2018 / Jul / 31

Dentro de todas las posibilidades que había barajado, no había estado la posibilidad de conseguir el trabajo. Me había quedado atónita, gratamente sorprendida y después, había apoyado mi espalda en el respaldo de la silla intentando pensar con verdadera tranquilidad. Tenía por un lado que pensar en lo que ello significaba. Iba a mudarme allí, evidentemente, aunque sabía que aún había una posibilidad de decir que no. Podía regresar a algún sitio donde me sintiese realmente cómoda, donde no pudiese seguir volando y me arrepintiese toda la vida de no haber aceptado éste empleo.

No debía negarme nuevas posibilidades, nuevas oportunidades de éxito o fracaso, por lo que no iba a rechazar el trabajo por mucho que me aterrase. Tenía que enfrentarme a distintos retos en mi vida, como cualquier persona y, al menos, durante los primeros días la ilusión ganaría al miedo. Después, no había más remedio que intentar adaptarse a la nueva rutina.

Hice lo posible por respirar con tranquilidad y después, quité la pestaña donde estaba del navegador para entrar a mi correo electrónico. Quería hacer demasiadas cosas, pero la primera sería informar a todos los que pudiese de la nueva noticia. ¿Mi madre vería el correo? Seguramente no aunque ahora tenía bastante costumbre de mirarlo con asiduidad. Debía mandarle la noticia al whatsapp que había conseguido familiarizarse con él por fuerza de costumbre. El correo, en cambio, aún tenía problemas para recordarlo en el orden correcto dado que generalmente el arroba no era un símbolo que usásemos sistemáticamente en nuestro lenguaje común. Además, mi madre era del tipo de personas que para decirte dónde estaba algo te relataba un trabalenguas tipo: «está encima del éste al lado del otro sitio. Sí, no me mires así. Ains… no me sale, pero era el este sí». Era igual que tener un acertijo que descubrir.

Les di la noticia a todos a través de WhatsApp, pero con Verdoux hice una excepción. Decidí mandarle un correo electrónico para no ver el visto, uno de los peores inventos de la tecnología. Éramos mucho más felices sin saber que nos habían leído el mensaje y no habían querido o podido contestarnos.

Después de informar a todos comencé a pensar en el tiempo que tenía para poder incorporarme al trabajo. Tenía un fin de semana para organizarme. Debía recoger todo de casa de Gustav, buscar cómo hacer la mudanza y encontrar un hotel en el que pasar al menos un par de semanas que no se me fuese demasiado de presupuesto porque no sabía hasta qué punto estaban dispuestos a pagarme el hotel. No podía llegar con una factura de un hotel de cinco estrellas y pretender que me pagasen la habitación más cara solamente para que me sintiese cómoda cuando en la vida había tenido algo con semejante lujo.

Rebusqué entre mis cosas para coger el cuaderno que siempre llevaba conmigo y hacer una lista de todas mis tareas pendientes. Entonces, recordé que llevaba algo de tiempo sin haber respondido o sin haber recibido algún correo de Livia, así que no sabía si había sido culpa mía o que ella misma había optado por seguir adelante sin contarme todo con pelos y señales.

Querida Livia.

¿Cómo estás? No sé si era yo quien faltaba por responderte a tu anterior correo o que puede que sea el segundo seguido que te llegue mío. No te preocupes, no ha pasado nada importante, simplemente tenía curiosidad para ver qué tal te iba con tu nueva psicóloga. Comprenderé que si has hecho las suficientes buenas migas nuestros correos sean más de «Pascuas a Ramos», pero no por ello has dejado de importarme, eso no lo olvides. 

¿Todo mejor con tu familia? ¿Seguís tan unidos como me hiciste saber? Ojalá pronto puedas decirme algo sobre ti, estoy deseando saber qué ha sido de tu vida y si sigues dispuesta a realizar ese curso que me habías comentado. El verano empieza a acabarse así que hay que terminar de rellenar las pilas de energía. 

Un abrazo. 

Me percaté de mirar la pestaña de correos enviados donde se veía reflejado que hacía un par de días le había respondido el correo a Livia, pero quería saber qué tal le había ido hoy con su psicóloga dado que el viernes era el día en que comenzaba.

Pude centrarme en el resto de mis planes. Comencé a buscar en  internet empresas para la mudanza aunque, siendo realista, dudaba poder hacerla enseguida porque primero tendría que tener una casa. Debía avisar a Gustav, pero no tenía ánimos para escribirle donde sabía que lo leería pronto, así que la forma más factible era mediante un correo electrónico. Así me aseguraba lo mismo que me ocurría con Verdoux quien me respondió al correo en el tiempo que le escribía a Gustav.

Enhorabuena, señorita Mijáilova. Deduzco entonces que cambiará su lugar de residencia a Londres finalmente, ¿no? 

Avíseme para lo que necesite. 

Vuelta a los mensajes escuetos, a no decir nada más que lo evidente. Quería lanzarle algo a la cabeza, pero debía intentar ser comprensiva con su situación. Debía ser lo suficientemente incómoda como para no poder escribir todo lo que desease o para tenerle de los nervios.

Pensar en positivo era la clave de todo esto y desde luego, no lograría nada más que mortificarme intentando unirme a alguien que probablemente estaba tan lejos como lo estaba de poder tener un nobel en mi vida.

Ahora era momento de centrarme en que tenía trabajo nuevo y lo demás, estaba de más.


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