol intentando en lo posible coger algo de color. Me tumbé en la toalla y William se puso a mi lado. Había traído en una cesta de picnic algunas cosas de picar sobre todo para sus hermanos y me tendió una bebida refrescante. No había olvidado mi disgusto por los refrescos efervescentes, así que tras abrir la botellita de cristal, comprobé que era un zumo de naranja roja. Tragué con gusto media botella. Estaba delicioso. No sabía si tenía miles de azúcares o por el contrario era un zumo natural envasado simplemente. Tampoco me apetecía descubrirlo en ese momento.

Me quedé mirando a William. Su cuerpo era un maldito pecado capital y eso que ni tan siquiera tenía excesivamente bien definidos los músculos como esos hombres que se pasaban miles de horas en el gimnasio. Había visto a algunos de los actores más codiciados del momento en sus películas que además de hinchados, tenían los músculos tan duros y definidos que una podía lavar la ropa en sus abdominales.

Podía contemplar las gotas de agua descendiendo por su espalda, dejando un reguero que rápidamente se secaba por la temperatura y mis deseos aumentaban por recorrer esa espalda con mis manos como si fuese ciega, como si tuviese que aprendérmela de memoria porque no lo hubiese hecho nunca.

Sorprendida en mis deseos terminé entregándome a la comida que se me ofrecía mientras escuchaba su conversación sintiéndome ajena a todo aquello.

Contaban anécdotas de los años que vivieron bajo el abrigo de su madre. Había cosas que no me terminaban de casar, pero no quería interrumpirles, era un hermoso momento familiar y lo máximo que yo podía hacer era tumbarme en aquella toalla.

Sin darme cuenta cómo me había quedado dormida. Mi cuerpo se tostaba poco a poco al sol y William, se encargó de despertarme cuando había mandado a sus hermanos de vuelta a la casa.

— Va a quemarse si sigue durmiendo…

Sus labios acompañados de esa barba que raspaba mi piel dejaron un beso en mi hombro, otro en mi clavícula y finalmente en mi cuello antes de que mi boca atrapase la suya en un beso necesitado. Gruñó contra mis labios y jadeé contra los ajenos. Se puso poco a poco sobre mi cuerpo y dejó que sus grandes manos recorriesen mi anatomía olvidándonos por completo de dónde estábamos y de quién podría vernos si decidían regresar.

— William… —jadeé cuando su boca empezó a dejar besos por todo mi cuello.

Podía sentir su erección creciendo, golpeando el interior de uno de mis muslos. No era inmune a mí. Ambos estábamos destinados a perdernos en la gloria pasional que nos embriagaba. Mordió mi piel, sin dejar marca, pero lo suficiente como para que entendiese su posesividad incontrolada. Regresó a mis labios adueñándose de mi aliento y reclamándome como suya mientras su lengua empezaba a jugar con la mía en una batalla vehemente que pedía a gritos un vencedor, pero que ninguna de las dos daba tregua alguna.

Nos giró, poniéndome sobre él pero permaneciendo sentado sobre su toalla ahora en lugar de la mía. Éramos una lucha constante de besos inconexos, cada vez más demandantes y torpes mientras sus manos se encargaban de quitarme la parte baja del bikini dando un ligero tirón a cada uno de los nudos que lo sostenían en su lugar.

En una maniobra que ni tan siquiera vi venir, su miembro salió de su prisión metiéndose entre mis piernas haciéndome gemir cuando entró en mi cuerpo. Estaba duro y frío por el efecto de la temperatura del agua, pero rápidamente se estaba calentando por mi propio calor, por el fuego que ardía en mi interior atrapando su pene entre mis paredes vaginales buscando amoldarse a la dureza.

Como un amante paciente esperó hasta que me hubiese acostumbrado a la invasión y después me ayudó a empezar a moverme.

Mis gemidos morían en sus labios, sus gruñidos en mi boca. Alcé mis caderas a cada rato y a cada nueva sentona el lugar volvía a llenarse de nuestro mutuo placer. Mis dedos se aferraron a su cabello y me separé de sus labios tan solo para comenzar a gritar lo más bajo que me permitía mi deleite.

Arriba, abajo. Dentro, fuera. Temblaba de placer comprendiendo la adicción a ese pecado. Mis senos fueron arrebatados de su única prenda. Su boca atrapó uno de mis pezones endurecidos por el frío y el placer logrando que gimiese con mayor profundidad. Un gemido ronco que intentaba mostrar el placer que me estaba provocando.

Tiré suavemente de sus cabellos y luego arqueé mi espalda antes de gritar su nombre en un éxtasis prohibido. Era débil, muy débil ante él y no me importaba.

Pude sentir finalmente la explosión de su semen dentro de mi interior y la promesa de que aquel hambre no había sido mínimamente saciada.

Nuestros labios volvieron a encontrarse en un beso lento, dulce, casi de enamorados y luego me apreté contra él antes de sonreír sobre sus labios.

— Debemos regresar… —sus dedos se deslizaron por mi espalda sin querer moverse como yo tampoco quería—. Si tardamos mucho más vendrán a buscarnos.

Asentí y volví a unir nuestros labios antes de colocarme la parte de arriba del bikini y ponerme la de abajo. Me llevó hasta el agua para limpiarnos ambos de nuestro pecado y finalmente me besó la frente antes de recoger todas nuestras cosas.

— ¿Lista?

— Sí.

Y regresamos a la casa igual que si no hubiese ocurrido nada.

2018 / Jul / 29

¿Qué necesita una persona para cambiar radicalmente de idea? Que le hagan atractivo negarse a sus propios principios. El ser humano es tan complejo que en sí mismo se queja de la hipocresía cuando él mismo la lleva a la práctica sin darse cuenta.

Caminé con el profesor mientras íbamos hacia un margen del río donde sus hermanos se estaban tirando a su interior gracias a una cuerda que había colgada de una rama. Era divertido verles reírse de esa manera. En esos instantes siempre había tomado la misma postura, quedarme al margen de todos ellos, limitarme tan solo a observar como si no pudiese reír como los demás.

— No sé cómo hacerlo —dijo Isabella que parecía tener algún tipo de miedo.

— Es sencillo. Tienes que coger la cuerda, correr y finalmente tirarte al río. ¿Quieres que lo intente yo primero?

— Sí, Will, por favor.

— Si me disculpa…

Su sonrisa era encantadora, igual que la de un niño pequeño y travieso. Reí al verle saltar tras coger carrerilla y después caer en el agua. Se había quitado la ropa sobrante y estaba tan solo con su bañador negro. Era sobrio hasta para eso. Isabella lo intentó después y todos terminaron en el agua.

— ¡Señorita Mijáilova! ¡Inténtelo!

Mordí mi labio inferior suavemente antes de quitarme el vestido con toda la vergüenza del mundo recorriendo mi cuerpo y situándose en mis mejillas hasta terminar teniendo el rostro tan rojo como una de las preciosas flores que nacían cerca de allí.

Cuando estuve en bikini respiré de manera profunda, me agarré a la cuerda y tras la carrerilla previa salté intentando calcular un lugar donde no les daría a ninguno de los que estaban abajo.

La sensación del agua fresca era igual que muchos cuchillos cortando la piel, sin embargo, tenía ganas de reír, muchas ganas de ser nuevamente una niña. En cuanto regresé a la superficie empecé a lanzarles agua a todos los posibles. Recibí lo mismo como respuesta y solté algunos chillidos por costumbre cuando jugaba a ese tipo de cosas. No dejaba de ser una niña. Siempre lo había sido.

Tras un rato jugando, William y yo nos quedamos solos porque los tres hermanos quisieron ir a ver algunos patos que estaban por la zona.

— Así que hay un niño pequeño tras esa barba descuidada…

Su sonrisa se ensanchó antes de acercarse a mi cuerpo. Estábamos a centímetros, pero aún no nos tocábamos. El agua estaba entre nosotros haciendo de barrera.

— ¿Sabe bucear, señorita Mijáilova?

Asentí al escucharle y después vi como él iba metiéndose en el agua poco a poco hasta que atrapó mi cintura obligándome a meterme en el agua. Respiré profundamente antes sumergirme. Nunca había tenido la habilidad de ver debajo del agua, así que mi intención era subir a la superficie, pero en su lugar, sus manos tomaron mi rostro y me besaron apasionadamente como si llevase todos aquellos meses deseándolo.

Su boca era apremiante, sus manos me apretaban contra su cuerpo y suplicaba internamente por no estar besando a otra persona que no fuese él. El aire que nos pasábamos entre los pulmones terminaba siendo insuficiente porque ya no había oxígeno así que antes de terminar ahogados, me agarré con mis piernas a su cintura y ascendimos. Respiré jadeante saliendo a la superficie y su rostro empapado me miró igual que se miraría a lo más deseable del planeta.

Para mí no había sido suficiente, quería más, quería otro beso de él, solamente un beso más. Estaba volviéndome loca y ni tan siquiera sabía cómo había caído tan rápido en la tentación.

Mis brazos rodearon su cuello. Mis ojos buscaron a sus hermanos que estaban lo suficientemente alejados y volví a reclamar esa boca como si fuese mía. Su lengua rápidamente entró en el juego. Sus dedos apretaron mis muslos y nos mantuvo a flote entregándose a la pasión del momento. Teníamos puro deseo del otro, puro hambre. Si hubiésemos estado allí solos sabía que el agua habría terminado siendo testigo del fuego que se despertaba cada vez que nos tocábamos.

¿Qué estaba haciendo? Iba a sufrir. Volvería a sufrir de una manera inmensamente dolorosa, pero me negué a seguir pensando en eso. No sería la primera ni la última que se entregaría a la pasión por pura lujuria y ya lo había hecho meses atrás. Sabía que entre nosotros no podía existir el amor, ¿por qué negarme el deseo?

Me separé de su boca tan solo para respirar y él giró su cabeza para ver si sus hermanos habían visto algo de aquel beso. Mis dedos se enredaron en su cabello mientras hacía lo posible por recordarme que aquello no era un sueño, que todo eso era real, que seguía deseándome como el primer día.

— No sabe lo que le haría ahora mismo… —siseó con la mandíbula apretada en un intento por controlar sus instintos.

Mi boca quería más, mucho más. ¿Por qué siempre había algún motivo para no pecar cuando parecíamos desearlo sin temor a remordimientos?

— Házmelo entonces… aquí o en la habitación esta noche.

Sonrió y me robó un beso antes de negar.

— En la habitación es imposible. Mis hermanos la oirían… pero sí, quedemos esta noche aquí. Lo haré. Haré todo lo que deseo —musitó antes de volver a separarnos puesto que regresaban sus hermanos y era inevitable que tuviésemos que separarnos.

Regresaron a las risas, a las historias sobre todos ellos. Comenzaron a perderse en sus pensamientos y aún así, Verdoux no dejaba de regalarme de vez en cuando miradas significativas.

2018 / Jul / 29

Ir de excursión en compañía era algo que llevaba muchos años sin hacer. Recordaba las excursiones del colegio y del instituto. En el colegio habíamos ido demasiadas veces a una academia militar. Era la forma en la que intentaban acercar el ejército a los pequeños para que les entrase el gusanillo y fuese una de las profesiones que pudiesen tener en cuenta al escoger un futuro. No hacían lo mismo con otros posibles trabajos, pero no se podía negar que la mayoría terminaban encantados. Un niño de ocho años delante de un tanque generalmente termina maravillado por lo grande que es.

En estudios superiores, en cambio, había tenido que ir a otros lugares de la geografía rusa y europea. No sabía en qué excursiones lo había pasado peor. Mis compañeros habían sabido cómo ser crueles. Era un don natural. Que si la ropa, que si la comida, que si tu peinado, que si el peso… cualquier excusa era buena para soltar veneno. Sabían cuándo, cómo y a quiénes decírselo mientras entre ellos se trataban como si fuesen amigos de toda la vida. Solía soñar con el momento en que viese su propia destrucción clavándose ambas puñales en la espalda. No lo hicieron antes de que todo terminase para mí en sus patéticas vidas infectadas de mal karma.

Aquella excursión tenía mejor pinta. Al menos, parecía tener a William de mi lado si alguien se metía conmigo y también tenía recursos que no había tenido en mis primeros años de vida. No dejaba de ser una adulta y salvo en contadas situaciones, mi mal humor escapaba como si se tratase de un leona salvaje y llevaba demasiados días sin discutir hasta el punto de tener que sacarla de su guarida. No era conveniente que me tocasen las narices, no por si acaso.

— Señorita Mijáilova… —la voz era grave, pero no era la de William por lo que rápidamente busqué con la mirada a quien me llamaba.

— Llámame Kyra, John, por favor.

Pude casi apreciar un pequeño sonrojo en el joven antes de fijar su mirada en sus pies por si se caía o algo similar, al menos, eso pensé y que no se debía a la vergüenza por tener mis ojos puestos en él comenzando una conversación.

— William nos dijo que es usted rusa. ¿Podría hacerle alguna pregunta?

Iba un par de pasos por delante de él y decidí esperarle hasta ponerme a su lado. Me agarré a su brazo para caminar sin separarnos y de esa forma poder contarle todo lo que quisiese.

— Siempre que me tutees y me llames Kyra, por favor —hice un pequeño puchero inclinando mi cabeza hacia él.

— Está bien —sonrió nervioso antes de mirarme—. ¿Es cierto que el cadáver de Lenin puede ser visitado? Osea, que está momificado.

— Así es. Yo lo vi en alguna ocasión y nunca me pareció bien, pero me pasa con todos los cadáveres en general. ¿Por qué tenemos que desenterrar las momias y después dejarlas a la vista en los museos? ¿Nos gustaría que nos hiciesen eso a nosotros? —arrugué mi nariz en un claro gesto de disgusto.

— ¿Puedes estar mucho tiempo dentro?

— En realidad, no. No te permiten contemplar el cadáver. Estás unos segundos tras una cola larguísima y vuelta a salir del mausoleo. De todos modos, no crea demasiada impresión. Es como una persona dormida —respondí las que sabría que serían seguramente las preguntas más macabras que quería hacerme.

Los adolescentes pasamos por una temporada en la que nos sentimos de alguna manera fascinados por la muerte. Fue ese el momento en que yo me obsesioné con los vampiros. La idea de un amor más allá de la muerte estaba maravillosamente vendido. Drácula, a pesar de ser como era, pasó como una leyenda del amor prohibido, del romanticismo de vencer a la muerte.

Recordaba haber leído Drácula, mi amor. El diario secreto de Mina Harker. Había amado a ese conde que se ofrecía como una pequeña salvación. Era igual que un súcubo, alguien que alimentándose de una lograba mostrar romanticismo, hacer sentir a alguien especial. No sabía si en el inmortal realmente había existido el amor, o no, pero la seducción era una de las formas en la que los vampiros siempre lograban lo que querían delos cuerpos de las féminas y ¿por qué hubiese sido Mina diferente a las demás? ¿Un ser inmortal podía sentir amor?

En realidad, era la oscuridad la que atraía. Por eso, una parte de mí, se preguntó si William sería realmente un vampiro o tenía esa forma de seducir a toda mujer sin tan siquiera tener esa intención predefinida o sí para lograr su desfogue físico.

Igual que si hubiese pronunciado demasiadas veces su nombre, sus ojos azules me observaron durante unos instantes provocando que terminase sonrojada antes de volver a centrarme tan solo en las preguntas de John. Tenía muchas preguntas de aspecto político. Le expliqué lo más que podía recordar pues no era una persona demasiado dada a interesarse por la política. Hablé de Putin, de las últimas elecciones, de otros partidos que habían querido gobernar, pero a los que Putin había logrado vencer sin despeinarse demasiado.

Mientras hablábamos seguíamos caminando por un sendero que llevaba entre arbustos a un ensanchamiento del río que estaba alejado de la casa tan solo unos diez minutos. En cuanto vieron el agua cerca corrieron los menores hacia él como si fuese a escaparse, a desaparecer igual que si fuese una ilusión óptica en el desierto.

William me ofreció su brazo y me agarré a él observando a los menores quedarse solamente en bañador y tirarse al agua para nadar bajo el caluroso sol.

— ¿Le ha molestado demasiado John?

— Para nada. Es un chico curioso y muy inteligente. Hemos hablado de la política rusa y casi sabía él más que yo —dejé escapar una carcajada mientras las risas de los chicos llegaban hasta mis oídos—. Tiene unos hermanos muy inteligentes. Hay muchos tipos de inteligencia en la vida y no solamente está aquella con la que se pueden resolver teoremas,no, está la inteligencia de la vida y sus hermanos tienen ese brillo en la mirada que les hace dispuestos a comerse el planeta.

Sonrió con orgullo. Entonces los gritos de sus hermanos llamándole le reclamaron.

— Venga conmigo —propuso y supe que terminaría teniendo que quitarme la ropa, algo a lo que me había negado por completo. Pero me miraba de una forma que provocaba en mi mente algo en concreto: Recuerda no encerrarte en el no. Vive nuevas experiencias. Y… ¿no sería un momento de diversión una grata situación que poder experimentar?

2018 / Jul / 29

La comida estaba deliciosa a pesar de que durante unos minutos toda la compañía había tenido una sombría forma de expresarse entre ellos. William había retomado la conversación intentando hacer ver que él no le debía nada a nadie ni tenía a nadie esperándole en alguna parte. Quise tomarlo como una deferencia a mí, por si volvía a pensar que jugaba conmigo de alguna forma, pero si era así, si tenía a alguien en otro lugar, tampoco es que tuviese demasiada relevancia. Eso me pondría en mi lugar, me mantendría alejada de él, pero con un buen talante y sin recriminarle nada. No había porqué.

Una vez terminada la comida, me levanté de la mesa ayudando a recoger, pero rápidamente Giuliana me había parado en mi intento por llevar nada a la cocina pues yo era la invitada. El resto sí tenían que ayudar. Miré con diversión al profesor que obedientemente, a pesar de estar pagando las horas de trabajo a aquella mujer, llevaba todo lo que había usado a la cocina.

Salí del interior de la casa. Caminé hasta los sofás y me quedé allí unos instantes, simplemente mirando la nada. Hacía calor, bastante, pero la casa tampoco gozaba de una forma de refrigeración artificial que estuviese conectada, al menos, por lo que hacía casi el mismo calor dentro que fuera. Cerré mis ojos mientras tomaba el sol. Me gustaban tan solo los primeros segundos. Enseguida, el sol empezaba a quemar la piel y no me había traído mi crema hidratante así que corría el riesgo de terminar más quemada que un churrasco.

Noté una respiración al lado de mi oído y me di un susto tremendo cuando la voz de William sonó tan cerca de mí. Estaba de cuclillas, apoyado en el respaldo del sillón hablándome.

— ¿Le apetece acompañarnos esta tarde a una excursión?

— ¿Excursión? ¿Está muy lejos?

— No, para nada. Es un pequeño lugar a unos minutos andando que descubrí el otro día en una de mis caminatas. ¿Querrá venir con nosotros?

Giré mi cabeza hacia él. Le miré durante unos instantes como si me estuviese debatiendo si ir o no aunque tenía la idea clara.

— Iré —asentí finalmente dándole énfasis a mi resolución.

— No se olvide de llevar bañador entonces.

¡Un momento! ¿Bañador? ¿Yo? ¿Delante de otras personas? ¿Me estaba tomando el pelo? Lo único que tenía era el bikini que había traído para bañarme en la piscina de la casa rural cuando estuviese completamente sola. No me gustaba mi cuerpo, no disfrutaba enseñándolo y por mucho que hubiese accedido en varias ocasiones a mantener relaciones pasionales con él se basaba únicamente en que dudaba que en el momento de éxtasis se fijase en todas las estrías que tenía en el interior de mis muslos que me acomplejaban horrorosamente. ¿Por qué pensaba que llevaba siempre vestidos un poco por encima de la rodilla como mucho? Porque a partir de esa altura se veía lo que tanto detestaba de mi cuerpo. El recuerdo de mis continuos cambios de peso que estéticamente había sido tan horroroso como tener que acarrear con un pecho dos o tres tallas más grande que el otro. Sí, lo sabía, la mujer ni el hombre eran perfectamente simétricos, vale, pero una cosa era un poco y otra dos o tres tallas. La deformidad se veía y acomplejaba endemoniadamente.

Intenté pensar con claridad. ¿Era demasiado tarde para negarse? Quizá sí. Intentaría buscar otra posible solución para no tener que ponerme en bikini, pero para engañar a todos podría llevarlo debajo de la ropa. Como mi bikini era anudado al cuello se vería claramente que no era un sujetador y así podría fingir hasta el momento de la verdad que terminaría con aquella prenda puesta. No lo haría. No se me ocurría motivo alguno para hacerlo.

Abrí uno de mis ojos encontrándome a William sentado a mi lado. Tenía un cuaderno sobre sus piernas mientras escribía con un bolígrafo cualquiera, un bic común. Su letra era preciosa y me preguntaba qué era lo que estaba intentando plasmar pues en el instante que bajaba la mirada para poder cotillear su relato, él colocaba la mano entre medias impidiéndome aquella mísera malicia. Si regresaba mi mirada a sus rostro fingía estar pensando por unos segundos para regresar a su escritura que volvía a interrumpir en cuanto se sentía observado.

Terminé dándome por vencida y cerré mis ojos permitiéndole escribir todo lo que pasase por su mente. Sabía lo que era no tener la posibilidad de dejarse llevar por los momentos de inspiración y la impotencia que producía a menudo se terminaba transformando en un mal humor constante golpeando las sienes. Prefería evitar ponerle de mal humor, ya le conocía cuando perdía los estribos y aunque sabía que era imposible, la idea de verle poniéndose a golpear algún árbol del lugar me resultaba de todo menos atractiva. Se destrozaría la mano y terminaría aún peor que aquel día cuando la rabia le llevó a romper el espejo.

Sentí cómo mi piel ardía y la forma en que sudaba sin poder evitarlo. Pensé en dónde diablos había dejado la crema solar y decidí levantarme para darme una ducha rápida, ponerme algo de after sun y luego la crema solar o solamente esta última dado que no tenía ni pajolera idea de cómo se usaba el after sun. Lo había comprado por primera vez para aquella ocasión.

Tras terminar de hacer todo, me recogí el pelo en una coleta y después me miré en el espejo comprobando que no me equivocaba al pensar que realmente se veía el bikini anudado al cuello. Con mi toalla debajo del brazo, salí de la habitación justo en el momento que William iba a llamar a la puerta.

— ¿Nos vamos?

— Así es, señorita Mijáilova.

Rozó suavemente mi mejilla con su dedo pulgar, intentando decirme algo, pero sin pronunciar palabra. Finalmente me puse de puntillas para dejar un beso en su mejilla y me dirigí hacia la puerta de entrada donde todos esperaban con sus bañadores puestos menos Giuliana. Era hora de salir de excursión.

2018 / Jul / 29

En la mesa estaban sentados todos los hermanos. Isabella tenía el pelo semirrecogido con una trenza fina en su cogote rompiendo la monotonía de la cascada de su cabello liso. Vestía una camiseta de tirantes y un pantalón corto de color rosa. John iba entero de negro, pero al menos la camiseta era de manga corta aunque el mensaje de la susodicha no es que fuese demasiado inspirador. A duras penas si sabía cómo podía ver teniendo todo ese flequillo sobre sus ojos haciendo de parapeto. Phillip, por el contrario, tenía colores neutros en su indumentaria, pero el conjunto era parecido al de su hermano salvo que los pantalones eran bermudas e imaginaba que así podía soportar mejor el calor.

— Buenas…

Al escuchar mi voz cantarina todos los presentes se giraron para mirarme e Isabella rápidamente mostró una gran sonrisa.

— ¡Kyra! ¡No sabíamos que estaba aquí! —se notaba la emoción sincera en su voz y no pude evitar sentirme tan bien recibida que por un instante no me pareció mala idea haber accedido a los deseos de mi demonio personal.

— La señorita Mijáilova pasará unos días con nosotros. Espero que no os importe —informó William cuando llegó a mi lado.

Me fijé en su inusual brillo en la mirada y cómo, a pesar de estar sus hermanos allí, no podía quitarme los ojos de encima.

Vi que el único lugar donde no había ningún tipo de cubierto era aquel que estaba justo al otro lado de la mesa, frente al lugar de William, pero antes de que pudiese dirigirme hacia los armarios, una mujer menuda, rubia, con un mandil a la cintura llegó rápidamente con plato y cubiertos. Me hizo gracia sorprenderme de algo así. ¿Quién en su sano juicio que hubiese probado qué era tener algún tipo de servicio doméstico iba a dejar de usarlo si se lo podía permitir? Además, no veía al profesor como amo de casa, por mucho que lo intentase.

— Siéntese, por favor. Giuliana le servirá comida como a los demás.

Asentí complaciente y me fui hacia el lugar que me había preparado Giuliana antes de musitar un grazie con el mejor acento que pude encontrar en mi repertorio.

— ¿Qué tal la boda, Kyra?

Isabella no pudo callarse su curiosidad y eso me hizo reír. Phillip tenía un gesto de no estar demasiado convencido de que debiese estar allí, pero al menos no era irrespetuoso y John casi parecía estar a lo suyo más que prestar atención a lo que se hablaba en la mesa.

— Fue maravillosa. Se le veía a mi tía muy feliz y no estar sola del todo la hizo bastante más llevadera —mis ojos rápidamente buscaron a ese compañero nocturno comprobando que su mirada azul aún estaba puesta en mí.

— ¿Eres la novia de Will?

Las palabras que pronunció como si tal cosa casi provoca mi atragantamiento. Intenté no escupir lo que tenía en la boca. Tragué de manera que dolía. Era igual que intentar tragarse un bloque de hielo sin haberse derretido mínimamente y del tamaño de la garganta. Bebí un sorbo de agua antes de escuchar como William reprochaba a su hermana su comentario indebido.

— No he preguntado nada malo.

— No, es cierto. Pero no, no somos novios —reí con diversión mientras mis mejillas se tornaban del escarlata más intenso—. Si hubiésemos terminado juntos William hubiese terminado saliendo escaldado pues le habría tirado libros a la cabeza o lo que tuviese a mi alcance. No tengo muy buen humor, que se diga.

— De todos modos, él no puede estar con nadie —intervino de repente su hermano Phillip—. Ella es la única con la que puede estar.

Fruncí mi ceño confusa. ¿Habían conocido a alguna de las parejas previas de su hermano y querían que regresasen? Al menos, aquello era lo que invitaba a pensar el comentario del adolescente que enfurruñado por la forma en que el literato le había mandado callar había comenzado a devorar la comida como si tuviese un hambre atroz de repente.

Había algo allí que me estaba perdiendo. ¿Era acaso un misterio familiar con el que terminaría escaldada? Fuera lo que fuere algo me decía que no debía levantar ese velo si no quería recibir un golpe certero al corazón. Me limité simplemente a comer hasta que el silencio se me hizo tan incómodo que tuve que intentar iniciar una conversación con quien sí parecía tener un gusto extraño por saber más de mí.

— Entonces, Isabella… ¿qué aficiones tienes?

El rostro de la joven se iluminó como si fuese uno de sus temas favoritos y entonces comenzó su charla.

— Me gusta un poco de todo. La literatura, la música, pero sobre todo el ballet. Me encantaría ser bailarina de ballet. Sé que es muy dura la rutina y que los pies terminan hechos un desastre, pero la magia que he visto siempre en esa forma de expresión corporal me resulta tan fascinante —su rostro entonces se entristeció de una manera casi tan automática como un parpadeo—. Ella era tan buena en el baile. Quiero bailar igual que ella, igual que mamá.

Alcé mis cejas por la sorpresa. ¿La madre drogadicta había sido bailarina de ballet y la pequeña Isabella la había podido ver ejecutar esos movimientos tan elegantes? Había algo que no me casaba. Pensé que podría tener algún vídeo de ella de joven y que su hija lo hubiese visto hasta la saciedad. No encontraba otra solución posible.

William tenía su mirada puesta en mí. Su rostro ya no demostraba buen humor. Había oscuridad, un sentimiento quizá de miedo, como si estuviese a punto de descubrir algo horrible o como si se hubiese expresado ya con claridad, pero lo único que parecía es que su hermano extrañaba a una mujer que había sido pareja de William e Isabella a su madre. ¿Qué tenía eso de malo? La oscuridad les estaban envolviendo a gran velocidad y parecían hablarse en un idioma desconocido. Tan solo esperaba que la madre de William no hubiese abusado de él y que ese fuese el deseo de su hermano Phillip porque algo como eso debería comprender a su edad que no era normal además de ser patológico.

El día había parecido perder por completo toda la fuerza con la que brillaba hacía tan solo media hora.

 

2018 / Jul / 28

— Quédese conmigo.

Aquella súplica se había deslizado por cada una de las terminaciones nerviosas de mi cuerpo cuando habíamos terminado la última canción y jadeante había aceptado. Estaría bajo el techo del súcubo más experto conocido por el hombre y además, estaría sola por lo que si me quemaba no tendría a nadie en quien refugiarme.

Debía llamar a Chloe para indicarle que me quedaría un par de días más. No esperaba que le importase mucho, pero quizá sí era así y eso me obligaría a acortar el viaje lo suficiente como para no caer en la tentación. Al menos, eso era lo que esperaba mi mente, la parte racional que no había funcionado cuando había admitido su petición como mi único motivo para quedarme en realidad.

Estaba agotada, pero William me acompañó hasta la casa rural donde mis padres descansaban, al igual que el resto de los allí inquilinos. Dejé una nota sobre la mesa a mis padres para que lo supiesen y recogí mi ropa teniendo cuidado. Mi hermana a diferencia de lo que yo creía, no estaba durmiendo. Se habría quedado con mis tías o mis primos. El profesor había subido conmigo y me ayudaba a meter la ropa en mi maleta entre algún que otro roce que provocó a todo mi cuerpo una sensación intensa como de terremoto puro.

Debía tener la cabeza fría. No había amor en él. Podría haber algo parecido a la obsesión, pero no había amor y quería darle una oportunidad como mi amigo, no como nada más. Habíamos intentado en varias ocasiones algo que no había tenido futuro. Era estúpido seguir agarrándonos al mismo clavo ardiendo.

Una vez lista la maleta, me fui a su hogar. Era tan tarde que ya era temprano. El amanecer comenzaba a despuntar y podía sentir todo el cansancio golpeando con fuerza mi cuerpo. William me guió hasta el dormitorio de invitados y finalmente, rozó con lentitud mi mejilla como gesto cariñoso.

— Descanse, señorita Mijáilova.

Agradecí que no hiciese nada más, simplemente que me dejase descansar. Me quité el vestido con cuidado y lo coloqué donde primero pillé. No tenía muchas ganas de fijarme en la decoración del interior del hogar, quería meterme en la cama. Me quité los zapatos que a esas alturas habían conseguido ser parte de mi pie que casi tuve que buscar una forma de extraerlos a la fuerza y tras quitarme el maquillaje de la cara, me puse el pijama, me metí en la cama y por puro cansancio terminé durmiéndome como si no hubiese descansado en días.

Querida Kyra. 

¿Es posible sentirse mejor o es tan solo un espejismo? Después de lo que ocurrió en las fiestas sentí que no había forma de salir de todo aquello, pero sorprendentemente me encontré de nuevo unida a la familia. Mis hermanos me aceptaron, mis padres me dieron la razón y pude escapar poco a poco de toda esa sensación. 

Hice lo que me sugeriste. Hablé con mis tías para intentar clarificar la situación, pero sin echarme toda la culpa a los hombros. Siento que me he quitado un peso de encima, que una parte de mí está empezando a entender que no tengo el peso ni la culpa de todos los males de la Tierra. 

¿Dónde diablos has estado toda mi vida? ¿Por qué nadie me ha podido hacer entender que todo tiene su justa medida y que por mucho que yo tenga parte de la responsabilidad no soy la única? ¿Sabes la felicidad que he empezado a sentir? 

He vuelto a dibujar. Hago lo posible para retratar con la mayor perfección aquello en lo que me estoy fijando. No, no he dado ninguna clase de dibujo ni de pintura, pero siempre me ha gustado intentar emular a aquellos grandes maestros de los óleos. 

Te haré caso. Intentaré también formarme un poco, al menos teóricamente en la comprensión de otro tipo de estilos. Si has tenido razón en tantas cosas, ¿por qué no ibas a tenerlo en esto? La mente abierta, tal y como la describes, es una virtud que quiero tener entre mis puntos fuertes. 

¿Qué tal tus pequeñas vacaciones? Lamento no haber podido esperar para escribirte, pero quiero contarte tantas cosas… 

¿Crees que podría empezar a estudiar de nuevo? Me encantaría hacerlo. Quiero volver a una clase, pero me da miedo que todo vuelva a repetirse aunque mis padres insisten en que tengo que estudiar, que no hay otra forma sino por la que puedan seguir recibiendo una ayuda del gobierno por familia numerosa. Lo he intentado años antes y lo he dejado. No quiero que vuelva a pasarme lo mismo, pero parece que estoy obligada, aunque… ¡quiero intentarlo! ¿Tiene algo de todo ese revoltijo de ideas sentido?

Ojalá pueda saber algo de ti pronto. 

Y… gracias. Gracias por soportarme en mis peores momentos. 

La luz no me despertó durante todo el tiempo que fui capaz de descansar. Me desperté a la hora de la comida. Me estiré en la cama y finalmente salí de ella aunque sin verdaderas ganas.

Cuando mis ojos pudieron enfocar de nuevo se dieron cuenta que estaba en una habitación que ni tan siquiera me había permitido a mirar una sola vez antes de meterme en la cama. Los muebles tenían ese estilo rústico. Todos eran de madera y no contrachapado. Estaban barnizados, pero algunos habían perdido el brillo muchos años atrás, otros lo tenían desgastado. La ropa de cama era suave, pero tenía el tacto de aquella que no se había usado nunca. Tonos blancos y azulados con el contraste de la madera oscura. Era como sumergirse en otra época.

Me empecé a desnudar mientras iba al baño que estaba en la misma habitación de invitados y dejé que el agua se llevase el sudor y el cansancio extra del día. Me lavé el pelo también puesto que para la boda me había puesto laca suficiente para que no se me moviese un solo pelo y ahora estaba ligeramente pajoso. Me lavé los dientes y me vestí con un vestido veraniego justo en el momento que llamaron a la puerta.

Abrí y comprobé que no era otro que William quien había llamado. Sonreí ligeramente.

— Buenas tardes… ¿Ha descansado?

— Mucho. Gracias por ofrecerme su hogar. No creo que hubiese podido coger ese avión a las diez de la mañana si tenía intención de descansar algo.

— Me alegra. ¿Quiere venir a comer?

— Sí, estoy hambrienta —me puse los zapatos y cuando salí de la habitación estábamos tan cerca, olía tan bien y estaba tan contenta que hice lo que no debía rocé sus labios con los míos y me separé lo suficiente rápido para no recibir respuesta yéndome hacia la cocina. Hasta el pasillo llegaba todo ese aroma que alimentaba y que no pertenecía al cuerpo del pecado anfitrión de aquel lugar.

2018 / Jul / 28

Por lo que ahora sabía William había estado buscando a sus hermanos durante muchos años. Solamente ahora bajo una posición acomodada le había permitido tener bajo su cuidado a John y Phillip, sin embargo, Isabella había sido bastante más complicada de lograr. Había tenido que luchar por los derechos de adopción porque había sido adoptada desde pequeñita por una familia que había ido cediendo muy poco a poco amparados en tener ellos la patria potestad de la joven. El único consuelo que le quedaba era la posibilidad de que el juez fallase a su favor. Si no, tendría que esperar hasta la mayoría de edad para poder tenerla bajo su cuidado completo aunque para la ley fuese responsable de sus propios actos.

Había hecho mentalmente los cálculos más o menos bien. John tenía unos diecisiete años. Phillip e Isabella catorce y trece. Ambos habían nacido con muy poco margen entre ellos y no me había equivocado al pensar que eran hijos de la misma madre consumidora asidua de drogas. Aquella que aún estaba en programas de desintoxicación. Había tenido a William muy joven por haber entrado rápidamente en la mala vida. Lamentaba todo aquello y el dolor era tan palpable en las expresiones de William cuando se desahogaba que lo único que podía hacer era agarrar su mano como aquel día en el restaurante del hotel en el que estaba hospedada y esperar que mi presencia allí sirviese de algo para su malestar.

Seguimos con las manos entrelazadas durante bastante tiempo. Después, llegó el postre y comenzó la fiesta. Era típico en las bodas tener un baile para pasárselo bien aunque muchos en lugar de bailar para bajar la comida nos limitábamos casi siempre a mirar o a bailar con la familia si se hacía algún corrito. Recordaba que cuando era pequeña mi padre me sacaba a bailar y no tenía vergüenza al hacerlo. Después, la vida me había regalado toda la vergüenza a toneladas que no había tenido en mi más tierna infancia.

Mis padres dudaba que fuesen a salir a bailar. El cuerpo no se lo permitía a mi padre y mi madre no había sido demasiado aficionada a los bailes nunca. Mi hermana solamente bailaba las canciones que le gustaban y no sabía si a estas alturas había muchas o si seguirían poniendo las de siempre. “Ave María” de David Bisbal había estado a menudo en el repertorio. Desde pequeñita se había movido al ritmo del almeriense con un lenguaje bastante difícil de comprender, pero había sido una Bisbalina 2.0 porque de pequeña había tenido esos rizos rubios que tanto me habían hecho compararla a un querubín. Mi hermano, no sabía si iba a bailar algo. Era de esos hombres que bailaban a saltos y golpes, así que imaginaba que no le obligaría a Dasha a bailar así, pero puede que tuviese que sacarla a la pista.

William se había pedido un café. Había estado comprobando que había bebido el vino que servían con la comida, no obstante, no había contado las copas. Quizá estuviese algo achispado y no sabía qué tal sería el profesor con unas copas de más. Parecía lo bastante lúcido por el momento.

— Bien… —se levantó ofreciéndome su mano—. ¿Me concede este baile, señorita Mijáilova?

Habían comenzado los acordes de Havana de Camila Cabello, un baile que parecía bastante latino por lo que no le veía bailar algo así con su rigidez, pero me encantaría poder mover las caderas al ritmo de esa canción por una vez teniendo un compañero de baile y no estando completamente sola en la pista improvisada de mi casa.

Tras guiarme a la pista de baile, me hizo dar una vuelta hasta terminar golpeando mi cuerpo contra el duro pétreo. Nuestros ojos se encontraron mientras mis mejillas se sonrojaban y sus manos me mantenían afianzada a su anatomía como si dejar un solo milímetro entre nosotros fuese algo parecido a una blasfemia. Hizo que me inclinase hacia atrás y tras parecer mostrarle a todo el mundo quién era su compañera de baile, volvió a levantarme antes de que ambos moviésemos las caderas a un ritmo tortuoso.

Sus manos estaban fijas en la parte baja de mi espalda. Sus dedos se habían aferrado a mi piel y casi pude intuir un deseo de bajar y perderse por mis nalgas como si allí no existiese nadie más que nosotros. Por suerte, ambos éramos conscientes y nada era demasiado obsceno.

Deslicé mis manos por las solapas de su chaqueta lentamente hacia arriba terminando por rodear su cuello con mis brazos y permitiendo que en aquella posición nuestras frentes se juntasen provocando a nuestras propias bocas a ceder a la tentación, pero solamente nos rozaban nuestros alientos. No había nada más impropio. Excepto que si alguno hubiese podido leer el verdadero hambre que se despertaba en mí hubiesen comprendido que el demonio empezaba a ganar la partida de nuevo.

Y como no, en aquella celebración no podía faltar uno de los últimos hits, así que Despacito se hizo paso entre los últimos acordes de Havana y mis caderas lo tomaron como invitación para jugar con verdadero fuego. Mis dedos rozaban con dulzura su nuca y remoloneaban alrededor de sus cabellos más cortos. Podía ver el deseo líquido en sus ojos tal y como lo había visto en nuestra primera vez.

Mordí mi labio inferior como respuesta mientras sus propias manos se apoyaron en mis caderas para ayudarme con el bamboleo y agarrarlas como si fuese el amo y señor de mis movimientos. Intenté aprovechar que sabía algo de español gracias a mi herencia hispana por mi abuela materna así que comencé a susurrar cantando las palabras adecuadas.

En mis labios llegaba a sentir su aliento golpeando casi como si quisiese morder mi boca su cálido aire. Mis ojos no daban a basto. Intentaba mirar sus ojos, pero se me perdía la mirada en sus labios finos que prácticamente se estaban ofreciendo.

Agradecía a toda mi familia que estuviese allí. De no haber sido así hacía minutos que ambos nos hubiésemos perdido en algún baño y hubiésemos jugado a la verdadera invitación de Despacito hasta provocar mis gritos y que olvidase mi apellido.

2018 / Jul / 28

Nos sentamos en la misma mesa que mi familia. Eran mesas grandes, por suerte y entre todos éramos ocho comensales. Generalmente tenían que rellenar nuestra mesa con alguna pareja, pero gracias a Masha y William llenábamos la mesa completa. William se había sentado a mi lado y al lado de él estaba Masha. El profesor era un gran conversador así que no me sorprendería que empezase a hablar con ella y con mis hermanos quienes también tenían facilidad con el inglés, mucha más que yo. De hecho, Natalie a menudo comentaba que le salían las palabras antes en inglés que en nuestro propio idioma natal. Me sorprendía su capacidad hablando el idioma y me había sentido muchas veces como tonta al hacerlo delante de ellos, pero suponía que no me quedaba más remedio.

Al principio de la charla William era el tema de conversación. Todos querían saber más de él y tuvo que sufrir un interrogatorio que ni tan siquiera me tuve que limitar a traducir, porque mis propios hermanos se encargaban de eso. El profesor respondía a cada una de las preguntas escuetamente mientras yo quería soltar una sonora carcajada porque la situación resultaba de lo más incómoda, sobre todo cuando mi padre dijo esa frase típica que tienen todos los padres: “¿qué intenciones tienes con mi hija?”. William y yo nos miramos como si hubiese entendido perfectamente la pregunta en ruso, pero dejamos pasar el tiempo para no dar una clara respuesta. No era necesario cuando le había presentado como un amigo y nada más. De hecho, dudaba que fuese más de ahora en adelante.

La comida italiana está bien, al menos, la mayormente conocida. Había platos, como en todas las gastronomías que no me gustaban ni un pelo, como la carne tan rosa por dentro que casi podía salir un chorro de sangre si pinchabas de manera profunda. Sentí las arcadas en mi garganta por lo que me limité a comer tan solo lo que tenía la certeza de que podría gustarme.

— ¿Quiere que le pida que le pasen más el filete?

La atención de William a todo lo que se refería a mí me sorprendía. Le había dicho al camarero que no me sirviese vino antes de que me hubiese percatado siquiera de lo cerca que estaba la botella de la copa, también me había acercado los entremeses que había observado que más parecían gustarme dándome su parte sin importarle no consumirlos. Eran pequeños detalles que le hacían ganar puntos, bastantes. Solamente esperaba que no fuese tan solo porque mis padres estaban delante.

— Sí, gracias —respondí.

William rápidamente alzó su brazo mínimamente llamando al camarero a quien le pidió en un italiano exquisito que me traje el filete cuando estuviese muy hecho.

— Espero que cuando lo traigan esté a su gusto.

Me limpié la boca con la servilleta y después fruncí ligeramente mi ceño dispuesta a conversar de algo más.

— ¿Puedo saber porqué tiene tanto interés en que coma con sus hermanos y usted? Su hermano Phillip me detesta, no es algo muy difícil de ver.

Dejó los cubiertos en el plato y después giró el tronco ligeramente hacia mí centrando toda su atención.

— Ya le comenté en el mensaje que mi hermana Isabella desea que la invite. No puedo negarle algo tan simple. De hecho, fue ella misma quien me mandó aquí para convencerla de que no se marche tan pronto.

Sentí una ligera desilusión al saber que todo había sido obra de su hermana y no de un repentino interés suyo por mi persona. Ya sabía yo que Verdoux no podía cambiar tanto.

— Comprendo. Pues dígale a su hermana entonces que será imposible. Agradezco su intento de soborno, pero…

— Por favor, señorita Mijáilova. Complázcanos.

— ¿Os? Creo que ha dejado muy claro que la única que tenía cualquier tipo de interés era Isabella.

Fuimos interrumpidos por el camarero quien traía mi filete muy hecho lo que me hizo suspirar pues algo que había tomado como un gesto hacia mí, en realidad no habían sido más que unos burdos intentos que casi me tragaba de no haber preguntado por la cena en su hogar. Una vez se hubo retirado, comencé a comer el plato soplando puesto que estaba recién sacado del fuego.

— Sí. Nos. Es cierto que deseo complacer a mi hermana, pero durante estos seis meses ha sido igual que un fantasma surcando por mis pensamientos. Necesito poder pasar una velada sin discusiones con usted. ¿Me lo permitirá?

Mastiqué parsimoniosamente la carne en un intento por pensar qué debía y qué no decirle. No pasaría nada si fuese a comer a su casa, era cierto, pero materialmente no tenía tiempo. Los días en la casa estaban pagados y no podía quedarme en otro lugar.

— Me gustaría, pero mi avión sale mañana y no tengo otro sitio donde poder pasar uno o dos días más.

— Puede quedarse en mi hogar el tiempo que necesite. Aún nos sobran dos habitaciones incluyendo la de huéspedes.

Su invitación fue tan repentina que casi escupí lo que tenía dentro la boca por un ligero atragantamiento. Había creído que él aceptaría mi negativa y en lugar de eso, había sacado una solución de debajo de la manga.

— Hablaremos de ello después de la cena— corté por el momento el tema puesto que no sabía qué podía responder. ¿Debía? ¿No debía? ¿Estaría muy lejos o muy cerca su habitación de la que yo tendría en caso de quedarme?

Soñé despierta con él de amante nocturno metiéndose entre las sábanas y besándome hasta que ambos nos volviésemos uno solo otra vez. Aquello provocó el sonrojo de mis mejillas y me dediqué a seguir comiendo desviando el tema hacia los nuevos miembros de su familia, aunque eran nuevos tan solo para mí, él sabía de su existencia desde el momento en que habían nacido.