2018 / Jul / 18

El día había sido absolutamente agotador. ¿Quién iba a pensar que una pastelería daba tantísimo trabajo? Ahora veía de otra manera a las personas que se levantaban a horas intempestivas a hacer panes o, también a dejar tan limpias como una patena las calles de las distintas ciudades del mundo para que nosotros, sin valorarlo, disfrutásemos de todo lo más limpio posible y encima, a la mínima, lo ensuciásemos como si fuese demasiado trabajo tirar algo a una papelera en lugar de dejarlo caer al suelo.

Tenía el cuerpo molido. Me dolían los brazos y las piernas de estar tantas horas de pie y la idea de tener que irme andando una vez más a mi hogar, pero en esta ocasión para quedarme allí, me resultaba algo tan imposible como si me dijesen que tenía que escalar en medio minuto el Everest.

Había podido comer en casa y regresar después deprisa antes de quedarme traspuesta en el sofá. Rochester había optado por ser bueno, al menos, aquel día, aunque tan solo había echado un vistazo rápido. Seguramente había hecho sus necesidades en alguna parte de la casa y tendría que limpiarlo lo antes posible u olería aquello que tiraría para atrás.

Caminé prácticamente arrastrando los pies. El calor del sol era insuficiente en comparación con el calor de los hornos y de los fuegos. Seguro que si una persona podía ponerse morena gracias a estar todo el tiempo guisando cogería tono para el verano siguiente.

Me estiré ligeramente intentando calmar algo el dolor lumbar y supe que tendría que aguantarme hasta que llegase a mi hogar. En esta ocasión no habría ninguna melodía que me salvase de nada y el cansancio estaba haciendo una gran mella en mi cuerpo. Dolía. Dolía respirar. Dolía sentir. Dolía vivir. Cada paso era la aceptación de la derrota silenciosa ante una nueva batalla perdida.

¿Qué me estaba pasando? ¿Por qué volvía a ser tan destructiva y negativa? El avance era algo complicado, difícil e inconstante. La manera para seguir hacia delante a menudo implicaba varios pasos hacia atrás cogiendo carrerilla.

El ruido de la ciudad embotaba mi cabeza. Me sentía tan débil, tan vulnerable, tan… distante al mundo que estaba girando a mi alrededor que antes de darme cuenta había perdido el conocimiento.

Buenos días, Kyra. 

No lo sé. No sé si es por mi propio odio a mi cuerpo o por el odio que los demás me obligaron a tenerle. En realidad, hasta que no estuve en el colegio no creo haber tenido problemas con mi físico. Mi hermano era el delgado de mi familia y yo era físicamente como mi padre. En realidad, sigo teniendo el físico de mi familia paterna por mucho que no quiera reconocerlo. Tengo hasta las enfermedades que provienen de esa rama familiar. 

Y sí, sé que debería poder adelgazar, pero… la comida me llama. Necesito calmar mi ansiedad entre dulces, chocolate y todo lo que tenga más calorías de este condenado mundo. ¿No es como una maldición? 

¿Bullying? ¿Crees que he sufrido acoso escolar? Nunca me lo había planteado de esa manera. Sabía que me habían pasado muchas cosas que quizá no eran normales, pero no he reflexionado mucho sobre ello. ¿Cómo has podido deducir que era bullying lo que sufría? ¿No se supone que es tan solo cuando a uno lo llenan de golpes dándole palizas de muerte?

Sí. Supongo que tiene sentido eso que dices sobre las chicas con problemas de alimentación. Nunca entendí que dejasen de comer puesto que yo jamás pude, y creí que no tenían motivos para sentirse inseguras con su físico, pero quizá ninguno de nosotros estamos exentos de que algo así pueda pasarnos. ¿Es igual que la constante del agua? Tarda mucho tiempo, pero termina erosionando las piedras moldeándolas hasta darles otra forma. ¿Puede hacer eso lo que tú denominas como “presión de grupo”? 

¿Mi forma de ser? No sé cómo describirme si te soy sincera. No tengo ni la más mínima idea. Solamente sé que soy insoportable, horrible en todos los sentidos y cuando intentando enumerar mis defectos, sí, a menudo solamente me fijo en el físico. ¿Puede alguien no saber realmente cómo es o darle mínima importancia a su interior sobre el exterior? 

Tengo una hermana más. ¡Y me alegra que me digas que no es algo normal! Por fin me entiende alguien. Sé que suena como si fuese una niña pequeña teniendo envidia de mi hermano mayor, pero no puedo pasar página. No consigo olvidarme de todo lo que él me provoca. Es igual que una rabia que no tiene fin, un deseo intenso de gritarle a cada rato, de humillarle, de hundir ese estúpido ego que tiene… 

No, no soy como ellos dicen que soy, pero… tampoco estoy segura de cómo soy. Quiero pensar que no, pero ¿y si ellos me han calado bien y por ese motivo se alejan de mí? 

Te confesaré que me ha entrado tanta ansiedad escribiendo que entre lágrimas y comida estoy haciendo lo posible por no estropear el teclado de mi ordenador. 

¿Hay algo que pueda hacer? ¿Hay alguna forma de que deje de llorar por cada situación que me ocurre? 

Te enviaré luego otro e-mail, ahora mismo no puedo seguir escribiendo. 

Gracias por haberme respondido tan pronto. 

Un abrazo. 

La inconsciencia me había abrazado con tanta fuerza que ni tan siquiera supe lo que había pasado a mi alrededor durante unas cuantas horas. Con lentitud recuperé la consciencia y como estaba completamente agotada me di media vuelta en el colchón para seguir durmiendo. Me abracé a lo que fuera que tenía a mi lado y me perdí en un descanso sin un solo sueño constante, nítido o doloroso. Solamente el cansancio arrastrándome hasta un placentero sueño reparador.


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