2018 / Jun / 18

2002.

Las obsesiones seguían. Con fuerza. No sabía hasta qué punto realmente me gustaba tanto una cosa y lo que menos sabía era el motivo porque no podía disfrutarlo. Ahora, a menudo, lloraba escuchando canciones, viendo películas, teniendo que aceptar emociones que no comprendía. ¿Se habían vuelto a abrir las compuertas? Me había obligado a mí misma durante tanto tiempo a no sentir.

No pude evitar recordar ese momento en que durante las clases de primaria había llevado un dibujo que me había ayudado a hacer mi prima. A mí no me había gustado la forma de colorearlo ni mucho menos, pero no había podido hacer nada para cambiarlo. No había tenido más tiempo para hacer esa parte de la tarea. Por ese motivo intentaba de todas las formas posibles que ese condenado dibujo fuese más normal y no tuviese tantos tonos de colores diferentes. ¿Por qué no podía ser tan solo morado el cielo o azul? Tenía tonos amarillos, naranjas… Pensaba que si seguía pintando lograría que me gustase en algún momento. Mi profesora me sorprendió con lo que, al menos yo, recuerdo como un grito y comencé a llorar como si me hubiesen dicho el insulto más horrible de la Tierra.

El llanto había sido mi afición favorita durante mucho tiempo. Podía estar furiosa y gritar, pero las lágrimas escapaban de mis ojos sin permiso y ahora, parecía estar volviendo a pasar lo mismo. Me sentía estúpida, boba, vulnerable. Temblar delante de todos y demostrarles con mis lágrimas que era sensible a sus palabras era exactamente igual que cavar mi propia tumba.

En mi hogar, a menudo, cuando lloraba, la respuesta inmediata era hiriente, demasiado. Se enfadaban más y no entendía porqué. ¿Es que si yo lloraba ellos no ganaban la pelea? ¿La ganaba yo? Pero ese “hale, ya está” siempre lograba clavar aún más el puñal en mi corazón. Las compuertas se abrían y no había marcha atrás.

No había llorado siempre para todo, pero mis motivos había tenido. Había endurecido mi corazón. Me había negado a tener pesadillas sobre las películas de miedo que viese. La sangre no me había asqueado. Había gobernado sobre mi cabeza, tozuda, había arrastrado a esa Kyra hasta un rincón donde los fantasmas la comiesen, mientras el resto de Kyra luchaba por sobrevivir y había sido esa misma Kyra, torturada, la que había escapado de su castigo para gritar por ayuda, en un idioma que tan solo entenderían los expertos en el miedo.

Me preguntaba a mí misma cómo se me conocía en el mundo. Me observaba a mí misma en un espejo distorsionado y las respuestas siempre eran mis defectos: la gorda, la empollona, la repipi, la insolente, la obsesiva… ¿realmente servía para algo todo ese dolor vivido? ¿Había salida sumergiéndose en la batalla entre la mente y uno mismo? ¿Y si había cosas que me dolía demasiado reconocer? ¿Qué podía llevar escondiendo mi mente durante tanto tiempo?

Respiré agitada. El aire me faltaba. El dolor se volvía insoportable. Me sentía en la cuerda floja. Era igual que admitirse a uno mismo que más allá hay más y… ¿cómo podía haber más? ¿Podría con todo lo que se escondía en aquel cofre que había cerrado con llave?

Tenía miedo de enfrentarme a la realidad. ¿Y si era una persona con graves desequilibrios? ¿Y si por el contrario descubrían que no me pasaba absolutamente nada y que tenía que volver a meter mi cara entre los libros para recuperar los años perdidos?

Había intentado en demasiadas ocasiones realizar la educación secundaria superior. No había podido hacerlo. Bien es cierto que me habían matriculado en horario nocturno, de forma que fuese con personas que tan solo deseasen sacarse los estudios, pero por mucho que había logrado superar un primer o un segundo examen con notas altas de 9,5 y 9,75; mi cabeza se colapsaba y se negaba a enfrentarse a los exámenes de finales del primer ciclo. No podía, me resultaba demasiado estresante hasta el punto de preferir aceptar yo todos los suspensos que acontecerían con mi marcha del curso a tener que soportar descubrir que mi nota no era lo suficientemente buena para mí.

Podía sentir la presión en mis sienes. Mi hermano ya estaba en la universidad y yo ni tan siquiera podía terminar un curso entero. Mi hermana pequeña seguía avanzando y había seis años de diferencia entre nosotras, pero con los cursos perdidos era más que evidente que ella no tardaría ya seis años más, sino tan solo tres. Era agónico. Casi podía ver el agua subiendo, sentirlo rozarme los labios porque estaba a punto de asfixiarme yo misma en un océano que había construído de la nada.

Tenía tan solo dos opciones: podía dejar que el agua me ahogase o aprender a nadar por muy entumecidas que tuviese las articulaciones o por muchas veces que desfalleciese hasta casi ser yo misma quien me ahogase por no ser lo suficientemente buen nadando, por no saber mantenerme a flote.

No lo supe entonces. No fui consciente ni testigo claro de la decisión que había tomado, pero esa pequeña parte de mí, luchadora, decidida y potente no se rendiría nunca.

2018 / Jun / 18

La comida no terminó de mala forma. Alguna que otra risa conseguimos sacarnos el uno al otro intentando recordar momentos vividos a través de las redes sociales. Ambos aceptamos frente al otro que cada vez que veíamos al actor que usábamos en esas redes sociales, no podíamos evitar acordarnos del otro. A pesar de todo aquello, fue un soplo de aire fresco encontrarme con Nikolai. Esperaba, en lo posible, que la vida le fuese de maravilla.

Nos despedimos con un abrazo. Sus fuertes brazos musculados por el gimnasio casi me aplastan contra sus pectorales y agradecí por primera vez en mi vida tener los senos lo suficientemente grandes como para evitar que terminase fundiéndome con él en ese abrazo. Sabía que si aplicaba la fuerza necesaria terminaría quedándome completamente pegada a él.

Una promesa de una nueva llamada que una parte de mí esperaba que no llegase nunca.

Mi cabeza estaba hecha un completo lío. Se habían despertado emociones del pasado. El odio o la rabia había sido la primera, pero la compasión la había acompañado al ver su propio dolor reflejado en sus ojos y por otro lado, aquella Kyra que había estado enamorada de él durante tanto tiempo, me gritaba en busca de mi espíritu romántico pues en varias ocasiones, la soñadora empedernida que se creía irresistible frente a todo hombre y superior a la humanidad, encarcelada de por vida sin permitírsele volar por mi baja autoestima que rápidamente la flagelaba hasta dejarle la espalda en carne viva; había tomado una parte del control de mi mente y había puesto en la cabeza de Nikolai pensamientos que sabía de sobra que pertenecían a esa boba, amante de su egocentrismo. Esos momentos de superioridad mínimos que me permitía alguna vez a lo largo del día y que terminaban siendo en conjunto un segundo frente a una hora de tirarme piedras contra mi propio tejado para recordarme a mí misma que nadie, absolutamente nadie, podía siquiera fijarse en una nimiedad como yo.

Entonces, vino William a mi mente. Negué sintiendo cómo me escocían los ojos porque empezaba a pensar que ese mismo profesor también estaba jugando conmigo. ¿Era simplemente un títere en las manos de su titiritero? Aquello me ponía enferma. Pasaba de la alegría desmedida al dolor interno que se deslizaba hasta la parte más sensible de mí para destrozarla a base de armamento nuclear. Estaba casi tiritando, tenía el vómito en la garganta y no me había dado cuenta que mis pies me habían llevado por la calle hacia algún lugar desconocido tan solo por escapar. Necesitaba huir de todo ese dolor interno, pero… ¿cómo hacerlo si era yo mi propio problema?

Un intenso pitido me sacó de mis pensamientos. Mis ojos llorosos se giraron hacia el ruido y fui consciente en cosa de microsegundos que estaba en mitad de la carretera, que un coche venía a toda velocidad hacia mí y que no parecía dispuesto a parar. Por mi cabeza pasaron miles de cosas a la vez, pero había una que gritaba con fuerza a pesar de no poder distinguirla del todo. Ni tan siquiera se había activado mi sentido de supervivencia, estaba completamente estancada, sin saber qué hacer, a punto de ser atropellada con el grito ahogado en mi garganta.

Sentí un tirón. Alguien o algo había agarrado uno de mis brazos y me había lanzado hacia la acera más cercana. Mis rodillas se golpearon contra ésta, pero mi consciencia no pudo analizar el dolor por el impacto. Mis lágrimas se había escapado de las cuentas de mis ojos por pura inercia, pero todo mi rostro estaba de la misma forma en la que había estado cuando había visto un solo segundo antes a aquel coche aceptando que debía abrazarme a la muerte.

Ahora era capaz de distinguir ese grito que aún parecía reproducirse como un disco rallado en mi cabeza: ¡Corre! Y ni en ese momento hubiese sido capaz de correr. Mis piernas no me respondían, mi cuerpo entero no lo hacía. Era igual que si mi mente se hubiese deslizado a otro nivel en el que estaba prácticamente aislada del resto de mi anatomía.

Mi corazón volvió a latir. Se había parado durante esos segundos y ahora martilleaba dolorosamente. Tenía la cabeza embotada y lo único que era capaz de distinguir con claridad era el continuo sonido de pitidos que empezaba a dudar si no eran la reproducción que me regalaba mi cerebro de aquel oído antes.

Sentí que me elevaba en el aire y mis ojos buscaron la causa de ese fenómeno. Alguien me estaba cogiendo en volandas. Me percaté que era un hombre increíblemente musculoso y con una mirada demasiado dulce para ser normal. ¿Era éste el ángel guardián que había tenido en mi vida durante tantos años y que ahora, por temor a que toda su obra se hubiese ido al garete, había salido de ese limbo para quitarme de la carretera? ¿Podía ser eso verdad? ¿Estaba delirando? Quizá… Puede que me hubiese muerto en mitad de la carretera y que mi mente me hubiese regalado la visión de mi alma, de desaparecía del cuerpo inservible o quizá no había sido mi mente y era algún tipo de poder ancestral.

Mis rodillas empezaron a hormiguearme como si se estuviesen despertando y entonces un intenso pinchazo me despertó de mi boba ensoñación. No había muerto, estaba en brazos de un hombre que me había salvado la vida y que me miraba con preocupación como si estuviese a punto de desmayarme.

— ¿Estás bien? —preguntó una voz grave.

Mi mirada volvió a enfocar sus facciones, pude distinguir y ser consciente de su barba de varios días, la tenue sonrisa que se dibujaba en sus labios como si de esa forma pudiese tranquilizar a cualquier presa que se hubiese descontrolado. Parpadeé varias veces y dije la mayor tontería de la historia.

— ¿Eres mi ángel de la guarda?

A diferencia de lo que hubiese hecho en ese momento no me sonrojé hasta que pude razonar que era una pregunta estúpida y que estaba resultando aún más idiota a sus ojos que solamente por el hecho de haberme quedado en la carretera para ser atropellada.

Mi pregunta provocó una carcajada de mi salvador y tras sentarme en un banco o lo más parecido que encontró, abrió su mochila para ofrecerme una mandarina que comenzaba a pelar con los dedos hábiles delante de mí.

— Creo que sigues en estado de shock. ¿Cómo te llamas? —preguntó antes de entregarme un gajo de la fruta—. Prometo que no tiene veneno alguno así que puedes comerla.

Bajé mi mirada hacia el gajo y lo cogí entre mis dedos sin rozar los contrarios.

— Me llamo Kyra y… ¿quién me asegura que no le pusiste el veneno de alguna forma antes de salir de tu casa o lo acabas de colocar ahora mismo? —cuestioné llevándome el gajo a la boca esperando que no hubiese realmente esa droga.

— Kyra… no eres de por aquí, ¿verdad? —comentó con una sonrisa antes de mostrarme otro gajo de la fruta—. Éste lo comeré yo. Así si nos envenenamos lo hacemos ambos —bromeó llevándose el gajo a la boca y masticándolo mientras sus ojos no soltaban mi propia mirada—. Soy Gustav, encantado.

Sin embargo, mi cabeza parecía haberse obsesionado con la idea del ángel guardián y no la soltaba ni mucho menos. ¿Habría sido Gustav quien me había salvado cuando me caí por las escaleras siendo simplemente una niña?

Suspiré mientras la dulzura de la fruta se deslizaba por mi garganta. Era definitivo. Me había tenido que golpear la cabeza.

2018 / Jun / 18

2002

Aquella era una nueva noche en vela. No tenía ni que intentar negarme a vivirlas. Había aprendido que era una parte de mí, algo que no iba a ser capaz de controlar. Sin un horario que me hiciese ver que necesitaba una disciplina sería bastante complicado. Era igual que un bebé que se niega a vivir con las normas establecidas en la sociedad. Dormía cuanto podía cuando quería y eso terminaba siendo el resultado de que pasase noches y noches en vela intentando enfrentarme yo sola ante la posibilidad de ser la única culpable de todo lo que me estaba pasando.

¿Era eso la Psicología? ¿Había que darse cuenta que el mundo a nuestro alrededor no nos comprendía simplemente porque no éramos normales? ¿Significaba todo eso que había estado todo ese tiempo luchando contra corriente? ¿Era esa la vida que me esperaba de ahora en adelante? ¿Era la vida que me merecía? Todo dolor, todo ganas de terminar con el sufrimiento a como diese lugar. ¿Sería una persona capaz de hipotecar su vida al dolor cuando ya la religión no le sirve de consuelo?

Pensé en todo lo que había en mi vida, todo lo que había querido conseguir en algún momento. Esas notas brillantes no habían servido para nada, un análisis que yo había hecho hacía mucho tiempo. Mi inteligencia se iría pudriendo, si es que había tenido inteligencia alguna vez. Mis calificaciones seguirían llenándose de ceros cada vez que intentaba realizar un curso por no poder presentarme a los exámenes. ¿Era eso sinónimo de que sería algo parecido a un parásito social?

Tenía dieciocho años y no tenía posibilidades de futuro ni ningún propósito en mi vida. Pensaba que había estado mal antes, pensaba que sería igual que una mala racha, pero si tenía una enfermedad mental significaba que tendría que negarme a mí misma todo lo que alguna vez había querido. No había posibilidad de redención. No había forma de mirar hacia atrás para decirle a mi yo pasado que no hiciese algo, lo que fuese, que hubiese provocado todo esto. Y lo peor de todo era saber que la culpa de estar así no era de nadie más que tuya. Otras personas habían podido con las adversidades hasta tener una vida más o menos hecha, una vida más o menos satisfactoria y yo, en cambio, ¿qué podía hacer? No había nada que pudiese hacer. Absolutamente nada.

Quería llorar. Llorar de verdad. Quería secarme en lágrimas porque jamás antes había llegado a otra conclusión tan dura como aquella. No era nada más que un punto en una hoja inmaculada que ya no podía servir para los escritos importantes, pero una hoja que nadie aprovecharía, que se quedaría llenándose de polvo resguardando a ese trozo del mundo que ocupaba mientras lentamente fuese amarilleándose y en el momento que estuviese tan quemada por el sol, la arrugarían, la aplastarían y con suerte iría al reciclaje para tener otra vida mejor en un nuevo intento. Si la mala suerte me acompañaba, como de costumbre, iría al vertedero donde su nombre y sus posibilidades se perderían con los deshechos de generaciones y generaciones de la ciudad hasta que finalmente nadie la recordase.

Ese era mi destino y abrazar sin temor esa idea, tan solo podía ocurrir cuando esa persona ya no tuviese ningún anhelo en su maltrecha vida.

2018 / Jun / 18

Nos sentamos en la misma mesa después de aquel incómodo abrazo. Me quedé en la silla enfrente de la suya, sin embargo, él quiso cambiarse de sitio situándose en la que estaba al lado provocando que me sintiese ligeramente incómoda. Por suerte, era una mesa pequeña en la que cada lado del cuadrado tenía tan solo una silla, así que algo de distancia había entre nosotros.

Poniéndose cualquiera en mi situación, sería igual que enfrentarse a depilarse íntegramente delante de un estado de fútbol lleno. Una experiencia tan agradable que siempre da un placer sobrehumano si tiene que repetirse. La incomodidad estaba en el aire y por mucho disimulo que intentase, no era suficiente para enmascararlo todo. No obstante, él parecía no inmutarse. Era como si estuviese en su salsa.

— No sabes lo mucho que me alegra que estés bien, Kyra —comenzó a hablar en nuestro ruso natal.

Suspiré profundamente puesto que no deseaba tener que pensar en la posibilidad de que Nikolai aún sintiese lo más mínimo por mí. Él había terminado todo de la peor forma posible. Solamente la excusa de “no ser suficientemente bueno para mí”, le había valido para dejarme tirada, sola, sin nadie al otro lado de la pantalla, pero no había sido bastante para mantener su pajarito metido en su jaula. Aquella chica con la que estuvo la mañana anterior le miraba de una forma en la que sabes que ha habido más que palabras entre ellos.

Tomó mi mano con suavidad apretando ligeramente ésta entre sus dedos como un gesto cariñoso que para mí resultaba forzado e innecesario.

— Nikolai, estoy bien —le dirigí una pequeña sonrisa antes de separar nuestras manos y mirar al camarero que venía a tomarnos nota—. ¿Puede traerme el menú del día, por favor? —pregunté en inglés antes de que Nikolai pidiese otro igual que el mío.

Por suerte para mí, había visto que el menú del día me gustaba, de lo contrario, lo más probable es que hubiese tenido que obligar a mi cabeza a pensar cuando no estaba en el mejor momento. Tantas cosas que analizar, sobre todo ese sentimiento de culpa que no llegaba a comprender del todo.

— Yo… ni te imaginas lo que te he echado de menos —comentó con suavidad volviendo a usar nuestro idioma natal.

Mis ojos se dirigieron a los suyos y quise creer que decía la verdad, pero una intensa sombra de sospecha parecía teñirlos, o quizá, teñía mi propia mirada, aquella que ya no se fiaba prácticamente de nada de lo que veía por temor a resultar herida de nuevo y más de alguien que ya lo había hecho en un intento por “hacer lo mejor para ambos”.

— Has tenido muchos años para extrañarme y en ninguno de ellos me has dirigido un mensaje, te has intentado poner en contacto conmigo o algo semejante, al contrario, silencio, silencio y silencio. No tenía nada más de ti y mi propio orgullo me impidió ser yo la que te buscase, al menos, de la forma que pudieses darte cuenta —comenté sonrojándome y bajando mi mirada por la estupidez que había hecho en algunas ocasiones en el pasado.

— ¿Me has buscado? —preguntó sorprendido.

— Durante un tiempo lo hice por una razón, después por otra razón diferente, pero finalmente dejé de buscarte —me encogí de hombros porque no tenía sentido negar lo que había dicho previamente que hacía.

— ¿Por qué me buscabas?

Alcé mi mirada hacia sus ojos como si aquella pregunta fuese más que estúpida. ¿No sabía la respuesta? Iba a responder, sin embargo, en ese momento vino el camarero cuando el primer plato y se me olvidó por completo que lo más probable es que no entendiese nuestro idioma.

— Yo te amaba, o creía que te amaba en aquel entonces, no sé… Creo que es obvio por lo que te busqué, ¿no? —dije algo molesta mientras pinchaba los macarrones llevándome unos pocos a la boca para comer. Cuando me ponía nerviosa era lo único que lograba desestresarme un poco, la comida. La tabla de salvación que lograba hacerme sentir más culpable después.

Con la boca llena no podía contestar, pero sabía que si algo tenía que decirle abruptamente me importaría más bien poco llenarle de perdigones. El ser humano es impaciente y a menudo, prefiere hacer las cosas “ya” a esperar un par de segundos para responder si es algo que les provoca gran angustia o creen que sino perderán la palabra. ¿Puede que fuese yo la única a la que le pasase eso? ¿Quizá no era una generalización viable?

No quería indagar más en el tema así que me centré en los macarrones mientras él permanecía en silencio. Un silencio que no me resultó cómodo para nada.

— ¿Cómo podías amarme? —su voz salió casi ahogada, como si le costase pronunciar las palabras.

— Es igual que preguntarle a las nubes a qué huelen o a las estrellas porqué brillan pudiendo hacer otra cosa —me encogí de hombros antes de coger mi vaso de agua para darle un gran sorbo—. Uno no escoge de quién se enamora. Si así fuese, sería más sencillo y tendríamos menos divorcios —comenté intentando quitarle hierro al asunto.

— Pero yo te hice daño… te dejé, sin previo aviso. ¿Por qué no me odiaste?

Entonces, comprendí algo. La egoísta forma de ver todo que había tenido hasta ese momento. Cerré mis ojos maldiciéndome a mí misma por ser tan estúpida y no haberlo analizado antes.

— ¿Tú me odiaste después de cada una de mis estúpidas rabietas? —pregunté antes de mirarle a los ojos—. Ahí tienes la respuesta entonces.

Sus ojos se fijaron en los míos de una forma que no pude descifrar. Sabía que intentaban decirme algo, pero desconocía el qué. Puede que por ese motivo fuese por el que rápidamente la decepción apareció en su rostro y cambiamos rápidamente de tema para continuar con una comida tensa, deliciosa, pero increíblemente cargada de emociones imposible de analizar para todo mi cerebro.

 

2018 / Jun / 17

La música llegaba a mis oídos. Había puesto una banda sonora que no me obligase a irme con su letra para poder leer aquel libro que el profesor me había prestado. No tenía ánimos de salir de mi habitación y tenía un nuevo remedio para matar las horas en aquel lugar encerrada. Intentaba dejarme llevar por mis propias musas casi siempre, pero ¿qué amante de la literatura se niega a disfrutar de una nueva historia y de un nuevo mundo por descubrir?

La historia calaba en mi interior con fuerza. Su forma de expresarse me hacía rememorar su voz, la forma en la que me había quitado el aire con tan solo un beso y no había tenido posibilidad alguna de mostrar mayor interés del que ya tenía. Las únicas relaciones que había tenido en mi vida habían sido a través de una pantalla de ordenador. ¿Realmente sabía lo que se exigía en todo aquello? No sabía si había algún mínimo de días que dejar tras el primer beso o no, tampoco si había que llamar a esa persona novio o no. ¿Cómo diantres funcionan de verdad la relaciones entre adultos? Una cosa es leerlos en libros y pensar que eres capaz de distinguir qué se hace bien y que no. Otra, en cambio, la verdadera forma en la que tienen su función. Uno tiene que medir, actuar, pensar, siempre intentando anteponer lo que el otro va a pensar o sentir según lo que corresponde, lo que se le conoce, pero yo era de esas personas que nunca estaba realmente segura si mis propios análisis sobre el otro eran ciertos o no. Intentar ayudar no es lo mismo que leer la mente, algo que pasaba en estas situaciones.

No obstante, la historia me había atrapado por completo hasta que escuché mi teléfono sonando. Ni tan siquiera había dado cuenta de dónde le tenía. A menudo, le dejaba sin batería, descansar hasta que le necesitaba para hacer alguna llamada, pero no solía ser nada urgente. Por ese motivo, pensaba que habría vuelto a dormirse, pero me equivocaba, eso estaba claro.

Cogí el teléfono y lo desbloqueé. Al menos, aquella chatarra tenía la parte de buena de desbloquearse de forma muy sencilla. No obstante, sabía que estaría en desventaja si alguien me quitaba el teléfono. Al mirar las notificaciones observé que tenía muchos mensajes distintos de WhatsApp, mis hermanos, llamadas de mis padres, y… ¡demonios! Me había olvidado por completo.

Di en la conversación con Nikolai me había mandado miles de mensajes. Tras leerlos todos sentí como se formaba una mueca instantánea en mi rostro. Me había pedido que no me acercase de nuevo a él por ser una egoísta al no ir a la cita, pero después, al no contestar, me había preguntado en muchas ocasiones si estaba bien, qué me pasaba, qué ocurría. Me decía que había llamado a hospitales y que había intentado localizarme en hoteles, pero nadie le había podido dar esa información. Me sentía mal. Realmente mal. No es que hubiese deseado acudir a esa cita, pero por lo menos le hubiese contestado a los mensajes aunque hubiese sentido con una fresca.

Miré la hora. Era casi la hora de comer y mi estómago rugía con fuerza. Ni tan siquiera me había dado cuenta de la cantidad de horas que llevaba leyendo, y eso que tan solo había llegado a la mitad de la hechizante novela.

Estaba de buen humor, al menos, eso era lo que suponía, porque en cuanto dejé de pensar en la novela le mandé un mensaje por WhatsApp a Nikolai. Le aseguraba que estaba bien y le decía que le debía una explicación, por lo que le esperaba en el restaurante del hotel donde yo estaba para comer juntos y ver qué era eso que tenía que decirme tan importante el día anterior. No tenía ganas de ello, pero se lo debía.

Respiré profundamente antes de poner la señal en el libro y luego irme a la ducha para prepararme y así sentirme lo suficientemente fuerte como para enfrentar esta situación. Ni tan siquiera había pensado en la posibilidad de que mi ex, aunque no sabía si las relaciones a través del ordenador se pueden considerar realmente relaciones, volviese a mi vida, ahora sí, físicamente, para hablar conmigo cara a cara. No pude evitar recordar todos los momentos que amé ese rostro, el tiempo que se pasó de fondo de pantalla de mi móvil, pero ahora… ahora era todo demasiado tarde aunque era resentida, por lo que no podía evitar sentir malestar al verle por cómo hubo terminado todo.

Tras vestirme con lo menos provocativo que tenía en mi maleta, quizá por esa estúpida idea al creer que cuanto más ropa llevase menos se me vería a mí, decidí ir al restaurante donde Nikolai me esperaba con gesto serio, pero cuando me vio hizo algo que no esperaba, se levantó y me abrazó como si realmente hubiese temido por mi vida, como si todo lo que me había escrito en los mensajes fuese verdad.

No sabía qué hacer, pero le terminé devolviendo el abrazo con suavidad sintiéndome algo incómoda con el contacto. No era lo mío si no lo había planeado yo previamente.

Olía como el verano, a ese olor que tan solo se huele en la época de baño en la playa o la piscina. Nunca antes había sabido cómo era su olor. Y mucho menos, lo habría podido imaginar.

No obstante, y sin yo saberlo, alguien más observaba ese abrazo, alguien que sintió su corazón romperse en mil pedazos.

 

2018 / Jun / 15

2002

No quería ir, pero tenía que hacerlo. Lo que me había pasado no tenía sentido alguno. ¿Por qué había tenido que aceptar dejarme llevar por algo semejante? Una muerte. El único chico que se había interesado por mí se había muerto en un accidente de tráfico. Era más que evidente que no podría guardarlo durante mucho tiempo. Y siendo realista, aún no entendía qué había visto en mí, pero como una idiota había terminado aceptando que debía querer a la única persona que me ofrecía su mano para tener una vida a mi lado. Una tontería pensando en mi persona yéndose a Escocia con un desconocido a vivir una vida solamente por la promesa de que él me cuidaría. ¿Quién no se dejaría seducir por algo así?

Mi corazón palpitaba dolorosamente. Llevaba mucho tiempo llorando. Había conseguido librarme del hospital de día, pero ahora tenía que volver de la mano de mi madre quien me había pillado en varias ocasiones a punto de las lágrimas o había terminado durmiendo en la misma cama que yo para intentar calmar a esos demonios odiosos que lo único que hacían era recordarme que nadie me querría.

Sí, debía ser honesta. ¿Era su muerte la que me dolía o el hecho de quedarme teóricamente “sola” en mi pequeño mundo? Me había enamorado de un fantasma, una persona que se conectaba a internet a ratos y con la que no podía terminar casi nunca una conversación. Me preguntaba si no se estaba riendo de mí. ¿Cómo podía aquel chico haberse enamorado de alguien como yo? No era nada, absolutamente nada y él, tenía una vida allí.

Sin embargo, mi locura, mi necesidad de sentir amor y esa dependencia habían crecido exponencialmente. Le había dejado cientos de mensajes, mensajes en los que le había echado en cara no aparecer, buscando la forma posible de hacerle sentir mal por tener su vida fuera y no poder conectarse. ¿Por qué me comportaba así? No lo entendía, pero sí sabía que la ansiedad existía. Era igual que tener un arma apuntándote y sabiendo que en cualquier momento disparará, porque lo hará, no se arrepentirá en el último momento.

Y ahora, se había ido. El arma se había disparado y mis ojos habían derramados más lágrimas egoístas que de pena por su pérdida. Era como si mi propia mente hubiese aceptado que tan solo hay una persona para el otro y que nadie, absolutamente nadie más podría fijarse en alguien como yo. El egoísmo era más que claro. No podía mirar más allá de mi propio mundo. Idealizaba aquel que él me había prometido regalarme y que no podría ver jamás.

Me habían designado a una nueva psicóloga. La había tenido durante mis dos años en el hospital de día, como terapeuta de relaciones sociales e imaginaba que lo más fácil es que estuviese más que nula en esas artes. Lo único que recordaba haber trabajado con ella había sido el intentar recibir halagos, algo que jamás había podido aceptar.

Isobel, la terapeuta, me dedicó una pequeña sonrisa y tras ir a un despacho para poder hablar lo que teníamos que hablar juntas esperó a que empezase a hablar.

De mi boca salió todo lo ocurrido con aquel chico, ese contacto inusual por internet, el extraño accidente tras su marcha a Escocia y cuando pensé que ella lo comprendería como un momento de duelo pude escuchar su voz:

— Y además de eso, Kyra, ¿qué te ocurre?

Me quedé completamente sorprendida. ¿Qué quería que le dijese si eso era lo que había provocado mi recaída? Sin embargo, obligada a pensar en qué estaba pasándome, sintiéndome como en ese examen en que tenía que decir la respuesta correcta o suspendería, me pregunté algo a mí misma. ¿Era eso lo único que me pasaba o había más? Y entonces, fui consciente. Siempre había habido más, pero cosas que me daba miedo reconocerme a mí misma y que sabía que tardarían mucho en salir a la superficie.

2018 / Jun / 15

2000

Miré a quien tenía enfrente. Una nueva terapia. Psicoterapia. Me agradaba el acento del terapeuta con el que teníamos aquella terapia. Una hora intentando discernir los unos y los otros qué era lo que veíamos o entendíamos de la situación del otro, de aquello que compartía. ¿Cómo aceptar que si no le había contado cosas antes a un psicólogo a solas tenía ahora que compartir algo delante de un grupo de casi diez personas? A mis ojos era como si fuese el mundo entero.

Fruncí mi ceño suspirando. No quería hablar de nada, pero ahora los demás habían visto mi reacción y se habían mantenido en silencio mientras esperaban a que de mis labios saliese algo que poder destripar y con lo que lanzarme hachazos que no sabría esquivar.

— No tengo demasiado que decir —musité encogiéndome de hombros.

— Algo habrá —dijo con una sonrisa Mikel mientras señalaba al grupo con una mano y en la otra tenía su pulsera—, puedes compartirlo con nosotros. Intentaremos ayudarte.

Para mí era igual que encontrarse frente a un examen en blanco en el que tenía que escribir exactamente lo que ellos querían que dijese. Si no era así, el folio en blanco terminaría lleno de tachones cuando hubiese conseguido escribir un par de palabras inconexas.

— Soy de aquí, de Moscú. Tengo una madre y un padre. Mi padre también tiene problemas mentales. Tengo un hermano mayor que yo y una hermana más pequeña. Me gusta poca cosa ahora mismo y he venido desde el hospital puesto que aún tengo que pasar mis noches allí. Quieren asegurarse que venga aquí, supongo —me volví a encoger de hombros y bajé mi mirada a mis manos sobre mi regazo.

— ¿Qué es lo que te pasa?

— No sé el nombre de mi diagnóstico. Nunca he querido saberlo. Creo que es mejor que se quede en el completo anonimato para mi cabeza, pero no considero que tenga que estar aquí. ¿Qué podéis hacer aquí que en otros sitios no? —cuestioné mientras mis ojos se alzaban mirando a través del grueso cristal de mis gafas al terapeuta que no quitó su mirada amable ni un solo segundo.

— Lo que podemos hacer es lo que tú quieras que hagamos, Kyra. Nada más —volvió a sonreírme.

Fruncí mi ceño antes de suspirar profundamente. Debía aceptar la realidad. Todo lo que dijese en ese momento sería un intento por hacerle entender que yo no necesitaba estar allí, pero ellos en cambio habían tomado la decisión contraria. Parecía que aquella casa donde muchos chicos se reunían durante un montón de horas sería mi única salvación.

— Dicen que estoy obsesionada —salió de repente de mis labios y tras darme cuenta que lo había dicho, bajé mi mirada a mis manos—. No es algo que sea agradable de oír.

— Por supuesto que no. ¿Y con qué dicen que estás obsesionada?

— Con un grupo de música. He ido a varios conciertos suyos por aquí cerca y gracias a ellos conseguí tener un grupo de amigas que… bueno, finalmente me dejaron tan tirada como a una colilla. Lo hicieron por internet que es lo más gracioso —reí sin ganas antes de cruzar mis piernas y mis brazos en señal inequívoca de defensa.

— ¿Con qué grupo si puede saberse? —preguntó con aquel tono suave y cuidadoso.

— Markov —dije rápidamente y noté como mis mejillas se sonrojaron cuando el resto de los compañeros comenzaron a cuchichear—. Sí, lo sé, son horribles, no los sigue casi nadie, pero a mí me gustan sus canciones.

Me había puesto en posición defensiva. Ya no había forma alguna en la que pudiesen decirme nada que no hiriese esa capa de hielo que me recubría, de la que se escapaban trozos que terminaban enterrándose como cuchillos en mi corazón maltrecho.

2018 / Jun / 15

Caminé detrás de él a toda la velocidad que podía. No sabía dónde me llevaba. No hablaba, simplemente se limitaba a caminar, a guiarme hacia algún lugar y por mi mente pasó la posibilidad de que ese hombre fuese un asesino en serie que terminase por no aplazar ni un solo momento más su verdadero objetivo. La idea tan bien formada en mi cabeza comenzó a hacerme titubear. Era exactamente igual que tener una cuerda agarrada a la cintura de la que han empezado a tirar para que no puedas seguir avanzando.

Me preparé mentalmente de todas las formas que sabía. Tenía varias opciones: la primera, salir corriendo y gritar auxilio en aquella calle más o menos transitada; la segunda, podía defenderme en el momento que me atacase, sin embargo, no la veía demasiado plausible, si tan solo hubiese aceptado aprender judo de manos de mi padre…; y la tercera, aceptar que mi curiosidad era mayor e intentar por todos los medios mantenerme a una distancia lo suficientemente prudencial como para que no pudiese matarme sin que yo pudiese intentar escapar.

William estaba serio, cabizbajo, taciturno. En su semblante no podía leerse nada, pero mi cabeza rápidamente le colocaba tantos posibles pensamientos que ni aunque hubiese sido capaz de pensar en los millones y millones de posibilidades que había, hubiese acertado en lo que pasaba por su mente o no lo hubiese considerado factible aunque fuese un número de esa larga lista.

Entramos en Central Park. Podía escuchar la voz de mi madre, o de esas madres de las películas, advirtiendo a sus hijas que no fuesen de noche por Central Park ni tampoco se fuesen con desconocidos. Bien, estaba incumpliendo las dos cosas y aún así mis pies seguían tirando de esa cuerda invisible para poder saber qué hacíamos allí.

Me sorprendí al ver que nos parábamos frente a la estatua de Alicia en el país de las maravillas. ¿Por qué aquí? ¿Por qué precisamente aquí? ¿Era algún tipo de ritual extraño? Sin embargo, antes de que pudiese preguntar nada sus fuertes manos habían tomado mi rostro entre ellas y sus labios besaron los míos de una forma que despertó cada milímetro de mi ser.

¡Mi primer beso! Estaba recibiendo mi primer beso y ni tan siquiera sabía cómo reaccionar. ¿Qué significaba todo esto? ¿Le gustaba entonces o era de los hombres que buscaban una mujer con la que tener un polvo y ya? Por medio segundo me sentí fatal, pero el resto de mi cuerpo me pedía reaccionar. Había desaparecido la cuerda de mi cintura y de no ser así, había decidido cambiar de dueño y rodear al hombre que me estaba entregando uno de los momentos más románticos de mi vida.

Mis brazos rodearon su cuello y respondí aquel beso tan torpemente que me sonrojé hasta las orejas. Él se daría cuenta que no había besado a un solo hombre en mi vida, pero esperaba que aquel beso fuese tan especial para él como para mí.

Era más alto que yo y eso era algo que siempre había querido experimentar en el primer beso. ¿Por qué razón? Lo desconocía. Pero lo que disfrutaba como nunca era la picazón de una barba contra mi piel.

Poco a poco se retiró dejándome con una boba sonrisa en los labios y el sonrojo aún más presente en mis mejillas. Sentía que me ardía toda la cara, que esas mariposas en el estómago se habían convertido en abejas que taladraban mi interior con sus aguijones. Temía abrir los ojos y descubrir que todo aquello lo había soñado, pero tuve que hacerlo mientras sus pulgares acariciaban mis mejillas.

— Así es como se da un beso —musitó con una pequeña sonrisa en sus labios aunque parecía estar en otro lugar en ese momento.

¡Maldición! ¿Había sido tan evidente? ¿Podía saber cualquiera que ese había sido mi primer y único beso? Bueno, en realidad, mentía en cierta forma. Durante mi veintena, mis primos que habían nacido en esos años me regalaron besos en los labios. No obstante, ¿cómo puedes aceptar que ese sea mi primer beso? Era un primo al que habían acostumbrado a besar en los labios a sus padres desde pequeñito y por eso me los daba a mí como a todos los demás sin encontrar diferencia alguna. En aquel momento tendría como mucho cuatro años, la edad que tendría mi prima cuando jugando me había dado mi segundo y tercer beso. Le divertía mi reacción cuando intentaba evitar el beso. Yo se los daba en la nariz, pero a ella le pareció más divertido de esa forma. Ahora, en cambio, sí había recibido mi primer beso, un beso que me habían dado con amor, o con algún tipo de sentimiento.

Mis ojos se fijaron en los ajenos que me miraban sin verme realmente. Me preguntaba qué estaría pasando por su cabeza y los celos se deslizaron por mis entrañas con demasiada rapidez, como si pensase él en otra mujer, como si yo pudiese leerlo claramente.

Entonces, me paré. No. ¡Demonios! Quería gritarme por no permitirme disfrutar de algo. ¿Por qué no podía hacerlo? ¿Por qué siempre había segundas y oscuras intenciones? ¿Por qué no aceptaba que tenía que buscar mi felicidad de alguna forma y que no era ese el camino ni mucho menos?

Quería abrazarle en ese momento, quería apretarme contra su pecho, pero en lugar de eso, él tomó mi mano y regresamos el camino antes andado. Hubiese querido preguntarle porqué delante de aquella estatua, pero una vocecita en mi interior me susurró que quizá no querría saber la respuesta y puede que por hacerle siempre caso me comí mis palabras.

Finalmente llegamos al hotel y en la puerta no pude evitar repetir ese beso acariciando su mejilla con mis dedos. Él lo respondió, rodeando mi cintura con sus brazos y ahí fue el instante en que quise que el tiempo se detuviese para siempre.

2018 / Jun / 14

2000

Me habían designado un grupo. Había tenido que aceptar la idea de pasar allí dos años de mi vida. Dos inmensos años. ¿Cómo podría hacerlo si deseaba gritarles y hacerles entender por la fuerza que yo no era como esos seres que estaban delante de mí? Todas las chicas parecían hablar de problemas de alimentación. Me preguntaba si todas salvo aquella que se había jactado de su psicopatía estaban allí por los alimentos. ¿Cómo me ayudaría eso a mí? Si bajaba la mirada era más que evidente que yo no vomitaba ni dejaba de comer, yo me comía todo lo que pudiese para satisfacer una parte de mi ser que me lo suplicaba como si hubiese pasado siglos alimentándome del aire. Engordar parecía mi propósito en la vida. Había hecho tantas veces dietas que ni tan siquiera lo recordaba y en el hospital me obligaban a mantenerla. Una en la que también incluían fibra.

Me estremecí tan solo pensando en esos biscotes integrales, sosos, sin sustancia. Parecía que también estaba la dieta de las calorías que me hubiesen puesto, reñida con la sal. ¿Qué más daría que estuviesen algo más sabrosos los platos? Puede que si estaban sabrosos alguien consiguiese comérselos sin tener que encomendarse a todos los santos del cielo. La gente se quejaba de la comida de los hospitales, con conocimiento de causa podía decir que la comida de dieta era aún peor que la normal que había tenido en mi primer ingreso.

Observé a mis compañeros. Había vuelto a perderme en mis pensamientos recordando el desayuno de aquella mañana. Ni tan siquiera sabía cómo no vomitaba cuando llegaba allí. Puede que fuese porque mis padres eran los que me llevaban y recogían, los que tenían un rato para estar conmigo, los que me abrazaban cuando salía encontrándome al borde del llanto por tener que escuchar demasiadas cosas a mi disgusto.

Había tenido que aprenderme un horario. Tenía varias terapias separada del resto de los grupos y una terapia grupal en la que podías recibir hasta en lo indecible. En aquella que había hecho el ridículo buscando que aceptasen que yo no era como los demás. ¿Por qué no ver, oír y callar? ¿Por qué no había aprendido de mi vida anterior? ¿No era mejor ser invisible? ¿No era mejor colocarse de alguna forma sobre el bien y el mal para evitar sufrir de cara a los demás aunque las noches se llenasen de las lágrimas que no se habían podido derramar durante el día o, en su defecto, transformarse en veneno ponzoñoso que lanzarles con la mirada o con algún comentario mordaz que, a menudo, se quedaban en petit comité. Yo conmigo misma.

En ese momento estaba en terapia escrita. Nos habían mandado escribir algo más artístico, al menos, a mi parecer. Por primera vez en semanas había cogido el bolígrafo con una sonrisa intentando escapar de mi comisura y me había puesto a redactar como una loca. Sin descanso. Un paseo en el parque…

“Me había perdido. Había desaparecido mi camino en algún momento en que seguramente había terminado por distraerme con alguna flor o un bicho de aquellos que esperas que no se pongan sobre ninguna parte de tu cuerpo.

El cielo había comenzado a oscurecerse. Las nubes negras amenazaban tormenta. La oscuridad parecía cubrirme por completo mientras una parte de mi ser clamaba por un refugio. Entonces, entre los árboles, pude ver una casa.

No lo pensé demasiado cuando decidí ir hasta ella. A medida que me acercaba se podía ver con mayor claridad que aquella casa estaba abandonada, vieja. Todo era suciedad y oscuridad en su interior, pero parecía haber algo. Era un brillo, un brillo que me llamaba como si fuese una polilla acercándose a la luz. Y mi malsana curiosidad no se sanaba con conjeturas sino con certezas plenas. Era o blanco o negro, no había ninguna escala de grises.

Abrí la verja y el chirrido del metal hizo que me estremeciese. Parecía una casa encantada. En algún momento vería un fantasma o quizá algo peor. Pero a pesar de los nervios que se agarraban con fuerza a mi estómago, mis pasos estaban decididos a descubrir qué era lo que me reclamaba cual canto de sirena.

Me metí dentro de la casa por una de las ventanas. El acceso no era fácil, pero la ventana estaba rota, así que la vía estaba libre.

Una vez allí miré el interior. Había telarañas, todo eran muebles comidos por las termitas. Seguramente había sido hermosa en su momento. Las contraventanas golpeaban con fuerza por el viento mientras el suelo se quejaba a cada paso que daba para integrarme en el lugar. Los libros de la vieja estantería parecían a punto de caerse y sin embargo, mi mano se acercó a algo brillante colgado en una de las paredes. Quité la capa de polvo al darme cuenta que era un espejo y el reflejo del interior de la casa logró hacerme llorar. Podía ver la hermosura de antaño, la luz perdida, su resplandor inusitado y su belleza antes admirada y terminada por abandonarse a su suerte.”

Al dejar el bolígrafo estaba satisfecha. De una manera incomprensible para mí. Años más tarde sabría lo que había hecho. Había descubierto la verdadera pasión de encontrar en las letras la forma de descargar un alma soñadora y cargada de sufrimiento.

2018 / Jun / 09

Ahí estaba el momento de inflexión. Ese momento en que se abría la puerta, algo siempre temible en mí. Todo lo que saliese de sus labios podía ser una confirmación de misterios intuidos, sensaciones extrañas y sobre todo, un claro reconocimiento de mi ineptitud a la hora de escoger compañeros amorosos o de amistad. Sin embargo, no me levanté y huí, sino que me quedé ahí escuchando todo aquello que estuviese dispuesto a compartir conmigo.

— Nací en Alemania. Tenía una madre… bueno, no puedo negar que biológicamente es mi madre y la de mis hermanos, pero jamás me hizo mucha gracia una vez que fui consciente de todo lo que tenía que padecer sin merecerlo. Mi madre se acostaba con unos y con otros, en relaciones bastante tormentosas, solamente por buscar algo de cariño y estabilidad. Había buenas épocas, épocas en las que adoraba pasar cada segundo a su lado y al de la pareja que tuviese, pero todo sol se pone y las noches terminaron repletas de gritos, miedos e intentos por mi parte de evitar males aún mayores que aquellos que pudiesen hacerle a mi… madre —dijo la palabra de forma tan despectiva que hasta parecía dolerle calificar de esa forma a su progenitora—. Por supuesto, nunca supe quién era mi padre. Lo único que tenemos en común mis hermanos y yo es haber nacido del mismo vientre, porque cada uno tiene un padre distinto. Los mayores terminamos cuidando de los más pequeños y… bueno, no supimos mucho más de ella después —aspiró profundamente antes de mirarme fijamente a los ojos—. Ella, bueno, mal vivió. Ni tan siquiera sé cómo lo logró. Drogas, alcohol… bicho malo nunca muere, supongo. La busqué y encontré hace dos años. Me estoy encargando de su rehabilitación. Le pago su desintoxicación, pero es recaída tras recaída.

Al ver su expresión y la forma en que había terminado desviando la mirada como si aquel secreto fuese lo más embarazoso que tuviese en su interior no provocó en mí otra reacción salvo aquella de desear cuidarle de todas las formas posibles. Por ese motivo, y sin pensar antes, apoyé mi mano sobre la suya en la mesa y apreté ligeramente esta entre mis dedos puesto que no sabía demasiadas formas de demostrar afecto y comprensión sin parecer distante e insensible.

Sus ojos se posaron sobre nuestras manos y después en mi rostro antes de provocar un sonrojo inmediato en mis mejillas como si hubiese hecho algo indebido. Al quitar la mano de la suya casi a punto de perdirle disculpas, él retiró la suya moviendo ligeramente sus articulaciones como si se le hubiese quedado entumecida. Por mi parte, en cambio, había sentido algo difícil de explicar. La fortaleza de sus manos mezclada con la suavidad de su piel aunque menos que mi propia suavidad fue realmente gratificante y mi estómago se quejó de manera silenciosa por ese cosquilleo inesperado.

Finalmente decidí no comentar nada sobre lo ocurrido, el perdón se había quedado completamente atascado en mi garganta y era poco probable que lograse sacarlo en poco tiempo puesto que a cada minuto que pasaba, mi cabeza me recordaba que era demasiado tarde para mencionar nada o dar algún tipo de respuesta a lo ocurrido.

— Lamento que haya sufrido tanto… pero ese acto de ayudar a su madre es… algo que no haría cualquiera, profesor —musité con un hilo de voz y di un sorbo a mi vaso de agua esperando de esa forma calmar un poco mis nervios y el mal rato por su silencio prolongado.

Nos terminamos nuestras cenas en un ambiente algo más tenso que el deseado por mí. Tenía la sensación de que no volvería a verle, de que había metido la pata considerablemente y quizá aquello me hizo maquinar demasiadas cosas a la vez.

Antes de que me diese cuenta él había pagado nuestra cena y tras esperar a que yo me levantase de la silla caminar conmigo hasta la recepción donde, por raro que pareciese, la señora que le hacía ojitos a cada rato no estaba.

Nos quedamos mirándonos unos segundos y finalmente hice lo que no debía, o al menos, eso pensé. Me acerqué lo suficiente a él como para darle un beso, mi primer beso, pero mis nervios fueron tales que en el último momento me arrepentí y besé la comisura de sus labios tan solo. Completamente sonrojada musité un tímido “buenas noches” y fui tan rápida como pude hacia mi habitación maldiciéndome de mi soberana estupidez. Si antes no tenía aún todas las intenciones de irse de mi vida, ahora desde luego que lo haría. ¿Qué mujer de más de treinta años no se atreve a dar un beso? La mujer de más de treinta años que no había recibido ni tan siquiera el primero.

Al llegar a la habitación metí la llave en la cerradura y entré en ella tirando el bolso de cóctel sobre la cama. Sin embargo, el roce mísero de nuestros labios aún seguía quemando los míos propios como si tuviesen vida propia o estuviesen sometidos a un hechizo.

Fui a quitarme los zapatos, pero entonces sonó la puerta. No sabía quién podía ser por lo que rápidamente me tensé de pies a cabeza. Finalmente, en la segunda llamada con nudillos me atreví a abrirla encontrándome a William en el pasillo, esperando pacientemente y cuando estuve frente a él, tan sonrojada como temerosa, de sus labios escapó:

— Sígame —como una orden que no permitía réplica alguna.