2018 / Jul / 20

La cena sería copiosa, pero no como esas que se ven en la televisión, de todos modos estaba lo suficientemente llena de platos distintos que por mucho que tocásemos a una minúscula parte de todos ellos, era evidente que comeríamos mucho más que en otras ocasiones.

Mi madre jamás había tenido la costumbre de hacer platos típicos de las fiestas. Solíamos hacer algunos tentempiés. No éramos una familia muy al uso en eso tampoco. Nuestras tradiciones eran diferentes a las del país y esperaba que en general, todo el mundo tuviese tradiciones propias para hacer más especial la Navidad.

Miré todos los platos. Estaban preparados para nuestro propio disfrute. Nosotros no disfrutábamos generalmente de comer de todo. Éramos de comer sota, caballo y rey, poco más. Huevos rellenos con la yema espolvoreada por encima, croquetas caseras de mi madre mucho más esponjosas que cualquier otras, ensaladas, calamares, gulas que solían comer mis hermanos, jamón, queso… Solíamos salirnos del presupuesto tan solo en esa época. Mis padres siempre habían sido bastante ahorradores dado que con tres hijos y un solo sueldo habían tenido que hacer milagros para darnos todo lo que pudieran que fuesen recursos mínimos. Jamás habíamos tenido grandes lujos.

Recordaba lo más caro que había entrado en mi casa: los coches. Siempre los condenados coches. Nunca les había visto ningún tipo de atractivo. Seguramente tendrían su belleza en el diseño, no lo negaba, pero el coche que a mí siempre me había gustado había sido el Smart por lo pequeño que era, aunque luego dijesen que era igual que conducir rodeada de papel de periódico porque protegía más bien poco. Mis hermanos y mi padre, en cambio, tenían fascinación por los vehículos. A fin de cuentas, mi padre había terminado siendo mecánico por casualidades de la vida.

La segunda cosa más cara que habíamos logrado conseguir, y de ámbito más personal para nuestro ocio, había sido la primera videoconsola que le habían regalado a mi hermano por su comunión. Yo recordaba haber recibido una consola portable, de las primeras que hubo en color, pero mi hermano también tenía la versión previa. Sin embargo, habíamos tenido la suerte de que habían durado muchos años porque no habíamos podido cambiarlas por versiones más nuevas hasta muchos años después o la muerte definitiva de esa consola.

Cogí un trozo de la empanada que preparaba mi madre. Lo único que no era casero del todo era la masa porque no podía echar tantas horas para hacer una masa de hojaldre que no había hecho en su vida. Sí, normalmente las empanadas tienen otra masa, pero la de hojaldre servía lo mismo y estaba mucho más buena. El relleno no era muy diferente al de los huevos, tomate frito, trozos de huevo duro y finalmente atún. Pero, por alguna razón incomprensible, no había otra que me supiese mejor que la de mi madre.

— … Fuimos a Egipto. Allí hay un nacimiento y ya sabéis que todos estamos intentando descubrir dónde puede estar Nefertiti. ¡Os prometo que yo lo terminaré descubriendo! —mi hermana lo decía completamente convencida aunque los demás se lo tomasen a broma—. Todo era magnífico. Los años no quitan belleza a todo lo desenterrado, tenerlo cerca es igual que poder adentrarse en la misma historia. Aún no entiendo como hay personas que se dedican a destruir este tipo de recuerdos de otras civilizaciones, y mucho menos que se haga ahora cuando teóricamente sabemos la importancia que tienen esos hallazgos. Es una lástima que hayamos ido edificando una civilización sobre los restos de otra civilización —torció el gesto visiblemente disgustada mientras yo aún saboreaba un calamar a la romana que estaba delicioso.

— ¿A dónde más fuiste? —quiso saber Dasha.

— Estuve en España. ¡Ni os imagináis lo que es eso! Las grandes ciudades tienen cultura más reciente, me refiero a las más conocidas como Barcelona y Madrid. Se ve fácilmente que son ciudades tirando a lo cosmopolita, quizá por eso son los centros principales de turismo, pero… ¡fui a la ciudad de la que era la abuela! Toledo. Ni os imagináis lo que es eso. Aún existen claramente en el casco histórico los tres barrios, porque durante un tiempo, durante la reconquista, allí vivieron judíos, árabes y cristianos. Están casi intactas la judería, el barrio árabe y el resto… ¡y ni os imagináis la caótica composición de su planta! De esa forma eran más difíciles conquistar las ciudades aunque tuviesen una muralla para evitarlo… Es una visita obligada —concluyó antes de meterse un trozo de la comida a la boca.

— Siempre habíamos hablado de ir a visitar la tierra de mi madre y se quedó tan solo en ir a conocer la capital. Es cierto, que eso de no conocer el idioma tira mucho para atrás, pero quizá podríamos hacerlo antes de que tengas la movilidad más reducida.

Mi padre fijó sus ojos en mi madre como si se acabase de dar cuenta que él era el receptor de ese comentario. Se quedó en silencio mientras intentaba contener sus impulsos por mover la boca de manera frenética. Era uno de sus tics nerviosos, esos que era prácticamente incapaz de control ya y no tenía que ver, ni mucho menos, con más o menos medicación. No tenía una terapia lo suficientemente buena porque ni tan siquiera él sabía cómo usar las posibilidades que tenía delante con su psicóloga y su psiquiatra. Una pena, pero no creía que yo pudiese hacer demasiado si él había decidido arrastrarse por la vida.

— Sí, podríamos ir. Nos dieron ese dinero que nos esperábamos por la ayuda que no nos habían concedido, quizá podamos encontrar una forma de hacer un viaje barato, aunque de ir allí, sabes que también quiero llevarte a las islas Canarias desde que nos casamos.

El recuerdo de cómo mis padres tuvieron que sacrificar su luna de miel por el embarazo de mi madre y por poder trabajar hasta devolver el dinero que habían necesitado para pagar la casa, era enternecedor, pero igualmente doloroso. Mi hermano llegó para cambiarles todos los planes desde el principio y por su buena voluntad o por su inexperiencia para informarse habían cogido las peores opciones para hacer las transacciones necesarias para la compra de un hogar en el que poder llevar su vida matrimonial y su futura paternidad juntos.

Que pocos meses después entrase yo en la ecuación consiguió romperles aún más los esquemas y ambos tuvieron que trabajar, mi madre en nuestro cuidado y mi padre trabajando en todo lo que podía porque prácticamente se les iba el dinero en pañales.

Me pregunté por un segundo si yo sería igual de fuerte que ellos en una situación similar y por dentro esperé no tener que averiguarlo nunca.


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