2018 / Jul / 20

Abrieron la puerta de casa. Todo parecía estar listo. Mis hermanos habrían terminado de hacer la comida que mi madre no hubiese dejado hecha mucho tiempo antes. Vi el nacimiento sobre la mesa de la entrada. Mi abuela había sido cristiana católica, la religión en que había criado a sus hijas y por ese motivo mi madre era una mujer muy devota. Buscaba ayuda, esperanzas y consuelo en los momentos difíciles y en los que no lo eran tanto. Lo mismo que ella se había vuelto a acercar a la Iglesia cuando yo tuve mi momento de declive, yo me había alejado de ella como si fuese la misma peste. La religión no había sido lo que me había sacado de allí si es que había salido del todo. Aún lo dudaba.

Se escuchaban voces al final del pasillo que daba acceso al salón donde la mesa para seis comensales había sido adornada y también ampliada para así poder poner todos los platos que fuésemos a cenar. Desde hacía años mi madre tenía un mantel navideño, un retal de tela que ella se había encargado de rematar para de esa forma no tener deshilachados que llevasen a que terminase haciéndose la milésima parte del trozo que había antes porque de esos hilos siempre se iba tirando.

Miré hacia los sofás. En el de tres plazas estaban sentados mi hermano y su novia, en un sillón, en cambio, estaba mi hermana, frente a ellos. Los tres me saludaron con una sonrisa, sí, de esas falsas que no se dan cuando uno realmente se alegra de ver a alguien y como de costumbre no se levantaron para saludarme. ¿Para qué? Solamente hacía casi un año que no veía a ninguno de ellos. Aquello era parte de nuestra frialdad familiar, esa a la que había tenido que acostumbrarme por la simple necesidad, pero mi alma siempre había anhelado mucho más cariño del recibido. Entrar en mi hogar era igual que hacerlo en la consulta del dentista, donde veías a todos por primera vez.

Saludé a la novia de mi hermano con dos besos y luego le di la enhorabuena. Era una chica guapa, muy guapa. Pero sobre todo la elegancia natural que desprendía era algo sorprendente. Mi hermano había tardado mucho tiempo en encontrar una pareja, pero Dasha había trabajado en el mismo juzgado que él y había sido gracias a ella que todo había salido para adelante. Lewis que siempre había sido muy parado, jamás le había pedido una cita a ninguna chica, al menos, que yo supiese y esa era la versión oficial, pero Dasha, que había sentido esa atracción por él, no había tardado demasiado tiempo en acercarse y que comenzase el romance.

— ¿Qué tal el viaje? —preguntó mi hermano como si realmente le importase algo de lo que acontecía en mi vida.

Debía contar el número de veces que me había llamado durante mi ausencia aunque la cuenta era tan fácil como les llamadas de mi hermana: ninguna.

— Bien, no ha sido demasiado largo a pesar del trasbordo —comenté antes de mirar la hora en el reloj del móvil comprobando que tenía la hora de Belfast aún predeterminada en la pantalla.

Me dediqué a cambiar el uso horario mientras ellos regresaban a sus conversaciones de temas, que por suerte, parecían interesarle también a Dasha. Cuando se ponían a hablar de youtubers determinados, videojuegos o de los luchadores de la WWE, yo desconectaba por pura salud mental. Esa información no me servía absolutamente para nada.

Mi hermano tenía puesto un traje, caro, pero los trajes siempre le habían sentado de maravilla, incluidos los de Zara que se había comprado para alguna boda al principio de su veintena. Mi hermana, iba con una blusa sin mangas, medio sujetador se veía por el costado de la blusa y unos pantalones negros. Eso sí, zapato plano. Los tacones no los usaba ni aunque la pagasen por ello.

Dasha, en cambio, llevaba un vestido precioso granate que me hizo sentir igual que si estuviese con la ropa del mercadillo. No es que me hubiese arreglado mucho, pero algo había intentado y el complejo de inferioridad era a niveles superlativos. La única que siempre estaba más cómoda en estas fiestas era mi madre, al menos cuando se celebraban en nuestra casa, porque guisar con ropa de boda debía ser algo complicado.

Mi padre tenía puesta una camisa y un pantalón de los denominados «chinos». Toda la ropa que seguramente le había escogido mi madre, porque el gusto para combinar de mi padre no versaba nada más que en camisetas con pantalones de chándal.

Mi madre se había acordado de comprar Trina de naranja para la ocasión. Aquellos pequeños detalles lograban que una sonrisa se deslizase por mis labios. Ella sabía que era la única bebida junto con el agua que tomaba sin problemas y siempre había al menos un bote para mí en los cumpleaños.

— Y bien, Kyra, ¿cuál es ese nuevo trabajo que has conseguido? —preguntó mi padre de repente.

Sabía que había empalidecido mientras mi madre le lanzaba una mirada asesina. Ella sabía cuál era, ella sabía cómo me sentía al respecto, pero aún así también había tenido sus comentarios mordaces sobre el tema.

— Estoy trabajando en la pastelería de una amiga en Belfast hasta que consiga trabajo de mi profesión. No es fácil encontrar trabajo de psicóloga aunque lo parezca. Hay más demanda social que realmente la cantidad de puestos de trabajo que hay.

Iban a hacer un comentario cuando mi madre rápidamente les dijo a todos que íbamos a cenar que se hacía tarde. Nos levantamos de nuestros asientos y finalmente nos pusimos cada uno en el lugar que nos había correspondido casi siempre. En esta ocasión, mis hermanos se habían cambiado los sitios porque así Lewis podía estar al lado de Dasha. Yo estaba en una de las presidencias de la mesa y tenía a mi madre enfrente.

— ¿Y dónde has estado esta vez, Natalie? —pregunté antes de que se retomase el tema de mi trabajo.

Ella me observó fijamente y después comenzó su relato, al menos, de lo que podía contar. Se pasaba la vida viajando. La historia la había atrapado hasta convertirla en una egiptóloga de manual. Se le veía en sus ojos verdes la emoción vivida durante su trabajo.


Leave a comment