2018 / Jul / 31

— Señorita Mijáilova…

Grité dando un respingo y separándome de aquella voz todo lo que pude hasta que me di cuenta que no era el mismo ser que acababa de colgarme el teléfono. Allí estaba, delante de mí, William Verdoux, con su barba pelirroja, su mirada azul clara y perspicaz y expulsando la última bocanada de humo de un cigarrillo que había tenido que acabarse hacía pocos segundos.

— ¿Está usted bien?

Temblando, rápidamente me aferré al cuerpo del hombre que había cambiado tanto mi existencia. Para bien o para mal, Verdoux había abierto todas las experiencias de mi vida sobre el amor. Ahora, no sabía si por alguna razón diferente a mí o no, pero estaba allí, a mi lado.

Sus brazos me rodearon mínimamente. Sentí frialdad en él. Fue entonces cuando me percaté de la presencia de otra persona. Una mujer rubia estaba agarrada a su brazo. No había visto a esa señora en mi vida. Vale, ¿de qué diantres iba todo esto?

— Sí, disculpe por haberle abrazado.

— Es raro ir abrazando a prácticamente desconocidos en la calle —acuñó la teñida antes de que tuviese fuerzas para soltarle la más envenenada de mis miradas.

— Le presento a mi agente, Maggie Collins. Ha decidido mudarse parte del tiempo a Londres, al igual que lo hemos hecho mi familia y yo.

— Así es. Will necesita ayuda para volver a abrirse mercado en Reino Unido, así que he optado por venir y encargarme de todo de primera mano.

Traducción simultánea: “…he venido para ver si podía llevármelo a la cama”. ¿Realmente los hombres eran tan estúpidos como para no darse cuenta de lo que significaban algunas palabras dichas por nosotras? Al contrario, éramos tan obvias como si fuésemos transparentes, pero a ellos debía subirles el ánimo tener a una mujer con posibilidades de ser técnicamente clasificada como “buenorra” detrás de ellos igual que un perrito. ¡Hasta Rochester se restregaba menos por los sitios que ella por el profesor!

La evidente muestra de desinterés ante mis sentimientos pues no se separaba de ella me hizo comprender que la decisión de haber ido a Londres había sido solo y exclusivamente por motivos familiares, yo no había tenido que ver en ella, ni tan siquiera mínimamente. Una parte de mi mente gritaba “tonta” sin parar hasta que casi quise llorar por lo sucedido. Eso era, una idiota del tamaño del Big Ben.

— Me parece perfecto. Espero entonces que le ayude a aclimatarse. Ahora, si no les importa, tengo que ir a arreglarme para una cita.

Regalé esa sonrisa falsa tan maravillosa que sabemos siempre dejar ver cuando queremos matar a quien tenemos delante.

— Genial, Will, vayamos a…

— Un momento —por fin se había quitado a la mujer de su brazo y me intentaba apartar para que nadie pudiese escucharnos—, ¿una cita? Laboral, supongo.

— ¿Laboral? Ni mucho menos, romántica en todos los sentidos.

Nos retamos con la mirada. Su mandíbula se endureció, sus ojos me taladraron como si desease acabar con mi vida. Por ese motivo, empezaba a preguntar si no existía un pequeño asesino en serie dentro de nosotros.

— No pensaba que era de ese tipo de mujeres, pero veo que me equivoqué.

¿Perdón? ¿Él era el ofendido? Esto era delirante. Ni tan siquiera me molesté en pegarle una torta como si hubiese hecho en el pasado. Me encogí de hombros y después de dejar que Rochester se mease “accidentalmente” en el zapato carísimo de esa adicta a la silicona, me fui tal y como había llegado.

Vale, no era mentira que tenía una cita, pero teóricamente era con un acosador que quería darme trabajo, ¿cómo podías definir eso? Romántica no, vale, ahí la había liado, pero bien, sin embargo, parecía la única forma de hacerle reaccionar y si él iba a jugar con mi corazón como si fuese una pelota de tenis, yo haría lo mismo, en el caso de que hubiese algo que rescatar de sus sentimientos hacia mí.

— Será gilipollas el muy… —comencé a soltar tal tanda de improperios que de buena gana se los hubiese dicho delante de esa cara de hombre que no ha roto un plato—. El papel de víctima no te va, Verdoux, no mientras te vayas follando a toda la que se te ponga delante.

¿Pensaba con claridad? Por supuesto que no. Seguramente en unas horas me sentiría peor que nunca por haber interpretado todo como me había dado la gana. No debía dejar nunca que esa parte masoquista de mí misma pensase en todo lo que se refería a los celos, pero usar todos los métodos posibles de defensa intentando hacer más daño al otro eran casi automáticos cuando me sentía demasiado vulnerable y la rubia tan solo había logrado avivar mi mala leche creciente.

Tenía ahora otras preocupaciones. Mi acosador personal quería ir conmigo a un restaurante carísimo y temía que intentase lo mismo que había hecho con aquella chica del vestido rojo. El placer en tener sexo por tener sexo lo había experimentado, pero previamente había sentido algo por aquel literato que se iba agarrado a Miss Silicona 1969. No tenía nada en contra de quienes habían nacido en ese año, en absoluto, pero era mayor que yo y con mucho, y el único año que se me había venido a la cabeza era ese. Ni las matemáticas estaban de mi lado en ese momento.

Debía vestirme elegante, esas habían sido las indicaciones. No pensaba comprarme algo para ese momento y sabía, que me mandaría un coche a la puerta del hotel por mucho que le hubiese especificado que no iba a subirme a ninguno ni de broma. La única forma que había tenido él de dialogar acerca del tema había sido que él mismo estaría dentro del vehículo. ¿Creía que iba a relajarme saber que mi acosador estaría dentro? Tenía un grave problema, uno excesivamente grave, pero la policía no podía hacer nada. Su único consejo había sido que no subiese y acto seguido había mandado Don trajeado un mensaje informándome que no me serviría de nada decirle a la policía lo que fuese.

¿Solución? Mi parte masoquistamente curiosa había ganado la partida y esa misma noche terminaría muerta en alguna cuneta en el mejor de los casos.

2018 / Jul / 31

Londres. Mi nueva ciudad. Me paraba a pensar en todo lo que había tenido que viajar en un período de cuatro años y había sido más de lo que había viajado en toda mi vida. Podía llegar a resultar gracioso si no temiese tanto los cambios.

Rochester estaba instalado conmigo. Había tenido que buscar un hotel que permitiese la entrada de animales. También había traído toda la ropa que tenía en Belfast dejando algunas cosas que no traería hasta tener una casa propia. Había echado algunos vistazos en algunos pisos que consideraba podían ser económicos, pero me parecía un precio estratosférico para aquello que yo había estado pagando en Evesham. Además, la mayoría eran alquileres y no compra. No sabía si me resultaba más rentable o no, así que aún tenía que echar números.

La despedida con Chloe había sido complicada. Ambas habíamos terminado medio sentimentales. La echaría de menos, pero si había suerte quizá ella misma pudiese ir a Londres a vivir a no ser que no desease cambiarse de lugar. Aún no sabía demasiado de su situación, pero le había asegurado que la llamaría de vez en cuando para mantenerme al tanto y hablar sobre nuestros problemas o para bromear sobre las veces que les daríamos a su suegra y cuñada con la escoba por la que nos habíamos conocido.

Todo había sido bastante más sencillo de lo que esperaba. Era domingo y ya estaba instalada. Todo seguía siendo más emocionante que aterrador, pero comenzaba a sentir los pinchazos en el estómago que me indicaban que los nervios iban aumentando. Sabía pocas cosas sobre mi primer día. Me darían pacientes nuevos y algunos que se habían quedado descolgados por lo que me tenía que leer historias clínicas bastante largas. Además, a primera hora tendría la reunión del equipo para poner casos en común, hablar de posibles ingresos en la planta psiquiátrica y todas esas cosas. Me imaginaba también que se me leería la cartilla por ser la nueva para que supiese a lo que tenía que atenerme y luego tendría que sumergirme en miles de historias para intentar memorizar en el menor tiempo posible los nombres de personas que no había visto nunca ni sabía en qué fase estaban de su tratamiento.

También, había podido hablar con William, unos minutos. Me había dicho que ellos también iban a mudarse a Londres porque para Isabella y para Phillip había un instituto fantástico y además, John, intentaría conseguir una beca para tocar el piano, algo que ni tan siquiera sabía que fuese un erudito como para conseguir una beca. La intención de éste último era lograr estudiar en Viena cuna histórica de la música clásica.

Me agradaba la posibilidad de vivir durante un tiempo más prolongado en la misma ciudad que William, pero bien era cierto que tenía la impresión de que existía un nuevo obstáculo entre nosotros, algo desconcertantemente misterioso. Me había preguntado también si su madre se quedaría en Nueva York o la traería consigo para que se tratase por sus adicciones. Me sorprendería que tras tanto tiempo intentando ayudarla, dejase finalmente que estuviese sola con las amplias posibilidades de una recaída que podía haber en una persona con una adicción.

Le había dicho donde estaba, la habitación incluida, por si deseaba venir a verme en algún momento si se mudaba en ese verano allí. Esperaba que en algún momento pudiésemos encontrarnos, empezar algo si es que había posibilidad alguna.

Había decidido darme un pequeño homenaje en un intento por hacer más llevaderas aquellas horas que me quedaban de desempleada. Rochester llevaba al menos una hora pidiéndome que le sacase. Había intentado aguantar lo máximo posible porque le había bañado hacía poco, pero tenía que sacarle a pasear o sería peor.

Tras ponerme unas zapatillas, Rochester había conseguido encontrar su correa. Salimos a la calle y empezamos a caminar. Mi intención no era otra que comprarme algún refresco y algo de comida en algún pub que estuviese abierto. El resto de comidas las haría en el restaurante del hotel, así que no tendría que pensar a dónde podía ir para realizar la siguiente ingesta salvo que diese algún capricho.

Rochester movía su cola contento. Me gustaba comprobar que al menos uno de los dos no estaba al borde de un ataque. Dejé que él decidiese nuestro trayecto, tenía mucho que desearía investigar y él debería tomar mejor esas decisiones que yo cuando no me importaba hacia donde ir. Eso sí, tenía que intentar acordarme del camino de vuelta o se me haría bastante complicado regresar esa noche sin tener que llamar a un taxi para que me llevase, porque terminaría en la otra punta de la ciudad si me despistaba lo suficiente.

Mi móvil me vibró en el bolso, pero no quise sacarlo aún. Sin embargo, el teléfono no dejó de sonar, siguió indicándome durante bastante tiempo la insistencia de aquella persona que me estuviese llamando. Metí la mano en el bolso buscando mi destartalado teléfono y comprobé que era un número desconocido. Tenía toda la pinta que no iba a dejar de molestar hasta que cogiese la llamada, por lo que descolgué llevándome el aparato a la oreja.

— Señorita Mijáilova…

La sangre se me heló por completo. Era una voz demasiado grave, lo suficiente como para que no me resultase divertido ni agradable haber recibido una llamada suya. Hacía días que no había tenido que encontrarme con semejante ser, y ahora ¡tenía mi número de teléfono!

— Disculpe, pero temo que se ha confundido —intenté cortar la comunicación aunque su risa al otro lado me resultó siniestra.

Podía recordarle a la perfección, cigarrillo entre sus dedos, apoyado en el chasis de sus vehículo carísimo mientras observaba mi figura a través de la ventana del piso de Belfast.

— No se asuste, señorita Mijáilova. Sé que es usted. Tranquila. Mi intención no es otra que ofrecerle un trabajo, un muy bien remunerado he de decirle. Algo que quizá le permita salir de ese hotel en el que se hospeda.

— ¿Se está dando cuenta de que no le he dado nada de toda esa información? —mi tono de voz había salido más histérico de lo pretendido.

— Lo sé. Sé que estará asustada, pero creí conveniente darle a entender hasta qué punto puedo encontrarla. De poco le servirán las negativas. La quiero a usted para ese trabajo.

— ¿Qué es lo que quiere?

— Pronto lo averiguará…

2018 / Jul / 31

Dentro de todas las posibilidades que había barajado, no había estado la posibilidad de conseguir el trabajo. Me había quedado atónita, gratamente sorprendida y después, había apoyado mi espalda en el respaldo de la silla intentando pensar con verdadera tranquilidad. Tenía por un lado que pensar en lo que ello significaba. Iba a mudarme allí, evidentemente, aunque sabía que aún había una posibilidad de decir que no. Podía regresar a algún sitio donde me sintiese realmente cómoda, donde no pudiese seguir volando y me arrepintiese toda la vida de no haber aceptado éste empleo.

No debía negarme nuevas posibilidades, nuevas oportunidades de éxito o fracaso, por lo que no iba a rechazar el trabajo por mucho que me aterrase. Tenía que enfrentarme a distintos retos en mi vida, como cualquier persona y, al menos, durante los primeros días la ilusión ganaría al miedo. Después, no había más remedio que intentar adaptarse a la nueva rutina.

Hice lo posible por respirar con tranquilidad y después, quité la pestaña donde estaba del navegador para entrar a mi correo electrónico. Quería hacer demasiadas cosas, pero la primera sería informar a todos los que pudiese de la nueva noticia. ¿Mi madre vería el correo? Seguramente no aunque ahora tenía bastante costumbre de mirarlo con asiduidad. Debía mandarle la noticia al whatsapp que había conseguido familiarizarse con él por fuerza de costumbre. El correo, en cambio, aún tenía problemas para recordarlo en el orden correcto dado que generalmente el arroba no era un símbolo que usásemos sistemáticamente en nuestro lenguaje común. Además, mi madre era del tipo de personas que para decirte dónde estaba algo te relataba un trabalenguas tipo: “está encima del éste al lado del otro sitio. Sí, no me mires así. Ains… no me sale, pero era el este sí”. Era igual que tener un acertijo que descubrir.

Les di la noticia a todos a través de WhatsApp, pero con Verdoux hice una excepción. Decidí mandarle un correo electrónico para no ver el visto, uno de los peores inventos de la tecnología. Éramos mucho más felices sin saber que nos habían leído el mensaje y no habían querido o podido contestarnos.

Después de informar a todos comencé a pensar en el tiempo que tenía para poder incorporarme al trabajo. Tenía un fin de semana para organizarme. Debía recoger todo de casa de Gustav, buscar cómo hacer la mudanza y encontrar un hotel en el que pasar al menos un par de semanas que no se me fuese demasiado de presupuesto porque no sabía hasta qué punto estaban dispuestos a pagarme el hotel. No podía llegar con una factura de un hotel de cinco estrellas y pretender que me pagasen la habitación más cara solamente para que me sintiese cómoda cuando en la vida había tenido algo con semejante lujo.

Rebusqué entre mis cosas para coger el cuaderno que siempre llevaba conmigo y hacer una lista de todas mis tareas pendientes. Entonces, recordé que llevaba algo de tiempo sin haber respondido o sin haber recibido algún correo de Livia, así que no sabía si había sido culpa mía o que ella misma había optado por seguir adelante sin contarme todo con pelos y señales.

Querida Livia.

¿Cómo estás? No sé si era yo quien faltaba por responderte a tu anterior correo o que puede que sea el segundo seguido que te llegue mío. No te preocupes, no ha pasado nada importante, simplemente tenía curiosidad para ver qué tal te iba con tu nueva psicóloga. Comprenderé que si has hecho las suficientes buenas migas nuestros correos sean más de “Pascuas a Ramos”, pero no por ello has dejado de importarme, eso no lo olvides. 

¿Todo mejor con tu familia? ¿Seguís tan unidos como me hiciste saber? Ojalá pronto puedas decirme algo sobre ti, estoy deseando saber qué ha sido de tu vida y si sigues dispuesta a realizar ese curso que me habías comentado. El verano empieza a acabarse así que hay que terminar de rellenar las pilas de energía. 

Un abrazo. 

Me percaté de mirar la pestaña de correos enviados donde se veía reflejado que hacía un par de días le había respondido el correo a Livia, pero quería saber qué tal le había ido hoy con su psicóloga dado que el viernes era el día en que comenzaba.

Pude centrarme en el resto de mis planes. Comencé a buscar en  internet empresas para la mudanza aunque, siendo realista, dudaba poder hacerla enseguida porque primero tendría que tener una casa. Debía avisar a Gustav, pero no tenía ánimos para escribirle donde sabía que lo leería pronto, así que la forma más factible era mediante un correo electrónico. Así me aseguraba lo mismo que me ocurría con Verdoux quien me respondió al correo en el tiempo que le escribía a Gustav.

Enhorabuena, señorita Mijáilova. Deduzco entonces que cambiará su lugar de residencia a Londres finalmente, ¿no? 

Avíseme para lo que necesite. 

Vuelta a los mensajes escuetos, a no decir nada más que lo evidente. Quería lanzarle algo a la cabeza, pero debía intentar ser comprensiva con su situación. Debía ser lo suficientemente incómoda como para no poder escribir todo lo que desease o para tenerle de los nervios.

Pensar en positivo era la clave de todo esto y desde luego, no lograría nada más que mortificarme intentando unirme a alguien que probablemente estaba tan lejos como lo estaba de poder tener un nobel en mi vida.

Ahora era momento de centrarme en que tenía trabajo nuevo y lo demás, estaba de más.

2018 / Jul / 31

Londres tenía su encanto, desde luego y entendía a la perfección los motivos por los que había sido escogida en múltiples ocasiones como escena principal para el desarrollo de una trama. Tenía el típico signo inglés de puntualidad, elegancia y también, el movimiento de toda ciudad famosa. Londres era fuente de inspiración para todos esos autores y los que vendrían.

Sin embargo, fuera de una ciudad maravillosa, no veía dónde podría yo encajar. Me pasaba lo mismo en cada ciudad que escogía como posible residencia. En esta ocasión estaba justificado porque el gentío era tal que colapsaría mis nervios en algún momento de mi vida. Más de ocho millones de habitantes que competían bastante bien con los habitantes de Moscú. No obstante, los moscovitas en rara ocasión me habían visto el pelo por sus calles y aquí tendría que salir todos los días para trabajar enfrentándome al mundo. Por mucho que quisiese quitarle hierro al asunto no era lo mismo, para nada. Y la posibilidad de realizar lo mismo que en Moscú la descartaba por completo. ¡No podía seguir encerrándome toda la vida! Belfast en ese sentido había sido una ciudad más afín a mis necesidades, pero no se come el mundo quien se pone barreras.

Aún tenía horas hasta el momento en que me fuese a dormir. Había regresado al hotel porque no sabía muy bien cómo podía intentar conseguir algo de tiempo o hacer que este pasase más deprisa mientras esperaba. Aquella mujer me había dicho que por la tarde tendrían una respuesta definitiva lo que significa una larga espera para mí.

Me molestaba el estómago. Había varias posibilidades: los nervios, por los que me decantaba, y finalmente el atracón de comida rápida que me había metido para el cuerpo tan solo un rato antes. Ni tan siquiera iba a perder el tiempo intentando negarme a mí misma que era muy posible que aquella opción tuviese más papeletas que la anterior o, incluso, que fuese una mezcla de ambas. Fuera como fuere no había marcha atrás.

El ordenador, mi compañero de fatigas, no podía faltar en aquel nuevo viaje. La teoría era la posibilidad de hacerme más sencillo el tiempo de espera, pero no lo parecía, no tenía ni la más mínima pinta de que algo así pudiese darse. La mente era un horrible enemigo para cualquiera, si bien lo sabía yo, y ¿qué más podía hacer que intentar atontarla con algún tipo de estímulo electrónico? Já, pero mi cabeza era mucho más inteligente que eso. Podía engañar a una parte, ese pensamiento consciente y no a aquel discurso autodestructivo que tenía lugar en un lugar de mi cerebro al que me era más que imposible llegar para ponerle fin.

Me había comprado un aparato portátil para no tener que usar el wifi del hotel. Desde que había visto meses atrás un reportaje sobre la posibilidad de hackear una red abierta, ¡lagarto, lagarto, que no me tocase a mí! Así que con mi usb de la compañía que más barato me lo había dejado para tener todos los Gigas que pudiese de navegación, comenzaba a realizar un tour por las distintas redes sociales.

Abrí twitter. Me encontré en primera plana las noticias sobre mis actores favoritos y alguna que otra foto teóricamente sensual de ellos. No entendía qué ganábamos al poner en todas las redes sociales lo bueno que estaba el famoso de turno. Tampoco comprendía porqué babeábamos por tantas partes obvias del cuerpo masculino cuando algunas también las teníamos nosotras, solamente que menos desarrolladas. ¿Era a la única que le podían quitar el cuerpo de sus actores favoritos porque prefería embobarse mirando su cara? El conjunto de sus rasgos, su sonrisa, cosas tan simples como las arrugas que se formaban en las comisuras de sus ojos cuando reían de verdad era lo que me resultaba mucho más atractivo que un brazo, un culo o unos abdominales definidos, aunque no cambiaría para nada la visión del hombre deseado con ligera ropa. Sí, no dejaba de ser humana y como humana era un animal al fin y al cabo con deseos reproductivos además de haber descubierto los placeres del sexo.

Lo que me sorprendía era la queja con respecto a que el sexo opuesto realizaba lo mismo con nosotras. Al menos, en las redes sociales éramos igual que ganado. Quizá, en el terreno más personal, las mujeres nos controlásemos un poco más, aunque según mis recuerdos de adolescente podía ser tan solo por las hormonas del momento, pero no mejoraba demasiado la cosa. Suponía que todo se debía a la sobreexposición. Por ejemplo, a mí no había oído a ninguna chica yendo por la calle hablando del paquete o el culo de alguno que estaba cruzando en ese momento, el único comentario que había escuchado había sido sobre lo guapo o bueno que estaba. Sin embargo, yo misma había tenido que sufrir escuchar un comentario de dos chicos hablando sobre mi pecho. Aún recordaba aquel momento. No había podido hacerme aún la reducción de mama que necesitaba y habían hablado de probar mis pechos a un volumen que había llegado a mis oídos. Me había sentido sumamente asqueada. Puede que quizá por haber sufrido un comentario de esa clase yo misma había aprendido a no tratar a ningún hombre como un trozo de carne, pero si esperaba que el mundo entero aprendiese así, podía quedarme sentada.

Decidí ponerme a ver una serie. Llevaba demasiado tiempo atrasando una pequeña maratón de episodios de la serie Gotham que quería ver. Debía terminarme la primera temporada porque estaban a punto de terminar la serie y mi velocidad viéndola había dejado mucho que desear.

Di al capítulo donde me había quedado el día anterior. Había visto el nacimiento del Espantapájaros y ahora debía seguir con el episodio circense. Me sorprendía la facilidad con la que todo se había vuelto oscuro, un poco más cada vez, pero el mundo en que estaba basado no dejaba de ser de la misma manera. Gotham era una amante intensa, pero una verdadera amenaza para aquellos que querían librarla de su propia corrupción.

Al final de ese episodio, sonó mi teléfono móvil provocando que diese un respingo en mi asiento. Era el hospital, ¡había logrado el trabajo!

2018 / Jul / 31

Aún daba vueltas a la cabeza a las mismas frases dichas en la entrevista. Con cada vuelta que daba le sacaba un nuevo pero, un nuevo fallo. Lo que fuese con tal de seguir causando ansiedad y angustia en mi cuerpo. Me había negado la posibilidad de aguantar todos esos pensamientos sin hacer nada al respecto. Sí, seguramente no sería lo mejor que podía hacer, pero me merecía un premio por enfrentarme a algo que me aterraba tanto como un examen escrito: ¡uno oral! Había llegado hasta el McDonald’s más cercano y estaba atiborrándome de los nuggets de pollo con salsa barbacoa además de una ración de patatas medianas y el helado que me pediría después. Había momentos en la vida en los que podía controlar mi hambre. Aquel no era uno de esos momentos.

Tenía que intentar no pensar en negativo, pero mi mente parecía alimentarse de eso como si alguna otra persona le estuviese cuchicheando todo lo que tenía que decir para terminar de alterar la poca o casi nula paz que me quedaba en el sistema.

Me había puesto la música, sin embargo, mi estado de ánimo tan solo se sentía a la par con la melodía de One more light de Linkin Park. Cada vez que pensaba en que esa sería una de las voces que no volvería a oír cantando nuevas melodías agradecía todas las que ya habían sido grabadas y no serían destruidas pues ya formaban parte de la historia viva de internet viajando de un país a otro.

Hay veces en las que uno tiene que dejarse llevar por su propia desolación, otras, en cambio, tiene que hacer lo posible por levantarse el ánimo y por muy dolorosa que fuese esa balada nada le podía quitar la verdad a sus palabras. A pocos les importan esas luces que se van apagando poco a poco, pero a mí me importaban todas esas luces sufriendo, agonizando y elevando su último grito en silencio: una súplica porque no las dejasen morir, porque alguien volviese a avivar el fuego que durante tanto tiempo las había tenido encendidas.

Pensé en Livia. Pensé en mí. Pensé en todos aquellos que había dejado atrás durante mi ascenso por la montaña. Recordé lo alejada que me parecía la cima. Pensé en la oscuridad del valle en que había estado sumida durante tanto tiempo. Nugget tras nugget pude rememorar cada historia contada, cada suceso en mi vida. Casi podía sentir las heridas que me había hecho en las manos cuando había tenido que agarrarme a piedras afiladas y escarpadas porque no había otro posible camino. Mis pulmones notaban la falta de aire durante la ascensión, pero a medida que subía metro tras metro la mochila que había cargado desde el principio en mi espalda había ido dejando escapar las piedras que la hacía pesada. Ahora era más liviana, pero no dejaba de ser una mochila con algunas piedras que siempre iban a evitar caerse por el agujero de la tela. Todas las que había perdido eran prescindibles, sin embargo, los cantos que me seguían acompañando se habían fijado a las costuras para no salir nunca, quizá hacerse menos molestos con el tiempo, pero siempre estar ahí para que notase su peso a todas horas.

Yo quería ser ese serpa del Himalaya que ayudaba a los escaladores con el ascenso. Deseaba poder ayudarles a rasgar la mochila para que esas piedras poco a poco se fuesen cayendo en los momentos adecuados. Quería dar nuevas esperanzas al ascenso como alguien que había visto los metros por encima de nuestras cabezas, para hacerles entender que si no era una salida como de cuento de hadas en la que todo deja de doler, en la que nada puede con nosotros, sí había posibilidades de avanzar por muy doloroso que fuese el intento.

Y, ¿por qué negar que todos ellos me recordaban que yo misma tenía que seguir avanzando? Si había cambiado, si había sido antes una de aquellos montañeros que había llevado una mochila demasiado pesada, ¿por qué no podía seguir hacia delante intentando que la carga fuese lo necesariamente pesada a pesar de tener que tropezarme y dar algún paso para atrás?

Cuando terminó la canción, en mis labios se había dibujado una sonrisa. Chester había logrado recordarme que había muchas formas de ser una luz apagándose: por el efecto de los demás, por el efecto de uno mismo o porque al intentar ayudar a otros a brillar uno había olvidado que tenía que seguir brillando.

La canción comenzó de nuevo. La había puesto en bucle. En otros momentos me hubiese llevado a una tristeza profunda, pero no ahora, no en ese momento que me fijaba en la letra, en el significado, en el verdadero motivo de cada una de las estrofas.

Me terminé despacio todo lo que me había pedido, pero ya no por pura ansiedad, sino porque me apetecía comer, tenía hambre de verdad, no ese hambre nerviosa que siempre me daba cuando estaba teniendo un ataque de culpabilidad o de “flagelación”.

¿Qué pasaba si no conseguía ese trabajo? Que algún otro existiría. Nada me ataba a ninguna parte por lo que tan solo el mundo entero era mi mapa en el que dibujar una ruta, en el que decidir quién ser y cómo serlo.

Me comí la última patata y estuve un poco más de tiempo en la mesa mirando por la ventana que tenía a mi lado. Fuera, los londinenses se mezclaban entre los turistas. Eran fácilmente reconocibles. Quien no era residente siempre llevaba un mapa en la mano o la cámara colgada al cuello. Me pregunté si alguna vez yo había tenido esa pinta y alguien me había mirado desde algún sitio pensando cuál podía ser mi historia, qué podía haberme traído hasta allí o había sido igual que una turista más de la gran oleada, perdiéndome entre los millones de caras que habían recorrido aquella misma plaza, esas mismas calles y soñado en algún momento con ser Hermione Granger o algún personaje de Harry Potter para recibir la carta de Hogwarts que cambiase mi vida para tener que enfrentarme al malvado Lord Voldemort o algún archienemigo tan terrorífico como él; pidiendo en el fondo ser la elegida de una historia que solamente yo tenía derecho para vivir.

Recogí todo lo que había consumido. Lo llevé a los contenedores propios para el reciclaje y finalmente salí del local de comida rápida deseosa de ver un Londres diferente, menos amenazador que podía llegar a ser mi amigo aunque aquel trabajo no fuese para mí.

2018 / Jul / 31

Tras el suceso tan radicalmente extraño, había pasado el resto de los días ocupándome dentro de las cuatro paredes, el mayor tiempo posible. Había salido a caminar con Rochester con calzado cómodo para poder correr, sin embargo, no me había encontrado nuevamente con el trajeado así que imaginaba que en un par de días me habría olvidado por completo.

Había cogido el vuelo de pura casualidad y había tenido que pedir a Chloe que se encargase durante ese par de días de Rochester. Solamente sería una noche sin él, pero sentía que me perdía estando sola.

Para la ocasión había escogido un conjunto que esperaba que me diese puntos por formalidad y me había vuelto a teñir el pelo puesto que había terminado cansada de llevar unas raíces del tamaño de la palma de mi mano. Aún no entendía cómo había mujeres que podían ir así ni que ese hubiese sido uno de los looks de este año. Se llevaba llevar las raíces negras como el carbón con un pelo teñido y a mí me ponía increíblemente histérica tener el pelo de dos colores sin haberlo escogido yo además de que tanta decoloración estaba friéndome el pelo de una forma horrible. Si volvía a hacer algo así sería junto a un cambio radical con un gran corte, pero no esperaba que eso llegase a ocurrir nunca por mucho que mi peluquero de la infancia me lo hubiese sugerido en infinidad de ocasiones.

Me había recogido el pelo. Aunque fuese a Londres en aquel verano estaban haciendo unas temperaturas infernales. Rezaba para que en mi ir y venir el maquillaje no terminase deslizándose por mis mejillas hasta dejar unas bonitas gotas del color de mi piel sobre mi ropa. Agradecí inmensamente a mi abuela por haberme regalado hacía años aquel abanico que había metido en el bolso que llevaba hoy.

Con mi adorable abanico de Agatha Ruiz de la Prada, lo único de una marca más cara de lo habitual en mí, me subí a un taxi, le pedí que me llevara hasta el hotel, dejé todo el equipaje en la habitación una vez hube llegado a ella con la llave en la mano y finalmente, pedí a otro taxi que me llevase hasta el hospital. A pesar de todo eso había logrado llegar a la cita un cuarto de hora antes. ¡Todo en tiempo récord! Me sentía orgullosa de mí misma y la parte complicada aún no había llegado.

Comencé con mis ejercicios de respiración. ¿Por qué? Porque no los había hecho en mi vida y esperaba que en momentos de necesidad me sirviesen para algo. Había tenido a varios profesionales que me habían hablado sobre ellos, pero para ser sincera, el verdadero final de todos ellos siempre había sido una horrible hiperventilación. Ni eso hacía a derechas.

Mente abierta, ¡mente abierta! 

La vocecita de mi cabeza tenía razón. Los consejos que me había dado Isobel en el pasado me servían para momentos de estrés en los que aún era capaz de pensar con claridad. Cuando mi buen juicio se nublaba no había posibilidad de hacerme ver el camino correcto.

— ¿Señorita Mijáilova?

Miré a la mujer que había salido del despacho con una carpeta de archivador en la mano, unas gafas de pasta de lo más chic y una sonrisa perfilada en sus comisuras aunque el resto de su rostro no pareciese poder moverse. Me pregunté si por casualidad todas esas facciones estaban tan llenas de botox quese hacía imposible el acto normal de cualquier facción de un rostro común, pero no tenía tiempo de fijarme en esas tonterías.

Me levanté tras pronunciar un “sí” que sonó más alto de lo que había previsto. Seguía a la mujer y me senté allí donde me indicó.

— Buenos días, señorita Mijáilova. Como sabrá la hemos hecho llamar para una entrevista de trabajo. Hace más o menos un tres años tenemos constancia de haber recibido su currículum. Hasta la fecha no había ningún tipo de referencias de trabajos anteriores, sin embargo, uno de nuestros compañeros reconoció su nombre y se puso en contacto con el Dr. O’Connell que nos ha dado excelentes referencias suyas —la mujer se bajó las gafas hasta que terminaron en la punta de su nariz lo cuál le daba un gran parecido con una profesora algo que en lugar de tranquilizarme había aumentado mi nivel de ansiedad de forma exponencial—. Si le parece bien, desearía hacerle un par de preguntas.

— Por supuesto —intenté con todas mis fuerzas no cruzarme de brazos o algo parecido para evitar estar a la defensiva.

— ¿Qué es para usted la salud mental?

Preguntita cliché donde las hubiese y una de las primeras trampas de cualquiera de estas entrevistas de trabajo, o incluso, de aquellas que se le hacían a los pacientes.

— La Salud Mental es una parte importantísima en la vida junto a la propia salud física siempre que se separe mente de cuerpo aunque yo considero que tienen mucha relación. Este tipo de salud condiciona en muchos aspectos imposibilitando vidas lo más normalizadas posibles y aunque en este tiempo de locos es bastante complicado, no por ello es imposible esa búsqueda del bienestar que nos ayudará a enfrentarnos al resto de pruebas que nos ponga la vida.

— Deduzco por su respuesta que la equipararía a la salud física si las separásemos en algún momento. ¿Por qué?

— Creo que es algo evidente. Nuestra mente es muy poderosa. Igual que nos ayuda a mejorar o a salir de enfermedades por nuestra fuerza de voluntad, también aún teniendo el cuerpo más sano del mundo puede hacernos que nos consumamos en nosotros mismos de múltiples formas: sometiéndonos a otros, siendo nosotros los sometedores, impidiéndonos ajustar de forma exacta nuestras reacciones a cualquier momento que se suceda en nuestros días dado que nuestros niveles de ansiedad, estrés o sus derivados subirían a niveles superlativos con cualquier problema por muy minúsculo que fuere, siempre lo veríamos inmenso. Además de tener en cuenta que nuestra propia mente puede lograr que nuestro cuerpo termine también enfermo.

Tomó notas y por eso mismo maldije todo ese bótox que tenía en la cara. Si fuese más expresiva podría intentar dilucidar si lo que acababa de decir era una idiotez o no.

— Fue paciente, ¿es correcto?

— Así es.

— ¿Qué le llevó a dedicarse al terreno de la Salud Mental tras su experiencia?

— El propio vacío que sentí en los momentos en que más perdida estaba. La sola idea de que alguien más pueda tener ese dolor y quedarme de brazos cruzados ni tan siquiera se me pasa por la cabeza. No puedo hacerlo, es superior a mí. Conozco los riesgos de involucrarse demasiado con un paciente, pero en esos instantes uno necesita tanto saber que importa y que puede contar con alguien que no le juzgue. Pero sobretodo saber que la otra persona entiende su propio sufrimiento porque lo ha padecido, porque cada palabra que explica los síntomas o cada análisis de la situación es igual que si lo leyesen a uno como un libro abierto, asusta, sí, pero también nos ayuda a enfrentarnos a nuestros temores más grandes: los secretos que nos ocultamos nosotros mismos.

No pude evitar sentir cómo la voz me temblaba al pronunciar aquel escueto discurso. Aún recordaba esos momentos como si hubiesen sido ayer. También podía saber que ese mismo propósito sería un inmenso problema para colocar el dique preciso entre paciente y profesional, pero no podía ser menos que sincera. ¿De qué servirían las respuestas de manual que imaginaba habrían dado otros de los candidatos? Sí, darme a los demás, tomar el papel de salvadora era uno de los defectos que tenía que pulir, pero ¿nace el ser humano aprendiendo a correr o da varios pasos previos antes? En esta vida todo tenía un aprendizaje y la humildad era el primer paso para comprender que uno no es perfecto.

2018 / Jul / 30

La gélida mirada de aquel hombre finalmente se encontró con mi perro rabioso que ladraba en su dirección sosteniéndose en sus patas traseras pues el resto del tronco lo tenía elevado hacia él. Si hubiese creído en seres sobrenaturales seguramente habría pensado que ese hombre era en realidad un vampiro, algún tipo de peligro inminente, pero no solamente todo lo sobrenatural era peligroso. Podía ser un asesino con piel de cordero.

La mano izquierda de aquel hombre estaba posada estratégicamente en la cintura de una chica de cabello moreno que tenía apartado con una trenza de raíz en su lado derecho, aquel que quedaba perfectamente situado para la invasión de besos o caricias que quisiese hacer el trajeado. Ojos verdes, labios carnosos pintados de un rojo pasión del mismo tono que el vestido que llevaba en el que claramente se distinguía la inexistencia de sujetador.

Él, en cambio, parecía ser el culmen de la decencia. Trajeado, corbata a juego con la tela del traje en contraposición con el blanco de la camisa que tenía debajo. Fornido, no demasiado como para reventar su propia chaqueta de traje, pero sí lo suficiente como para que se le notase el gimnasio sin que fuese necesario acercarse demasiado.

Rochester no se fiaba de él o quizá de ella. La pareja se dirigía con paso decidido hasta el coche carísimo que les esperaba aparcado en doble fila. Ella entró y después él elevó la mirada hacia mí. Se quedó mirándome más de lo que hubiese deseado porque una horrible sensación recorrió mi espina dorsal antes de obligarme a soltar a mi perro porque se me habían quedado dormidos los dedos impidiéndome hacer más fuerza para detenerle.

Cualquiera en su lugar se hubiese alejado de un hasky con tales intenciones, pero él, de alguna manera, provocó que mi perro cesase su carrera antes de quedar frente a él aunque aún gruñía. Era lo más espeluznante que había visto. ¿Cómo alguien tenía el poder de parar a un animal dispuesto a atacar sin tan siquiera moverse del sitio? Se inclinó sobre Rochester y temerosa de que fuese a pegarle di unos pasos hacia él dispuesta a soltarle cualquier improperio, sin embargo, su amplia mano tan solo tocó la cabeza del cánido en una caricia que pareció amansarle casi por obligación.

— ¿Cómo se llama? —su voz sonó grave, pero calmada.

— Rochester —una carcajada escapó de sus labios casi de inmediato.

— Me refería a usted, señorita.

Volvió a ponerse de pie taladrándome con aquellos ojos de una tonalidad que no sabía describir. Parecía como si llevase lentillas de algún color específico, pero no parecía ser de esos hombres, aunque en el arte de la seducción y de terminar con una compañía femenina, ¿quién era yo para decir qué se hacía y qué no?

— ¿Por qué debería decírselo?

La respuesta pareció dejarlo sorprendido. Era como si de repente hubiese perdido todo el control de todo lo que estaba a su mano e intentase retomarlo cuanto antes, como si él fuese el amo y el señor del universo. Los hombres así solían crearme un repelús que me mantenía alejada de ellos casi al instante. Era ese tipo de hombre que sabía que se aprovecharía de mi propia debilidad de autoestima y no quería permitirle hacer algo semejante. Para eso ya tenía a Verdoux, mi demonio personal.

— Lo terminaré averiguando…

Con aquella amenaza en toda regla, se metió al vehículo y se marchó de ahí. Me estremecí de pies a cabeza mientras Rochester se acercaba a mí para restregar suavemente su pelaje en mis piernas emitiendo unos adorables quejidos que me recordaban que él había tenido que estar tan asustado como yo cuando ese ser le había puesto la mano encima. No sabía quién era, ni quería saberlo. Debía alejarme de todo lo que oliese mínimamente a ese perfume, aunque… parecía una fragancia lo suficientemente cara como para que fuese fácilmente reconocible si es que no la usaba media población.

Seguramente Rochester recordaría la fragancia sin ningún problema. No obstante, no quise tentar a la suerte por si ese ser volvía por lo que nos dimos media vuelta para regresar a mi hogar. Pasamos por los mismos establecimientos que antes, pero cuando estábamos a punto de pasar delante de una cafetería, Rochester volvió a ponerse nervioso. Hice lo posible por tranquilizarle y fue entonces cuando un vehículo paró delante de nosotros. El chófer se bajó pacientemente y cerró la puerta. ¿Era ese el mismo coche de hacía un rato? No me quedaría a averiguarlo.

— Señorita… —la voz cascada del chófer intentaba llamar mi atención mientras suplicaba porque mis tacones se convirtiesen en ese momento en unos patines que me hiciese ir más deprisa—. ¡Señorita, espere!

Escuché un gemido ahogado. Me paré en seco y finalmente el brutal movimiento de la parte trasera del vehículo me hizo temer lo peor, pero seguramente aquellos dos estaban haciendo de todo menos calceta. Pensé en cómo sería hacerlo en un coche, pero la idea de que cualquiera pudiese verme era de todo menos atractiva.

— Señorita… el señor…

— Dígale a su señor que puede quedarse sentado si espera que yo termine siendo una nueva conquista suya —hice una mueca de asco mirando al vehículo y finalmente me marché dando las zancadas más grandes que me permitía aquel vestido apretado.

Rochester parecía tener la misma prisa que yo por no volver a encontrarnos con aquel hombre y su chófer de nuevo. Saqué las llaves del bolso y me metí en el portal, pero no me sentía lo suficientemente segura. Subí hasta el piso correcto y cuando estuve dentro del apartamento con las llaves echadas y todos los cerrojos puestos pude respirar algo más tranquila.

Encendí la luz del salón. Me quité los zapatos y caminé hacia una de las ventanas para bajar la persiana. Allí, abajo, en la calle, el hombre púlcramente vestido igual que si no acabase de tener sexo con ninguna mujer estaba de pie, observándome, fumando un cigarrillo y soltando el humo sin quitar ojo a mi silueta apoyado en el vehículo que aún tenía en su interior a la mujer de rojo de pasajera.

Cerré la persiana tan deprisa como pude, apagué las luces más altas y me escondí temerosa de lo que pudiese pasarme. ¿Qué diablos estaba ocurriendo?

2018 / Jul / 30

Señor Verdoux. 

Recibí su correo aunque acabo de verlo. No sé qué es lo que ha podido provocar su escapada, pero al menos, me alegra saber previamente que estará ausente de mi vida. Es un avance con respecto a las otras ocasiones. Por favor, no se lo tome como reproche ni mucho menos. Me alegra haber tenido la oportunidad de hacerme a la idea de una manera algo más gradual. 

Sin embargo, tengo algo que decirle. No sé cuánto tiempo esté lejos de mí, pero mi vida deberá cambiar. Tengo intención de mudarme a Londres si logro conseguir un trabajo. Hay una vacante para tratamiento psicológico en uno de los hospitales de la ciudad. No sé si será permanente o no, pero me gustaría informarle de ello. 

Con respecto a huir hacia otro lugar usted y yo solos, me encantaría que fuese posible, sin embargo, le recuerdo que la vida real nos impediría vivir como náufragos en una isla desierta. Aunque, si en algún momento es posible cuente conmigo para vivir ese sueño. 

Si encuentra ese hueco, mándeme el billete o la fecha para poder comprarme yo uno. 

Ojalá todo le salga bien y no sea nada irreversible ese problema. 

Se le extraña. 

Me metí en la página web buscando algún billete que fuese lo suficientemente asequible para las fechas que se me habían dicho. Debía estar hacer la entrevista antes de poder pensar en cambiarme a alguna casa. Iría por metas pequeñas. Primero, ir. Después… lo pensaría dependiendo de los resultados. Lo único que estaba en mis manos era intentar realizar la mejor entrevista posible. ¿Habría posibilidad de ello? ¿Podría lograr ese trabajo? Intenté respirar profundamente y luego me di mensajes positivos. Eso era lo importante, lo necesario. Si yo creía que podía lograrlo, podía hacerse realidad, pero ir con la mente cerrada y el negativismo lo único que lograría es que metiese la pata una y otra vez para provocar mi propio fracaso sin darme cuenta.

Compré el billete y después miré alguna oferta en algún lugar barato donde pasar la noche, sobre todo por si por algún motivo aquello se alargaba demasiado o si estaba tan cansada o angustiada que no podía irme al aeropuerto en el mismo día.

Tenía que pensar que estaría sola. Debía centrarme en lo que contestaría, lo que no, lo que podrían evaluarme o lo que no.

En la pestaña del navegador, volvió a aparecer un número indicándome que había recibido un nuevo correo electrónico. Vi que era la respuesta de William. No pude evitar abrirlo por curiosidad.

Señorita Mijáilova, ¿realmente se irá a Londres? ¿Va a lograr otro empleo? De ser así espero que tenga toda la suerte del mundo. 

Por favor, infórmeme sobre ello en cuanto tenga alguna noticia. Se lo agradecería. 

El correo era más frío y breve que el anterior. Solamente esperaba que aquello que le estuviese pasando en su vida no provocase que fuese a ser nuevamente el hombre que había sido en Nueva York. No me hacía demasiada gracia tener que encontrarme con alguien tan inalcanzable como si estuviese sobrevolando la vida por encima del resto de los mortales. Puede que solamente fuese por todos sus miedos, que ese fuese su método de defensa.

No tenía tiempo para eso. No quería pensar ni tan siquiera en tener que luchar de nuevo contra un titán. Si tenía que volver a recorrer el camino que ya había logrado avanzar, sería desalentador.

Cerré el ordenador mientras pensaba en qué podía hacer. Quería lograr ese empleo para no dejar en mal lugar las referencias del doctor. Había renunciado al trabajo de “El paraíso de los dulces” por lo que quizá sería bastante complicado que pudiese regresar tal y como estaban las cosas. Era bastante imposible y no obligaría a una amiga a acogerme en mis momentos de debilidad. Pensé en Gustav. Pensé en el William que había conocido en Italia y también me dejé llevar por los sueños y las vivencias que recordaba de mis personajes favoritas de la literatura y de la vida real. Todas mujeres fuertes que no habían dejado que quebrasen su espíritu.

Creía que lo mejor que podía hacer durante estos días hasta el de la entrevista era dedicarme a organizar el viaje, preparar la maleta, pero en tiempos muy limitados. El resto de las horas debía estar sumergida en otras actividades y la ansiedad que me producía pensar en mi vida amorosa actual y pasada, no me venía demasiado bien. Así que había tomado una gran decisión. Uno, dentro de casa estar distraída. Dos, pasar el máximo tiempo posible fuera de casa.

Y empezaría por aquella noche. Me duché, me embadurné a mí misma en una crema hidratante que olía de maravilla y cuando se hubo secado, me deslicé dentro de un vestido apretado y que siempre me había parecido medio carnavaleño. Su estampado imitando la piel de un leopardo no casaba demasiado con el color naranja apagado que tenía. Era corto, quizá demasiado para mi gusto. Quizá demasiado para mi propio bien. Puede que fuese mi propia intención de autoboicotearme ahora que la vida empezaba a sonreírme. Sin embargo, otra voz dentro de mi cabeza gritó a la moralista que tenía derecho a sentirme bien conmigo misma de vez en cuando.

Como Rochester ya no era un cachorro me acompañaba a todas partes salvo cuando estaba enfermo. En esta ocasión quería que lo hiciese casi en calidad de guardaespaldas. Mis tacones morados destacaban. En realidad, toda yo destacaba, al menos, con respecto a como iba otros días.

Terminé de retocarme y salí del piso dispuesta a dar un paseo tan solo. Nadie tenía porqué saber que me había vestido así a aquellas horas tan solo para llevar a Rochester por las calles para que estirase las piernas. Mi mentón estaba elevado. Me obligué por primera vez en mi vida a no ir mirando más al suelo que al frente. No era inferior a nadie ni tenía porque hacérselo creer a los demás. ¿Por qué todos podían avanzar y yo no? No era justo, ni para mis pacientes, si es que volvía a tenerlos, ni para mí. ¿No debía de ser yo la primera que creyese que se podía hacer algo?

Las calles de la ciudad tenían gente. Era temprano aún, pero había anochecido hacía bastante poco. Solamente en España existía el mito de los bares abiertos con mucha fiesta hasta las tantas de la madrugada. En el resto de los países algo así parecía inadmisible. Casi me hace reír acordarme de como los mismos europeos viajábamos muchas veces a España precisamente para disfrutar de aquel desmadre sin igual. Era como el lugar del pecado donde todo estaba bien visto durante un par de semanas hasta que la vida real reclamaba y volvíamos a ser personas serias, intachables, con ese pasado oscuro que solo despertaba una botella de alcohol de la graduación adecuada.

Justo en ese momento escuché a Rochester gruñir. Nunca me había pasado algo semejante. Mi perro estaba en posición defensiva, como si estuviese dispuesto a atacar a alguien en cualquier momento. Sus ojos parecían mirar a un hombre trajeado de aspecto intachable y que en ese momentos parecía seducir a una joven casi sin pretenderlo, sin ningún tipo de trabajo.

Intenté calmar a Rochester, sin embargo, mi perro parecía ver algo que los demás no veían y tuve que agarrar con mucha fuerza la correa para que no terminase saltando a la yugular del trajeado.

— Perdón, perdón… —comencé a mascullar suplicando porque mi cánido me hiciese de una condenada vez por todas.

¡Peligro! Parecía gritar Rochester mientras que el resto de mujeres a las que el susodicho miraba caían prácticamente como mocas a sus pies.

2018 / Jul / 30

¡Buenos días, Kyra!

Me alegra que finalmente hayas vuelto de vacaciones. ¿Lo has pasado bien? Me gustaría contarte todo lo que ha pasado estos días. 

Mis padres me dijeron el otro día que para poder tener una de las ayudas que nos dan tengo que matricularme en algún organismo oficial para realizar un curso. Nuestros estudios no sé si serán iguales que allí, pero tenemos Bachillerato, el cual no terminé, también existen otros estudios, los llaman Formación Profesional y como no tengo Bachillerato, no puedo hacer la superior así que tengo que hacer FP de Grado Medio. 

Me hace ilusión comenzar a estudiar de nuevo, intentar demostrarme a mí misma que no he perdido capacidades, pero si te soy sincera no sé si todos esos estudios son los que más me gustan. Los que más me atraían eran FP de Grado Superior y no puedo hacerla. Dentro de todo lo que vi comprobé que éste curso de Arte final lo estudiaría en la Escuela de Arte de mi ciudad y desde que era pequeña siempre he querido ir a ella. Pensé que era algo totalmente inalcanzable y… ahora tengo la oportunidad de ir. ¡Sería como un sueño! 

Reconozco que no he podido hacer yo la reserva ni nada. Han ido mis padres. Siempre hacen todo por mí aunque espero poder estudiar tranquilamente yo sola. 

¿Crees que podría estar allí y pasar el curso? Estoy emocionada, sí, pero temo que todo vuelva a comenzar. Temo que todo lo que he intentado evitar regrese con más fuerza, que sea peor en esta ocasión quizá porque ahora las personas son mucho más crueles. No te lo negaré, pero… quiero intentarlo. 

Te preguntarás seguramente qué es Arte final. Yo también me lo pregunto. No tengo muy claro qué se supone que es ni que supuestamente son cada una de las asignaturas aunque he intentado investigar un poco. Según tengo entendido voy a estudiar tipografía, osea las fuentes como las ponen en el Word. Me sorprende que haya una sola asignatura de ello. ¿Tanta ciencia o teoría hay que estudiar sobre ese mismo tema como para tener una asignatura que dure todo un curso escolar? Hay muchas que ni tan siquiera sé exactamente qué son. Por mucho que he leído no las entiendo, quizá es que no pueda concentrarme. No sé… 

Además, tengo una noticia que darte. Mi madre se empeñó en que regresase para tener terapia con una psicóloga. Me han puesto a una especialista en habilidades sociales, pero siempre me pregunto si realmente soy yo el problema en las relaciones. Supongo que aún no veo todo con claridad. 

Lo dubitativa que era Livia me recordaba tanto a mí. No podía evitar pensar en cómo yo misma me había tenido que obligar una y otra vez a creerme algunas cosas mientras la otra parte de mi mente sabía a la perfección que eso no era lo que pensaba o lo que temía. El miedo se volvía más intenso a medida que iban pasando los primeros días. La emoción por empezar cosas nuevas desaparecía por completo. El pánico tomaba forma y mis instintos alejándome de todos los demás volvían a situarme en un mundo a parte del resto del universo. No me relacionaba, me limitaba a existir intentando ser la mejor en una clase en la que yo misma me había puesto el listón de no bajar de una nota superior al nueve o por lo menos, que fuese la mejor de todo el aula.

Me gustaba saber que tendrá otra psicóloga que le apoye. Durante el tiempo que habíamos estado hablando, su madre había terminado escribiéndome un correo gracias al traductor de Google y aunque a ambas nos costó un poco entendernos, más a ella que a mí, hice lo posible por explicarle que creía que era lo más recomendable. Yo podía ayudarla, era cierto, al otro lado de la pantalla; pero precisamente por dónde estaba no podía sacarla de su obsesión con el ordenador y el mundo de internet en el que estaba metida. ¿Cómo iba a separarse si era allí donde encontraba el único consuelo?

Me alegraba comprobar que finalmente había conseguido convencer a su hija para ir a una psicóloga fuera. Alguien que pudiese entender algunos de los términos en los que hablaba por estar en la misma sociedad le haría mucho bien. Por ejemplo, para comprender los estudios que ella quería hacer lo más probable es que tuviese que investigar el sistema educativo español. ¿Cómo si no iba a entender más o menos hasta qué estudios había llegado? Eso de la Formación Profesional sonaba a unos estudios dedicados a una finalidad laboral. El idioma podía explicarse en eso por sí solo, pero desconocía qué debía hacer y esa asignatura que me había contado me resultaba sorprendente. ¿Quién iba a pensar que en cosas tan simples a la vista podía haber toda una técnica y todo un proceso elaborado con su terminología propia? Había tanto por saber que desconocíamos por no poder especializarnos en todas las áreas. Era una lástima.

Cuando iba a contestar a Livia me apareció un nuevo correo. Me informaban sobre el empleo en Londres y lo que necesitaba. Tenía que estar allí en unos cuantos días para una entrevista. Ellos se encargarían de pagarme alojamiento en un hotel hasta que encontrase casa propia. Me pagarían también las dietas, pero siempre que fuese lo que buscaban. No pude evitar sentirme completamente nerviosa. ¿Cómo no estarlo si pensaba que tendría que enfrentarme a otro examen donde alguien juzgaría si era buena o mala en mi forma de comportarme con los pacientes?

Bien. Ahora me podía sentir como Livia. Estaba emocionada por empezar algo nuevo, pero el miedo precisamente a lo desconocido era lo que me llevaba a pensar que no podría con ello, que todo sería malo y comenzaría a colapsarme por completo. Debía razonar. Había estudiado esa carrera. Lo máximo que podía pasar es que me despidiesen si no hacía bien mi trabajo. Sería un fracaso para mí, pero… bueno, en algún otro sitio podía encontrar un trabajo, ¿no?

Minimizar los por menores no era mío, al menos, relativizando cosas que sí eran importantes. ¿Cómo no darle importancia a un despido? No tenía remedio.

2018 / Jul / 30

Rochester en cuanto me vio corrió hacia mí. Había crecido lo suficiente como para no ser considerado un cachorro a simple vista. Era un perro de muy buen tamaño y eso me hacía pensar en cómo podría llevarle hasta Londres si me daban finalmente el puesto. Tendría que pagar un billete para él que casi estaba tan grande como yo.

Chloe me recibió con una sonrisa en los labios y la abracé sabiendo que no estaba lo suficientemente bien. El abrazo fue más largo que cualquiera de los que yo hubiese dado en algún otro momento y como si pudiese leer mis intenciones, sus dedos se agarraron a la tela que cubría mi espalda para permitirse un momento de debilidad que seguramente habría tenido entre los brazos de su pareja.

Acaricié suavemente ésta misma y después di un beso a su frente por instinto, buscando en lo posible reconfortarla. Su situación era mil veces peor que la mía, ¿para qué negarlo? Pero al igual que parecía que yo no tenía ningún tipo de solución en algunos momentos, ella también debía tenerla aunque no la viese. Intenté pensar más como amiga que como psicóloga. Sabía que era lo que necesitaba además que como psicóloga no sabía si tenía fuerzas para hacer algún tipo de terapia. A veces la objetividad se va al garete cuando vemos a una persona que está vulnerable.

— ¿Quieres hablar? —pregunté tras aquel abrazo.

Su mirada estaba apagada, triste y terminó asintiendo con lentitud antes de dejarme entrar dentro de su hogar. Había pasado varias veladas en él. Había hablado mucho con Chloe y bastante menos con su pareja. De todos modos, sabía que tenía delante de mí a una pareja de verdad, a quienes se amaban por encima de cualquier otra cosa y era reconfortante saber que mi amiga había encontrado a alguien que realmente merecía la pena, que la miraba como si no hubiese otra mujer en el mundo a pesar de que el mundo quisiese llevarla de cabeza.

— No puedo más —confesó al fin después de que se hubiese empeñado en preparar algo para beber mientras hablábamos. Su idea principal había sido un café y le negué la posibilidad de hacerlo. Pero me dio un refresco que tenía siempre para mí sabiendo mi disgusto por la efervescencia del resto—. Tengo miedo de que esto llegue a demasiado. ¿Crees que podría soportar no saber si podré seguir o no en mi propia casa? Vale, no es mía, pero ¿por qué nos la ofreció esa… si no quería mantenernos aquí? Comprendo que quizá soy egoísta pensando tan solo en mí misma, pero… ¡es su hermano! ¿Trata así a su propia familia? Además… la idea de tener que vender “El paraíso de los dulces” es igual que pegarme una puñalada.

Hice una mueca al escucharle antes de tomar una de sus manos en busca de hacerla sentir más apoyada de lo que seguramente se sentía en ese momento.

— Chloe —llamé su atención puesto que parecía estar perdida en sus propios pensamientos—, no seas tan cruel contigo misma. Cualquiera en vuestra situación pensaría más o menos lo mismo. Tanto tu suegra como tu cuñada te aprietan las tuercas como si no tuviesen nada más productivo que hacer. Era realmente imposible que pudieses aguantar cuando la mayor parte de los estímulos que recibes son negativos hasta el punto de creer que no vas a poder seguir adelante. No obstante, tenemos que intentar pensar en positivo, en lo posible, ¿vale? Hay que encontrar soluciones.

— La única posibilidad es que buscase otro trabajo y no creo que fuese algo fácil. No he encontrado nada desde hacía tiempo y lo único que podría hacer es vender “El paraíso de los postres”.

Fruncí mi ceño al escucharla y después chasqueé la lengua negando antes de acariciar el dorso de su mano con mi pulgar.

— ¿Por qué tienes que luchar en contra de tus deseos? ¿Por qué no puedes seguir con la tienda?

— No me da el sueldo mínimo.

— Eso de momento y además, has tenido que pagarme a mí todo este tiempo como extra, algo con lo que quizá no contabas. Pero, tengo una buena noticia para ti. No tienes que seguir pagándome, he encontrado un puesto de trabajo en Londres, por lo que todos los beneficios serán para ti. Sí, tendrás más trabajo para tus manos, pero quizá tener el sueldo íntegro logre paliar algo ese sentimiento de imposibilidad de conseguir algo más —suspiré profundamente mirándole a los ojos y deseando que ella comprendiese que aún había posibilidades.

— Un momento… ¿un trabajo en Londres? ¿En serio?

Tras hablar un rato de todo eso pudimos continuar buscando soluciones en lo posible. Le conté algunas cosas sobre mi viaje a Italia. Sin embargo, no quise contarle mucho sobre William. Ella sabía delo ocurrido en el pasado con él y seguramente me daría de collejas hasta que aprendiese una lección que dudaba pudiese llegar a hacerlo.

Cuando conseguí lograr algunas nuevas sonrisas en ella, decidí regresar a mi hogar. Rochester me acompañaba todo el tiempo restregándose contra mis piernas haciendo hasta lo imposible por impedirme el paso. Reí puesto que me costaba caminar. Intenté evitar que se metiese entre mis piernas y que me cerrase el paso. Estaba increíblemente contento. Adoraba verle así. La última imagen que tenía de mi amigo era que del momento en que estaba tan malito. Chloe lo había cuidado de maravilla.