2018 / Jul / 31

Londres tenía su encanto, desde luego y entendía a la perfección los motivos por los que había sido escogida en múltiples ocasiones como escena principal para el desarrollo de una trama. Tenía el típico signo inglés de puntualidad, elegancia y también, el movimiento de toda ciudad famosa. Londres era fuente de inspiración para todos esos autores y los que vendrían.

Sin embargo, fuera de una ciudad maravillosa, no veía dónde podría yo encajar. Me pasaba lo mismo en cada ciudad que escogía como posible residencia. En esta ocasión estaba justificado porque el gentío era tal que colapsaría mis nervios en algún momento de mi vida. Más de ocho millones de habitantes que competían bastante bien con los habitantes de Moscú. No obstante, los moscovitas en rara ocasión me habían visto el pelo por sus calles y aquí tendría que salir todos los días para trabajar enfrentándome al mundo. Por mucho que quisiese quitarle hierro al asunto no era lo mismo, para nada. Y la posibilidad de realizar lo mismo que en Moscú la descartaba por completo. ¡No podía seguir encerrándome toda la vida! Belfast en ese sentido había sido una ciudad más afín a mis necesidades, pero no se come el mundo quien se pone barreras.

Aún tenía horas hasta el momento en que me fuese a dormir. Había regresado al hotel porque no sabía muy bien cómo podía intentar conseguir algo de tiempo o hacer que este pasase más deprisa mientras esperaba. Aquella mujer me había dicho que por la tarde tendrían una respuesta definitiva lo que significa una larga espera para mí.

Me molestaba el estómago. Había varias posibilidades: los nervios, por los que me decantaba, y finalmente el atracón de comida rápida que me había metido para el cuerpo tan solo un rato antes. Ni tan siquiera iba a perder el tiempo intentando negarme a mí misma que era muy posible que aquella opción tuviese más papeletas que la anterior o, incluso, que fuese una mezcla de ambas. Fuera como fuere no había marcha atrás.

El ordenador, mi compañero de fatigas, no podía faltar en aquel nuevo viaje. La teoría era la posibilidad de hacerme más sencillo el tiempo de espera, pero no lo parecía, no tenía ni la más mínima pinta de que algo así pudiese darse. La mente era un horrible enemigo para cualquiera, si bien lo sabía yo, y ¿qué más podía hacer que intentar atontarla con algún tipo de estímulo electrónico? Já, pero mi cabeza era mucho más inteligente que eso. Podía engañar a una parte, ese pensamiento consciente y no a aquel discurso autodestructivo que tenía lugar en un lugar de mi cerebro al que me era más que imposible llegar para ponerle fin.

Me había comprado un aparato portátil para no tener que usar el wifi del hotel. Desde que había visto meses atrás un reportaje sobre la posibilidad de hackear una red abierta, ¡lagarto, lagarto, que no me tocase a mí! Así que con mi usb de la compañía que más barato me lo había dejado para tener todos los Gigas que pudiese de navegación, comenzaba a realizar un tour por las distintas redes sociales.

Abrí twitter. Me encontré en primera plana las noticias sobre mis actores favoritos y alguna que otra foto teóricamente sensual de ellos. No entendía qué ganábamos al poner en todas las redes sociales lo bueno que estaba el famoso de turno. Tampoco comprendía porqué babeábamos por tantas partes obvias del cuerpo masculino cuando algunas también las teníamos nosotras, solamente que menos desarrolladas. ¿Era a la única que le podían quitar el cuerpo de sus actores favoritos porque prefería embobarse mirando su cara? El conjunto de sus rasgos, su sonrisa, cosas tan simples como las arrugas que se formaban en las comisuras de sus ojos cuando reían de verdad era lo que me resultaba mucho más atractivo que un brazo, un culo o unos abdominales definidos, aunque no cambiaría para nada la visión del hombre deseado con ligera ropa. Sí, no dejaba de ser humana y como humana era un animal al fin y al cabo con deseos reproductivos además de haber descubierto los placeres del sexo.

Lo que me sorprendía era la queja con respecto a que el sexo opuesto realizaba lo mismo con nosotras. Al menos, en las redes sociales éramos igual que ganado. Quizá, en el terreno más personal, las mujeres nos controlásemos un poco más, aunque según mis recuerdos de adolescente podía ser tan solo por las hormonas del momento, pero no mejoraba demasiado la cosa. Suponía que todo se debía a la sobreexposición. Por ejemplo, a mí no había oído a ninguna chica yendo por la calle hablando del paquete o el culo de alguno que estaba cruzando en ese momento, el único comentario que había escuchado había sido sobre lo guapo o bueno que estaba. Sin embargo, yo misma había tenido que sufrir escuchar un comentario de dos chicos hablando sobre mi pecho. Aún recordaba aquel momento. No había podido hacerme aún la reducción de mama que necesitaba y habían hablado de probar mis pechos a un volumen que había llegado a mis oídos. Me había sentido sumamente asqueada. Puede que quizá por haber sufrido un comentario de esa clase yo misma había aprendido a no tratar a ningún hombre como un trozo de carne, pero si esperaba que el mundo entero aprendiese así, podía quedarme sentada.

Decidí ponerme a ver una serie. Llevaba demasiado tiempo atrasando una pequeña maratón de episodios de la serie Gotham que quería ver. Debía terminarme la primera temporada porque estaban a punto de terminar la serie y mi velocidad viéndola había dejado mucho que desear.

Di al capítulo donde me había quedado el día anterior. Había visto el nacimiento del Espantapájaros y ahora debía seguir con el episodio circense. Me sorprendía la facilidad con la que todo se había vuelto oscuro, un poco más cada vez, pero el mundo en que estaba basado no dejaba de ser de la misma manera. Gotham era una amante intensa, pero una verdadera amenaza para aquellos que querían librarla de su propia corrupción.

Al final de ese episodio, sonó mi teléfono móvil provocando que diese un respingo en mi asiento. Era el hospital, ¡había logrado el trabajo!


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