2018 / Jul / 31

— Señorita Mijáilova…

Grité dando un respingo y separándome de aquella voz todo lo que pude hasta que me di cuenta que no era el mismo ser que acababa de colgarme el teléfono. Allí estaba, delante de mí, William Verdoux, con su barba pelirroja, su mirada azul clara y perspicaz y expulsando la última bocanada de humo de un cigarrillo que había tenido que acabarse hacía pocos segundos.

— ¿Está usted bien?

Temblando, rápidamente me aferré al cuerpo del hombre que había cambiado tanto mi existencia. Para bien o para mal, Verdoux había abierto todas las experiencias de mi vida sobre el amor. Ahora, no sabía si por alguna razón diferente a mí o no, pero estaba allí, a mi lado.

Sus brazos me rodearon mínimamente. Sentí frialdad en él. Fue entonces cuando me percaté de la presencia de otra persona. Una mujer rubia estaba agarrada a su brazo. No había visto a esa señora en mi vida. Vale, ¿de qué diantres iba todo esto?

— Sí, disculpe por haberle abrazado.

— Es raro ir abrazando a prácticamente desconocidos en la calle —acuñó la teñida antes de que tuviese fuerzas para soltarle la más envenenada de mis miradas.

— Le presento a mi agente, Maggie Collins. Ha decidido mudarse parte del tiempo a Londres, al igual que lo hemos hecho mi familia y yo.

— Así es. Will necesita ayuda para volver a abrirse mercado en Reino Unido, así que he optado por venir y encargarme de todo de primera mano.

Traducción simultánea: «…he venido para ver si podía llevármelo a la cama». ¿Realmente los hombres eran tan estúpidos como para no darse cuenta de lo que significaban algunas palabras dichas por nosotras? Al contrario, éramos tan obvias como si fuésemos transparentes, pero a ellos debía subirles el ánimo tener a una mujer con posibilidades de ser técnicamente clasificada como «buenorra» detrás de ellos igual que un perrito. ¡Hasta Rochester se restregaba menos por los sitios que ella por el profesor!

La evidente muestra de desinterés ante mis sentimientos pues no se separaba de ella me hizo comprender que la decisión de haber ido a Londres había sido solo y exclusivamente por motivos familiares, yo no había tenido que ver en ella, ni tan siquiera mínimamente. Una parte de mi mente gritaba «tonta» sin parar hasta que casi quise llorar por lo sucedido. Eso era, una idiota del tamaño del Big Ben.

— Me parece perfecto. Espero entonces que le ayude a aclimatarse. Ahora, si no les importa, tengo que ir a arreglarme para una cita.

Regalé esa sonrisa falsa tan maravillosa que sabemos siempre dejar ver cuando queremos matar a quien tenemos delante.

— Genial, Will, vayamos a…

— Un momento —por fin se había quitado a la mujer de su brazo y me intentaba apartar para que nadie pudiese escucharnos—, ¿una cita? Laboral, supongo.

— ¿Laboral? Ni mucho menos, romántica en todos los sentidos.

Nos retamos con la mirada. Su mandíbula se endureció, sus ojos me taladraron como si desease acabar con mi vida. Por ese motivo, empezaba a preguntar si no existía un pequeño asesino en serie dentro de nosotros.

— No pensaba que era de ese tipo de mujeres, pero veo que me equivoqué.

¿Perdón? ¿Él era el ofendido? Esto era delirante. Ni tan siquiera me molesté en pegarle una torta como si hubiese hecho en el pasado. Me encogí de hombros y después de dejar que Rochester se mease «accidentalmente» en el zapato carísimo de esa adicta a la silicona, me fui tal y como había llegado.

Vale, no era mentira que tenía una cita, pero teóricamente era con un acosador que quería darme trabajo, ¿cómo podías definir eso? Romántica no, vale, ahí la había liado, pero bien, sin embargo, parecía la única forma de hacerle reaccionar y si él iba a jugar con mi corazón como si fuese una pelota de tenis, yo haría lo mismo, en el caso de que hubiese algo que rescatar de sus sentimientos hacia mí.

— Será gilipollas el muy… —comencé a soltar tal tanda de improperios que de buena gana se los hubiese dicho delante de esa cara de hombre que no ha roto un plato—. El papel de víctima no te va, Verdoux, no mientras te vayas follando a toda la que se te ponga delante.

¿Pensaba con claridad? Por supuesto que no. Seguramente en unas horas me sentiría peor que nunca por haber interpretado todo como me había dado la gana. No debía dejar nunca que esa parte masoquista de mí misma pensase en todo lo que se refería a los celos, pero usar todos los métodos posibles de defensa intentando hacer más daño al otro eran casi automáticos cuando me sentía demasiado vulnerable y la rubia tan solo había logrado avivar mi mala leche creciente.

Tenía ahora otras preocupaciones. Mi acosador personal quería ir conmigo a un restaurante carísimo y temía que intentase lo mismo que había hecho con aquella chica del vestido rojo. El placer en tener sexo por tener sexo lo había experimentado, pero previamente había sentido algo por aquel literato que se iba agarrado a Miss Silicona 1969. No tenía nada en contra de quienes habían nacido en ese año, en absoluto, pero era mayor que yo y con mucho, y el único año que se me había venido a la cabeza era ese. Ni las matemáticas estaban de mi lado en ese momento.

Debía vestirme elegante, esas habían sido las indicaciones. No pensaba comprarme algo para ese momento y sabía, que me mandaría un coche a la puerta del hotel por mucho que le hubiese especificado que no iba a subirme a ninguno ni de broma. La única forma que había tenido él de dialogar acerca del tema había sido que él mismo estaría dentro del vehículo. ¿Creía que iba a relajarme saber que mi acosador estaría dentro? Tenía un grave problema, uno excesivamente grave, pero la policía no podía hacer nada. Su único consejo había sido que no subiese y acto seguido había mandado Don trajeado un mensaje informándome que no me serviría de nada decirle a la policía lo que fuese.

¿Solución? Mi parte masoquistamente curiosa había ganado la partida y esa misma noche terminaría muerta en alguna cuneta en el mejor de los casos.


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