2018 / Jul / 19

Cuando finalmente desperté, mis ojos se encontraron con un lugar diferente, muy diferente a mi hogar. Me asusté y por instinto pensé en cuál era el último recuerdo que tenía antes de llegar aquí. Lo único que recordaba era andar por la calle y luego, nada más. Bien, debía pensar con claridad. Si el pánico se adueñaba de mí sería bastante más complicado encontrar soluciones factibles a situaciones desesperadas.

— Señorita Mijáilova…

Me di la vuelta como un resorte levantándome de la cama para fijarme en aquel hombre que parecía tener una nueva y extraordinaria fascinación por mí. Quizá fascinación no fuese la palabra adecuada, sino obsesión, una obsesión pura y dura que podía transformarse de tantas formas como terminar en mi propio final antes de tiempo.

— No se asuste, por favor.

— ¿Qué quiere de mí? ¿Dónde me ha traído? —no había conseguido evitar que el pánico comenzase a hablar por mí.

En sus manos llevaba una taza humeante. La dejó en el mueble más cercano antes de levantar sus manos mostrándome las palmas para que supiese que estaba desarmado o que no tenía malas intenciones, pero ¿no podría hacer lo que quisiese con la fuerza que tenía sobre la mía? De pequeña había sido mucho más fuerte que mi hermano, pero la adolescencia le había dado casi super poderes dejándome solamente con la posibilidad de la victoria usando la maña y no la fuerza.

William sería al menos veinte centímetros más alto que yo y tenía los músculos bien definidos, al menos, hasta donde mis recuerdos llegaban, así que no me quedaba nada más que la maña para poder escaparme de ahí antes de que intentase algo indebido si era su plan.

— Le he traído a un edificio que tengo en la ciudad donde vengo normalmente a escribir buscando inspiración. Como había podido comprobar es antiguo y no está muy cuidado. Y si me deja explicarle le diré qué es lo que ha pasado —continuó sin moverse un solo paso para acortar distancias entre ambos, algo que le agradecí infinitamente.

— Está bien. Dígame qué es lo que ha pasado.

Bajó sus manos entonces y se apoyó en el marco de la puerta mirándome. Sus ojos no se separaban de mí y estaba poniéndome bastante nerviosa.

— No sé si recordará que me dijo que fuese a buscarla después de que terminase de trabajar. Lo hice y cuando iba a hablarle vi como perdía el conocimiento en mitad de la calle. Quizá no debí hacerlo, tiene razón en enfadarse por ese motivo, pero quise llevarla allí donde pudiese descansar y no pensé que el hotel fuese lo más adecuado con toda mi familia ahí —comentó antes de encogerse ligeramente de hombros—. Por eso decidí traerla aquí para que descansase tranquila. Debía estar realmente agotada porque recuperó la consciencia y se abrazó a la almohada para dormir.

Fruncí mi ceño pensando en si todo eso tenía sentido o si era en realidad una estrategia que usaría un acosador. Su mente hecha un caos estaba logrando poner patas arriba a la mía propia que se suponía que debía estar lo suficientemente cuerda como para no mandarle tirarse por un puente como solución a sus problemas.

Deslicé mis dedos por mi frente intentando poner en orden mis pensamientos. Una parte de mí gritaba peligro, la otra se derretía por la forma en la que él me había salvado o cuidado, pero la más masoquista de todas se había despertado, infinitamente curiosa para intentar descifrar el enigma que era el hombre que tenía enfrente.

— ¿Le duele la cabeza?

— No. Es confusión. No le entiendo —alcé ligeramente la voz enfrentándome contra él cara a cara—. Un día parece que le encanto, al día siguiente me besa, al siguiente quiere irse de mi lado, hacemos el amor, me tengo que ir y me deja tirada como una colilla. Vuelve a aparecer en mi vida para prácticamente insultarme tras devolverme el vestido. Voy a verle a Escocia y se va sin decir una sola palabra. Me regala a Rochester, le vuelvo a ver con una hija debajo del brazo y pum, se vuelve agresivo y me manda de paseo para el día siguiente terminar persiguiéndome como un acosador. Me pide una cita profesional y… ¿puede comprender que no tenga ni pajolera idea de lo que está intentando hacer? ¿Tiene una especie de apuesta para lograr desestabilizarme o algo por el estilo, señor Verdoux? Porque da esa sensación y de ser así déjeme decirle que su forma de ser radicaría más bien en algo para ser tratado primero por un psiquiatra —mi tono de voz se había vuelto más duro a medida que mi mal humor había comenzado a florecer por todo el daño que me había hecho en sus idas y venidas inexplicablemente razonadas.

Lo único que se oía en esa habitación eran nuestras respiraciones. La mía alterada al borde de un ataque de ira. La suya, en cambio, calmada. Pensé que no iba a responderme, creí que no haría nada más que darse la vuelta y desaparecer como siempre hacía, pero en su lugar en dos zancadas estuvo delante de mí, tomó mi rostro entre sus manos y estampó su boca contra la mía con el anhelo de aquel que ha pasado años sin besar al fruto prohibido de sus sueños.

Intenté apartarle, quise hacerlo, pero su vehemencia era tal que todo mi cuerpo reaccionaba ante él con necesidad. Estaba rota, suplicante porque curasen mis heridas, por sentirme mínimamente amada y él, a pesar de que había sido el culpable de la mayoría de aquellas marcas que volvían a abrirse preparándose para sangrar y no cicatrizar nunca, era el único que podía darme algo de lo que necesitaba. Pasión.

Nuestras bocas daban besos inconexos, sus manos hábiles me quitaban la ropa como si fuese algo a lo que estuviese acostumbrado a hacer siempre. Mis manos se aferraron a su cabello y supliqué porque esta vez no desapareciese, porque por fin se quedase a mi lado o porque fuese solamente un sueño para no sentirme peor que antes cuando él hubiese vuelto a desaparecer como el humo.

Mi sujetador, mis bragas… estaba completamente expuesta ante él. Sus manos se deleitaban con cada milímetro de mi anatomía y me dio la vuelta haciendo que apoyase mis manos en el cerco de la ventana. Podía ver a todos los que pasaban por la calle. Cualquiera hubiese podido verme. Quise quejarme, pero sus dedos atraparon mi clítoris comenzando a jugar con él de formas que no creía posibles. ¿Era legal sentir tanto placer?

Gemí, jadeé, supliqué por más por la manera en la que mi cuerpo se retorcía y no tardó demasiado en dármelo quedándose desnudo tras de mí antes de meterse en mi húmedo y hambriento interior.

Una embestida. Dos. Tres… Aquello era la gloria pura. Sabía que era un sentimiento vacío, que solamente encontraría satisfacción momentánea, pero no tenía fuerzas para negármela. Lo quería, lo necesitaba. Y mis gritos se lo hacían saber a él que no cesaba en sus acometidas.

Mis senos se movían al ritmo de sus penetraciones, mis manos buscaban mantenerme de pie aferrándose a la carcomida madera y su boca mientras tanto gruñía contra mi oído presa de la pasión que nos estaba quemando a ambos.

Grité su nombre. Gruñó el mío. Llegamos al orgasmo y me tomó en brazos llevándome a la cama de nuevo antes de tumbarse él en ella también. Me atrajo hacia sí, besó mi boca y pude leer en su rostro finalmente el triunfo sobre algo, algo que no llegaba a comprender. Su forma de mirarme era igual que la de un súcubo que había logrado que cayese en la tentación de un pecado más grande mientras su espeso semen intentaba escaparse de mi interior.

Quise reír para decirle que no había logrado mucho más que antes: la victoria de la lujuria frente a la ira. Porque si creía que Gustav había sido engañado, había llegado horas tarde para hacerme cumplir otro pecado.


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