2018 / Jul / 22

El agua recorría mi cuerpo y para mí era igual que si limpiase un pozo profundo de problemas. Era solamente un placebo, un bienestar instantáneo, pero servía y eso era lo importante. A menudo, solamente necesitábamos un momento de paz y tranquilidad para poder encontrar una salida a todo lo que estaba en el aire. Y otras veces solamente necesitábamos no pensar. En este caso, yo no quería pensar, ni un solo segundo.

Tras cambiarme en el baño, salí para ir al salón donde mi hermana estaba con el pelo revuelto recogido en una coleta y mi padre también, obligado por mi madre a desayunar en el salón puesto que tenía esa odiosa manía de desayunar en la cocina, de pie, sobre la encimera. Algo que no debía venirle precisamente bien a sus articulaciones.

Caminé hasta la mesa donde aún estaba la bandeja con los dulces navideños. Cogí una pasta con mucho azúcar que descubrí con gusto que parecía de hojaldre o algo muy similar a éste. Me senté en mi lugar y cuando me di cuenta vi que había regalos en el pequeño árbol de plástico con el que llevábamos toda la vida. No eran demasiado, cierto, pero por lo menos había uno para cada uno. Mis padres habían intentado hacer este día un poco más especial.

Rochester quien se sabía de sobra mi predilección en los colores, entró en el salón y a pesar del reproche de mi madre porque no le gustaban los animales, había cogido el regalo envuelto en una especie de papel metalizado amarillo con adornos plateados. Mordisqueaba el cordel y finalmente me entregó el paquete cuando se percató de que mi mirada estaba puesta en él.

— ¿Nos habéis comprado un regalo a cada uno? —pregunté sorprendida mirando a mis padres.

— ¿En serio no son solamente de decoración? —la voz de mi hermana quien a menudo no disfrutaba de conversaciones activas a primera hora de la mañana sonó mucho más grave de lo acostumbrado.

Ambas abrimos nuestros regalos con el permiso de nuestros padres justo en el momento que llamaban a la puerta. Para que no se levantase ninguno de mis padres lo hice yo, fui a abrir puesto que tenía mejor pinta o, al menos, estaba más arreglada que cualquiera de ellos.

Al abrir la puerta pensaba que me encontraría a mi hermano, sin embargo, había un repartidor. Me sorprendió comprobar que estaba trabajando el día de Navidad.

— ¿Señorita Mijáilova? ¿Kyra A. Mijáilova?

— Soy yo.

— Le traigo estos tres paquetes. Créame que alguien le debe de querer mucho porque no es lo normal que nos paguen un buen extra por traerlos —soltó una carcajada y me mostró la condenada pantalla táctil del móvil que siempre me dejaba un churro de firma porque jamás en la vida había aprendido a firmar con el dedo y menos teniendo a otro que me sostuviese el formato antes llamado papel.

— Gracias.

La confusión en mi rostro era evidente cuando cogí los tres regalos. No sabía de quién podía ser cada uno y esperaba que no fuesen de la misma persona, no al menos esta vez. Sin embargo, el remite de cada paquete era diferente aunque en ninguno ponía el nombre de quien lo enviaba, solamente la dirección y el país. Veamos tenía: Tailandia, Estados Unidos e Inglaterra. Si alguien podía estar en Tailandia era Gustav. Se me encogió el corazón al pensar que podría haberme comprado algo para Navidad y yo no haberle regalado nada, ni tan siquiera haberle hablado en todo este tiempo.

Respiré profundamente y subí los paquetes a la habitación, no quería tener que dar explicaciones a nadie. Después, bajé para terminar de darles las gracias a mis padres por el regalo que me habían hecho. No era gran cosa, era cierto, para cualquiera no sería absolutamente nada, pero para mí era fantástico. Un libro. Un hermoso libro que ambos habían escogido para mí. Sabían que me gustaban las letras, así que había sido un acierto seguro. Siempre le había dicho a mi madre que lamentaba que no tuviésemos nada más que El perro de los Baskerville de las obras en donde Sherlock Holmes era el protagonista y por eso delante de mí tenía un libro con varios relatos diferentes de los distintos casos creados por Doyle.

No fue un gracias demasiado efusivo. Rápidamente me fui a la habitación porque había tres regalos que tenía que abrir y que no podía quitarme de la cabeza.

Rochester me siguió. Estaba dispuesto a no dejarme ni un solo segundo sola aunque ayer por la noche había tenido que pasarse la velada en mi dormitorio.

Me senté en la cama mirando los distintos paquetes y preferí empezar por aquel que tenía de remite Inglaterra. No podía ser otro que Damian. Cerré mis ojos con fuerza unos segundos y finalmente abrí la caja cuando me permití mirar de nuevo. Dentro, había un pequeño osito de peluche. Había acertado claramente y aún así, no me hacía la más mínima ilusión después de lo ocurrido entre nosotros.

Había una carta, pero si quería tener tiempo y estar lo suficientemente bien para la comida, dado que no sabía si vendría la novia de mi hermano, debía dejar esa carta para más tarde. Me enfadase o llorase no sería un buen estado anímico para tener que encontrarme con alguien ajeno a mi montaña rusa emocional.

Abrí el paquete de Nueva York. En su interior me encontré un manuscrito del último libro de ¿quién si no? El profesor. Suponía que esto tenía que ver con mi aceptación a leer algo suyo meses atrás. Puede que la carta antigua no fuese nada más que un regalo y no una súplica de nada más. Mi inexperiencia leyendo las señales de amor era bastante notoria.

Por último, dejé el regalo que tenía más matasellos. Tailandés. Abrí poco a poco el paquete y cuando lo hice pude ver una cajita de madera rodeada por un sedoso cordel del que colgaba una llave. Al quitar el cordel pude abrir ese cofrecito y en su interior encontré cartas, todas a mi nombre, todas sin sello, todas escritas durante todos los meses que habíamos pasado separados antes y después de nuestra ruptura. La mayoría eran sobres gordos así que tendrían más de una hoja escrita y comprendí que Gustav me estaba entregando todo su corazón.


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