2018 / Jul / 20

En poco tiempo supe que la novia de mi hermano, dado que aún no se habían casado si es que pensaban hacerlo, estaba embarazada. Que mi hermana había llegado de viaje hacía un mes y que tenía otro de descanso. Que mi tía estaba tranquila a pesar de que se iba a casar por segunda vez. Que mis primos habían continuado con sus vidas y ahora habían avanzado tanto y cambiado que ni tan siquiera les reconocería. También sabía lo bien que les iba a mis hermanos en sus respectivos trabajos y aprendí lo mucho que tenía que fingir que me alegraba de ello, porque en comparación volvía a sentirme como una miserable, como todos esos años en los que no había sido nada ni había hecho nada más que intentar salir de un pozo algo que parecía poca cosa para el mundo en general.

La idea de tener un sobrino me alegraba, lo que no lo hacía tanto era el hecho de que no podría tener a ese bebé en mis brazos para comérmele a besos casi nada de tiempo. Sería para él como para mí lo había sido mi tía Margaret. Mis recuerdos siempre eran aquellos en los que regresaba de sus viajes a Italia durante las vacaciones de verano y aunque los primeros años parece ser que no estuvo tanto tiempo en el país con forma de bota, mi memoria no lo recordaba ni tan siquiera mínimamente.

Sabía que tenía que dejar a un lado las competiciones, pero… ¿con qué cara me presentaba frente a todos diciendo que ser pastelera era el sueño de mi vida cuando todos sabían que no era así? Pero bueno, no sería ni la primera ni la última persona que tuviese que trabajar en algo que no fuese su vocación. No sería peor persona por ello, ni nada parecido. Y mi intención no era desprestigiar a quienes se dedicaban a ello, ¡por supuesto que no! Era un trabajo duro como cualquier otro, pero no era mi verdadero deseo, lo que me movía internamente.

El camino a mi hogar no fue demasiado largo. Ya lo había sido el vuelo por sí solo. Sentía mis extremidades entumecidas, pero había llegado el mismo día de Nochebuena así que no podía negarme a la cena por muy cansada que estuviese.

En esta ocasión iba a ser diferente. Todos parecían disgregarse en esas primeras fiestas para estar a petite comité o con sus familias políticas, por lo que cenaría tan solo con mi hermano, su novia, mi hermana y mis padres. Fruncí mi ceño intentando recordar cómo me habían dicho que se llamaba mi cuñada, pero tenía la cabeza tan embotada y era tan mala para los nombres cuando no les prestaba atención que igual que mi cerebro había procesado la información la había dejado escapar.

— ¿Y de cuánto está la novia de Lewis? —pregunté recuperando el turno de la palabra después de casi una hora de monólogo maternal.

— De dos meses, creo —la respuesta de mi madre fue inmediata mientras daba los intermitentes para que de esa forma pudiese girar el vehículo a la derecha.

Vivir, no vivía en el centro de Moscú. Vivía a las afueras, en una barrio que me había hecho la faceta de aislarme mucho más sencilla. Además, sabía que de haber vivido en el centro de la capital mi madre se hubiese puesto histérica antes de tiempo y nos hubiésemos mudado a los dos segundos. Moscú podía llegar a consumir a cualquiera que no estaba acostumbrado a la gran afluencia de gente. Mi padre, en cambio, siempre había vivido en el centro de Moscú desde que habían regresado sus padres de la búsqueda de trabajo en otro de los países miembros de la Unión Soviética en aquel entonces. Parecía que había pasado poco tiempo, pero yo había vivido la caída de esta misma con tan solo siete años. Por suerte para mí, no recordaba nada de todo eso.

— Y ¿Natalie tiene novio o sigue como un pájaro volando libre?

— Si tiene no sabemos nada. Ya sabes cómo es tu hermana con su privacidad.

Miré a mi padre de reojo que como de costumbre permanecía todo el tiempo callado, solo hacía alguna pequeña aportación, pero muy de vez en cuando. Si tenía un claro recuerdo de él mucho antes, antes de que yo misma me diese cuenta que estaba en un agujero y estaba siendo enterrada viva. Él siempre había tenido conversación, había sido puro nervio. Había tenido toda la paciencia del mundo para ayudarme con los deportes que me gustaban menos que tener que depilarme las ingles con pegatinas. Era sorprendente lo que el tiempo, la medicación y la propia mente podía hacer en una persona. Toda la esencia de mi padre, las risas, el buen humor, casi parecían haber desaparecido. Se marchitaba conforme pasaban los días y no sabía cómo lograr hacerle florecer de nuevo, o al menos, mantenerse. Pero había una razón de peso para todo eso: quien se abandonaba, quien no quería seguir luchando, no tenía forma de seguir adelante salvo arrastrándose por la vida. Los psicólogos pueden ayudar, los medicamentos también, pero si no había ni una mínima parte de voluntad por el sujeto, nunca existirían los resultados esperados.

Apoyé mi cabeza en el respaldo del asiento escuchando la conversación que ahora se había dado entre mis progenitores sobre la gasolina, algo que no me parecía ni mínimamente interesante para prestarle toda la atención del mundo.

El coche entró en el garaje. Mi madre aparcó de aquella forma habitual en ella. Jamás había cambiado su manera de dejar el vehículo en la plaza de garaje y habían pasado muchos años desde que ella se había convertido en el «chófer» de la familia. Las personas y sus costumbres eran realmente graciosas. Me hacía mucha gracia comprobar que no era la única maniática, que todos los seres humanos, a medida que íbamos volviéndonos mayores terminábamos siendo cada vez más maniáticos y algunas cosas que habíamos logrado cambiar con el paso de los años, volvían con más fuerza como un adolescente rebelándose contra sí mismo de alguna forma desconocida.

Contuve mi risa. Salí del vehículo y ayudé a sacar las maletas antes de caminar hacia el ascensor dispuesta a tener las primeras jornadas navideñas en el ambiente más tranquilo posible.


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