2018 / Jul / 22

Me pasé la mayor parte de la cena escuchando a los demás hablar. No tenía muchas ganas de contar nada a nadie de lo que había vivido en mi estancia en los diferentes países. Lo que quería era recobrar el buen humor que parecía haber perdido. Deseaba, en lo posible, encontrar a la Kyra que había parecido perder en mi propia locura indomable y, como de costumbre, no fue demasiado difícil porque mi familia disfrutaba en sus conversaciones manteniéndome al margen igual que si fuese una extraña. Tan solo mi madre lanzaba alguna pregunta esporádica si me veía intranquila o si en mi rostro veía la frustración o la tristeza, algo que me obligaba a disimular concentrándome en la discusión que se producía en la mesa con asuntos que ni me iban ni me venían o entendía.

Mi cabeza se encargaba de regalarme algo de paz tarareando alguna canción que me hacía pensar en otra cosa. Sin embargo, mi existencia era culposa, igual que un ladrón arrepentido de haber cometido su último robo como si hubiese estado obligado a hacerlo.

La noche se iba alargando y disculpándome con todos ellos me fui a la que era mi habitación. Tenía que subir las escaleras puesto que mis padres habían tenido que cambiar su dormitorio con el mío para facilitarse a ambos el subir y bajar los escalones, aunque todos lo sabíamos que lo habían hecho por mi padre tan solo, al menos, mi madre, aún estaba de maravilla a pesar de la edad.

Cerré la puerta y maldije el frío endemoniado que hacía en aquella parte de la casa. Me quité la ropa deprisa y corriendo observando tal y como habían colocado todos los muebles. Gracias a eso no había problema en que tuviese mi pequeño rincón para disfrutar de la lectura.

Tras meterme en la cama, me acurruqué bajo las sábanas y respiré el aroma tan extraordinariamente familiar del suavizante que aún usaba mi madre. Una sonrisa se deslizó por mis labios y me abracé a la almohada. Todo estaba casi igual a como yo había querido dejarlo cuando me fui, por lo que una parte de mí encontraba suficiente consuelo refugiándome en la joven sin vida que fui tiempo atrás y esperando poder regresar a esa etapa de la vida, al menos, mientras me sintiese vulnerable.

Los sueños no eran muy agradables. Me revolvía en las sábanas de franela de colores cálidos en una búsqueda de sentir la seguridad que en otro momento hubiese sentido en mi cama. Ahora, en cambio, aquel era y no era mi hogar. Era igual que un pez nadando entre dos aguas.

Descansé hasta que despuntó el alba y rápidamente mis ojos se posicionaron en las ventanas del tejado que me impedían continuar durmiendo además de ser poco a poco consciente de todos los ruidos que ya hacían algunos de los vecinos. Me pregunté cómo se podían tener energías a esas horas para yacer en la cama con su pareja, pero seguramente, si gozase de pareja, yo misma podría estar entre juegos en busca del disfrute más profundo.

Volví a sentir el golpe de la soledad, la ausencia del amor. Me levanté de la cama y busqué entre mis cosas mi ordenador que me había acompañado también a su lugar de origen, o al menos, dónde lo había comprado muchos años atrás.

Encendí el ordenador, abrí algunas páginas de internet, pero finalmente, allí donde terminé fue reabriendo ese blog que había escrito muchos años atrás. Comencé a leer mis propias palabras recordando las historias que narraba para lectores anónimos que jamás me dejaban un comentario si es que alguien leía.

Finalmente, me entró el gusanillo y me dispuse a teclear mientras evadía mi mente logrando descargar toda mi cabeza de múltiples historias, de situaciones insospechadas, de… vida. Porque aquello era la vida y dándole vida a otros lograba entender mejor la mía propia además intentar perdonar a mi pasado con cada palabra tecleada.

Había vuelto a encontrar el placer que sentía antes en la escritura. Salirme de mi propia vida y poner mis problemas en un personaje no dejaba de ser una de las mejores terapias. Había que enfrentarse a uno mismo, encontrar soluciones, porqués y respuestas a comportamientos incomprensibles. Además, como autor era la dueña y señora de la vida de aquellos personajes, por lo que esperaba que ninguno se hiciese rebelde para llevar el control de toda la situación. Quería castigar y dar premios a mi protagonista y una parte de mí pensó que quizá yo misma era el personaje de una historia y estaban jugando conmigo dándome tantos premios como quitándomelos antes de haberlos disfrutado del todo.

Empecé a escuchar sonidos. Había estado escribiendo alrededor de dos horas. Mi madre siempre se despertaba temprano así que seguramente sería ella dispuesta a recoger el salón que habría terminado sin recoger del todo para su gusto. Sonreí pensando en ella, en lo muchísimo que trabajaba para tener la casa perfecta, pero la limpieza es tan efímera que en cuanto terminabas de limpiar podía volver a estar sucio lo primero.

Gustav había sido muy maniático en el tiempo que habíamos vivido juntos e imaginaba que solamente por no ofenderme había logrado aguantar sus deseos de desinfectar todo el lugar. Me había recordado a mi madre y ahora, ni tan siquiera podría presentárselo a mi familia.

La tristeza parecía ser algo que iba a consumirme durante todas esas fiestas. Hoy, era el día de Navidad. Hoy, no tendría ni un solo regalo como hacía años que era así. Cerré mis ojos echando mi cabeza para atrás antes de comentar todas mis frustraciones en mi personaje principal como si fuese mi propio diario.

Me levanté, cogí mi ropa y me bajé a la ducha. No podía negarme la intención de quitarme algo de malestar, de dolor, de rabia con una calmante y reconfortante ducha de agua caliente. Mi madre estaba ya en el salón comiendo aquel desayuno horrible: pan churrascado que había impregnado todo el lugar con su olor ha quemado y así, sin más, había vuelto a sentirme en casa.


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