2018 / Jun / 02

La conferencia comenzó. Mis ojos estaban atentos en la doctora, quien hacía todo lo posible para que fuese amena, sin embargo, muchos términos suelen resultar tediosos básicamente por su densidad o la complejidad del concepto. Es inevitable que una parte de la audiencia terminase pensando en otras cosas. Justo en este momento yo era una de aquellas que ni tan siquiera podía atender a más de dos palabras seguidas. Podía sentir la mirada del profesor puesta en mí y no podía evitar preguntarme qué hacía un literato en una charla sobre Psicología.

Mi mirada se encontró con la ajena mientras me regalaba una ligera pero enigmática sonrisa. Un escalofrío recorrió mi espalda y como si leyese mi sentimiento de profundo miedo, dejó de actuar de esa forma.

No volví a sentir su mirada puesta sobre mí lo cual agradecí todo lo posible. Me concentré en la charla y disfruté de los avances y el intento de explicación del Autismo, un verdadero enigma para todos y cada uno de aquellos que intentaban encontrar respuesta.

Siendo sincera, amaba los retos. La idea de que no había posible respuesta aún conocida se me hacía aún más atractiva y mi primo se merecía que alguien pudiese entenderle de alguna forma, que alguien supiese lo que necesitaba en la travesía de su vida, o que intentásemos ver el mundo de la forma en que él lo percibe. ¿Eso sería posible? ¿Podría una persona que no sufriese ese trastorno aprender a ver el mundo como teóricamente se cree que lo ve un niño autista? ¿Podría alguien llegar a crear una manera en la que fuésemos capaces de ver más allá de nuestras narices? Esperaba que sí, pero mis intentos por comprender otras formas de ver el mundo no siempre resultaban exitosas pues hay tantas formas como mentes aparecen frente a mí cada día contándome sus problemas, a pesar de que algunos aspectos sean comunes.

No era la primera vez que me pasaba algo así. Llevaba mucho tiempo disfrutando de la idea utópica de comprender mentes retorcidas o las más sencillas, aunque las retorcidas siempre tenían un aliciente más, esa oscuridad que las rodeaba, ese tabú que uno no pensaba descubrir. Esos secretos tan inapropiados que se vuelven adictivos. Suponía que era el espíritu más que morboso del ser humano, o puede que quizá solamente fuese mi propio espíritu morboso y masoquista, pues cuanto más difícil de desentrañar, más me obcecaba con lograrlo.

Incliné ligeramente mi cabeza notando el cuello algo tenso. Solía acumularse mi ansiedad o estrés en ligeros nudos o en contracturas en aquella parte de mi cuerpo tan frágil. Además los masajes me producían más dolor que placer puesto que el hecho de ser tocada, de la forma que sea, por una persona desconocida. ¡Lagarto, lagarto, que no me toque intentarlo!

Tomé notas de lo que podía. Deseaba tener todos los conocimientos nuevos posibles, pero sin duda había aprendido a lo largo de mi vida que la única forma de poder ayudar a alguien es intentando ponerse en sus zapatos, entenderle, conocerle… y eso llevaba a menudo mucho tiempo. La paciencia debía ser una virtud, pero yo, a menudo, no la tenía, lamentablemente.

Respiré profundamente y volví a quejarme de mi cuello. Estaba acostumbrada a unas poses horribles para escribir en el portátil y no me ayudaba en nada andar con la cabeza gacha.

Supe para mí misma que por ese maldito dolor de cuello la conferencia sería mucho más larga de lo esperado.

2018 / Jun / 02

Aquel hombre se sentó a mi lado dejando un hueco entre medias de ambos algo que agradecí. Su presencia me ponía nerviosa y estar igual que examinándome a cada segundo no era una situación ajena a mí, pero no la disfrutaba ni lo más mínimo. Me tensé inmediatamente y observé sus ojos azules con esa maldita diversión que me apetecía quitarle de un guantazo. ¿Era acaso un chiste con patas? No obstante, lo boba que era, siempre impedía que respondiese a la gente como se merecía o como aquel instinto asesino suplicaba. En consecuencia la bilis que me provocaba me mantenía de mal humor durante un buen tiempo.

— No lo esconda. Ya vi su novela. Jane Austen… es una lástima —chasqueó la lengua.

¿Se estaba metiendo con Jane Austen o con mis gustos? La sorna de su rostro hacía que el mío se tiñese de rojo, pero en esta ocasión porque deseaba callarle la boca y su manera tan imprudente de dirigirse a una completa desconocida.

— ¿Qué tiene de malo? —pregunté finalmente dejándome llevar por ese mal carácter que a menudo escapaba sin pedirme permiso alguno.

Mi pregunta pareció avivar algo en su interior. Era exactamente que ver los ojos del mismo diablo disfrutando del castigo que le dará a aquel que ha osado contestarle de una forma que él esperaba de alguna manera, como si mi mal carácter fuese algún tipo de droga a la que volverse adicto.

— ¿Y qué tiene de bueno? —contestó con otra pregunta—. Que yo sepa, la señorita Bennet solamente cae cautivada por el gran dinero que posee el señor Darcy. Es una completa aprovechada y busca fortunas.

Que resumiese mi libro favorito en esa frase tan insultante fue igual que recibir un golpe en el estómago. Era igual que si me hubiese descrito a mí misma de esa forma. ¿En serio pensaba que yo también era una cazafortunas o que era la típica tonta que adora una historia de amor pastelosa sin darse cuenta de la realidad?

Aquel hombre se estaba ganando un gran desprecio por mi parte y a menudo, cuando ponía la cruz en la cara de una persona, era bastante complicado que pudiese obligarme a mí misma a intentar conocerle.

— No opino lo mismo que usted. Elizabeth no se da cuenta de sus sentimientos por Darcy hasta que no empieza a conocerle. ¿Es necesario que el amor sea siempre en la primera mirada y que una mujer acepte que se la considere demasiado fea, insulsa o inferior para el hombre de buena gana? No demuestra nada más que un pensamiento muy arcaico esa forma de pensar. Ella quiere ser respetada, si no se le respeta ¿por qué ella debería hacer lo mismo por mucho dinero que posea y la posición que tenga? No obstante, dejando atrás su orgullo herido se enamora de él y comprende que en realidad desde el principio ella le resulto diferente y fascinante —concluí antes de volver a abrir el libro dispuesta a ignorarle por completo y a todo aquel que se acercase a mí antes de que empezase la conferencia.

Una risotada llegó a mis oídos y me obligué a no mirarle aunque por alguna extraña razón deseaba hacerlo para matarle con la mirada. Asesinarle lentamente para recrearme en su dolor.

— Sinceramente, creo que Jane Eyre es un mejor ejemplo que su adorada Elizabeth Bennet —comentó provocando cierta sorpresa en mí.

— ¿Ha leído Jane Eyre? —pregunté puesto que en rara ocasión había hablado con alguien que disfrutase de los clásicos o de la lectura en general, tanto como yo.

— Así es, señorita. He leído muchos libros y trataré de no sentirme ofendido por su más que evidente sorpresa —musitó con sorna.

Apreté mis labios pues una disculpa estaba a punto de salir de mi boca y no se la merecía, ¿o sí?

— ¿A qué se dedica? —pregunté para obligar a mi boca a no decir lo que realmente quería.

— Soy profesor de literatura en esta universidad.

Fue entonces cuando sentí que perdía todo el color de mi rostro a la misma velocidad que un jarro de agua fría caía sobre mí. Estaba discutiendo con un entendido. Yo y mis metidas de pata monumentales haciendo su entrada triunfal.

— William Verdoux —comentó alargando su mano hacia mí.

Le estreché la mano terminando por decir con un hilito de voz:

— Kyra Mijáilova. Encantada.

2018 / Jun / 02

2000

La casa estaba silenciosa, completamente solitaria. Mis padres dormían en el piso superior mientras pasaba una nueva noche en vela. ¿Cuántas iban ya? Ni tan siquiera era capaz de contarlas. Pensaba que tan solo aquellas personas al otro lado de la pantalla eran capaces de comprenderme y si me hacían daño era tan simple como cerrar el ordenador y no dejarles penetrar en los pensamientos que sabía terminarían escurriendo como lágrimas amargas hasta que por puro agotamiento me entrase sueño.

La música que escuchaba tampoco ayudaba en nada a mi bienestar. A menudo pensaba en todo lo que esa persona tenía y yo no. Lo que esa persona había logrado y yo no conseguiría lograr porque ni tan siquiera había podido terminar mis estudios para tener algo que no fuese lo mínimo indispensable para trabajar en algún lugar como reponedora o cajera, aunque siendo realistas, ahora se necesitaba casi un doctorado para poder realizar esas labores, no porque fuesen más o menos complicadas, sino porque había que trabajar, de lo que fuese, para poder ganarse la vida.

No obstante, en mi cabeza, lo que menos pensaba era en las dificultades de todos los demás. ¿De qué podía consolarme a mí las posibilidades escasas de supervivencia de los niños de África en situaciones de desnutrición si era mi propio dolor el que estaba obligándome a sucumbir a mi ser más autodestructivo?

Hacía tiempo que había aprendido a ver la espalda de aquel que me habían dicho que siempre tendría los brazos abiertos para mí. En la vida no existe ni existirá nada incondicional, ni tan siquiera los padres. El amor quizá esté, pero no siempre están ellos para socorrerte y abrazarte, pues no dejan de obligarte a crecer, a ser independiente, a lidiar con todos tus problemas y todo tu dolor como “un adulto”.

Para mí, crecer significaba mucho más allá. Significaba enfrentarse a una vida en la que no habría apoyo alguno y… ¿quién puede abrazarse a eso arrastrando todo el dolor de todos esos años de formación para un futuro aún más doloroso?

Sin embargo, aquí estaba. Sola. Realmente sola. No existía alma alguna con quien poder intercambiar una palabra y gritarle en silencio que me socorriese. ¿Alguien en alguna parte del mundo podría calmar mi dolor? Lo dudaba mucho.

Suspiré pesadamente mientras me levantaba del sofá yendo hacia la cocina. Abrí el cajón donde mi padre guardaba las pastillas. Ni tan siquiera me fijé en todas las medicinas mucho más potentes que él se tomaba. Busqué entre las mías, observé las cajas y finalmente decidí que el ansiolítico sería el único que calmaría mi malestar. Quité una pastilla de su pequeño envoltorio y luego tras tomármela, fui sacando una a una todas las pastillas que me parecieron suficientes. ¿Siete? Quizá no necesitaba más.

Con dificultad las tragué todas a la vez con un vaso de agua fresca y me permití a mi misma sonreír ligeramente, sabiendo que pronto terminaría todo.

2018 / Jun / 02

Mi mirada se encontró con unos ojos claros, duros, que parecían carecer de sentimiento alguno salvo la ira. Una ira desmedida hacia mi persona, una ira desproporcionada y sin sentido que, sin embargo, en lugar de provocar mi propio enfado, una respuesta habitual, despertaba a aquella niña sumisa que había besado el suelo de aquellos que habían hecho añicos su vida.

Un perdón quería escapar de mis labios, pero a duras penas si era capaz de articular palabra alguna o de intentar desenganchar mi ropa de aquel reloj. Estaba nerviosa, demasiado. Mis dedos me temblaban y me sentía igual que si estuviesen decidiendo si era digna de seguir viviendo o no.

Finalmente el sonrojo hizo su aparición. Me maldije internamente. Siempre había odiado esa capacidad mía de ser un lienzo clarísimo de mis emociones frente a mi interlocutor.

Fue entonces en que sus dedos decidieron ayudar a los míos para desengancharnos de forma que cada uno pudiese continuar con sus labores. Su piel rozó la mía simplemente por el intento de tomar la iniciativa y aparté la mano tan rápido como pude puesto que jamás nadie antes me había tocado la mano, bueno, mujeres sí, pero jamás me había tocado la mano ningún hombre y eso me ponía extremadamente nerviosa.

Mi rápido rechazo pareció divertirle más que molestarle y mi sonrojo parecía ser un añadido a la situación dado que a pesar de haberme percatado que ya había resuelto el embrollo aún mantenía entre sus largos dedos, cogida en un pellizco, ese trozo de tela de mi ropa.

— Creo que ya está, señorita —dijo tras estar unos segundos observando mi rostro.

— Muchas gracias y perdóneme —comenté afanada en desaparecer del radar de aquellos ojos tan intensos, no obstante, había parecido perder capacidad alguna de mandato sobre mi cuerpo paralizado.

— No es de aquí, ¿verdad? —preguntó rápidamente aquel hombre colocándose el gemelo de la chaqueta de su traje y por lo bien vestido que estaba tenía toda la pinta de ser más profesor que alumno dentro de aquel campus.

— No, he venido a una charla de Psicología que impartirá la doctora… —intenté recordar su apellido, pero estaba tan nerviosa que como instinto me puse a pensar mordiéndome el labio y desviando deliberadamente la mirada de mi interlocutor para así no terminar con una taquicardia.

Entonces, sin decir nada más, asintió y se marchó negándose a despedirse como una persona educada. Alcé una de mis cejas como respuesta ante aquel gesto tan extraordinariamente maleducado y rumié entre dientes un improperio en mi ruso natal para que no me entendiese si es que llegaba a oírme.

Me giré sobre mis talones intentando calmar el mal humor y las ganas de gritarle algo que sí fuese capaz de entender. Fui buscando algún lugar donde poder intentar orientarme o algún tipo de letrero que me indicase dónde estaba la facultad de Psicología en todo ese campus inmenso.

Podía sentir aún la mirada intensa de aquel hombre que me provocó un nuevo estremecimiento de pies a cabeza, pero era igual que un escalofrío, nada bueno. No obstante, ese escalofrío había logrado bajar la temperatura de mis mejillas que hasta ese momento habían parecido dos antorchas poderosas elevando mi irracionalidad como la espuma.

Finalmente dí con el letrero que llevaba buscando tantísimo tiempo. Estaba escrito en inglés, sí, pero por suerte sabía manejarme en inglés y conocía a la perfección cómo se escribía mi profesión y muchas de las palabras de la familia de esta.

Decidí entrar para de esa forma poder refrescarme comprándome una botella de agua puesto que, como siempre que me ponía nerviosa, mi boca estaba completamente seca. Pregunté a un grupo de chicas dónde estaba la cafetería y me indicaron hacia donde tenía que ir aunque me sentí observada de un modo extraño, algo que se tiene que sentir cuando uno es nuevo en algún lugar y todos se conocen. No me gustaba para nada tener toda la atención de los demás si no era esa mi intención poniéndome ropa fuera de lo común o un color de cabello imposible. Como acto reflejo, mantuve la mirada gacha la mayor parte del tiempo.

Botella de agua en mano, bebí un buen trago antes de dirigirme hacia la sala donde se daría la conferencia. Por lo que parecía se podía entrar antes, como en el cine, simplemente había que esperar a que todo tuviese lugar. Aún ni tan siquiera estaba la ponente, pero lo prefería así. Nadie me miraba, nadie me atendía, estaba solamente yo en una sala en la que estaría sentada en un punto estratégico para evitar que nadie dirigiese su mirada hacia mi persona. ¡Diantres! Parecía mentira que fuese psicóloga. Yo misma tenía que saber cómo enfrentarme a ese tipo de situaciones, pero los grupos grandes jamás fueron mi fuerte, así que mis tendencias huidizas aparecían tan rápidamente como el acto reflejo de quitar la mano cuando algo quema.

Abrí mi bolso. Saqué mi libreta, mi bolígrafo y también el libro que estaba leyendo en ese momento. Había vuelto a los clásicos de la literatura y entre mis dedos el ejemplar que guardaba desde mi adolescencia de “Orgullo y prejuicio” estaba ligeramente desgastado por no haber podido parar de leerlo durante tantos y tantos momentos de mi vida. Si me paraba a pensar podía recordar cada uno de mis diálogos favoritos, la manera en la que Elizabeth poco a poco se da cuenta de su amor por Darcy quien lamentablemente tiene que darle miles de explicaciones a actos que en primera instancia parecían malvados y que no era otra cosa que no fuese su estilo de vida. Pero siendo realista, yo también había odiado y amado tantas veces a Darcy como veces había leído esa novela. Sin embargo, el romanticismo era más que evidente que se ganaba a pulso mi corazón soñador.

— Evidentemente tenía que ser Elizabeth Bennet —dijo una voz grave a escasa distancia de mí.

Di un pequeño salto por el susto pues me creía sola y su sigilo no había ayudado ni lo más mínimo. Cerrando el libro con vergüenza y con mi corazón a punto de salirse por mi boca por la sorpresa, mis ojos terminaron por encontrarse con aquellos ojos azules, fríos e intensos de antes. ¿Qué diablos hacía ese hombre aquí si se había marchado en la dirección opuesta?

2018 / Jun / 02

2000

El frío era insoportable. No podía pensar en otra cosa que no fuese refugiarme en alguna parte. Por suerte, mis padres se habían acordado de llevarme ropa de abrigo a pesar de que estuviese encerrada en este lugar de mala muerte. Teóricamente los hospitales deberían ser sitios en los que no se padeciese. Una mentira como un templo. El hospital era lo peor que podía ocurrirle a una persona. No había amor, no había cariño, no había nada más que trato de superioridad porque no dejas de ser el enfermo y ellos quienes te cuidan.

No podía quedarme allí eternamente y, sin embargo, a cada día que pasaba me daba más y más la sensación de estar cavando mi propia tumba dijese lo que dijese. En alguna ocasión mi mal carácter había salido a flote y me habían quitado de en medio como si fuese un animal salvaje cuando había sido la otra persona quien había logrado que yo me alterase.

Esas veces siempre pensaba que si discutía, que si regañaba con las enfermeras terminaría en la habitación acolchada o atada de muñecas y tobillos. Prefería evitarlo a toda costa. Cualquier resto escaso de dignidad que me quedase ya había desaparecido seguramente. Tenía dos opciones, vivir o terminar aún más mutilada de lo que ya estaba aunque no me hubiesen tocado un solo pelo.

Esa noche no había sido yo quien me había puesto agresiva ni quien había saltado a la mínima. Mi compañera de cuarto había tenido la mala suerte de alterarse tanto que se la habían llevado y ni quería plantearme qué era lo que podían estar haciéndole en ese mismo instante. Ojos que no ven, corazón que no siente, o eso dicen.

Sin embargo, la hora del refrigerio ya había llegado. Me estaba terminando de tomar mi leche caliente y finalmente iría a la habitación que tendría vacía, sola para mí, porque esa compañera pasaría el tiempo en algún otro lugar.

Arrastré los pies hasta la habitación sin deseo alguno de que me estuviesen vigilando por la dichosa cámara mientras dormía. Y fue entonces cuando al abrir la puerta vi algo que me haría pensar que estaba alucinando.

En la cama de mi compañera estaba ella, atada de pies y manos, con varios médicos a su alrededor después de haberla drogado lo suficiente como para que pudiese estar tranquila. Mi respiración se aceleró y por mucho que los médicos me dijesen que no pasaba nada y que estuviese tranquila, aquello me pareció lo más escalofriante que podía haber visto nunca.