2018 / Jul / 30

Señor Verdoux. 

Recibí su correo aunque acabo de verlo. No sé qué es lo que ha podido provocar su escapada, pero al menos, me alegra saber previamente que estará ausente de mi vida. Es un avance con respecto a las otras ocasiones. Por favor, no se lo tome como reproche ni mucho menos. Me alegra haber tenido la oportunidad de hacerme a la idea de una manera algo más gradual. 

Sin embargo, tengo algo que decirle. No sé cuánto tiempo esté lejos de mí, pero mi vida deberá cambiar. Tengo intención de mudarme a Londres si logro conseguir un trabajo. Hay una vacante para tratamiento psicológico en uno de los hospitales de la ciudad. No sé si será permanente o no, pero me gustaría informarle de ello. 

Con respecto a huir hacia otro lugar usted y yo solos, me encantaría que fuese posible, sin embargo, le recuerdo que la vida real nos impediría vivir como náufragos en una isla desierta. Aunque, si en algún momento es posible cuente conmigo para vivir ese sueño. 

Si encuentra ese hueco, mándeme el billete o la fecha para poder comprarme yo uno. 

Ojalá todo le salga bien y no sea nada irreversible ese problema. 

Se le extraña. 

Me metí en la página web buscando algún billete que fuese lo suficientemente asequible para las fechas que se me habían dicho. Debía estar hacer la entrevista antes de poder pensar en cambiarme a alguna casa. Iría por metas pequeñas. Primero, ir. Después… lo pensaría dependiendo de los resultados. Lo único que estaba en mis manos era intentar realizar la mejor entrevista posible. ¿Habría posibilidad de ello? ¿Podría lograr ese trabajo? Intenté respirar profundamente y luego me di mensajes positivos. Eso era lo importante, lo necesario. Si yo creía que podía lograrlo, podía hacerse realidad, pero ir con la mente cerrada y el negativismo lo único que lograría es que metiese la pata una y otra vez para provocar mi propio fracaso sin darme cuenta.

Compré el billete y después miré alguna oferta en algún lugar barato donde pasar la noche, sobre todo por si por algún motivo aquello se alargaba demasiado o si estaba tan cansada o angustiada que no podía irme al aeropuerto en el mismo día.

Tenía que pensar que estaría sola. Debía centrarme en lo que contestaría, lo que no, lo que podrían evaluarme o lo que no.

En la pestaña del navegador, volvió a aparecer un número indicándome que había recibido un nuevo correo electrónico. Vi que era la respuesta de William. No pude evitar abrirlo por curiosidad.

Señorita Mijáilova, ¿realmente se irá a Londres? ¿Va a lograr otro empleo? De ser así espero que tenga toda la suerte del mundo. 

Por favor, infórmeme sobre ello en cuanto tenga alguna noticia. Se lo agradecería. 

El correo era más frío y breve que el anterior. Solamente esperaba que aquello que le estuviese pasando en su vida no provocase que fuese a ser nuevamente el hombre que había sido en Nueva York. No me hacía demasiada gracia tener que encontrarme con alguien tan inalcanzable como si estuviese sobrevolando la vida por encima del resto de los mortales. Puede que solamente fuese por todos sus miedos, que ese fuese su método de defensa.

No tenía tiempo para eso. No quería pensar ni tan siquiera en tener que luchar de nuevo contra un titán. Si tenía que volver a recorrer el camino que ya había logrado avanzar, sería desalentador.

Cerré el ordenador mientras pensaba en qué podía hacer. Quería lograr ese empleo para no dejar en mal lugar las referencias del doctor. Había renunciado al trabajo de «El paraíso de los dulces» por lo que quizá sería bastante complicado que pudiese regresar tal y como estaban las cosas. Era bastante imposible y no obligaría a una amiga a acogerme en mis momentos de debilidad. Pensé en Gustav. Pensé en el William que había conocido en Italia y también me dejé llevar por los sueños y las vivencias que recordaba de mis personajes favoritas de la literatura y de la vida real. Todas mujeres fuertes que no habían dejado que quebrasen su espíritu.

Creía que lo mejor que podía hacer durante estos días hasta el de la entrevista era dedicarme a organizar el viaje, preparar la maleta, pero en tiempos muy limitados. El resto de las horas debía estar sumergida en otras actividades y la ansiedad que me producía pensar en mi vida amorosa actual y pasada, no me venía demasiado bien. Así que había tomado una gran decisión. Uno, dentro de casa estar distraída. Dos, pasar el máximo tiempo posible fuera de casa.

Y empezaría por aquella noche. Me duché, me embadurné a mí misma en una crema hidratante que olía de maravilla y cuando se hubo secado, me deslicé dentro de un vestido apretado y que siempre me había parecido medio carnavaleño. Su estampado imitando la piel de un leopardo no casaba demasiado con el color naranja apagado que tenía. Era corto, quizá demasiado para mi gusto. Quizá demasiado para mi propio bien. Puede que fuese mi propia intención de autoboicotearme ahora que la vida empezaba a sonreírme. Sin embargo, otra voz dentro de mi cabeza gritó a la moralista que tenía derecho a sentirme bien conmigo misma de vez en cuando.

Como Rochester ya no era un cachorro me acompañaba a todas partes salvo cuando estaba enfermo. En esta ocasión quería que lo hiciese casi en calidad de guardaespaldas. Mis tacones morados destacaban. En realidad, toda yo destacaba, al menos, con respecto a como iba otros días.

Terminé de retocarme y salí del piso dispuesta a dar un paseo tan solo. Nadie tenía porqué saber que me había vestido así a aquellas horas tan solo para llevar a Rochester por las calles para que estirase las piernas. Mi mentón estaba elevado. Me obligué por primera vez en mi vida a no ir mirando más al suelo que al frente. No era inferior a nadie ni tenía porque hacérselo creer a los demás. ¿Por qué todos podían avanzar y yo no? No era justo, ni para mis pacientes, si es que volvía a tenerlos, ni para mí. ¿No debía de ser yo la primera que creyese que se podía hacer algo?

Las calles de la ciudad tenían gente. Era temprano aún, pero había anochecido hacía bastante poco. Solamente en España existía el mito de los bares abiertos con mucha fiesta hasta las tantas de la madrugada. En el resto de los países algo así parecía inadmisible. Casi me hace reír acordarme de como los mismos europeos viajábamos muchas veces a España precisamente para disfrutar de aquel desmadre sin igual. Era como el lugar del pecado donde todo estaba bien visto durante un par de semanas hasta que la vida real reclamaba y volvíamos a ser personas serias, intachables, con ese pasado oscuro que solo despertaba una botella de alcohol de la graduación adecuada.

Justo en ese momento escuché a Rochester gruñir. Nunca me había pasado algo semejante. Mi perro estaba en posición defensiva, como si estuviese dispuesto a atacar a alguien en cualquier momento. Sus ojos parecían mirar a un hombre trajeado de aspecto intachable y que en ese momentos parecía seducir a una joven casi sin pretenderlo, sin ningún tipo de trabajo.

Intenté calmar a Rochester, sin embargo, mi perro parecía ver algo que los demás no veían y tuve que agarrar con mucha fuerza la correa para que no terminase saltando a la yugular del trajeado.

— Perdón, perdón… —comencé a mascullar suplicando porque mi cánido me hiciese de una condenada vez por todas.

¡Peligro! Parecía gritar Rochester mientras que el resto de mujeres a las que el susodicho miraba caían prácticamente como mocas a sus pies.


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