2018 / Jul / 02

¿Eran aquellos los días de darme una sorpresa? Primero Damian, ahora Gustav… Me había pasado la mayor parte de mi vida completamente sola y ahora parecía tener tantos contactos que recibía visitas sorpresa sin esperarlo. No obstante, me sorprendió comprobar que Gustav hubiese llegado a la puerta de mi casa. ¿Cómo lo sabía? Sin embargo, me obligué a mí misma a recordar que casi todo el pueblo estaba completamente empapelado con anuncios de mi consulta privada allí. Algunos pacientes míos llegaban a venir desde el mismo Londres para una sesión, quizá porque el pueblo les transmitiese confianza. Dudaba que fuese por mi experiencia o reputación. Puede que por la vergüenza al tener que ir a un psicólogo hubiesen decidido hacerlo fuera de la ciudad.

Dejé que Gustav pasase. Nos sentamos en el sofá y me acurruqué de forma que pude observar su rostro mientras ambos cenábamos.

— ¿Cómo es que has tenido este detalle? —pregunté sorprendida antes de darle un nuevo bocado a mi porción de pizza a la que le había quitado escrupulosamente todo aquello que no fuese la mozzarella y el tomate.

— Si te soy sincero, la idea de no verte si no hacíamos algo tú o yo para evitarlo, no me resultaba demasiado atractiva. Me caes bien, mucho y después de todo lo que me has contado no quiero dejarte tanto tiempo sola —contestó encogiéndose de hombros como si tal cosa.

En nuestro viaje hasta Londres había terminado contándole todo lo que me había pasado en Nueva York. Necesitaba expresar mi malestar, mi enfado personal conmigo misma. Ansiaba, en lo posible, descargar mi alma, porque jamás me había ayudado, ni mucho menos, callarme las cosas y dejar que poco a poco fuesen echando raíces hasta que mis sentimientos no fuese capaz de controlarlos.

La pizza estaba deliciosa. Era uno de esos pecados que no se deberían llevar a cabo, pero que eran tan tentadores que era más que imposible negárselo a uno mismo.

Gustav parecía encantado escuchándome, yo también le escuchaba a él, todo lo que tenía que decirme sobre su trabajo. Era realmente fascinante. Su pasión en cada palabra era asombrosa.

— ¿Sinceramente? No creo que tengas que pensar más en ese profesor… —dijo la última palabra casi con desprecio aunque imaginaba que no era por la profesión sino por lo sufrido yo por él. No obstante, mi forma de ver el mundo podía haber sido la responsable en muchas ocasiones.

— Realmente, no creo que sea eso lo que me tiene tan… mal. Es cierto, sentía y siento muchas cosas por él, pero siendo sincera, es más… ¿orgullo propio? No sé. Siempre me ocurre. Esa sensación de que nadie podría fijarse en mí porque no soy lo suficientemente buena para nadie ni para hacer nada en concreto. Sí, sé que no es un pensamiento ajustado a la realidad, sé que se debe a mi autoestima que vive en el subsótano, pero aún así, es bastante complicado luchar contra todo esto. No por ser psicóloga una puede evitar determinadas cosas. No es tan sencillo… Es igual que pensar que un médico nunca se pondrá enfermo —le miré a los ojos y luego sonreí ligeramente antes de apoyar mi cabeza en su hombro.

Nuestros ojos se encontraron por un instante y sus dedos rozaron mi mejilla con suavidad.

— Cualquiera sería infinitamente afortunado de ser tu pareja, Kyra. El único problema es que él no supo valorarte en realidad —dejó un beso en mi frente para después darse a su trozo de pizza.

Hice lo mismo antes de sacar otro tema de conversación.

— ¿Estás trabajando en el museo de Londres? Ese tan famoso con todas esas momias… —reí ligeramente al igual que él—. Lo sé, lo sé, soy penosa para los nombres de estas cosas. Ni tan siquiera me sé las calles de este pueblo. No me sabía nada más que la calle donde yo vivía en todo Moscú. Y aún así la orientación no se me daba mal. Qué cosas, ¿eh?

Él volvió a reírse antes de dar un trago a su refresco para conseguir que la bola de pizza que se le había quedado en la garganta pasase y terminase finalmente en su estómago antes de ahogarse.

— El museo británico de historia… supongo que te referirás a ese.

— ¡Ese mismo! —comenté contenta porque me había entendido a pesar de todo.

— No puedo contarte en lo que estoy trabajando. Mis trabajos a menudo están en alto secreto, por eso de no revelar descubrimientos que no son realmente lo que pensamos. Imagina, por ejemplo, que hacemos una datación por carbono catorce diciendo que algo es del año doscientos después de Cristo, pero en realidad es de hace doscientos años tan solo. Tan solo habría unos mil y pico años de diferencia de nada, lo que podría ponernos en verdadero ridículo —me explicó con un gesto divertido aunque creía que algo así sería posible que se diese ahora por todas las nuevas tecnologías que había.

— Entonces… ¿no puedes decirme nada? ¿Ni un poquito? —hice pucheros esperando de esa forma lograr que él se ablandase y me contase alguna cosa.

— No me hagas pucheros porque no te van a servir de nada —volvió a reírse antes de pellizcarme la mejilla.

Entrecerré mis ojos tomando como un reto personal la posibilidad de que él me dijese algo. Quería que así fuese, pero también entendía que era peligroso para él comentarlo por si yo llegaba a filtrar lo que fuere de su investigación ultra secreta. Mordí mi labio inferior y a pesar de mi curiosidad nata, acepté que debía quedarme con las ganas. Él adoraba su trabajo y una situación similar podría provocar que no siguiese ejerciéndolo, como todos aquellos a los que se les señala por dopaje en los deportes y, aunque pueden volver a intentar resarcirse, nadie les pasa ni media ni consiguen los mismos resultados sin que alguna persona en el mundo comentase que habría vuelto a recaer en ese dopaje que las pruebas podrían llegar a asegurar en múltiples ocasiones que no existía. Las etiquetas muchas veces van por delante de las pruebas.

2018 / Jul / 02

Una nueva alarma sonó en mi ordenador. Me sorprendía. No tenía ninguna de las redes sociales habituales abierta. Busqué ese sonido. En realidad no había sido mi ordenador sino mi teléfono móvil. Me acababa de indicar que un correo había llegado. Revisé la notificación. Era el correo del trabajo, lo que me indicaba que podía ser algo urgente o uno de aquellos correos basura de anuncios para cambiar de telefonía u ofrecerme alguna posibilidad de librarme de alguna multa falsa cayendo en una más que obvia estafa. Por suerte para mí las estafas que había sufrido nunca fueron económicas.

Abrí el correo en el ordenador. Me resultaba bastante más sencillo que en el teléfono pues éste, a menudo, se quedaba parado.

Al leer el correo me sorprendí. Era el primero que no era de índole oficial que recibía, pero no parecía fraudulento.

” Srta. Mijáilova. 

Siendo sincera es la primera vez que hago algo así. Supongo que me mantiene algo más tranquila no estar viendo su rostro con una mueca de desagrado mientras lo lee. 

Seré breve: necesito ayuda, al menos es lo único que he logrado aceptar. ¿Podría ayudarme o estoy sola en el mundo? 

Respetuosamente, 

Sophie”. 

¿Sophie? ¿Conocía a alguna Sophie? No recordaba que mis pacientes se llamasen de esa forma. No obstante, era el correo del trabajo y si era algún tipo de estafa, con no dar ningún dato bancario, ni pagar dinero, sería suficiente, ¿no?

Sophie, fuera quien fuere, parecía desesperada. Yo misma había estado en esa situación de desasosiego en que no hay nada ni nadie que parezca poder ayudarte y la pantalla parecía darle el mismo placebo a sus nervios y temores como a los míos propios. No perdía nada contestándola.

“Querida Sophie. 

Me alegra comprobar que has decidido mandarme un correo. No sé cuál será tu situación en este momento porque no tengo una bola de cristal que me lo diga, pero ten en cuenta que es un gran paso. 

Me gustaría conocerte un poco más y veo por tus palabras que la seguridad de estar al otro lado del ordenador es importante para ti. Hagamos algo, ¿qué tal si nos vamos conociendo poco a poco? No tienes que pagar nada, tan solo cuéntame lo que quieras sobre ti, desahógate. Yo te responderé en cuanto lo lea. 

Por favor, tutéame. Siempre puedes llamarme Kyra. 

Un fuerte abrazo”.

Sentía cierto temor. Alguien podía intentar gastarme algún tipo de broma, pero si no era así le negaría ayuda a alguien desesperado por saber que no estaba solo en el mundo. Yo misma había hecho muchas veces esa búsqueda con el paso de los años.

Tan sólo quedaba esperar. Aunque siempre tuviese la duda, aunque jamás fuese testigo de la verdadera existencia de Sophie, mis intenciones siempre serían buenas y… ¿qué más daría un nuevo desengaño?

Escuché la vibración inconfundible de mi teléfono junto a ese sonido insoportable que se cambiaba casi por instinto cuando lograba modificarlo a uno de mi agrado. Me acababa de llegar un WhatsApp, Gustav había decidido regalarme una de sus sonrisas en un selfie que se había hecho en un lugar que me resultaba extremadamente familiar. Había también un pequeño texto con la fotografía: “¿Tienes libre esta noche?”.

Era realmente adorable, por lo que sonreí mientras contestaba deseando saber qué se suponía que tenía en mente si estábamos separados por unos cuántos kilómetros.

“El único acompañante que podría esperarme es el libro que estoy leyendo así que si a él no le importa, estoy completamente libre”.

Tras mandarlo regresé a mis apuntes laborales. En un pendrive con contraseña tenía las carpetas con los expedientes de mis pacientes sin poner ningún dato personal suyo que pudiese indicarles a cualquiera que lo leyese por alguna casualidad, quién era quién.

Había llegado a narrar consultas como si fuesen capítulos de una novela. De ese modo, nadie sospecharía que eran expedientes psicológicos. De todos modos me tomaba muy en serio las medidas de seguridad. Al fin y al cabo no dejaban de ser sus intimidades, sus vidas y sus momentos dolorosos. Todo extremadamente personal.

Quité la conexión al wifi de mi ordenador y empecé a repasar los avances de cada una de las tareas puestas para la siguiente sesión.

Llegué al documento de una paciente que con todo el dolor de mi corazón había tenido que recomendar su ingreso junto con el beneplácito de su psiquiatra, el doctor O’Donell. La manera en la que se veía así misma y la escasa colaboración que deseaba tener en su tratamiento o en salvar su propia vida volvía bastante complicado mantenerla lejos del hospital. Teníamos que asegurarnos de que ella pudiese vivir, de que su cuerpo no terminase sufriendo más de lo que ella le hacía sufrir matándolo de hambre y a veces, también de sed.

Lo primero que haría al día siguiente sería ir a visitarla. No podía dejarla sola. No quería que pensase que lo estaba. Sabía lo que eran los ingresos. A menudo, pensaban que aislar a los recién llegados en la planta era la mejor solución. Yo, como paciente tenía mis dudas, como profesional, las seguía teniendo. No ayudaba nada sentirse solos, aislados, sin nadie con quien poder hablar que no fuese alguno de todos los allí presentes, por no decir la pésima sensación que tenías cuando te miraban con lupa absolutamente todas tus maneras de relacionarte con ellos que tenían, como se podía, problemas igual que ellos. Por algo estaban allí.

“Abre la puerta”.

Tras leer ese mensaje en mi whatsapp de parte de Gustav no pude evitar reír. ¿Para qué querría este hombre que abriese la puerta? A no ser que…

Me levanté de mi lugar y fui a abrir la puerta encontrándome con él, con Gustav, con una gran caja de pizza esperando que le abriese.

— ¿Gustav? —pregunté sorprendida pues no llegaba a creérmelo.

— Creo que me dijiste que solamente tenías de compañero a tu libro así que pensé en poder pasarme por aquí —una sonrisa invadía sus labios.

No pude evitar responderla y dejarle pasar deseando que aquella fuese una noche magnífica.

2018 / Jul / 01

2005

“No quiero saber nada más de ti…”

Había leído tantas, pero tantas veces esa línea que había escrito hacía días que aún no podía creerme que lo hubiese hecho. Estaba soltera a pesar de todo lo que ocurría en su vida. En la mía. Él se había caído en ocasiones, me había hablado a mi móvil y yo no podía responderle por estar estúpidamente dormida. No sabía si había sido todo egoísta o había pensado claramente por una vez en mi vida: él no me necesitaba a mí. Él no necesitaba a una persona con un océano de por medio sino a alguien que estuviese a su lado, que le abrazase, que le cuidase, que le consintiese y aunque eso me provocase un dolor que casi me ahogaba no íbamos a durar juntos. Yo no era la persona que necesitaba alguien que necesitaba ayuda. Pero negándose, dejándole solo no podía evitar sentirme como una rata de alcantarilla.

Con el tiempo había crecido entre nosotros la sombra de alguien, de esa persona que siempre había sentido que estaba antes que yo. Holly se había interpuesto. Siempre tenía palabras cariñosas para ella y había descubierto lo que significaba que las redes sociales fuesen matando poco a poco lo que habías construido. Aunque quizá no era eso, sino mi cabeza leyendo señales inexistentes. Muchas señales inexistentes que llegaba a tergiversar de forma que las escupía como dardos lanzados al aire que terminarían cayendo en uno de mis ojos con más fuerza hasta cegarme por completo.

Cogí mi cuaderno negro y comencé a escribir en él. Me había hecho creer a mí misma que si ponía un punto y final en todo mi pasado, en todas las veces que me había confundido, que había llorado, que había sufrido, que no había entendido al mundo, entonces podría volver a sonreír. Podría volver a sentir. Podría volver a ser quién era. Yo no estaba hecha para cuidar a nadie, al menos, no por el momento. Suplicaba aún ser la figura que fuese cuidada.

Había ido tergiversando la historia de mi vida hasta transformarla en una novela romántica, porque era el amor lo que vendía. ¿Era eso o era mi verdadero anhelo? No quería admitirme que seguía pensando en ese alguien mágico que llegaría y cambiaría todo en mi vida.

Mis pensamientos siempre giraban en torno a la misma sensación. Un vacío intenso, una necesidad de algo, de alguien exclusivo para mí, alguien que pudiese ver en mi ser algo parecido a la perfección, esa que intentaba realizar en cada acción sin lograrlo, convirtiéndome en un chiste fácilmente visible en un mundo de perfecciones. ¿No era yo la primera que me ponía en esa posición endiosando a todos los que tenía a mi alrededor a pesar de ver sus defectos sin ningún problema?

Mi visión era distorsionada. Podía razonar durante medio segundo, pero después dejaba de hacerlo. No veía claridad en mis emociones y mucho menos desde que, de nuevo, había dejado los estudios. No me permitía salir de casa. No podía mirarme a la cara sin ver el rostro de una perdedora consagrada. No era más que eso, una inútil sin ningún talento que intentase lo que intentase siempre terminaba fracasando. De hecho, en ese mismo año había tenido un problema con una profesora. Había intentado quitarme en lo posible asignaturas para de esa forma evitar que dejase nuevamente el curso. Ella terminó demostrándome de una forma muy inadecuada que no estaba de acuerdo con que dejase su clase, que no era para tanto, que podía hacerlo y me había hecho sentir una completa inútil. ¿Con sinceridad? Ese había sido el completo detonante de mi negativa a regresar allí. ¿Cómo había podido? ¿Cómo se había atrevido? Ser sincero, no tiene porqué llevar a la crueldad y por sentir su miserable orgullo herido, había terminado atacando a una persona que sabía que tenía problemas para continuar en las clases.

¿Mi respuesta? Callarme. Llorar y finalmente, irme. ¿Por qué no podía combatir las injusticias con la leona que se escondía en mi interior? ¿Por qué cualquier figura con un mínimo de autoridad me hacía sentir como si fuese esa niña de siete años que se puso a llorar en mitad de la clase por ser descubierta intentando arreglar aquel dibujo?

Después, no tenía ningún problema en ponerme a gritar en mi casa, mandar a mi madre y a mi padre al diablo. Me ponía pico a pico con mi hermano o hermana, los insultos escapaban de mi boca y el nivel de la discusión se elevaba hasta que veían que era más que imposible razonar conmigo. ¿Cómo iba a ser posible si acumulaba todo ese rencor de todas esas situaciones en las que me sentía una niña pequeña?

Me preguntaba si alguien también había sentido esa sensación en la que jamás dice todo cuando debe y tras decir lo que no debe a quien no se lo merecía el mundo había terminado de nuevo patas arriba, igual que si un huracán hubiese pasado una vez más destrozando todo, desordenado y rompiendo cada mueble.

El tormento era angustioso. La peor parte era saber que uno era el culpable, que no podía cambiarlo por mucho que lo intentase. La ira hacia mí misma se volvía agotadora. Terminaba pasando noches sin dormir, días enteros recuperando sueños perdidos. Ese deseo de seguridad envolviéndome para volver allí donde nadie pudiese verme, tocarme ni saber de mi existencia. Allí regresaba siempre, a las sábanas que me permitían descansar entre pesadillas aceptando de mala manera que mis análisis previos eran reales. Yo era la culpable de todos mis males. Yo era la única que se merecía mi propia ira, pero me sentía incapaz de seguir haciéndome daño de forma espontánea, cortándome o buscando algún modo de terminar con todo.

Entonces, mi apetito se abrió, como siempre que sufría de ansiedad y me fui a la cocina para comerme todo lo que mi estómago me permitiese para calmar ese hambre canina como si hubiese llevado sin comer días y días.

2018 / Jul / 01

Ecaterina seguía aferrada a Damian. Había querido separarme un poco de ambos para traerles algo de beber decidiendo por ella que tomaría agua. Había que pensar en el bien del bebé porque aunque su malestar me importase bastante poco, el hijo no era solamente de ella, sino de mi amigo.

Caminé de regreso al salón dejándoles a cada uno su vaso sobre la mesita de café. Me volví a sentar en mi lugar y les miré a ambos deseosa de preguntarles muchas cosas, pero no sabía si debía hacerlo por resultar demasiado… ¿fría? ¿insensible?

— Entonces, ¿cuándo nacerá el pequeño? —pregunté apoyando mi cabeza en el respaldo del sillón.

— El año que viene —comentó Damian tras dar un trago a su propio vaso de agua fresca.

Me quedé pensativa, seguramente nacería a principios de año. Era realmente desagradable la idea de pensar en ella todo el tiempo en mi vida mientras estuviese embarazada. Haría hasta lo imposible por no tener que pasar por ello, pero si tenía que ayudar a Damian lo haría.

— Y… ¿qué vais a hacer vosotros? —pregunté inclinando ligeramente mi cabeza.

Mi amigo me miró sin comprender. ¿No era evidente? Si ellos iban a casarse, a vivir juntos, a intentarlo de nuevo.. Quería saber si debía acostumbrarme a toda una vida con esa mujer en ella teniendo que verla de vez en cuando e incluso teniendo que ir a una boda que no me alegraba ni lo más mínimo celebrar.

— ¿Vais a volver a estar juntos? ¿Vais a intentarlo de nuevo?

— Oh.. no —dijo Damian radicalmente.

— Aún no hemos hablado de eso en realidad —se apresuró a terminar ella.

Por alguna razón eso me hacía entender que ella sí quería, algo que yo ya sabía, pero él, en cambio, no pensaba lo mismo, ni mucho menos. Él no había dado posibilidad alguna a pensar en un mínimo sí. Había sido bastante tajante ese “no”. Aquello me dejaba más tranquila, aunque no podía hablar sin problemas y sin temores de represalias con ella delante.

Miré a Damian recordando todos los momentos que había vivido con él. Habíamos tenido una pantalla de ordenador entre ambos la mayor parte del tiempo. Había tenido que aguantar mi locura extrema. Me había buscado tantas veces en personas diferentes. Desde el mismo momento en que habíamos entablado amistad él me había necesitado y yo, en cambio, había optado por rechazarle, maldita por mi propio ser. Quizá solamente por ese motivo, por el ir y venir durante los años había terminado aceptando que era cierto, que le necesitaba, que le quería, que sufría más alejándome de él que teniéndole a mi lado. Bloquear no siempre significaba poder bloquear en el propio corazón. Él se había metido con fuerza y no quería salir ni yo podía echarle ya.

La velada fue bastante tediosa con ella allí. Intenté darle conversación fingiendo estar por encima de las circunstancias, olvidándome de aquellas palabras dichas por Damian años atrás. Mi corazón no se sentía celoso porque estuviesen tan compenetrados, sino que lo estaba por ser yo una extraña en todo ese juego, por ser yo la que sobraba en la ecuación, por haber perdido yo mi propia alegría vital de una forma desconocida. Era igual que la espectadora de una película romántica en la que los protagonistas poco a poco se van enamorando cuando uno pensaba que jamás podrían estar juntos. Esa situación de no entender nada y comprenderlo todo. Saber que aquella arpía de piernas largas terminaría separándole por completo, porque nuestras idas y venidas parecían el camino real de nuestro destino perturbador. Y despedirme de alguien que conocía hasta el más mínimo de mis pensamientos helaba mi sangre, pero también lo hacía tenerle allí delante.

¿Por qué todas las personas pueden ser tan endiabladamente atrayentes si te paras a conocerlas? Igual que otras te repelen y tú a ellas, las que terminan a tu lado se van volviendo poco a poco imprescindibles, les ves esa luz que nadie puede ver hasta conocerles. Cualquiera podía ser infinitamente seductor si aprendías a ver más allá de las apariencias, si veías su alma, si aprendías a leerles.

Una pequeña sonrisa se deslizó por mis labios mientras veía a Damian reír recordando alguna anécdota de los años que habíamos pasado manteniendo la relación. Nunca había pensado que le tendría allí, delante de mí. Nunca había pensado en la posibilidad de escuchar su risa. Solamente le imaginaba ser, y ahora que finalmente estaba frente a mí me resultaba hasta doloroso. Era irreal y desgarradoramente hiriente tenerle junto a mí en aquellas condiciones.

Tras unas horas hablando se hizo lo suficientemente tarde como para que Ecaterina estuviese cansada. No quise añadirle una etiqueta porque desconocía por completo si una mujer embarazada se cansaba fácilmente con pocas semanas de gestación. No quería pensar peor de lo que ya había pensado sobre ella. Puede, quizá, en algún momento, aceptase su forma de ser tan hiriente y fuese capaz de ver algo bueno en ella, como Damian sí era capaz de ver.

Les acompañé hasta la puerta y recibí gustosa el abrazo de Damian antes de enterrar mi rostro en su hombro para de esa forma poder mimetizarme con él medio segundo. Él me apretó con demasiada fuerza contra su cuerpo y cuando se separó ligeramente de mí rozó mi mejilla con sus dedos regalándome esa sonrisa amplia y serena acompañada de una mirada que no sabía descifrar.

— Vendré a verte —comentó antes de dejar un beso en mi frente.

— Cuando quieras —susurré antes de separarnos con dificultad por el carraspeo de la futura madre de su hijo—. Cuídate, Ecaterina —le pedí con una sonrisa pues lo deseaba por el pequeño que se gestaba dentro de ella.

Finalmente tras ver el coche desaparecer, cerré la puerta, apoyé mi frente contra la madera y me cuestioné a mí misma porqué ella podía tener todo lo que yo había anhelado desde los dieciocho. Ella iba a tener un hijo y yo no. Yo estaba realmente sola en el mundo en ese momento y nadie podía negármelo o no, al menos, a la percepción de mi mente negativa.

2018 / Jul / 01

2004

Él. Sí, él había aparecido. ¿Cómo se sabe que alguien es el hombre de tu vida? Simplemente porque me comprendía, me escuchaba, me hacía sentir hermosa. En esta ocasión sí podía ver fotos suyas, pero no, no podía verle a través de una cámara que no llegaba nunca. Estaba molesta por ese hecho, me hacía dudar, sobre todo por lo que había ocurrido hacía poco.

Alexander había estado conectado. Había usado la cámara web de mi ordenador para enseñarle parte de mi anatomía. Mis senos le habían gustado, o eso me había dicho. ¿Por qué necesitaba sentirme sexualmente atrayente? Ahora, todo aquello que había vivido en aquella videollamada en la que tan solo yo mostraba mi rostro me hacía sentir… extraña, culpable, tonta. ¿Y si todo eso lo había grabado y terminaba en alguna página porno? No quería que nadie más me viese, confiaba en alguien que no sabía si podía confiar, pero… ¿no éramos pareja de alguna forma? De esa única forma en la que yo era capaz de aceptar ser pareja de alguien.

Había cerrado el ordenador hacía unas cuantas horas. No podía evitar seguir pensando en mis sensaciones en ese momento. Me había confesado que… bueno, se había masturbado y era la primera vez que yo, una mujer sin sex appeal alguno había logrado hacerle sentir así a un hombre. Me había descrito su corrida, la forma de su semen, su textura, la cantidad de chorros… Me había sonrojado por completo. ¿Cómo podía hacerse algo que provocaba tanto morbo y tanta vergüenza a la vez? ¿Cómo todo eso podía ser tan condenadamente impersonal?

Respiré intentando calmar mis emociones. Me había expuesto y estaba temerosa por ello. No me fiaba realmente de él, no después de Misha. Él había conseguido que no confiase absolutamente en nadie y seguía igual que un fantasma deslizándose por mi mente. No podía evitar pensar en él. Tenía ganas de provocarle el mismo dolor, todo el dolor posible.

La rabia contenida era una de mis características más destacadas. No me sentía orgullosa de ello, pero era inevitable el odio que existía en mi interior ante mi propio sufrimiento. Estaba cansada de tener que aguantar ser pisoteada, torturada, ridiculizada, tratada como el paño de lágrimas o el saco de boxeo para mitigar las penas. No existía en mí otra posibilidad, si se me dañaba era porque no había habido otra intención desde el principio. Había que reblandecer las paredes del corazón para que cuando se clavase el cuchillo no se rompiese en el intento y perforase la carne desgarrándola.

Aquel odio no me permitía disfrutar de mi nueva relación, en realidad. Sí, sentía cosas por él, pero no tanto como me hubiese permitido sentir en completa libertad. Se había convertido en una pequeña obsesión, pero mi ex, destrozarle, también.

Aún así… las noticias que nos habían revoloteado aquellos últimos días me habían obligado a intentar alejarme a cada rato. Sí, ¿por qué? Porque era el destino quien me haría sufrir si continuaba a su lado. Quizá también porque no sabía tener otro lugar en la relación que si no era el de “la enferma”, “a la que había que cuidar de los dos”. Era tan malditamente egoísta sin darme cuenta…

Cáncer. El cáncer había aparecido en la vida de Alexander. Suponía que una parte de mí había pensado que intentaba engañarme al igual que lo había hecho aquella rata de alcantarilla tiempo atrás con ese chico muerto en Escocia por un accidente inexistente, porque él mismo ni tan siquiera existía. Si quería deshacerse de mí no entendía porqué no lo había hecho antes sin inventarse algo así.

Además, estaba su amiga. Sí. Esa a la que siempre le contaba todo antes que a mí. Haciéndome creer de esa forma que ella estaba por encima, aunque él me había asegurado que no era así, sino por el dolor que le provocaba tener que contarme algo así a mí. Pero yo no podía creerme ese tipo de cosas. Era insensible a los dolores ajenos. Necesitaba ponerme por encima. Comenzaba a competir en dolor como si fuese la única que sufriese en todo el planeta Tierra.

En mitad de todo ese terremoto apareció él, Damian, como un contacto más, como el clavo al que agarrarme en mi desesperación por ser amada por alguien o por todo el mundo en general. No, no le ponía los cuernos a Alexander de ninguna de las formas, pero con Damian podía evadirme. Con Damian podía seguir metida en ese mundo en el que tan solo existía lo que se escribía, que no había problemas, que no me sentía amenazada, que no pensaba que iba a perder a la persona que quería dejándola escapar la muerte entre mis dedos.

Quería, necesitaba a alguien incondicional. ¿No existía alguien inmortal por allí que me hiciese mirar en un posible futuro donde no estuviese sola? ¿Existía alguien lo bastante ciego para quedarse a mi lado a pesar de todos mis defectos? El grito se quedaba encajado en mi garganta sin salir para no despertar a nadie de mi casa, para no maldecir al cielo por arrebatarme a Alexander de una forma tan cruel estando ambos a kilómetros de distancia, sin posibilidad de tocarnos siquiera.

Estaba furiosa con el mundo, porque mi único momento de paz, la única persona que parecía amarme de verdad volvía a tener defectos y sería la muerte quien lo apartase por completo de mí. No podía permitirme eso, no podía, no quería, tenía que dejarle marchar en toda mi patética locura como un método para resguardar mi corazón. Yo le pondría la etiqueta de fallecido antes de no recibir noticia alguna más de él porque no pudiese contarme nada más.

Era una persona horrible… Y allí, hundida en la cama las lágrimas florecían sabiendo que no tenía otra escapatoria, que no sabía ver otra salida.