2018 / Jul / 31

Tras el suceso tan radicalmente extraño, había pasado el resto de los días ocupándome dentro de las cuatro paredes, el mayor tiempo posible. Había salido a caminar con Rochester con calzado cómodo para poder correr, sin embargo, no me había encontrado nuevamente con el trajeado así que imaginaba que en un par de días me habría olvidado por completo.

Había cogido el vuelo de pura casualidad y había tenido que pedir a Chloe que se encargase durante ese par de días de Rochester. Solamente sería una noche sin él, pero sentía que me perdía estando sola.

Para la ocasión había escogido un conjunto que esperaba que me diese puntos por formalidad y me había vuelto a teñir el pelo puesto que había terminado cansada de llevar unas raíces del tamaño de la palma de mi mano. Aún no entendía cómo había mujeres que podían ir así ni que ese hubiese sido uno de los looks de este año. Se llevaba llevar las raíces negras como el carbón con un pelo teñido y a mí me ponía increíblemente histérica tener el pelo de dos colores sin haberlo escogido yo además de que tanta decoloración estaba friéndome el pelo de una forma horrible. Si volvía a hacer algo así sería junto a un cambio radical con un gran corte, pero no esperaba que eso llegase a ocurrir nunca por mucho que mi peluquero de la infancia me lo hubiese sugerido en infinidad de ocasiones.

Me había recogido el pelo. Aunque fuese a Londres en aquel verano estaban haciendo unas temperaturas infernales. Rezaba para que en mi ir y venir el maquillaje no terminase deslizándose por mis mejillas hasta dejar unas bonitas gotas del color de mi piel sobre mi ropa. Agradecí inmensamente a mi abuela por haberme regalado hacía años aquel abanico que había metido en el bolso que llevaba hoy.

Con mi adorable abanico de Agatha Ruiz de la Prada, lo único de una marca más cara de lo habitual en mí, me subí a un taxi, le pedí que me llevara hasta el hotel, dejé todo el equipaje en la habitación una vez hube llegado a ella con la llave en la mano y finalmente, pedí a otro taxi que me llevase hasta el hospital. A pesar de todo eso había logrado llegar a la cita un cuarto de hora antes. ¡Todo en tiempo récord! Me sentía orgullosa de mí misma y la parte complicada aún no había llegado.

Comencé con mis ejercicios de respiración. ¿Por qué? Porque no los había hecho en mi vida y esperaba que en momentos de necesidad me sirviesen para algo. Había tenido a varios profesionales que me habían hablado sobre ellos, pero para ser sincera, el verdadero final de todos ellos siempre había sido una horrible hiperventilación. Ni eso hacía a derechas.

Mente abierta, ¡mente abierta! 

La vocecita de mi cabeza tenía razón. Los consejos que me había dado Isobel en el pasado me servían para momentos de estrés en los que aún era capaz de pensar con claridad. Cuando mi buen juicio se nublaba no había posibilidad de hacerme ver el camino correcto.

— ¿Señorita Mijáilova?

Miré a la mujer que había salido del despacho con una carpeta de archivador en la mano, unas gafas de pasta de lo más chic y una sonrisa perfilada en sus comisuras aunque el resto de su rostro no pareciese poder moverse. Me pregunté si por casualidad todas esas facciones estaban tan llenas de botox quese hacía imposible el acto normal de cualquier facción de un rostro común, pero no tenía tiempo de fijarme en esas tonterías.

Me levanté tras pronunciar un “sí” que sonó más alto de lo que había previsto. Seguía a la mujer y me senté allí donde me indicó.

— Buenos días, señorita Mijáilova. Como sabrá la hemos hecho llamar para una entrevista de trabajo. Hace más o menos un tres años tenemos constancia de haber recibido su currículum. Hasta la fecha no había ningún tipo de referencias de trabajos anteriores, sin embargo, uno de nuestros compañeros reconoció su nombre y se puso en contacto con el Dr. O’Connell que nos ha dado excelentes referencias suyas —la mujer se bajó las gafas hasta que terminaron en la punta de su nariz lo cuál le daba un gran parecido con una profesora algo que en lugar de tranquilizarme había aumentado mi nivel de ansiedad de forma exponencial—. Si le parece bien, desearía hacerle un par de preguntas.

— Por supuesto —intenté con todas mis fuerzas no cruzarme de brazos o algo parecido para evitar estar a la defensiva.

— ¿Qué es para usted la salud mental?

Preguntita cliché donde las hubiese y una de las primeras trampas de cualquiera de estas entrevistas de trabajo, o incluso, de aquellas que se le hacían a los pacientes.

— La Salud Mental es una parte importantísima en la vida junto a la propia salud física siempre que se separe mente de cuerpo aunque yo considero que tienen mucha relación. Este tipo de salud condiciona en muchos aspectos imposibilitando vidas lo más normalizadas posibles y aunque en este tiempo de locos es bastante complicado, no por ello es imposible esa búsqueda del bienestar que nos ayudará a enfrentarnos al resto de pruebas que nos ponga la vida.

— Deduzco por su respuesta que la equipararía a la salud física si las separásemos en algún momento. ¿Por qué?

— Creo que es algo evidente. Nuestra mente es muy poderosa. Igual que nos ayuda a mejorar o a salir de enfermedades por nuestra fuerza de voluntad, también aún teniendo el cuerpo más sano del mundo puede hacernos que nos consumamos en nosotros mismos de múltiples formas: sometiéndonos a otros, siendo nosotros los sometedores, impidiéndonos ajustar de forma exacta nuestras reacciones a cualquier momento que se suceda en nuestros días dado que nuestros niveles de ansiedad, estrés o sus derivados subirían a niveles superlativos con cualquier problema por muy minúsculo que fuere, siempre lo veríamos inmenso. Además de tener en cuenta que nuestra propia mente puede lograr que nuestro cuerpo termine también enfermo.

Tomó notas y por eso mismo maldije todo ese bótox que tenía en la cara. Si fuese más expresiva podría intentar dilucidar si lo que acababa de decir era una idiotez o no.

— Fue paciente, ¿es correcto?

— Así es.

— ¿Qué le llevó a dedicarse al terreno de la Salud Mental tras su experiencia?

— El propio vacío que sentí en los momentos en que más perdida estaba. La sola idea de que alguien más pueda tener ese dolor y quedarme de brazos cruzados ni tan siquiera se me pasa por la cabeza. No puedo hacerlo, es superior a mí. Conozco los riesgos de involucrarse demasiado con un paciente, pero en esos instantes uno necesita tanto saber que importa y que puede contar con alguien que no le juzgue. Pero sobretodo saber que la otra persona entiende su propio sufrimiento porque lo ha padecido, porque cada palabra que explica los síntomas o cada análisis de la situación es igual que si lo leyesen a uno como un libro abierto, asusta, sí, pero también nos ayuda a enfrentarnos a nuestros temores más grandes: los secretos que nos ocultamos nosotros mismos.

No pude evitar sentir cómo la voz me temblaba al pronunciar aquel escueto discurso. Aún recordaba esos momentos como si hubiesen sido ayer. También podía saber que ese mismo propósito sería un inmenso problema para colocar el dique preciso entre paciente y profesional, pero no podía ser menos que sincera. ¿De qué servirían las respuestas de manual que imaginaba habrían dado otros de los candidatos? Sí, darme a los demás, tomar el papel de salvadora era uno de los defectos que tenía que pulir, pero ¿nace el ser humano aprendiendo a correr o da varios pasos previos antes? En esta vida todo tenía un aprendizaje y la humildad era el primer paso para comprender que uno no es perfecto.


Leave a comment