2018 / Jul / 30

La gélida mirada de aquel hombre finalmente se encontró con mi perro rabioso que ladraba en su dirección sosteniéndose en sus patas traseras pues el resto del tronco lo tenía elevado hacia él. Si hubiese creído en seres sobrenaturales seguramente habría pensado que ese hombre era en realidad un vampiro, algún tipo de peligro inminente, pero no solamente todo lo sobrenatural era peligroso. Podía ser un asesino con piel de cordero.

La mano izquierda de aquel hombre estaba posada estratégicamente en la cintura de una chica de cabello moreno que tenía apartado con una trenza de raíz en su lado derecho, aquel que quedaba perfectamente situado para la invasión de besos o caricias que quisiese hacer el trajeado. Ojos verdes, labios carnosos pintados de un rojo pasión del mismo tono que el vestido que llevaba en el que claramente se distinguía la inexistencia de sujetador.

Él, en cambio, parecía ser el culmen de la decencia. Trajeado, corbata a juego con la tela del traje en contraposición con el blanco de la camisa que tenía debajo. Fornido, no demasiado como para reventar su propia chaqueta de traje, pero sí lo suficiente como para que se le notase el gimnasio sin que fuese necesario acercarse demasiado.

Rochester no se fiaba de él o quizá de ella. La pareja se dirigía con paso decidido hasta el coche carísimo que les esperaba aparcado en doble fila. Ella entró y después él elevó la mirada hacia mí. Se quedó mirándome más de lo que hubiese deseado porque una horrible sensación recorrió mi espina dorsal antes de obligarme a soltar a mi perro porque se me habían quedado dormidos los dedos impidiéndome hacer más fuerza para detenerle.

Cualquiera en su lugar se hubiese alejado de un hasky con tales intenciones, pero él, de alguna manera, provocó que mi perro cesase su carrera antes de quedar frente a él aunque aún gruñía. Era lo más espeluznante que había visto. ¿Cómo alguien tenía el poder de parar a un animal dispuesto a atacar sin tan siquiera moverse del sitio? Se inclinó sobre Rochester y temerosa de que fuese a pegarle di unos pasos hacia él dispuesta a soltarle cualquier improperio, sin embargo, su amplia mano tan solo tocó la cabeza del cánido en una caricia que pareció amansarle casi por obligación.

— ¿Cómo se llama? —su voz sonó grave, pero calmada.

— Rochester —una carcajada escapó de sus labios casi de inmediato.

— Me refería a usted, señorita.

Volvió a ponerse de pie taladrándome con aquellos ojos de una tonalidad que no sabía describir. Parecía como si llevase lentillas de algún color específico, pero no parecía ser de esos hombres, aunque en el arte de la seducción y de terminar con una compañía femenina, ¿quién era yo para decir qué se hacía y qué no?

— ¿Por qué debería decírselo?

La respuesta pareció dejarlo sorprendido. Era como si de repente hubiese perdido todo el control de todo lo que estaba a su mano e intentase retomarlo cuanto antes, como si él fuese el amo y el señor del universo. Los hombres así solían crearme un repelús que me mantenía alejada de ellos casi al instante. Era ese tipo de hombre que sabía que se aprovecharía de mi propia debilidad de autoestima y no quería permitirle hacer algo semejante. Para eso ya tenía a Verdoux, mi demonio personal.

— Lo terminaré averiguando…

Con aquella amenaza en toda regla, se metió al vehículo y se marchó de ahí. Me estremecí de pies a cabeza mientras Rochester se acercaba a mí para restregar suavemente su pelaje en mis piernas emitiendo unos adorables quejidos que me recordaban que él había tenido que estar tan asustado como yo cuando ese ser le había puesto la mano encima. No sabía quién era, ni quería saberlo. Debía alejarme de todo lo que oliese mínimamente a ese perfume, aunque… parecía una fragancia lo suficientemente cara como para que fuese fácilmente reconocible si es que no la usaba media población.

Seguramente Rochester recordaría la fragancia sin ningún problema. No obstante, no quise tentar a la suerte por si ese ser volvía por lo que nos dimos media vuelta para regresar a mi hogar. Pasamos por los mismos establecimientos que antes, pero cuando estábamos a punto de pasar delante de una cafetería, Rochester volvió a ponerse nervioso. Hice lo posible por tranquilizarle y fue entonces cuando un vehículo paró delante de nosotros. El chófer se bajó pacientemente y cerró la puerta. ¿Era ese el mismo coche de hacía un rato? No me quedaría a averiguarlo.

— Señorita… —la voz cascada del chófer intentaba llamar mi atención mientras suplicaba porque mis tacones se convirtiesen en ese momento en unos patines que me hiciese ir más deprisa—. ¡Señorita, espere!

Escuché un gemido ahogado. Me paré en seco y finalmente el brutal movimiento de la parte trasera del vehículo me hizo temer lo peor, pero seguramente aquellos dos estaban haciendo de todo menos calceta. Pensé en cómo sería hacerlo en un coche, pero la idea de que cualquiera pudiese verme era de todo menos atractiva.

— Señorita… el señor…

— Dígale a su señor que puede quedarse sentado si espera que yo termine siendo una nueva conquista suya —hice una mueca de asco mirando al vehículo y finalmente me marché dando las zancadas más grandes que me permitía aquel vestido apretado.

Rochester parecía tener la misma prisa que yo por no volver a encontrarnos con aquel hombre y su chófer de nuevo. Saqué las llaves del bolso y me metí en el portal, pero no me sentía lo suficientemente segura. Subí hasta el piso correcto y cuando estuve dentro del apartamento con las llaves echadas y todos los cerrojos puestos pude respirar algo más tranquila.

Encendí la luz del salón. Me quité los zapatos y caminé hacia una de las ventanas para bajar la persiana. Allí, abajo, en la calle, el hombre púlcramente vestido igual que si no acabase de tener sexo con ninguna mujer estaba de pie, observándome, fumando un cigarrillo y soltando el humo sin quitar ojo a mi silueta apoyado en el vehículo que aún tenía en su interior a la mujer de rojo de pasajera.

Cerré la persiana tan deprisa como pude, apagué las luces más altas y me escondí temerosa de lo que pudiese pasarme. ¿Qué diablos estaba ocurriendo?


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