2018 / Jun / 21

2002

Había encendido el ordenador de nuevo. Tenía uno pequeño. Un netbook rojo, adorable, pero que había tratado tan mal que había terminado cayéndose tropecientas veces provocando que en una ocasión una de las esquinas de la parte que cubría el trasero de la pantalla desapareciese en combate y mostrase para todo el polvo que quisiese entrar, su interior lleno de cables.

Había aprendido a encontrar un tipo de evasión. Messenger había sido mi salida para casi todo en aquellos últimos meses. Había aparcado prácticamente la lectura, pero había retomado la escritura y fotolog era testigo de ello y de mis problemas también por estar metida en un mundo donde cualquiera puede criticar sin ningún tipo de problemas. No me sorprendía que lo hicieran. Tampoco había demasiado que destacar de mí, pero sí me sorprendía la facilidad que tenían las personas de contar aquello que yo les comentaba en confianza. ¿Soy realista? Creo que el problema estaba evidentemente en mí. No sabía escoger en quienes confiar porque, ¿cómo te puedes fiar de alguien a quien no le estás viendo la cara y que quizá es esa misma persona que estás criticando?

Mi primer problema en las redes sociales con respecto a la escritura había tenido que ver con todas esas condenadas personas que leían una historia de otra. No me importaba que lo hiciese, pero había similitudes entre la suya y la mía, algo que había dicho a alguien y había creído que podía confiar en esa persona. ERROR DE NOVATA. La susodicha se lo había dicho a la otra persona y ¡pum! todo un texto hablando de lo malísima persona que soy y blablabla. ¿Alguien podía imaginarse hasta el punto de humillación que llegué? Era doloroso, demasiado. Esa persona había ido destrozando mi reputación poniéndose de víctima y la única posibilidad de respuesta por mi parte había sido cerrar el fotolog correspondiente.

Sí, reconocía que había sido una condenada borde con esa chica, pero… el enemigo es el enemigo. No podía evitar comprarme con ella y aunque mi forma de escribir no era maravillosa, ni mucho menos, estaba molesta porque un montón de personas adoraban algo escrito de forma tan nefasta que resultaba hasta doloroso.

En realidad, no podía evitar sentir que yo no era igualmente valorada y ni tan siquiera me había pasado el tiempo leyendo su historia, lo que había leído habían sido los comentarios de algunas de sus lectoras. Era un narcisismo en estado puro, el mío. Si no es para mí, no vale la pena. Aún así, y a pesar de todo, no deseaba en ningún momento que todo hubiese llegado a ese punto y mucho menos cuando lo único que había hecho había sido hacer un comentario a alguien.

Es difícil. Muy difícil. Pero era una prueba más del destino. ¿Por qué no aceptar de una vez por todas que yo no encajaba en la sociedad? Seguía y seguía luchando para recibir un nuevo bofetón, merecido seguramente, pero que no por ello picaba menos ni se volvía la excusa perfecta para mandar al mundo entero a la mierda y aislarme otra vez como una pequeña tortuga escondiéndose en su caparazón.

Si crecer era esto, si vivir era pegarte siempre contra la pared por culpa de uno mismo, ¿por qué no había mandado al diablo todo cuando pude? Mi madre, quizá por alguna razón demoníaca y no celestial, había aparecido para que continuase la tortura. ¿Era un juego divertido para alguien? A veces, pensaba que sí. Quizá podía tener sentido esa teoría filosófica en la que no somos nada más que un sueño de un gigante. Puede que ese mismo gigante tuviese algún tipo de trastorno que provocase tantos problemas en la humanidad de su mente y también puede que me hubiese escogido a mí como actriz protagonista en una de los dramas que contaría después a sus compañeros cuando se despertase. !La locura de Kyra! Próximamente en 50D porque dudaba que las tres dimensiones fuesen suficientes para unos bichos tan grandes que nos pudiesen albergar a los billones de personas del planeta.

Respiré hondo. Debía hacerlo. Permanecía escondida para todo el mundo. Había cerrado aquel fotolog, sin embargo, había abierto otro por pura iniciativa. Necesitaba expresarme, escribir. ¿Era aquello tan malo después de todo?

Sin embargo, en cuanto el messenger estuvo encendido una ventanita se abrió. Aquella a la que llamaba hermanita porque en un juego habíamos sido hermanas, me había escrito un mensaje. Leí sin poder creerme todo lo que estaba allí escrito. Aquel chico que había pasado a mejor vida en Escocia, el primero que se había interesado por mí, era falso, completamente falso. Detrás de él había estado una chica haciéndose pasar por chico, jugando con mis sentimientos con los que mi “hermanita”. Quise gritar, deseaba hacerlo, sin embargo, en su lugar le deseé todos los males del mundo a aquella tiparraca que me había hecho llorar durante días por una muerte falsa. ¿Cómo demonios se podía ser tan cruel?

 

2018 / Jun / 20

Tras una pequeña conversación con su familia, llamaron a Catherine para que hiciese su presentación. Ella había optado por una indumentaria fina, pero que lamentablemente no la rejuvenecía ni un solo año, es más, le sumaba años a sus hombros. Una lástima que fuese tan inteligente en algunos aspectos, pero que no se diese cuenta de cómo podía sacarse provecho a sí misma. A menudo, las mentes inteligentes están encerradas en cuerpos que para ellos no son la prioridad, ni mucho menos.

Sentada al lado de William podía sentirme en medio de un montón de colores apagados. Todo eran negros, azules sin brillo, tonos demasiado fríos y yo parecía la única luz entre tanta sombra o la persona discordante en aquel acto. Era como un punto rosa en un fondo negro. Si se me observaba desde lejos podía asegurar que parecía tener una señal o algún tipo de foco indicando que allí había alguien que no pertenecía a todo ese mundo.

Catherine se puso tras un atril. Colocó el micrófono que hizo un ruido atronador y me obligó a arrugar el gesto en una mueca de desagrado. Miré a William quien no parecía haber realizado ni un solo movimiento en sus facciones. Suspiré profundamente y me recordé a mí misma que hay personas que no muestran tan fácilmente como yo su desagrado o cualquier emoción. Mi rostro era igual que un folio escrito en todos los idiomas y mi voz les indicaba fácilmente a quienes no veían mi rostro qué no era de mi agrado.

— Muchísimas gracias por haber venido a la presentación de mi nuevo libro. Como sabéis, uno de los mayores misterios de la humanidad es el verdadero funcionamiento del cerebro. Hemos preestablecido unas teorías sobre las que hemos terminado desarrollando diferentes métodos de respuesta que a nuestros ojos resultan completamente comprensibles, incluso lógicos en su complejidad, pero… ¿estamos seguros de que acertamos cuando hablamos de ello? —hizo una pausa a la que atribuí cierto dramatismo, como si ella tuviera la respuesta a aquella pregunta que nadie había podido contestar aún—. Es sorprendente el cambio que estamos viendo en la evolución del ser humano. Como muchos consideran debilidad en lo que otros creemos que es consciencia de uno mismo. Estamos frente a personas que no temen manifestar su deseo de expresar su desagrado sobre las técnicas que durante tantos años hemos mantenido casi como un mantra. ¿Es parte entonces del ser humano quejarse de todo lo que no alimenta su ego o tienen razón al expresarnos que nosotros mismos, a menudo, caminamos sobre arenas movedizas?

Di un sorbo a su vaso de agua mientras mi cabeza se apoyaba en el hombro de William casi por un instinto de buscar refugio por todo lo que estaba llegando a mis oídos.

— ¿Es realmente más sabio aquel que puede expresar esa experiencia vivida o tan solo el que la ve desde fuera? —continuó antes de mirar a todos los presentes—. En mi nuevo libro llevo a cabo estos análisis, esta forma de pensar y este movimiento que está revolucionando por completo la Psicología pues ahora no somos tan solo los considerados antes como expertos quienes opinamos del tema, sino aquellos que han superado lo suficiente sus propias dificultades para abrirnos algo más de luz en sus mentes.

— ¿Está bien, señorita Mijáilova? —preguntó la voz de William y alcé ligeramente mi mirada hasta encontrarme con sus ojos claros que una parte de mí quiso ver que estaban teñidos de preocupación.

Asentí lentamente y pude sentir un ligero cosquilleo por la forma en que su respiración chocaba contra mi piel. Bajé mi mirada inevitablemente a sus labios y besé su boca con lentitud. En uno de esos besos en los que cada segundo cuenta, cada momento previo y durante el beso. Mis dedos se habían agarrado a la manga de la chaqueta del profesor y mi boca le demandaba como si me sintiese expuesta ante el mundo y quisiese que él fuese quien me cubriese por completo.

No sé cuánto estuve besándole, pero sé que él fue quien tuvo que separarnos por alguna razón que pudiese tener que ver con aquel fuego interno que había comenzado a consumir mi interior.

— En cuanto termine la presentación iremos a comer algo —susurró rozando con sus labios los míos a la hora de hablar.

Para mí esos míseros toques eran igual que una tentación velada. Me daba sus labios para luego quitármelos. Me demandaba para luego negarme. Era igual que jugar con un gato y una luz que se mueve cerca de él. Cuando cree haberla cazado ha desaparecido entre sus garras. Y así me sentía yo en ese momento, tentada y cuando parecía estar a punto de recibir mi recompensa sus labios me rehuían. ¿Era un juego común? ¿Era parte de una tortura producida por un placer desconocido? Quizá mi manera de ser tan común a la de un niño que necesita satisfacción inmediata provocaba que esos juegos se escapasen de mi control, o quizá, lo que se escapaba a mi control, es que no era yo quien ideaba ese juego ni sabía las intenciones del mismo.

Nos separamos definitivamente para escuchar a su madre. Catherine respondía ahora las preguntas de aquellos que conocían sobre el sector y me obligué a no levantar la mano para hablar sobre la que era mi profesión y lo que yo había vivido en carne propia. Estaba realmente avergonzada de haber pasado por lo que había pasado. No era aún capaz de admitir en voz alta determinadas cosas y no podría manifestar delante de todo el mundo que yo era una de todos aquellos a los que miraban a través de una dichosa lupa, que yo sabía lo que se sentía en los instantes en que estabas llorando frente a una persona que el único sentimiento que te demostraba era acercarte el pañuelo de papel que tuviese más a mano aunque le hubieses dicho hace dos segundos que tan solo querías sentir cariño, ser amada y que los abrazos no fuesen algo raro para ti.

Miré las cámaras por todas partes y supe que sería un momento perfecto, pero la parte temerosa dijo que no era ahora ni sería nunca.

2018 / Jun / 20

El glamour y los lujos no era algo a lo que cualquiera se acostumbrase fácilmente. Seguramente muchos se deslumbrarían por todo lo que se puede conseguir con chasquear los dedos cuando tienes cierto poder adquisitivo, pero para mí, todo aquello era abrumante. Todas las sonrisas iban dirigidas a ti, pero ese tipo de sonrisas que uno sabe que son falsas, que son por cumplir, que lo hacen porque se supone que eres alguien, que le importas a alguien más que a tu padre y a tu madre.

Me pregunté a mí misma si sería bueno para mí que me crease una versión ficticia de mí para ese momento. Todos eran escritores o eruditos en sus materias de trabajo o estudio. Yo, a duras penas si había podido sacarme la carrera hacía dos años. Ser especial, no era un calificativo que pudiese describirme. Era una persona común y corriente, tirando a bastante mediocre en algunos aspectos y con tantos defectos que podrían resultar angustiosos si eran observados de cerca.

William parecía estar en su salsa y me sorprendí de que él fuese así con otros y conmigo necesitase casi que le inyectase un remedio a lo “veritaserum” en vena para poder saber qué diablos pasaba por su cabeza o, en su defecto, si tenía un par de hermanos. Aquello podía molestarme, pero puede que fuese alguien parecido a mí, alguien que tuviese que esconder secretos que nadie conocía y temiese que en cualquier momento esos secretos, en la persona adecuada, le hiciesen tanto daño que le desangrase casi por completo. Quizá fuese por esa idea mía, pero algo en mi interior había comenzado a enternecerse ante la posibilidad de que él creyese que yo podía hacerle daño cuando estaba segura que si lo llevábamos a la práctica, él ya tenía todo el poder de destruirme con tan solo dos palabras.

Por ese motivo, por el sufrimiento ajeno, me aferré a él intentando darle algo de consuelo aunque no lo necesitase a simple vista. De alguna forma quería demostrarle que estaba ahí, para él, pero no veía reciprocidad en nada de lo que hacía. ¿Podía estar segura de no ser esa muñeca entre sus dedos con la que se estaba divirtiendo en ese momento? Quizá había jugado tantas veces con otras mujeres como lo hacía conmigo. Ni un mísero piropo había recibido hasta el día de hoy. ¿Pero no era también cierto que él no era mi prototipo físicamente en el momento que le conocí? Mi mente estaba hecha un lío. Seguramente estaba cometiendo todos los fallos que se cometen en la primera relación, donde todas las verdaderas inseguridad salen a relucir y ese momento no indicaba nada más que un punto de inflexión en mí. Una parte de mi mente había firmado un ultimátum consigo misma. Si recibía algún rechazo me escaparía de su vida.

Cerré mis ojos con fuerza unos instantes antes de escuchar la grave voz de William sacarme de mis pensamientos. Le miré con una ligera sonrisa en mis labios y supe que me estaba estudiando, como si quisiese leerme la mente, por lo que me obligué a calmar mis completas locuras e inseguridades, tenerlas bajo mi mandato, dado que no dejaría que me hiciesen sufrir. Antes de ser golpeada, esta gatita salvaje había aprendido a morder.

— Catherine nos está esperando —comentó antes de que asintiese.

Fui con él hasta el lugar donde la catedrática nos sonreía a ambos con amabilidad. Pude fijarme bien en ella. Era una mujer algo entrada en carnes, pero no demasiado. Su expresión generalmente era severa, pero se suavizaba rápidamente cuando la sonrisa se deslizaba por sus labios finos, que en esta ocasión había pintado de un tono nude que no era capaz de descubrir. ¿Qué color era ese?

— Kyra… ¡me alegra que estés aquí! —comentó la mujer.

Me sorprendí porque ella había decidido hablarme por mi nombre de pila. Recibí gustosa los dos besos que me daba y los que acto seguido me entregaba el padre de William. ¿Cómo diantres había dicho ayer que se llamaba? Los nombres no eran lo mío, desde luego. Las caras sí. Aunque supongo que estaba tan molesta por lo que pensaba que había dicho el profesor que ni tan siquiera había prestado atención para quedarme con un nombre que tendría que olvidar en cuanto le diese una bofetada a su hijo por meterse donde no le llaman.

Me había confundido de cabo a rabo y ahora no quería meter la pata de ninguna forma.

— A mí también me alegra volver a verles —respondí con una sonrisa amable y sincera en mis labios. ¿Cómo no sentir un repentino impulso de gusto y de agradecimiento con el mundo cuando te recibían de aquella manera?

Mi cabeza, mientras tanto, estaba analizando el comportamiento tan diferente de William con respecto a su familia. Ellos eran cercanos, accesibles, se encariñaban fácilmente. Él, en cambio, permanecía tratando a todo el mundo de usted, poniendo una barrera entre él y el mundo. ¿Tanto desconfiaba? Era evidente que el trato desfavorable que había recibido durante su infancia había provocado que él terminase así, alejado del mundo, negándose a sentir. ¿Y no había sido yo misma así también? Tras el acoso escolar, tras el rechazo de toda persona que conocía, ¿cómo no podías encolerizarte y obligarte a que si el mundo no te aceptaba te importase una mierda? ¿Estaba ante un reflejo de mis propias respuesta del pasado? ¿Tendría también ese hambre por ser amado, querido y necesitado por alguien en quien pudiese confiar con los ojos cerrados?

A veces las personas llenas de sombras se atraen como aquellos con los mismos ideales. Es como una fuerza cósmica, algo sobrenatural, que nos hace saber que el otro sufre y nos necesita como nosotros a él. 

2018 / Jun / 20

2002

Dirty Diana comenzaba a reproducirse en mis auriculares. Mis labios se movían como si la canción cantada por Michael Jackson fuese reproducida por mi propia voz mientras en mi mente no podía dejar de visualizar el videoclip en el que había estado centrándome durante mucho tiempo. Ahora tenía una nueva obsesión, bailar como aquel hombre inimitable.

Mis hombros se movían en los momentos en los que lo hacían los ajenos, sin embargo, mi pecho grande no hacía posible que tan solo se moviesen ellos, sino que por el movimiento realizado terminaba notándolos moverse rompiendo por completo la magia de la ensoñación.

Imaginaba que tenía un micrófono y me dedicaba a buscar ser la copia perfecta de él, pero en mujer. Imitaba hasta sus grititos, me sabía las respiraciones trabajosas, llevaba a la actuación todo lo que la canción expresaba y también los momentos de sorpresa que nos entregaba con cada final de las estrofas.

You never make me stay
So take your weight off of me
I know your every move
So won’t you just let me be
I’ve been here times before
But I was too blind to see
That you seduce every man
This time you won’t seduce me

Señalaba hacia el mismo lado que él lo hacía. Me pasaba la mano por el pelo imaginándome unos rizos inexistentes y aunque lo único que tenía delante de mí era mi cama y la ventana de mi habitación unos cuatro metros más allá, podía ver los ojos de personas completamente emocionadas porque cantaba y bailaba como Michael Jackson, un prodigio incomparable.

Mi rostro imitaba sus expresiones. Cualquiera hubiese pensado que hubiese entrado en ese momento probablemente hubiese pensado que era patético que me creyese la reencarnación de ese hombre o algo parecido, pero mi cabeza soñaba con tener la posibilidad de estar algún día en un escenario con él, y abrazarme a esa idea no era estúpido, ¿no? Todos soñábamos, todos queríamos ser alguien en nuestra vida y en algún momento queríamos ser cantantes. No obstante, yo no podía evitar desear ser más que eso, quería ser la máxima potencia elevado al máximo exponente.

Smooth Criminal comenzó a sonar y me moví al ritmo de la coreografía en el videoclip. Paseaba por mi habitación como si fuese aquel local ambientado en los años veinte o treinta. Me había puesto el gorro que me había comprado para imitarle. El único problema era que era completamente negro y no era blanco como en ese vídeo, pero me dije a mí misma que en algún momento conseguiría otro gorro que cumpliese con todos los requisitos.

Annie, are you okay, you okay, you okay, Annie?
Annie, are you okay, you okay, you okay, Annie?
Annie, are you okay, you okay, you okay, Annie?
Annie, are you okay, you okay, you okay, Annie?

Entonces comenzaba ese momento agónico con esos gritos de socorro que suplicaban por saber si Annie estaba bien. Y el colofón final, ese baile que comenzaba y terminaba volviéndonos a todos locos con la inclinación en cuarenta y cinco grados que mis talones de Aquiles no eran capaces de soportar por mucho que intentase inclinarme ligeramente. Mi peso me vencía. Toda mi estabilidad parecía trasladarse a mis pechos y de ahí lanzarme precipitadamente contra el suelo de tarima que teníamos en aquella casa.

Me faltaban minutos, esos maravillosos minutos en los que él se recreaba tras romper la bola de billar y lanzarle todo el polvo al jugador de billar que estaba en ese momento allí y al que, desde luego, había fastidiado la partida.

Sin embargo, mi cuerpo se movía solo y tras dar una vuelta sobre mí misma ya no estaba en mi habitación. Estaba en un escenario, bailando. Mi cuerpo era diferente, mis pasos eran exactos a los de él, estaba pudiendo ser parte de una nueva tanda de conciertos o de un único concierto en su honor, no lo sabía, pero en el momento que terminaba todo el mundo aplaudía, silbaba y me aseguraban ser la persona que mejor imitaba a Michael Jackson. Era como si yo, por ese simple hecho, también fuese famosa.

Pero con los acordes de Leave me alone, se desvanecía la magia y regresaba a la realidad donde tan solo era una joven sudorosa, con el pelo largo pegado a su rostro, el gorro molestándole por las altas temperaturas, mi respiración agitada e intentando llegar a los talones a alguien a quien nadie podría igual.

Me quité el gorro y lo colgué en el colgador que tenía tras la puerta. Respiré intentando normalizar mi ritmo cardíaco y la velocidad a la que buscaba aire con unos pulmones que acaban de darse cuenta que habían hecho demasiado esfuerzo físico. Entonces, y solo entonces, me daba cuenta de cuán lejos estaba de ese escenario, pues yo bailaba en un sitio reducido, con los auriculares puestos para no molestar a nadie e intentando descansar en un mundo donde no tenía ningún solo espectador.

2018 / Jun / 20

Había vuelto a quedar con William. Íbamos a ir a un sitio elegante. Él y yo solos, en teoría. Era un sitio elegante por lo que me había dicho así que no podía hacer otra cosa que no fuese irme nuevamente de compras. Todo el pequeño colchón que tenía estaba comenzando a desaparecer con aquellas compras imprevistas. No obstante, merecía la pena o eso esperaba. Sus labios me habían hecho sentir como ningún hombre antes lo había hecho, aunque era probable que fuese porque eran los primeros labios que habían besado los míos.

Me dejé llevar por mi estúpido ser romántico. Ese ser que lograba que viviese en un mundo diferente a la realidad. Un mundo en que todo era posible y ¡demonios! ¿por qué no podía permitirme disfrutar aunque fuese una vez? Era el primer hombre que podía tocar, palpar y sentir que se había sentido atraído por mí de alguna forma. Después de haberse disculpado y haberme asegurado que de no haberme querido besar no lo hubiese hecho, me había invitado de nuevo a su vida de lujos, de escritor con éxito.

Me enfundé en el vestido rosa que me había comprado. Era un vestido de tirantes que no me permitía llevar sujetador alguno. Mis pechos caían por su propio peso y tenía un escote demasiado sugerente. Sí, tenía que reconocerlo, se veía más de lo que cualquier cura hubiese aceptado, pero mis pechos eran bonitos, o al menos, a mí me lo parecían y quería sentirme sexy por una vez en toda mi vida.

Me hice un semirrecogido, me maquillé en tonos rosa y me subí a unos zapatos endiabladamente altos, pero que permitían que no me pisase el bajo del vestido. Siendo realista, mi estatura no me ayudaba en muchas ocasiones con vestidos comprados a última hora. Suplicaba en mi fuero interno porque aquellos zapatos no fuesen a destrozarme los pies hasta el punto de sentir un dolor insoportable al día siguiente.

La vibración de mi teléfono móvil me indicó que estaba a punto de llegar. Sonreí nerviosa y tras ponerme ese perfume de vainilla que me llevaba acompañando desde mi adolescencia, cogí mi bolso de cóctel y salí de mi habitación para estar en la puerta del hotel y así poder irnos lo antes posible.

Su coche apareció poco tiempo después en la carretera y cuando se bajó su rostro demostraba pura sorpresa. Me sonrojé por completo esperando oír un cumplido o, al menos, que estaba guapa.

— Está… cautivadora —comentó acercándose a mí y tras posicionar su mano en mi espalda baja, justo en la depresión que indicaba el comienzo de mi trasero, besó mis labios de aquella forma que me derretía por completo.

Era domingo si no recordaba mal. Estábamos aún conociéndonos, pero imaginaba que así era como debía sentirse uno cuando estaba enamorándose.

Mi mano se apoyó en su nuca atrayendo sus labios a los míos durante más tiempo. Su forma de besarme era realmente adictiva y me sentía al borde del colapso. Mi corazón tamborileaba con demasiada fuerza preso en la cárcel de mis costillas, pero quería escaparse hasta fundirse con el corazón del hombre que estaba poniendo mi mundo de cabeza.

— Tenemos que irnos —susurró contra mis labios tras haber logrado separarse de mi boca no sin esfuerzo pues yo no se lo ponía fácil.

Acepté sabiendo que tendría que retocarme el maquillaje mientras iba en su coche. Me ayudó a subir y me puse el cinturón antes de buscar el espejito que suele haber siempre en los vehículos. Deslicé hacia un lado la tapa que lo cubría y me observé lo suficiente para ser consciente de que tenía algo enrojecida la piel por el contacto con su barba que picaba, pero de forma deliciosa.

Me retoqué el pintalabios mientras él entraba en el coche y después fuimos camino al evento.

— No es un evento mío propiamente dicho —comenzó a explicarme—, es la presentación de un nuevo proyecto de mi madre. Cuando la conocieron tanto mi madre como mi padre quedaron fascinados, así que espero que no le importe que la traiga en esta ocasión. Mi madre me ha exigido específicamente que le deje cruzar alguna palabra con usted. Desea conocerla un poco más —dijo apretando ligeramente sus dedos alrededor del volante en lo que quise interpretar como un signo de nerviosismo.

— Me encantará poder hablar algo más con su madre. Seguro es una fuente de conocimientos, como usted —dije con una sonrisa antes de acariciar uno de sus brazos sobre el traje con suavidad.

Su boca me había evitado darme cuenta de aquel esmoquin negro con corbata que llevaba en ese momento. No sabía si era un esmoquin o si por el contrario era un traje negro, pero el negro le quedaba tan endemoniadamente bien que no podía creerme que estuviese sintiendo deseos prohibidos por un hombre vestido en traje. ¿No era demasiado cliché?

El lugar estaba lleno de prensa y en el momento que me ayudaron a salir del coche me percaté de cómo todas las cámaras se centraban en nosotros. William rodeó mi cintura con uno de sus brazos y tras posar conmigo para algunas fotografías que no sabía dónde terminarían saliendo, entramos al prestigioso lugar donde se celebraría aquel acto de presentación de Catherine Verdoux. No sabía que alguien dentro de las letras, en el mundo de los estudios sociológicos pudiese provocar tantísima expectación. Sin embargo, estaba segura que se hacían eventos de alto copete casi todos los días en aquella ciudad y el resto de personas, turistas o el mundo plebeyo de Nueva York ni tan siquiera era consciente de todo el oro, los diamantes, el caviar y los litros y litros de champán que se bebían todos los días como si fuese la gala de los Óscars.

Me dejé guiar por William quien parecía estar en su salsa saludando a todo el mundo y presentándome ante sus compañeros de profesión y los de su madre sin colocarme ningún tipo de calificativo. No era la amiga, eso estaba bien, pero no parecía haberme ganado aún el apelativo de novia. Puede que en las relaciones adultas todo fuese mucho más lento. No lo sabía, pero una ligera desilusión se había presentado en la boca de mi estómago, despertando a todos los demonios que vivían ocultos en mi mente.

2018 / Jun / 20

Estaba nerviosa, debía reconocérmelo a mí misma. Había estado dando vueltas casi toda la noche. Él había aparecido en mi mente casi todo el tiempo y no paraba de preguntarme qué se suponía que debía hacer cuando le saludase. ¿Un beso? ¿Dos besos? ¿Darle un beso en los labios? Era lo más cercano a una relación que mantuviese el físico también en la ecuación por lo que estaba completamente perdida. Era más sencillo dejarse llevar por las inhibiciones detrás de la pantalla del ordenador, pero parte de mi cabeza pensaba en todo aquello acontecido el día anterior y cómo había llegado a pensar que William no sentía absolutamente nada por mí.

¿La inseguridad extrema era parte de la primera vez en todas las relaciones amorosas o tan solo era por mis propios problemas personales? Ya ni tan siquiera era capaz de recordar las enseñanzas. Los nervios me consumían de todas las formas posibles y tenía el estómago tan cerrado como también deseaba llenarlo de comida para, en lo posible, controlar la ansiedad que me estaba consumiendo.

Me arreglé. No me puse de punta en blanco, pero sí disfruté de la idea de estar algo mona para encontrarme yo más segura. Zapatos de tacón que destrozaban los pies no podían faltar en el modelito. Por suerte para mí había bajado tantos kilos que aunque eran incómodos no me molestaban ni la mitad de lo que me molestaban antes.

Me lavé los dientes, al menos, un par de ocasiones. Me perfumé otras tantas y después cogí el libro para acudir al lugar que me había mandado. Me había dicho que me estaría esperando allí. Esperaba que no fuese un sitio con demasiada gente. Sin embargo, cuando salí de mi habitación allí estaba William, con ese aire enigmático y bohemio que le caracterizaba. Mordí mi labio inferior por instinto y no fui capaz de moverme de mi sitio.

— Buenos días, señorita Mijáilova —comentó antes de ofrecerme su brazo—. Recordé que en nuestra charla me había comentado que era esta su primera visita a la ciudad, así que pensé que sería mejor que fuese yo quien me acercase para llevarle entre el tráfico de Manhattan hasta nuestro destino.

Sonreí sonrojándome como una adolescente y cerré la puerta detrás de mí antes de agarrarme al brazo que mantenía esperando por sentir mi agarre.

— Buenos días, señor Verdoux. Me parece una idea maravillosa, porque, para ser realista, creo que me hubiese perdido demasiadas veces en el metro de la ciudad —comenté mientras caminábamos hacia la salida del hotel—. Dígame, ¿ha terminado de engatusar a la dueña? No ha parado de preguntarme por usted cada vez que me ha visto y sé, sin duda, que está loca por sus huesos.

Me miró de reojo. Tan solo había bromeado, pero me había dado la sensación que no le había hecho ni la más mínima gracia mi broma y no entendía porqué.

— Se ha limitado a dejarme pasar —comentó con un deje brusco en su voz—. Dígame, me ha comentado que ha terminado el libro. ¿Es eso cierto?

— Así es, me he terminado su libro. De hecho, traigo conmigo el tomo, puesto que pensaba devolvérselo —respondí con una sonrisa esperando no haber metido demasiado la pata antes.

Sus cejas se alzaron imperceptiblemente cuando vio que efectivamente no le mentía. ¿Era tan rápida leyendo o es que las personas realmente se asombraban de que yo pudiese terminarme una novela? Para su información les podía hacer partícipe de una larguísima lista de ejemplares que me había leído, algunos que incluían conocidos best-sellers, excepto los libros de Dan Brown. No sabía porqué pero quizá había sido el momento de mi vida en que había decidido leerlos. Sea como fuere El código Da Vinci se quedó en la estantería acumulando polvo desde que no lo tocaba.

Habíamos salido fuera del hotel y caminábamos hacia su coche. ¿Modelo? Seguramente mi padre me lo preguntaría, pero ese tipo de cosas a mí me parecían sumamente impropias. No me interesaban ni lo más mínimo así que, ¿por qué preguntar algo que tan solo le interesaría a una persona ajena a ese momento que estaba viviendo? Podría darle una imagen equivocada, como si fuese una entusiasta del motor y había tenido que ver tanto deporte a lo largo de mi vida que había tenido dosis para el resto de ella.

Durante el trayecto me dediqué a hablar sobre mi obra. Comenté todo lo que me había gustado y lo que no de ella, aunque había muy poco de esto último. Le hablé de la sorprendente sensación al leer su forma de narrar puesto que me había transportado al mismísimo medievo con la salvedad de que estaba lejos de todos los asesinatos, tramas para derrocar a reyes y las enfermedades que debían cogerse con gran facilidad por la falta de higiene en esa época.

Me ayudó a bajar del vehículo y entramos en el interior de la cafetería que él había escogido. Me senté en una de aquellas mesas altas teniendo cuidado de que no se me viese más de la cuenta y tras pedir lo que deseábamos desayunar comenzamos a hablar más sobre nosotros.

— Dígame, señorita Mijáilova, ¿a quiénes ha dejado en su país?

— Tan solo a mi familia, señor Verdoux y, a algunas otras personas con las que he tenido la suerte de trabajar. Pero no tengo demasiadas amistades. Me cuesta fomentar que éstas puedan llegar a ser fuertes.

— ¿Es por eso que ha tardado casi un día entero en mandarme un mensaje?

Entreabrí mis labios sorprendida. Era como si me estuviese reprochando algo. Antes de que pudiese llegar a responderle llegaron nuestros correspondientes desayunos y me desquité con mi croissant desmigándolo y llevándolo a mi boca. ¡A la mierda la regla esa que había leído en la que las mujeres no tenían que comer casi delante de los hombres! Pasaría como una obsesa de la comida, pero o pagaba mi mal carácter con el bollo o el mordisco se lo terminaría llevando él.

— Puede. Aunque no sabía que fuese mi cometido. No soy muy ducha en ese tipo de protocolos sociales —dije intentando dejar el mal humor a la altura de mis tobillos.

A mis oídos llegó un idioma diferente y no pude evitar recordar esos momentos en que habíamos intentado imitar ese idioma: el chino. Aunque no podía saber si era chino, coreano, japonés lo que estuviese hablando ese hombre con la mujer que lo acompañaba.

— ¿Y esa sonrisa, señorita Mijáilova?

— No es nada. Recordaba los momentos en que mi hermano y yo nos sentábamos con mi abuela a intentar hablar en chino cuando era más que evidente que ninguno sabía. La parte buena era que ¡nos entendíamos! Telepatía, supongo —reí ligeramente hasta que volví a fijar mi mirada en el rostro de William.

Abrí mis labios para preguntarle qué le pasaba. Estaba sorprendentemente serio, aún más de lo habitual y era igual que si hubiese oído el peor insulto de la historia.

— Señorita Mijáilova, creo que será mejor que no volvamos a vernos.

Mis ojos se abrieron como platos. ¿Estaba tomándome el puñetero pelo? ¿Qué había dicho? ¿Qué de todo podía ser tan escandaloso? ¿Lo de imitar un idioma siendo pequeños? ¿En serio? ¿Este hombre me estaba mandando a paseo por algo que hice tan solo hasta los ocho años?

La ira comenzó a apoderarse de mí. Mis ojos mostraron esa mirada que mi hermana siempre me recordaba que me hacía parecer una asesina en serie y con toda la dignidad que me pudo mi cabreo creciente, me bajé del taburete y le miré una única vez.

— No se preocupe, no pienso molestarle más, pero la próxima vez piénseselo antes de besarme. Nos hubiésemos ahorrado un estúpido numerito —dije casi escupiendo las palabras de puro resentimiento.

Salí de la cafetería dejándole a él que pagase la cuenta completa. ¡Era lo mínimo! Había jugado conmigo como si fuese una marioneta y yo, estúpida de mí, no había creído a la parte de mi mente que me lo reprocharía durante el resto de mi vida.

Mientras caminaba en dirección a la parada del metro más cercana podía sentir cómo estaba a punto de gritarle a cualquiera que se cruzase en mi camino. No estaba enfadada tan solo con él, sino conmigo misma. Un soberano idiota me había robado mi primer y mi segundo beso seguramente para colgarse la medallita de que había besado a una virgen de treinta y dos años. Tenía hasta que leerse en mi cara. Apreté la mandíbula y mis puños.

Entonces sentí que alguien me paraba, me daba la vuelta y los labios de William volvían a estar sobre los míos. Mi furia era tal que había recibido ese beso como un insulto por lo que terminé cruzándole la cara de un manotazo. Producto de ese momento de descarga quizá fui capaz de pensar con claridad y por eso mis labios buscaron su boca para fundirnos en un nuevo beso. Sus manos apretaron mi cintura contra su cuerpo y el calor que antes sentía por la ira ahora se había transformado en puro deseo por la intensidad en que su lengua luchaba por calmar mi mal carácter.

Una vez nos separamos nuestros ojos se encontraron y una sonrisa apareció en la boca del profesor.

— ¿Era necesario el bofetón? —preguntó con diversión.

— Se lo merecía —asentí reafirmándome en mi postura antes de echarme a reír.

2018 / Jun / 19

Había terminado la novela. Cerré el libro con cuidado mientras pensaba en todo lo que ese alma tan culta podría esconderme. William había logrado despertar en mí una admiración poderosa y eso era igual que alimentar una posible obsesión. Hacía demasiado tiempo que no lidiaba con una que fuese real, palpable. La obsesión podía volverse igual de fuerte que un huracán cuando busca destrozar cada parte de la cordura y puede que ese fuese el verdadero problema cuando hablábamos de mí y de cualquiera tipo de relación. El amor que podía entregar era enfermizo, demasiado apasionado, demasiado exigente. No medía, no podía encontrar los puntos intermedios y eso provocaba que los celos apareciesen de una forma irracional. Todo se mezclaba con mi manera de pensar. Creer que era imposible que alguien pudiese sentir algo por mí tenía una fuerza extraordinaria y por una razón desconocida aceptaba sin remilgos esa imposición mental.

Si lo analizaba seguramente llegaría a una solución lógica. Al menos, lógica para mi mente y que pudiese extrapolarse para comprender el verdadero significado todo aquello. Pero, a menudo, uno tiene tanto miedo de lo que puede descubrir que prefiere aceptar que nadie le quiere a sacrificarse para vivir en el verdadero juego del amor.

A veces, me preguntaba si me servía de alguna forma todo lo que había tenido que estudiar durante la carrera de Psicología, si era válida para ayudar con el método que utilizaba a otros viviendo experiencias que yo misma podía haber vivido en carne propia. Después, miraba mis continuos fracasos en aquellos pasos que intentaba dar adelante, pero ¿no era yo también humana? ¿No somos los humanos seres con contradicciones en sí mismos? En muchas ocasiones sabemos lo que el otro tiene que hacer con su problema, pero no así cuando somos nosotros quienes nos enfrentamos a la misma tesitura. Una frase de una de las amigas de mi madre sería perfecta para describir este tipo de situaciones. Los humanos somos aquellos que escupen al cielo aún sabiendo que nos caerá en toda la cara nuestra propia escupina.

Pensé en todas las posibilidades existentes para el día de hoy. No eran demasiadas. El sol se había puesto hacía tiempo y por muy rápida que hubiese sido con mi lectura, era más que inevitable que algo así pasaría. Había tenido que hacer un parón considerable que me había llevado a intentar perdonarme mis propios problemas del pasado, todo lo realizado con Nikolai, y conocer a Gustav, quien había soportado aquel pensamiento de una persona en estado de shock tras mirado fijamente a los ojos a la muerte.

No había demasiadas posibilidades, así que pensé que sería mucho mejor tomarme un día de relax. Sin embargo, mi mente era un hervidero de ideas, planes, posibilidades…

Mi teléfono podría ser una herramienta para realizar alguno de esos planes, pero, siendo realista, las pantallas táctiles y yo no nos llevábamos bien y mucho menos cuando el dichoso aparato decidía quedarse pillado pues necesitaba actualizaciones, pero la memoria ya no daba para más. ¡Tan solo podía una aplicación extra! Eso sí. Mi teléfono estaba repleto de aplicaciones que no había usado en la vida, pero no podía quitarlas. Es decir, si de una memoria de cuatro gigas, pasamos a tener medio giga porque el resto lo ocupa todo el sistema operativo incluídas las aplicaciones obsoletas, te dabas cuenta que te habías comprado una condenada mierda de teléfono, pero aún había que esperar dos años para poder lanzárselo a la cara a quien te lo había vendido porque te habías hipotecado hasta las cejas. Eso sí, una hipoteca, en este caso, de unas míseras libras esterlinas, pero que a menudo, necesitabas para poder comprarte un pequeño capricho si querías levantarte el ánimo.

Finalmente, me decidí por mi ordenador. Había buscando en internet, gracias al Wifi gratis, a William. Sin embargo, no era necesario que le mandase un correo electrónico porque en mi ignorancia completa de los avances de las tecnologías más simples que llegaban a mí de boca en boca, tenía la posibilidad de escribirle a través de la aplicación web de Whatsapp evitando de esa forma, en lo factible, esos errores ortográficos que siempre tenía cuando me ponía nerviosa de alguna manera.

Escaneé el código, y una vez en la aplicación web estaba algo más tranquila. Un teclado grande era más acorde a mis dedos que aunque no eran para nada rechonchos, parecían demasiado gordos para esas teclas de medio milímetro. Siempre daba a otras y por eso tardaba siglos en responder desde el teléfono. Una opción serían los audios, pero, en serio, si me ponía nerviosa escribiendo que no me estaba viendo nadie y podía borrarlo cuando quisiese o me sintiese insegura, ¿un audio sería mi salvación? Negativo.

Recordaba cómo en una ocasión había llamado a un programa de esos en los que pueden traerte a un famoso y en un intento por hacer las paces con mis amigas, o las que había considerado mis amigas, había pedido que usasen mi caso, mis propios problemas para recuperarlas y darles las gracias por algo que no recordaba en ese momento teniendo a aquel grupo que tanto nos obsesionaba a todas, delante. Hasta tal punto había llegado mi ansiedad que había tenido que llamar tres o cuatro veces para hablar con un contestador automático y finalmente, tras año y pico de tratamiento psicológico y psiquiátrico, ese mismo año y pico que había pasado sin saber nada de ninguna de ellas, había optado por lo más simple, retirarme antes de dar la cara.

Rememorar esos instantes en los que había estado tan vulnerable, me resultaban aún sumamente dolorosos. Esa fue la primera vez en que alguien me gustó más allá, en la que sentí algo más fuerte. Esa fue la primera vez que me di cuenta que el amor es doloroso. Esa fue la primera vez que me ayudó a comprender que no me había enamorado realmente, sino que la necesidad de ser aceptada y de amistades me había llevado a la obsesión más absoluta.

Solté un suspiro y me obligué a mí misma a no pensar de nuevo en eso. Me centré en la pantalla de mi portátil que zumbaba por el intento que hacía el sistema refrigerador para que no se recalentase todo el interior. Incliné ligeramente mi cabeza hacia un lado pensando y después opté por descubrir primero si el profesor usaba WhatsApp o era como mis padres que no querían ni oír hablar de una tarifa de internet para sus teléfonos. Era comprensible cuando mi madre seguía usando aquellos con tapa y mi padre, en cambio, usaba teléfonos accesibles con números y letras grandes para personas mayores.

Al descubrir que William estaba también en ese universo infernal, me reí ligeramente poniéndome sumamente colorada. ¿Por qué me pasaba eso si no estaba él allí? Cuadré mis hombros y mi obligué a recobrar la compostura antes de escribirle.

” Buenas noches, profesor.

¿Cómo está? Me preguntaba si podríamos vernos para que le dé mi opinión sobre su obra. He terminado mi lectura.

Kyra”.

La respuesta no se hizo esperar demasiado. Poco tiempo después de haber pulsado el enter pude ver ese “escribiendo…” que me indicaba que William estaba respondiéndome y que lo había leído.

“Buenas noches, señorita Mijáilova.

¿Mañana le parece bien? Podemos ir a desayunar juntos.”

Una sonrisa apareció rápidamente en mis labios antes de responderle.

” Perfecto. Nos veremos para desayunar”.

2018 / Jun / 19

2002

Mi respiración estaba agitada. El dolor de mi pecho era constante. Mis pulmones suplicaban por más aire mientras mis piernas seguían llevándome lo más lejos posible. Tenía que huir. Debía huir. No podía quedarme tranquila por mucho silencio que se escuchase. Permanecía mirando la nada, buscando alguna salida, intentando aceptar que no podía volver atrás, que el pasado no podía cambiarse y que aquello no tenía más solución.

Las risas. Comencé a escucharlas a mi alrededor. ¿Cómo habían llegado tan pronto hasta mí? Había corrido tanto como me habían permitido mis piernas. Mis rodillas habían dejado de facilitarme la labor y habían optado por mantenerse rectas. Sentía igual que si me sangrasen los pies, pero no había parado, no lo había hecho. Había intentado esconderme. ¿Por qué?

El volumen aumentaba. Las caras aparecían casi igual que fantasmas a mi alrededor. Sus dedos me señalaban. Su rostro demostraba asco. No podía cubrirme. No sabía porqué condenada razón había decidido llevar una falda si no había podido depilarme las piernas. Tenía tanto pelo que parecía un condenado orangután. Mis axilas también estaban repletas de ello. Era exactamente igual que sentirse en el estado primitivo del ser humano frente a los teóricamente civilizados. Los ojos se me llenaban de lágrimas y quería llorar, pero no debía, no podía, no tenía que hacerlo jamás.

Me desperté agitada. Tenía un sudor frío recorriéndome la espalda. Podía notar como la camiseta de tirantes estaba pegada a mi anatomía y no me hacía falta ver en la oscuridad para comprobar que aquellos pelos estaban ahí, como un maldito bosque en mis piernas y en todas las partes existentes de mi cuerpo. Era una parte que me disgustaba tanto de mí, que me daba tanto miedo que otros me viesen así, viesen ese ser horrendo lleno de pelos, dejada, descuidada, e imposiblemente atrayente que se había vuelto parte de mis pesadillas. Además, no eran cualquiera quienes se reían de mí. Eran ellos, eran todos los chicos por los que había sentido algo en el colegio o en el instituto y ellas, las odiosas compañeras de clase y personas que creí amigas mías quienes se materializaban tan horripilantes como si fuesen cadáveres.

Pasé mi mano por mi pierna sintiendo a la perfección el “efecto príncipe”. Según un dicho de mi madre, una de sus primas cuando no se depilaba decía que tenía piernas de príncipe y cuando sí lo hacía pudiendo sentir piel con piel, tenía piernas de princesa.

Me dejé caer en la cama de nuevo. Me abracé a la almohada y maldije por ello. ¿Por qué mis pesadillas llegaban a ser casi tan absurdas como yo? No tenía ningún sueño en el que me perseguía un asesino en serie. Bueno, no era cierto del todo, en alguna ocasión si había tenido sueños así, pero a menudo… a menudo todos iban por esos temores ridículamente estúpidos e igual que si fuesen luces de neón, mi cabeza me los señalaba para que no me olvidase de algunos de mis miedos más absolutos.

Cerré mis ojos buscando volver a quedarme dormida. Si despertaba mi cabeza haciendo una lista de cosas que hacer o que pensar o incluso, rememorando el pasado no habría quien consiguiese volver a dormirme salvo que estuviese realmente agotada o terminase de poner la mente completamente en blanco.

Estábamos en alguna comida. Podía ver a todas mis tías, a mis padres, a mis hermanos, a mis primos y a la familia política también. Sin embargo, nada iba bien. Mi madre me miraba con enfado por una razón que comprendía, pero a la que no le ponía palabras. No obstante, me parecía ilógico que se enfadase por lo que fuere que estuviese haciendo.

Finalmente saltaba, contestaba un comentario mordaz de mi madre y comenzaba la discusión. Mi padre iba después defendiendo a su mujer como hacía casi siempre. Luego mis tías, mis hermanos… tenían una gran retahíla de insultos y argumentos con los que pegarme hasta en el carnet de identidad, pero no me amedrentaba y les gritaba como un animal salvaje dispuesta a dejarles a todos a la altura del betún. Decía cosas que nunca había pensado, buscando herirles como fuere mientras cada uno de sus dardos se iba clavando en mi pecho llenando todo mi ser de ira.

Volví a despertarme con el corazón a mil por hora. Mi pulso estaba disparado. Mi respiración estaba errática y no podía pensar con claridad. Quería insultar a todos los que estuviesen en aquella condenada casa. Tenía que devolverles todo el daño que me habían infringido.

Me levanté de la cama y justo en ese momento pude pararme a pensar. La casa estaba completamente en silencio. Todos estaban durmiendo. Había sido mi mente que me había jugado una mala pasada, una más. Aunque el rencor al imaginarme los rostros de mi familia seguía patente. Dolida, cansada y completamente incomprendida por mí misma me senté en la cama pensando si realmente estaba loca. Si no era capaz de distinguir la realidad de la ficción. Si aquello tenía cura o si era tan solo parte del desarrollo. Pero la única respuesta era una señal de alarma que me indicaba el intenso poder que llegaba a tener mi mente provocando que no fuese capaz de distinguir un sueño de la realidad.

2018 / Jun / 19

Llevábamos un rato hablando. Gustav se había levantado y se había ido al baño mientras yo intentaba terminarme mi granizado. Durante todo ese tiempo no había hecho nada más que hablar de mi hermana. La relación en mi cabeza era sencilla, mi hermana había estudiado historia, él era arqueólogo… seguramente tendrían mucho de qué hablar, pero por una extraña sensación me sentía como si le estuviese poniendo a mi hermana un lazo en la cabeza o vendiéndola al mejor postor. Aquello me desagradaba de mí misma. Poner a cualquiera por delante de mí, hablar de cualquier cosa que no fuese yo, pero él, en cambio, escuchaba paciente, intentando sacar algo de información sobre mí.

Jugué con la pajita y los trozos de hielo que aún contenían algo del zumo de limón. Sorprendentemente para mí estaba a la perfección. No estaba ácido, sino que tenía el punto exacto de dulce para hacer que recordase los veranos en los que habíamos ido a España, el país natal de mi abuela. Ella, tan increíble, había tenido que sacar a cinco hijas adelante cuando se había quedado viuda con tan solo cuarenta y pocos años. ¿Quién no la admiraría sabiendo su historia?

Mi abuela… Bajé mi mirada hacia el tatuaje que tenía en el interior de la muñeca izquierda. Su nombre, bueno, el apodo que usábamos todos los nietos estaba marcado en mi piel. No me importaba lo que eso pudiese significar para otros, para mí, su nombre, era mi verdadero amuleto. Ella estaba allí, presente, siempre, a pesar de no haber podido estar junto a ella en el último minuto. A estas alturas de la vida ya no sabía qué creer y qué no en las religiones, pero me gustaba pensar que una parte de ella siempre venía conmigo, grabada en mi piel, para siempre.

Pude rememorar sus ojos dulces, era sonrisa de pilla que siempre ponía cada vez que realizaba alguna travesura y pensé en la forma que yo creía que ella estaba en el cielo, o allí dónde fuesen las almas. Una niña pequeña, con el pelo tan rubio como el sol, con esos ojos verdes y esa sonrisa de pícara incontrolable. Su diente mellado, producto de una de las escasas peleas que había tenido con sus hermanas, pero esperándome con los brazos abiertos para invitarme a jugar.

Esa había sido siempre ella. Había tenido que crecer porque la vida le había obligado a ello, pero era una niña y lo había sido toda su vida. Siempre prevalece quienes somos realmente. Y su espíritu atraía a quienes eran de su misma edad espiritual. Todos los niños, adolescentes, jóvenes y adultos nos dejábamos regresar en el tiempo con sus chascarrillos y adivinanzas. No nos importaba sabernos sus historias hasta la saciedad ni tampoco nos importaba reírnos por vez novena en el día encontrando alguna otra forma de entender ese mal chiste, esa mala historia. Ese ir y venir o ese tan inocente juego de palabras que le daba ese brillo en su mirada, aquella que había heredado mi hermana. La echaba tanto de menos…

Alcé mi mirada hacia Gustav cuando regresó. Sus ojos volvieron a tener esa preocupación y me percaté que una lágrima había recorrido mi mejilla por la emoción de recordar a mi abuela. La sequé rápidamente sin importarme mucho el maquillaje y el surco que seguramente había dejado la lágrima al caer por mi rostro.

— ¿Estás bien? —preguntó antes de coger mi mano en la suya intentando darme algo de apoyo en lo que fuere que me estuviese sucediendo.

— Sí, es tan solo que me acordaba de mi abuela —respondí con una sonrisa y al dar la vuelta a mi mano para sentir su palma contra la mía la retiró casi bruscamente.

— ¡Tienes la mano helada! —se quejó antes de soltar una carcajada y calentar mi mano con la suya propia.

Reí sin poder evitarlo porque su risa era contagiosa. Nuestras manos permanecieron unidas quizá más tiempo del usual. Al menos, del tiempo que yo pasaba manteniendo algún tipo de contacto físico, de la clase que fuese. Había rechazado tanto el contacto que ahora me resultaba incómodo, insostenible, pero… quería todo eso. Quería mimos, abrazos, besos, atención y sentimiento de cariño como el que se le da a un bebé, siempre manteniendo las distancias con mi propia edad.

El resto de la conversación fui diferente. Comencé a abrirme, por alguna razón desconocida le conté cosas que no le hubiese contado a nadie que no hubiese considerado amigo y me di cuenta que en un tiempo récord, Gustav, ese pequeño ángel personal, se había ganado por completo un lugar en mi corazón. No quería separarme jamás de él. ¿Podría llegar a tener un mejor amigo?

Tras terminar nuestras bebidas, dado que él tenía que regresar a sus quehaceres y yo tenía un libro por terminar, decidimos despedirnos no sin antes darnos nuestros respectivos números. Gustav Dabrowski, mi salvador y el único que me había dado un abrazo que me hiciese sentir en casa. ¿Podía haber tenido más suerte?

2018 / Jun / 19

Gustav. Dudaba que ese nombre se me olvidase en algún momento. No podía dejar de mirarle como si fuese la personificación de ese ángel que me había salvado de la desgracia tantas y tantas veces. No por eso creía en la religión, pero daba la sensación que los ángeles habían sido tan extendidos por la literatura para aquellos amantes de ella que era más que imposible no conocer de su ficticia existencia, al menos, dentro de lo que el mundo de la imaginación se refiere.

Tenía el cabello castaño, no demasiado oscuro. Unas cejas gruesas y se veía más pelo que rostro, pero a pesar de estar semienterrado entre su vello facial, su rostro transmitía calma y serenidad. Era exactamente igual que estar ante el David de Miguel Ángel proporcionado en cada milímetro de su ser. La belleza griega, aquella que volvió al arte gracias al renacimiento y la obsesión por la simetría, un rasgo que siempre provoca la sensación de atracción al ojo humano.

Me pilló mirándole y me sonrojé hasta las orejas bajando mi mirada a mis manos. ¿Por qué me estaba comportando igual que una cría de dos años? Pues, porque, lamentablemente para mí, en algunas cosas como aquella seguía siendo una niña tímida de dos años que está conociendo a alguien nuevo y no tuviese la protección de su madre para esconderse tras sus piernas.

Sus dedos hicieron que elevase mi rostro hasta poder fijarme en sus reacciones al igual que él en las mías. Al ver mi sonrojo, por alguna razón desconocida para mí, sonrió logrando que el sonrojo permaneciese más tiempo de ser posible ahí.

— Creo que deberíamos ir a tomar algo. Necesitas reponer fuerzas después del shock. Aún sigues algo pálida. No creo que ese tono de piel sea el tuyo normal —musitó intentando con aquella broma hacerme reír y lo logró.

Me ofreció su mano. Una mano grande proporcional a su altura. Me percaté entonces de la gran distancia que había entre nuestras alturas. Él estaría cerca de los dos metros, yo tan solo rozaba el metro setenta gracias a los tacones. Nunca había tenido mucho complejo de altura, pero cuando tenía que encontrarme con personas que me sacaban más de veinte centímetros comenzaba a sentirme como Frodo cada vez que miraba a los otros miembros de la Comunidad del anillo sin incluir a sus amigos ni al enano, Gimli.

Pensar en El señor de los Anillos, siempre me recordaba a mi familia. No tenía demasiados momentos buenos vividos con mis hermanos. Seguramente mi cabeza no los hubiese almacenado de forma que pudiese encontrarlos cuando desease, pero con aquella trilogía no podía evitar pensar en las largas horas que nos pasábamos jugando a la consola intentando pasarnos uno de esos juegos. Mi hermano se escogía a Legolas. Yo era el montaraz, Aragorn y mi hermana era el enano Gimli. No podían ser más diferentes Gimli y ella. Uno pelirrojo, la otra rubia. Uno cascarrabias… bueno, en eso sí se parecían en ocasiones. Pero si me concentraba era capaz de escuchar la risa de mi hermana mientras intentaba que Gimli fuese más rápido en mitad de la niebla para hablar con el Rey de los muertos. Reír era algo inevitable. Y sabías cuándo era una risa de verdad, porque solía ser bastante aguda y extridente. No obstante, no molestaba, la echabas demasiado de menos cuando no la escuchabas.

Regresé a la realidad y vi que Gustav aún estaba pendiente de mí. Seguramente me había pasado los últimos dos minutos mirando su mano sin decir nada. Sí, debía haberme dado en la cabeza, pero ni había dolor, ni sangre por lo que parecía.

Tomé su mano y él me sonrió. Envolvió la mía con sus dedos y me incorporé. Caminé a su lado esperando que me dijese dónde iríamos, pero era evidente que a alguna cafetería o algo así. “Reponer fuerzas”, a no ser que lo hiciese en su casa, sería difícil hacerlo solamente respirando el aire contaminado de la ciudad.

Podía sentir un dolor en las rodillas y por un segundo hubiese deseado pedir a Gustav que me siguiese llevando en brazos, pero me parecía extremadamente abusivo por mi parte. Primero, porque no le conocía lo suficiente; segundo, porque pensaría que era una aprovechada; tercero, porque seguramente yo pesaba un quintal y había hecho sus pesas correspondientes con tan solo haberme levantado una vez en ese día.

A veces, yo misma olvidaba que ya no pesaba esos casi cien kilos que pesaba antes. Ni tan siquiera podía imaginarme con otro cuerpo por mucho que me mirase al espejo. Pero, tras bajar tantas tallas había encontrado algo más de seguridad en mí misma, pero no demasiada.

Caminamos lo suficiente cerca el uno del otro como para que me sintiese igual que cuando era pequeña yendo de la mano de alguno de mis padres. Intenté contener la risa que quería escapar de mis labios por aquella semejante bobada y por andar perdida en mis pensamientos, mi ángel personal tuvo que evitar que me chocase con alguien acercándome a su cuerpo.

Alcé mi mirada hasta sus ojos y le agradecí mientras me sonrojaba.

No tardamos demasiado en llegar a la cafetería. Entramos y pude percatarme que no hacía demasiado tiempo que había comido, pero mi estómago rugía porque no lo había podido llenar del todo por la tensión vivida previamente con Nikolai.

Me senté de espaldas a todos. Un método estúpido de defensa porque ellos podían verme a mí. Sin embargo, suponía que en esos comportamientos también era como una niña pequeña. Si no les veo, ellos no me ven a mí. Y siempre es mejor que te vean la espalda que la cara. Razonamientos sin sentido cuando no me estaba exponiendo de ninguna forma que fuese excesiva, que necesitase que me pusiese la coraza. Bueno, al menos, de cara a la galería. Si era sincera conmigo misma, siempre llevaba la coraza puesta en cuanto solía “al mundo exterior”.

La camarera no tardó demasiado en llegar. Me preguntaba cuántas camareras habría en la ciudad. Parecía ser una mayoría porque no me había encontrado con demasiados camareros. Ella, con una voz cantarina, nos ofreció lo que podíamos beber, pero mi mirada estaba perdida en la barra, como de costumbre. Vi algo que me maravilló y observé a la joven cuando esperaba que me decidiese.

— Un granizado de limón, por favor —pedí antes de mirar hacia Gustav, quien con un ligero movimiento de sus facciones demostró su sorpresa.

— Un café —pidió antes de que la camarera se fuese para preparar nuestro pedido.

Tenía la sensación de estar completamente expuesta ante él. Era como si su mirada pudiese desnudar mi alma, no mi cuerpo, buscando algo que me desconcertaba.

— ¿A qué te dedicas? —preguntó al fin.

— Soy psicóloga… —dejé la frase inconclusa hasta que acepté la realidad. Si él podía leerme la mente de alguna forma terminaría descubriendo que había más. Quizá por estupidez, quizá por locura, quizá por el shock previo o porque necesitaba confiar en alguien terminé añadiendo—, pero no soy una psicóloga al uso. Antes de ser psicóloga fui paciente y más tarde usuaria experta. Terminé mi formación porque deseaba ayudar a los demás. ¿Y tú?

Quizá la forma en que lo decía provocó que él no hiciese más preguntas sobre ese tema. Una sonrisa asomó en sus labios y se limitó a responder la pregunta que le había hecho.

— Soy arqueólogo.

— ¡Fascinante! —escapó de mis labios quizá demasiado alto porque por unos segundos el local se quedó en silencio antes de regresar a su bullicio previo.