2018 / Jul / 19

Buenos días, Kyra. 

Este es el segundo e-mail que quería mandarte el otro día, pero no encontraba fuerzas para escribirlo. No sé… no sé si lo que yo haya vivido es bullying como tú dices, pero se me revolvió el estómago pensando en eso. 

Durante muchos años me he obligado a mantener esa puerta cerrada, a negarme a pensar en esos momentos del pasado, pero siempre aparecían en mis pesadillas. En ellas regresaba al colegio o al instituto, escuchaba las risas, los insultos, sentía el dolor y el ridículo como cuchillos que se me clavaban con fuerza en el pecho y no podía evitar ese tipo de situaciones. 

Yo no tengo cardenales de golpes y patadas, pero tengo heridas profundas de sus desprecios, recuerdos de los momentos en los que lloraba por culpa de esos seres odiosos que parecían disfrutar provocando mi dolor pues siempre he sido de lágrima fácil. 

A veces, había buscado consuelo en mi hermano, pero hasta la adolescencia no le importó ni lo más mínimo si yo lloraba o no. Tengo un recuerdo concreto en que había ido a pedirle ayuda y había seguido jugando porque le daba igual ver mis lágrimas y se había encogido de hombros diciéndome que qué podía hacer él. 

Otro de los recuerdos que tengo es en el recreo. Corría y corrí en busca de algo de ayuda, alguien que hiciese lo posible por quitarme a todos los que iban detrás de mí insultándome. 

Tenía ataques de ansiedad en el colegio y en una ocasión tuvo que ir mi madre para lograr calmarme porque no encontraba una tarea que estaba segura de que había hecho. 

Tiempo después en el instituto, descubrí que me abrían la mochila y se quedaban con mis ejercicios. Que me pintaban las reglas con el condenado corrector blanco y que seguramente habían visto todo lo que llevase encima que fuese de índole más privada. Había tenido que usar candado para que dejasen de hurgarme en la mochila y no sabía si había servido de algo porque jamás me llevaba la llave encima sino que tonta de mí la dejaba en el estuche que estaba encima del pupitre. 

Un año, mi madre tuvo que ir a hablar con la profesora para que me cambiase de sitio porque me estaba haciendo la vida imposible. Levantaba la mano para que todo el mundo supiese que me había equivocado en algún ejercicio que todos habían hecho bien y la clase se reía a carcajadas como si fuese el ser más estúpido de la Tierra. 

¿Es todo eso bullying? 

¿Tiene sentido para que tenga tanto miedo a pisar una clase? ¿Es normal que me aisle por tendencia para evitar todo eso? Dime, Kyra… ¿soy normal?

Llegué a mi hogar. Me sentía sucia por estar allí. Había sido su casa y yo ahora olía a su mayor enemigo. Rochester llegó corriendo hasta mí suplicante por algo más de comida y agua. El pobrecito se lo había comido todo y no sabía cuántas horas llevaba así. Le serví y después me fui a la ducha. Me restregué el cuerpo con la esponja todo lo que pude. Quería arrancarme la primera capa de la piel, pero nada de eso merecería la pena cuando el verdadero problema estaba en mi cabeza. Mi lógica aplastante había decidido salir de su escondite para leerme la cartilla, pero me hacía preguntarme, dónde puñetas había estado todo ese tiempo para evitar que hiciese lo que no tenía que haber hecho.

En nuestra charla de la noche anterior le había dicho a Gustav que me llevaría todo de su casa lo antes posible para que él la encontrase limpia cuando regresase. Él me había asegurado que el asunto iba para largo, así que tenía tiempo, pero no quería permanecer mucho más allí. Belfast me había traído felicidad y me la había arrebatado tan rápidamente como un parpadeo. La parte buena de todo eso era que no tardaría mucho más en tener unas mini vacaciones que poder pasar con la familia en Rusia.

No tardé demasiado tiempo en odiar la idea. Una reunión familiar significaba soportar otras opiniones, también mi intolerancia hacia determinados miembros de mi familia y un desafío en mi intento por ser más accesible a los demás. Sería complicado. No tenía mucha suerte con ello. Siempre terminaba con los nervios tocados, alterada visiblemente y con ganas de comerme a más de uno. Pero, la templanza se suponía que debía ser parte de mi ser. La diplomacia no es algo fácil de lograr y menos con mi mal humor.

Sabía que me habían llamado, sabía que me habían buscado, pero no podía contestar nada ahora aunque debería hacerlo. Mi ánimo estaba en los tobillos. Ahora me sentía bastante mala persona en tantos aspectos distintos que creía que jamás volvería a encontrarme bien. Puede que todo lo que me había pasado en mi vida fuese un preludio para esto en el que me enseñasen el resto de mi vida, una tortura tras otra.

Negué, me senté en el sofá y resoplé. ¿Cómo podía llegar a ser tan autodestructiva? Era humana, me había confundido, no había puesto los cuernos a nadie y al final, la que había salido peor parada había sido yo misma. ¿No era una de esas situaciones que solamente se puede saber cómo se actuará viviéndolas en ese momento? Ahora lo sabía. Pensar con la mente fría en momentos de bajón no era cosa mía. Primero debía relajarme y respirar.

¿Solución? Alguna habría, pero el pasado no se podía cambiar. Me dije a mí misma que si no dormía no encontraría absolutamente ninguna solución viable, pero tenía que limpiar porque Rochester me había indicado el porqué había estado tan tranquilo las otras veces. Mi habitación y la cocina eran todo un poema.


Leave a comment