2018 / Jun / 26

2002

Llevaba un tiempo sin saber realmente cómo vivía sin estar en el ordenador. Había encontrado una forma de poder sentirme comprendida o quizá lo que hacía era meterme hasta lo más profundo de la «enfermedad» aquella que fuese que tuviese. ¿Aceptarla significaba que tenía que continuar siempre con ella sobre el hombro? La mayor parte de las enfermedades de ese estilo se decía que eran crónicas, así que desconocía por completo si había alguna salida a todo eso. Lo más probable es que no, que fuese igual que aquella pastilla que tenía que tomarme siempre para regular el tiroides aunque como todo, no era mágico. Eso no impedía que siguiese engordando todos los días un poco más.

Me quedé mirando la pantalla. Ahora había descubierto algo que lograba hacerme sentir diferente. Era como si pudiese vivir sin salir de la habitación. Sin embargo, no era así. Solamente me estaba engañando a mí misma. Necesitando a personas al otro lado del mundo, personas con las que me entendía gracias a una red social, con las que intentaba llenar todos aquellos horribles vacíos que pensaba que eran iguales que pozos sin fondo que se alimentaban y alimentaban sin control porque jamás estarían saciados.

Esa sensación de sentirse completamente sola cuando no hay nadie al otro lado de la pantalla. Cuando esa persona no tiene el símbolo de conectado, ese botoncito verde o su nombre iluminado en la parte alta de una lista que se había vuelto cada vez más extensa y finalmente había vuelto a reducir en todo lo posible comenzando de cero en una y otra dirección de correo para evitar de esa forma que esas personas con las que discutía volviesen a encontrarme.

Había encontrado a una amiga que dormía las horas que yo dormía a pesar de la distancia, se quedaba con los ojos abiertos hasta tarde. Nos cambiábamos los horarios para poder estar todo el tiempo hablándonos. Rose, mi adorada Rose. Ella siempre estaba ahí escuchando mis locuras y nos habíamos conocido gracias a una de esas estúpidas historias que escribía sobre uno de los fenómenos del momento.

No me importaba pasarme noches en vela si podía recibir de ella todo aquello que jamás había tenido antes de nadie, pensaba que eso era tener una amiga de verdad. Veinticuatro horas del día, siete días de la semana, incondicional, como si no pudiese tener vida sin mí ni yo sin ella. Era enfermizo, seguro, pero sentaba tan bien poder hablar de todo lo que se me ocurriese.

A ella fue a la primera que le conté lo que me pasaba. Confié ciegamente en ella, pero… había desaparecido. Ya no recibía ningún mensaje, ningún correo, nada. Estaba sola, mirando la pantalla del ordenador sabiendo que no se volvería a conectar. Ella me había dejado, se había ido de mi lado porque les había hecho caso a sus padres cuando la decían que estaba obsesionada conmigo. La había animado a pasar de los estudios como había hecho yo porque me había dicho que no se sentía bien, pero ahora me preguntaba si era así, si no había sido por mi propio beneficio. ¿Era una persona tan manipuladora? ¿Por qué jugaba con algo como la salud, los estudios y la vida de otra persona para que se dedicase exclusivamente a mí?

Sentí un gran golpe en mi mejilla, igual que si alguien me hubiese dado una bofetada y ese golpe se transformó finalmente en una puñalada intensa en mi corazón demostrándome hasta qué punto estaba realmente envenenada. No había nada en este momento que se pudiese salvar de mí. Era un ser monstruoso, completamente monstruoso. Extremadamente egoísta.

Ni tan siquiera llorar podía limpiar la mierda en la que me había convertido. La soledad era nada más y nada menos que la respuesta que me había dado la vida por ser como era. Por ser nada más que un parásito social. ¿Qué era salvo una enfermedad que se extendía en las mentes ajenas? La agonía por la sensación de ser alguien así era tanta que estaba a punto de vomitar por mi falta de sentimientos empáticos. No era más que la horrible respuesta de todos mis temores: yo era la culpable de todo el caos que reinaba a mi alrededor.

Justo en ese momento el sonido que indicaba que un nuevo correo había aparecido en mi bandeja de entrada, me hizo mirar el listado. ¡Era de Rose! Mi corazón latía dolorosamente, sentía que iba a terminar saliéndose de mi pecho.

Sin embargo, aquello que leí, la explicación a su ausencia me provocó un malestar inmenso. ¿Cómo era eso posible? Allí, en ese fondo en blanco podía leerse la frase: «Creo que estoy enamorada de ti y por eso tengo que alejarme». ¿En serio? ¿Cómo alguien podía enamorarse de mí siendo una persona completamente heterosexual? ¡Demonios, si estaba completamente loca por un actor! Ambas habíamos soñado con estar cada una con el que le gustaba y que me dijese eso… ¿Enamorada de mí? ¿Me estaba tomando el pelo?

Releí tantas veces ese correo que si hubiese sido papel se hubiesen quemado las letras justo delante de mí como si se pudiesen desintegrar completamente al ser leídas una y otra vez. No tenía ni idea de cómo sentirme. Era la primera vez que alguien me decía que estaba enamorada de mí y había sido ella, la persona que más necesitaba en ese momento y que por ese motivo se alejaba de mí.

El dolor volvió a instaurarse en mi pecho y ni tan siquiera me permití la posibilidad de responderle. ¿Qué podía hacer, suplicarle? Quería gritarle, porque me había prometido que no me dejaría sola y volvía a estarlo, volvía a no tener a nadie con quien hablar, volvía a sufrir el rechazo del mundo. Estaba al borde de la desesperación obligándome a mí misma a pensar que lo único que podía hacer era irme a la cama y descansar para que ese dolor terminase desapareciendo en unas horas o, al menos, dejarme vivir unos segundos sin él, lo suficiente, ese tiempo justo después de despertarse en el que uno está en un limbo del que no puede recordar ni tan siquiera su nombre. Ese era mi único consuelo ahora.

2018 / Jun / 25

¿En serio? ¿Allí? ¿Delante de todos? ¿Y si se veía algo por debajo de la mesa? Su mano, en cambio, de forma tranquila y relajada seguía subiendo por mi muslo hasta que sus dedos rozaron mis labios vaginales. Tuve que contener las ganas de gemir y me sonrojé tanto que pensé que se podía leer en mi rostro lo que él estaba haciendo. Sin embargo, todas las mujeres estaban tan obsesionadas con mirar a William que ni tan siquiera me prestaban un mínimo de atención. Pensaba que lo antes posible terminaría gritando por el placer en aquella sala y que ninguna se iba a dar cuenta.

Miré a William sin poder creerme lo que me estaba haciendo sobre todo por la tranquilidad que tenía en sus facciones. Mordí mi labio inferior mientras observaba a aquel hombre con el mismo deseo que todas sus alumnas. ¿Era su físico o era su intelecto? No sabía qué tenía, pero le hacía tan eróticamente inalcanzable.

Justo entonces escuché que preguntaba a una de sus alumnas sobre el tema de la novela que ella estaba escribiendo. Parecía que aquella cátedra era más una ayuda para realizar una novela lo suficientemente buena para ser publicada. Me sorprendió comprobar que no parecía dar ningún tipo de teoría, pero me costaba un poco poder pensar con claridad en esos momentos.

— Me gustaría que fuese mi acompañante, la señorita Mijáilova, la que comentase algo acerca de su tema a tratar —concluyó antes de girarse hacia mí.

Alcé mis cejas sorprendida y después esperé que retirase la mano, sin embargo, no lo hizo, permaneció torturándome delante de sus alumnas como si fuese algún juego desconocido para mí. ¿Se hacían estas cosas las parejas? ¿Era tan intensa la vida sexual de todos? ¿Cómo no me había dado cuenta si era así?

— Creo que… el tema a tratar es algo difícil —dije intentando contener mis deseos de soltar un gemido o de revolverme en el asiento para que me dejase liberarme de alguna forma—. Hay que tener en cuenta la mentalidad de la época y sobre todo tiene que despejar su mente de todos los prejuicios. La homosexualidad, la transexualidad o la bisexualidad, tan solo eran bien vistos en determinados círculos hace cincuenta años. ¿Cuáles? Tan simple como aquellos en los que uno se escondía. Por ejemplo, si no recuerdo mal ha dicho que basará su historia en España y allí había un régimen gobernado por un militar. Franco no se caracterizaba ni mucho menos por su mano izquierda a la hora de mediar en ese tipo de situaciones. No existía para nada la tolerancia. Si no eras heterosexual estabas obligado a vivir entre las sombras con una tapadera que diese a entender que sí. Incluyendo un matrimonio, a menudo sin amor, e hijos en toda la ecuación.

Dije todo aquello casi sin respirar mientras William se inclinaba poco a poco hacia mí para susurrarme al oído lo bien que lo estaba haciendo.

Le miré con algo de diversión y tuve que contenerme para no besarle delante de todas sus alumnas. Era un hombre realmente incomparable. Lo que podía entregarme nadie más podría, ¿o estaba equivocada y no era más que la piedra en un camino? Al fin de cuentas yo terminaría yéndome aquella misma tarde y era bastante probable que no nos volviésemos a ver nunca más.

Metió sus dedos en mi interior en ese instante provocándome un ruido que tuve que terminar disimulando con una tos.

— Bien, cuéntenos usted su idea, señorita…

— Morgan, señor Verdoux. Anabelle Morgan.

Llevaba un gran escote que se había puesto a propósito pues estaba en la primera fila. No tenía a penas pecho, pero parecía estar bastante orgullosa de sus senos cuando yo los había tenido que esconder casi toda mi vida por culpa de que fuesen deformes, de que fuese bastante más grande el izquierdo en comparación con el derecho. No obstante, debía intentar tranquilizarme porque el placer si lo mezclaba con los celos terminaría volviéndome de muy mal humor.

En ese instante, mi mente comenzó a pensar en algo que no me hacía ni mínimamente bien. Los dedos de William ya no me resultaban placenteros, sino molestos por lo que bajando una de mis manos quité sus dedos de mi interior antes de susurrarle que tenía que irme al baño.

Corrí hacia el baño intentando en lo posible no sentirme señalada por no llevar ropa interior. Me metí dentro y dejé que las lágrimas cayesen por mis mejillas. La parte racional de mi ser estaba completamente desconectada. Era todo puras emociones paranoicas. Pensé en todas las clases que él la tendría delante, en lo poco que provocaría que él terminase con ella y en lo mal que me sentía porque no me hubiese hecho comentario alguno sobre si quería seguir, si quería que todo terminase o qué.

Cogí papel higiénico y me obligué a mí misma a no quitarme todo el maquillaje mientras secaba mis lágrimas impidiendo en lo posible que quedasen los surcos de las lágrimas al recorrer mi piel quitándome el maquillaje. Me limpié entre las piernas y finalmente respiré profundamente. Salí del baño y allí estaba William.

— ¿Qué ha ocurrido?

— Nada… es… solamente que tengo que irme —musité después de desviar la mirada.

— Comprendo… —se tensó por completo y después se dio media vuelta para irse.

Asumí que no me acompañaría así que debía regresar al hotel yo sola.

2018 / Jun / 25

Fuimos hasta el hotel. Tenía que cambiarme de ropa. Entré tan deprisa como pude mientras William esperaba en el coche. Me cambié tan rápido como pude. Una camiseta y una falda a juego con el mismo diseño en tonos rojo y blanco. Me puse los tacones a juego y después recogí mis cosas dado que no tendría demasiado tiempo para poder hacerlo dado que el vuelo salía a las cuatro de la tarde. Al menos, eso pensaba.

Salí después de tener todo listo y me fui hasta el coche en donde William me esperaba mientras una sonrisa se deslizaba por mis labios. Entré en el vehículo y me puse el cinturón justo antes de escuchar su voz grave darme una orden sorprendente.

— Quítese las bragas.

Elevé mi mirada para encontrarme con sus ojos que tenían un sorprendente brillo malicioso. ¿Qué estaba pasando allí? Mis cejas se elevaron sin poder reaccionar aún y sin entender qué era lo que pretendía con que me quitase las bragas. ¡En la vida había ido sin ropa interior y no iba a empezar ahora!

Se inclinó hacia mí y besó mis labios de una forma que estuvo a punto de dejarme sin aliento antes de susurrar contra mi boca su petición nuevamente.

— Quítese las bragas.

Miré a todos lados y quizá por una extraña excitación prohibida y los deseos de probar cosas nuevas terminé aceptando y metiendo mis manos bajo mi falda para quitarme las bragas de encaje azul marino que llevaba en ese momento. William me las arrebató en cuanto me las hube quitado y tras olerlas se metió la prenda en el bolsillo de la chaqueta de su traje que le quedaba condenadamente bien.

Sonrojada desvié la mirada hasta el frente antes de escuchar el ronroneo del motor indicando que íbamos de camino hacia la Universidad para que William diese su cátedra. No podía creerme aún que estuviese dentro de su coche sin la parte baja de mi ropa interior. Era extraño, muy extraño. Me sentía casi desnuda en todos los aspectos cuando nadie tenía porqué saber que debajo de mi falda no había nada.

— Esto me recuerda a una escena de uno de los best-sellers que hubo hace poco —musité.

Le miré comprobando su incomprensión.

— Sí, verá, me confieso culpable, pero por todo ese boom que hubo leí la trilogía de Cincuenta sombras. Y en el segundo libro, bueno, hay una escena en la que Grey le pide a Anastasia que se quite las bragas en un local público —reí un poco.

— ¿En serio ha leído esos libros, señorita Mijáilova? La hacía más inocente —comentó con diversión antes de acariciar una de mis piernas durante un segundo pues debía volver a colocar su mano en el volante.

— Me gusta tener mi propia opinión sobre aquello de lo que habla todo el mundo. Si no lo he leído no puedo saber si me gusta o no y tampoco los por menores de una conversación trivial en la calle —expliqué encogiéndome de hombros casi como disculpándome por lo que hacía.

— Le gusta intentar encajar en la sociedad, presupongo…

Arrugué mi nariz pensando en su afirmación y finalmente tuve que soltar un suspiro admitiendo mi derrota.

— Sí, creo que en cierta forma sí deseo encajar en la sociedad. He pasado demasiados periodos de mi vida sufriendo rechazo tras rechazo del mundo exterior y no es agradable.

Su ceño se frunció ligeramente mientras una sonrisa aparecía en sus labios.

— Pero en la normalidad está lo común, lo cotidiano. No existen las emociones fuertes. Por ejemplo, si siguiese en su normalidad, «encajando con la sociedad», ahora mismo tendría las bragas puestas. Una persona como usted sobresale, solamente no sabe darse cuenta de ello —dijo antes de girar para entrar al aparcamiento donde él podría dejar su vehículo en su plaza—. Piénselo de ese modo. Lo normal es tedioso con el paso del tiempo, lo distinto marca la diferencia.

Se bajó del coche y me quedé pensando unos segundos en lo que acababa de decir. Tenía razón. Solamente las personas que se salían de lo común eran realmente recordadas, imitadas y se comían el mundo. Aquellos, en cambio, que seguían la corriente eran una oveja más dentro del rebaño.

Abrió mi puerta y bajé con cuidado de que no se viese nada. Pude ver en un par de ocasiones una sonrisa intentando escaparse por la comisura de los labios de William por lo pudorosa que era y mi timidez extrema en esos momentos.

Caminé a su lado, esperando tener suerte y que todo fuese de maravilla. Sin embargo, algo surgió en mi interior, algo que había sentido solamente encerrada en mi habitación, detrás de una pantalla de ordenador y sin nadie que me leyese la expresión del rostro que tomaba esa forma de asesina en serie incontrolable. Según mi hermana, cuando ponía esa cara, daba verdadero miedo y podía llegar a matar con la mirada si no fuese algo imposible.

Todas las jóvenes que estaban inscritas a la cátedra eran mujeres. Alumnas que le miraban con ese deseo que seguramente se había leído en mis ojos la noche anterior. Él las sonreía y aceptaba sus miradas coquetas, sus sonrisas petulantes y esas caídas de ojos que resultaban patéticas con sus edades.

Sin embargo, no solamente se había despertado el demonio de los celos en mi interior, sino ese mismo demonio que me recordaba todo el tiempo que yo no tenía nada que hacer en contra de ninguna de ellas. No era más que la menos bonita, inteligente y la más vieja. La sola idea de pensar que William podría haber estado con alguna de esas chicas me resultaba casi insoportable. ¿Por qué era tan condenadamente intensa en estas situaciones?

El profesor no se percató de mi malestar o eso quise creer. Entró en su aula y me invitó a sentarme a su lado tras poner otra silla al otro lado del escritorio. Eso fue igual que lanzar un jarrón de agua fría en las llamas que aunque aún seguían teniendo las ascuas bien vivas, la diferencia de temperatura en mi mal humor era considerable.

Me senté a su lado y saludé a todas las presentes con una sonrisa antes de que comenzase la clase. William, se sentó a mi lado y comenzó a hablar, pero una de sus manos comenzó a aventurarse por debajo de mi falda.

2018 / Jun / 25

Desperté agitada. No podía creerme lo que acaba de soñar. Tenía ganas de vomitar. Había tenido una pesadilla en la que yacía con un hombre disfrutando del placer más absoluto y ese hombre se había transformado en mi padre finalmente. Había actuado asqueada, realmente asqueada al descubrirlo, gritando y maldiciéndole en la pesadilla, pero ahora… ahora simplemente no podía quitarme esa horrible imagen de la mente.

Miré a mi lado para asegurarme que estaba sola en la cama, y entonces le vi a él. El profesor aún dormía medio desnudo. Respiré aliviada porque eso significaba que mi dolor interno no se debía nada más y nada menos que haber yacido con él y que mi padre seguía a millones de kilómetros. Y no es que mi padre pudiese hacer algo así, pero el sueño había sido demasiado vivido, tanto que solo recordarlo llevaba la cena de la noche pasada a las puertas de mi garganta para expulsarla.

Corrí hasta el baño y vomité aquello que ya no podía contener en mi organismo. Después de limpiarme bien la boca, decidí meterme en la ducha para de esa manera poder intentar calmar mi cuerpo agarrotado y sudoroso. Tras salir de la ducha, me sequé lentamente y comprobando que William seguía aún dormido, me puse otra de sus camisetas y unos pantalones cortos que en lo posible tapasen todo aquello que no quería que viese.

Salí de la habitación antes de caminar hacia la cocina. Allí pensé que lo mejor que podía hacer para darle las gracias por la noche anterior era hacerle un bizcocho para que tuviese un recuerdo dulce, porque seguro que había sido más que desastrosa para la noche anterior con una completa novata que no debió haberle satisfecho ni de broma.

Rebusqué entre todos los armarios los ingredientes y también abrí el frigorífico. Intenté recordar bien la receta que me había aprendido en inglés gracias a mi prima quién durante un año había estado dándome el idioma para tener, en lo posible, los conocimientos del nivel superior de estudios secundarios.

Yogur, azúcar, harina, aceite, levadura y huevos. Era así, ¿verdad? Dudaba sobre el último ingrediente, por lo que decidí pensarlo bien antes de agregarlos. Tras batir todos los ingredientes y dejar una mezcla no demasiado espesa completamente homogénea, lo puse en un molde que había untado de mantequilla antes. Después lo metí en el horno esperando que el olor a bizcocho despejase mi cabeza completamente.

Empecé a preparar el café para él justo en el momento que su voz llegó a mis oídos.

— Señorita Mijáilova… pensé que se había escapado.

Me giré algo asustada porque no le esperaba y reí un poco antes de caminar hasta él y depositar un beso en sus labios mientras sus brazos rodeaban mi cintura y su boca respondía ese beso casto que hubiese deseado que hubiese sido algo más apasionado.

— No, sigo aquí preparándole un bizcocho para… bueno… agradecerle lo de ayer —musité mientras mis mejillas se tornaban de un rojo intenso sin atreverme a mirarle los ojos.

— ¿Agradecerme? —preguntó confuso con un tono entreverado que no sabría describir con claridad.

— Sí… ¿no… no es lo que se hace? —alcé mi mirada para observar toda la expresión de su rostro que no fui capaz de comprender.

— No, señorita Mijáilova. El placer fue de ambos y no solamente suyo. Debería agradecerle yo a usted por permitirme ser el primero —dijo antes de apoyar su frente contra la mía.

Permanecí sonrojada un poco más mientras él me miraba de aquella forma y luego de robarle un beso fui hasta el horno para ver cómo estaba el bizcocho e impedir por otro lado que se me quemase el café.

— ¿Qué tal ha dormido? —pregunté sonriente sirviéndole una taza del líquido oscuro y dejándola frente a él.

— He dormido de maravilla. ¿Y usted? ¿Algún dolor? —se interesó entre preocupado y divertido.

— Sí, pero resulta agradable —le miré de reojo y después saqué el bizcocho del horno cuando estuvo hecho.

Corté un par de porciones y le puse la suya en un plato dejándola frente a él.

— Tenga cuidado, está caliente.

Sus ojos me miraron con una intensidad sorprendente. Me miró de arriba abajo y me pregunté si era normal desear más de la persona con la que habías estado hacía tan solo unas horas. No obstante, en lugar de demostrar mi creciente deseo llevé mi porción de bizcocho a mi boca tras soplarlo un poco. Era algo masoquista, pero el bizcocho caliente estaba delicioso.

— Tengo que llevarla a su casa para que pueda vestirse —comentó aún mirándome de aquella forma.

— Se lo agradecería —asentí previo a acercarme a él y quedarme entre sus piernas dispuesta a acurrucarme en su pecho si el momento lo permitía en algún instante.

No sabía cómo uno debía reaccionar después de una situación así. No las había vivido. Tan solo sabía lo que leía en las novelas y en la televisión. En las novelas románticas uno normalmente suele tratar al otro como si fuese el amor de su vida siendo ya novios de manera impepinable. En las series solía pasar lo mismo. Luego, por ejemplo, tenía las novelas eróticas donde había mucho sexo, nada de amor hasta casi el final de la obra si es que llegaba a haberlo. Ninguna de las opciones era de mucha ayuda, así que intenté no contenerme demasiado, pues no solía ser cariñosa por culpa de una regla establecida en la familia en que las muestras de afecto parecían sobrevaloradas y luego, tenía que contener a mi mente soñadora que ya empezaba a escuchar campanas de boda.

2018 / Jun / 24

2002

— Háblame de tu infancia.

Isobel estaba delante de mí, al otro lado de la mesa. La madera desconocía de qué árbol sería, pero no era contrachapado, eso podía asegurarlo. Estaba barnizada de forma bastante mate, pero el color de la madera era bastante oscuro como para saber que tendrían que haberla oscurecido mínimo un par de tonos.

Ella me observaba con aquella mirada que me recordaba tanto a la de mi tía. Sus cabellos largos, lacios, le caían por las mejillas dándole aún más sensación a angulosidad a su rostro de por sí afilado.

— No hay mucho que contar. No tenía amigos, no es un período de mi vida que recuerde con muchos momentos felices. Estaba siempre con mis libros y soñando ser alguien que no era —me encogí de hombros ligeramente antes de observar que ella quería hacer más preguntas, era evidente.

— ¿Nunca has tenido amigos?

— Lo que debería ser un amigo al menos, no. No he tenido amigos nunca. Mi primer recuerdo de la infancia es estar sola en el recreo, sin acercarme a nadie, jugando yo conmigo misma para intentar de esa forma que fuese menos aburrido —suspiré mientras la imagen se volvía nítida en mi cabeza como si la estuviese viviendo en el mismo momento.

— ¿Y después?

— He tenido amistades, supongo… en el colegio estuve siempre rodeada de las personas que poco a poco me hacían llorar casi todos los días. Era igual que si fuese su pañuelo de lágrimas y esas mismas personas fueron a los mismos lugares hasta que terminé dejando de estudiar —comenté mordiendo después mi labio inferior.

— ¿Por qué dejaste de estudiar, Kyra?

— Porque… ellos estaban allí. Todos. Pensé que me libraría de todos ellos, pero no lo hice, de ninguno. Fue realmente horrible saber que tendría que estar hasta la universidad con ellos ¿y si me los encontraba también? Algunos estaban en mi clase y «tenía que unirme a ellos». No lo hice. El problema es que todos mis recreos los pasé en completa soledad —musité suspirando profundamente antes de secar una de mis lágrimas—. Mi padre trabajaba al otro lado de la verja que daba a mi instituto y… dejaba durante esa media hora su trabajo para hablar conmigo. Podía verle cubierto de grasa con su mono de mecánico, pero siempre me regalaba una sonrisa —hice una pausa antes de encogerme en el asiento.

Isobel se quedó en silencio. No dijo nada. Tan solo me invitaba a desahogarme cuando yo quisiese, sin presionarme, me daba mi espacio. Sabía que admitir ese tipo de cosas no era algo fácil de hacer. Seguramente estaría viendo en mí la negativa a admitir en voz alta lo que tantas veces había gritado en mi interior. Me sentía desprotegida, me sentía desnuda en mitad de una ventisca y todas las zonas de mi anatomía comenzaban a helarse, despacio, muy despacio. Notando como el dolor se iba haciendo más intenso y el calor de mi cuerpo se apagaba como si alguien estuviese jugando con una vela de broma el día del cumpleaños de alguien.

— Cuando tuve el primer problema no quise volver a clase. Le dije a un chico, quizá por pura desesperación o pensando que era bueno, que no soportaba a uno de los de mi clase que había llegado allí con el resto de la manada y ¿qué mejor cosa pudo hacer ese condenado cabrón que decírselo a todo el mundo? Hubiese deseado con todas mis fuerzas partirle la cara en ese momento. ¿Por qué la gente tiene que ser así? ¿No pueden guardar un puto secreto? —la rabia e impotencia por ese dolor vivido aún era tan grande que las palabrotas escapaban de mi boca con asco y envenenadas buscando hacer daño a aquel que no estaba allí solamente por hablar de él.

Mi psicóloga me miró fijamente. Yo no podía mantener la mirada, me era imposible. Antes lo hacía en gesto amenazador, retando a todo el mundo, pero ahora que me había quitado la coraza era realmente difícil para mí permanecer en esa postura.

— ¿Qué ocurrió cuando estabas en el colegio con esos amigos tuyos, Kyra? —preguntó.

— No gran cosa… —me encogí de hombros—, principalmente me abrían la mochila, levantaban la mano cuando me confundía para que toda la clase supiese que me había confundido y se riesen… ese tipo de cosas.

— ¿Has hablado alguna vez de ello?

Negué mirándole mientras apoyaba mi cabeza en el respaldo de la silla.

— Jamás he hablado de ello. No, al menos, de ese tipo de cosas, solamente de lo mal que me sentía con quienes pensaba que eran mis amigos. Eso es todo —musité antes de soltar todo el aire contenido.

— ¿Por qué no lo contaste?

Entonces volví a mirarla antes de suspirar.

— Supongo que sentía que era lo normal…

— ¿Se lo hacían a los demás compañeros?

— No —respondí rápidamente.

— ¿Entonces porqué era normal?

Me quedé unos segundos pensativa antes de mordisquear mi labio inferior.

— Porque… era yo, supongo.

2018 / Jun / 23

William me llevó hasta una habitación distinta. Sus labios besaron mi boca de esa forma hasta que pude sentir que tenía la cara irritada por el roce de su barba. Finalmente me dejó respirar mientras se centraba en mi cuello bajando lentamente hasta rozar la base de mis senos que estaban casi a la vista. Estaba nerviosa, mucho, ¿cómo no estarlo? Iba a ser mi primera vez, pero ese hombre me hacía desearle como un condenado. ¿Sería posible que me negase a ello? Cerré mis ojos mientras su boca se dedicaba a recorrerme.

— William yo…

— Es tu primera vez, lo sé.

Asentí acariciando su nuca con mis dedos y luego volvió a besarme los labios haciéndome comprender que a él no le importaba ni lo más mínimo. Yo, por el contrario, temía ser demasiado novata y no darle placer alguno en la relación sexual.

Me dejó de pie sobre la alfombra de una habitación que no tuve tiempo de descubrir qué era. Nuestras bocas permanecían buscando a la otra para que de esta forma el deseo no cesase en el otro en ningún momento. Sus dedos se deslizaron hasta el lugar donde tenía la cremallera y lentamente la fue bajando de forma que quedaba bastante poco que cubriese la parte de mi espalda de cualquier tacto suyo. Subió lo suficiente para deshacer el lazo que hubiese escondido el sujetador de no ser más que imposible llevarlo y después la tela fue desapareciendo muy lentamente de forma que mis senos quedaron expuestos a él.

Sus ojos me miraban fijamente. Sus dedos se dedicaban tan solo en rozar la piel que iba descubriendo a medida que bajaba la tela y en el instante que mi abdomen empezaba a ser expuesto, tomé su mentón y negué mirándole con temor.

— No me mires de los senos para abajo, por favor —supliqué.

Él me miró sorprendido y después dejó caer mi vestido cuando paseó por mis caderas.

— Tampoco toques… —musité sonrojándome hasta las orejas.

Aquello pareció sorprenderle aún más que antes y entonces tomé mi rostro entre sus manos antes de besarme con dulzura los labios.

— Espérame aquí… —susurró contra mis labios antes de salir de la habitación.

No comprendía nada. Estaba allí, casi desnuda. Tan solo con mis bragas puestas y él se había ido de la habitación. Mordí mi labio inferior temerosa de que eso fuese para algo todavía peor, ¿algún tipo de broma? Deseaba que no fuese así, que no regresase con una cámara o algo parecido ni nada que pudiese terminar inmortalizándome de aquella forma y terminando en alguna página cutre de esas pornográficas.

Escuché concienzudamente y regresó de forma silenciosa mirándome tan solo a los ojos. En la mano llevaba un pañuelo de seda.

— Átame los ojos. No veré nada que no quieras que vea —dijo entregándome el pañuelo de seda.

Mi corazón se derritió en ese momento. Era… era ese hombre que había estado esperando toda mi vida, estaba más que segura.

Me puse detrás de él y le até el pañuelo, sin embargo, cuando volví a mirarle todo empezó a parecerme impersonal con la venda allí puesta. Me obligué a pensar que simplemente tenía los ojos cerrados, eso era todo. Mis manos fueron lentamente desabotonando su camisa y se la quité finalmente antes de besar sus labios. Después, sus manos agarraron mis muslos por la parte de atrás y con cuidado por haber perdido la visión, me fue tumbando sobre la alfombra. Mi corazón iba a mil por hora, sabía que ya no había marcha atrás porque yo no quería que la hubiese.

Su boca bajó por mi cuerpo provocando en mí suspiros de placer antes de tomar uno de mis pezones de su propiedad. Gemí ligeramente agarrando su cabello, sintiendo como aquella zona de mi cuerpo era extraordinariamente sensible. Me arqueé debajo de su boca y le permití seguir jugando con mis pechos y mis pezones todo lo que desease. Aquello, tan solo aumentaba mi excitación.

Su boca descendió muy lentamente por mi vientre, rozándolo tan solo con los labios y cuando estuvo al borde de mis bragas las bajó poco a poco hasta dejarme completamente desnuda. Era algo extraño llevar los zapatos en aquel momento, pero mis pensamientos no pudieron ir a otro lugar pues su boca se adueñó de la zona más íntima de mi cuerpo. Me recorría con la lengua como si estuviese degustándome y pensé en lo extraordinariamente asqueroso que siempre me había parecido algo así, pero sentir, aunque extraño, con la temperatura tan alta que tenía mi cuerpo era casi una liberación. Su lengua supo encontrar mi clítoris y solté un gemido pues era la primera que era estimulada por otro hombre. A veces, uno de los mayores placeres estaba en la sorpresa, en no saber hacia dónde iba a ir el objeto intruso y era algo que acaba de aprender en ese mismo momento.

El sexo oral desde luego era un descubrimiento que no pensaba que fuese a gustarme tanto. Sabía que estaba roja por la vergüenza, pero no por ello frenaba mis gemidos o me negaba a disfrutar de todo lo que pudiese entregarme. Mis manos aferradas a su cabello parecían pedir más, siempre más, que no se separase, pero lo hizo, con la barba ligeramente mojada alrededor de la cara.

Se desabrochó el pantalón, se bajó la cremallera y después los bóxer junto a los pantalones. Me quedé observando su erección a punto de tener un ataque nervioso. ¿Cómo iba a caber todo eso dentro de mí? Sabía de sobra que era estrecha, así que el grosor tampoco ayudaba ni lo más mínimo.

Se colocó entre mis piernas palpando con sus manos y finalmente se puso sobre mí a punto de deslizarse en mi interior, pero no lo hizo. Lo agradecí, porque si algo no quería es que estuviese esa condenada venda entre él y yo en ese momento. ¿No era necesaria esa intimidad que tan solo se consigue con la mirada? Le quité el pañuelo y él me miró sin comprender. Negué y besé sus labios para evitar que hablase antes de sentir como poco a poco se hundía en mi interior sin ningún tipo de preservativo entre su piel y la mía.

Podía sentir con claridad la dificultad, el roce de mis paredes vaginales con la forma de su miembro y en el momento en que llegó al himen tuvo que empujar algo más fuerte para romperlo por lo que no pude evitar encoger las facciones por el dolor que ese movimiento me había causado.

— ¿Estás bien? —me preguntó mirándome con esos enormes ojos azules que me estaban volviendo loca.

— Sí… —susurré—, solamente… ve despacio, por favor.

Me agarré a sus hombros mientras él seguía entrando dentro de lo posible en mí y se retiró con la misma suavidad. Volvió a entrar y volvió a salir, aunque esta ocasión por completo. Luego, se levantó, se puso un preservativo y se tumbó a mi lado, lo cual yo entendí como una invitación a estar yo encima. Había oído que era una mejor posición para las mujeres en las primeras veces pues así eran ellas quienes tenían el control de la situación y podía proporcionarle más placer.

Finalmente, lo hice, me puse a horcajadas sobre él, sintiéndome expuesta y hundí toda su erección en mi interior poco a poco. Estaba completamente roja de la vergüenza, pero él no tocaba donde no debía, me pedía permiso con sus enormes ojos para apoyar sus manos en mis caderas y se lo concedí. Necesitaría ayuda pues no  tenía idea de cómo debía moverme.

Poco a poco el dolor cesó y la pasión aumentó en ambos. Se incorporó sentándose debajo de mí y busqué su boca mientras la habitación empezaba a llenarse del ruido de los golpes de nuestras caderas, el chapoteo del mete y saca y los gemidos de ambos que a duras penas podían perderse en la boca del otro.

Mi primer orgasmo fue arrollador. Ni tan siquiera imaginé que podría llegar a tenerlo, pero él me había estado estimulando casi todo el tiempo en otras zonas erógenas de mi cuerpo cuando yo había estado absolutamente concentrada en aquella cabalgada. Él también llegó al orgasmo, apoyando su rostro entre mis senos y jadeando por el esfuerzo físico y la excitación previa.

Ese hombre tenía que amarme, lo sabía. Una parte de mí estaba tan segura y eufórica por aquella muestra de amor que ni tan siquiera dejó a la otra parte de mi cerebro pensar y ser racional.

Entonces, despacio, salió de mí, dejó un casto beso en mis labios y fue a quitarse el preservativo.

— Ven a la habitación —dijo mientras yo intentaba recuperar el aliento.

Me puse su camisa, caminé con las piernas temblorosas hasta la habitación de enfrente, su dormitorio y me invitó a meterme en la cama. Una gran sonrisa apareció en mis labios y me acurruqué a su lado justo antes de sentir cómo él me ponía sobre su pecho. Dejó un beso en mi frente antes de susurrar:

— Ahora sí, señorita Mijáilova. Tiene que dormir si quiere acompañarme mañana.

Y con una boba sonrisa de oreja a oreja le robé un beso antes de intentar quedarme dormida.

— Buenas noches, William —fue lo único que pronuncié después que apagase las luces.

2018 / Jun / 22

Pude verle disfrutando de su filete. Su mirada estaba fija en mí. Me sentía completamente evaluada, pero sabía que había más margen para la sinceridad entre nosotros. No le escondía nada de mí, bueno, casi nada. Había temas que no consideraba que fuese necesario hablar porque jamás había sacado un tema semejante con nadie, al menos, hablando cara a cara.

Mordisqueé mi labio inferior buscando algún tipo de conversación diferente, aunque no deseaba resultar frívola. ¿Cómo podía conseguir pasar de un tema a otro? Si hubiese practicado más este tipo de situaciones tendría más recursos, o al menos, me saldrían de forma más automática, pero este hombre lograba estremecerme de pies a cabeza y tenerme tensa, pensando que quizá en cualquier momento diría algo que provocase que desapareciese, algo que no podía permitirme.

— ¿Por qué? —preguntó de repente.

— ¿Por qué qué? —respondí confusa.

— ¿Por qué busca la forma de escapar como si estuviese encerrada en alguna parte en contra de su voluntad?

Su pregunta me dejó sorprendida. ¿Daba esa impresión? ¿Seguía dando esa imagen que parecía querer demostrar algo, pero a la vez desaparecer antes de ser excesivamente presente o que alguien se acercase a mí hasta el punto de terminar herida? Bajé mi mirada a mi plato sintiéndome al borde de las lágrimas. Si no había avanzado en eso me preguntaba si era capaz de ayudar a mis propios pacientes. ¿Y si les estaba haciendo más mal que bien? ¿Era realmente buena para entregarles la ayuda que necesitaban?

Respiré intentando contener mi estupidez. ¡Claro que era válida para ello! Mi propia tutora Cecille me había incentivado a ser usuaria experta, a ser una agente de ayuda mutua porque tenía todas las cualidades para lograr tal hazaña y porque ayudar, el deseo de quitar dolor a todos los demás, era parte de mi propio ser, de mi adn. Estaba impreso en cada partícula de mi cuerpo durante tanto tiempo maltratado por mí misma.

— Tengo miedo a sufrir. Y sé que si no me expongo también lo haré y no lograré otras posibles maravillosas experiencias, pero el miedo es el miedo, irracional. Y, a menudo, es más fácil dejarse llevar por los miedos que enfrentarse a los demonios y darse cuenta que la vida no es un camino de rosas —musité mientras arrugaba ligeramente la nariz haciendo un análisis propio de mi forma de comportamiento conforme a los sentimientos que tenía.

Pensé en un ejemplo que había siempre en la mayor parte de las religiones. El camino del bien era siempre el más dificultoso, el que más sacrificios pedía, al menos, a priori. Sin embargo, el camino del mal parecía sencillo, llano o incluso, cuesta abajo, y que lograríamos nuestro objetivo más fácilmente. No obstante, todo lo fácil suele conllevar unas circunstancias peores en el futuro. Algo, que podíamos terminar pensando que al estar en un futuro será casi tan lejano que no tendremos que enfrentarnos realmente a ello.

Me escuchó atentamente. No dijo nada más, pero pude leer en su semblante que aquello le parecía una tontería, algo que me hirió profundamente. ¿Había hecho bien en intentar encontrar en aquel hombre alguien que pudiese comprenderme? Contuve mis ganas de cruzarle la cara pues consideraba que era desproporcionado cuando podían ser tan solo imaginaciones mías.

— Mañana es mi último día en la ciudad y me preguntaba si podría pasarlo con usted —comenté intentando cambiar de tema.

— ¿Mañana?

— Sí, así es. Me gustaría poder verle en su trabajo, si no le supone ninguna molestia —continué llevándome comida a la boca entre frase y frase. ¡Podría comerme en ese mismo instante un elefante!

— Comprendo —dijo terminándose el filete lo cual me dejó en las mismas—. Creo que debería irse a la cama, señorita Mijáilova.

Mi cara fue un poema. ¿Me estaba echando? ¿En serio? La ira fue apoderándose de cada partícula de mi ser mientras intentaba contenerla, algo que no había logrado nunca. Estaba convirtiéndome de nuevo en ese ser irracional que no siente nada más que ataques por todas partes y montaría un espectáculo que no tendría nada que ver con lo que fuere que hubiesen escuchado sus vecinos hasta ese momento.

Con mala cara, me bajé del taburete y fui hasta donde había dejado mis zapatos para ponérmelos. Quería tranquilizar a esa bestia, pero habló antes de que me permitiese ponerle el bozal.

— Lamento haberle molestado durante esta noche, señor Verdoux. No era mi intención. Sin embargo, la forma de echarme, no ha sido realmente apropiada. Si tanto quería que me fuese podría haberse inventado una excusa socialmente aceptable, que aunque me hubiese tocado las narices de la misma forma no hubiese sido un rechazo y un «ahí tienes la puerta, encanto» de manual que me acaba de hacer. Que pase buenas noches —concluí mi sermón antes de caminar como alma que lleva el diablo hasta la puerta.

En un abrir y cerrar de ojos sentí mi cuerpo darse la vuelta y mi espalda golpear la puerta mientras unos ojos hambrientos y una sonrisa pícara adornaban el rostro del profesor.

— Es un carácter difícil de domar —musitó con diversión—. Tan solo dije que tendría que acostarse porque había pedido acudir a mi clase si no recuerdo mal y es muy temprano la hora a la que doy mi cátedra —comentó acercándose más a mi rostro mientras mi corazón iba a mil por hora.

Vale, le había malinterpretado, pero su diversión estaba consiguiendo darle más alimento a mi mala uva. Mi ceño se había fruncido e intentaba escaparme, pero cuando iba a decir algo, su boca atrapó la mía en un beso apasionado e intenso. Me resistí al principio, molesta ante la idea de que me creyese tan fácil de calmar, pero poco a poco me fui dando cuenta que así era.

Mis dedos se agarraron a su cabello e intenté mantenerle pegado a mí, besándonos de esa forma. Mi interior ahora empezaba a sentir un ardor diferente, fruto del deseo y mientras nuestras lenguas se reconocían en ese beso demoledor, sus manos iban bajando por mi cuerpo hasta situarse a la altura de mis muslos donde, tras invitarme a elevarme, él lo hizo provocando que tuviese que envolver su cintura con mis piernas con una gran dificultad por el vestido que había escogido.

¿Sería ahora? ¿Sería al fin? Tendría mi primera vez, o eso parecía porque salvo que él parase, por muy nerviosa que yo estuviese, no pensaba parar.

2018 / Jun / 21

Nuestras cenas estuvieron sobre la isla de la cocina. Estaban en envases poco elegantes lo cual desentonaba con nuestras ropas y su hogar, pero al que yo estaba bastante acostumbrada. La comida rápida solía ser un recurso para todos aquellos que queríamos darnos un pequeño homenaje o no nos daban las horas para cocinar algo decente. Yo misma recordaba los momentos en los que habíamos ido a las cadenas de comida rápida. Había sido en situaciones especiales cuando toda la familia había estado en la misma ciudad y siempre por petición de mi abuela quien decidía a regañadientes con mis padres, pagar todo lo que hubiésemos comido.

Había otras ocasiones en las que no íbamos a restaurantes de comida rápida, también acudíamos a algún asiático o a un pequeño restaurante en el que siempre pedíamos pollos asados para comer juntos los domingos en que había algo que celebrar siempre que no fuese una festividad tipo Navidad o Fin de año.

Aún podía recordar la forma en que mi abuela siempre conseguía que el camarero le hiciese caso a ella diciéndole: «¿quién es la más vieja? Yo, ¿no? Pues hágame caso a mí».

Era hasta divertido verles discutir por quién pagaba la comida.

Caminé hasta la isla de la cocina y abrí una de aquellas complejas cajitas donde venía la comida china. Él había pedido otro filete con patatas fritas y me llegué a preguntar si no era lo único que comía durante su vida. No le había visto tomar gran cosa más aunque lo cierto es que ambos nos conocíamos de muy poco tiempo.

Me senté en el taburete y agradecí en gran manera que William hubiese pedido un tenedor. Mi forma de comer con palillos era igual que un milagro si algún grano de arroz llegaba a mi boca. Mi pulso, en aquellas prácticas que requerían precisión, era casi igual que ponerme a tocar panderetas. A veces temía por tener una de las enfermedades de mi padre, pero no había ningún motivo que pudiese indicarlo.

— William… —comencé tras haber tragado la primera pinchada del arroz tres delicias que estaba tan delicioso como yo lo recordaba—, creo que debe saber algo sobre mí. No sé si hago esto por temor o quizá porque creo que sea mejor así para evitar en cualquier posible caso que todo vaya a más si le supone algún problema esta parte de mí.

Mordí mi labio inferior mientras sentía cómo sus ojos me miraban fijamente. No podía devolverle la mirada, me costaba un mundo y por primera vez en mi vida, no era capaz de llevarme más comida a la boca si no decía lo que tenía que decir.

En mi cabeza, la voz de mi madre y mi propia voz me recordaban que nadie tenía porqué saber mi pasado, que nadie tenía porqué enterarse de mi problema psicológico aún vigente, que nadie, absolutamente nadie, tenía derecho a juzgarme por ello, pero quizá mi propio ser masoquista buscaba el pequeño traspiés que él hiciese para lanzarme a los leones ¿y qué mejor forma que hacerlo que presentándome como antes lo hacía? Problema en mano como carta de bienvenida. Una forma segura de alejar a todo aquel que pudiese lastimarme en algún momento.

— Recuerda lo que le dije antes sobre mi profesión, ¿verdad? —pregunté esperando no tener que ser más directa aunque pronto entraría en algo más complicado de expresar.

— Así es… —contestó con prudencia.

Aspiré profundamente y deslicé mi comida un poco hacia delante antes de entrelazar mis dedos para comenzar ese discurso que la parte más racional de mí no podía parar.

— Tengo… tengo un trastorno de personalidad, William. Exactamente, «trastorno de personalidad Cluster C», o al menos, es donde tanto tiempo me catalogaron, aunque creo que difiere en algunos aspectos. No soy una persona accesible de muchas formas. Soy alguien que a menudo aleja a quien necesita —jugué con mis dedos antes de continuar—. Sufrí acoso escolar. No el típico de golpes. Nunca llegaron a herirme físicamente, pero existen muchas formas de herir a una persona. Mi vida familiar tampoco era mi refugio puesto que tenía otro enemigo en casa, mi hermano, alguien a quien yo le había puesto tal calificativo sin que él se lo ganase de ninguna forma, al menos, al principio. Me separé de la humanidad en general cayendo en una depresión durante los dieciséis años. Le ahorraré saber más detalles, pero… creo que debería saber que estuve ingresada en psiquiatría en un total de tres ocasiones. Conozco lo que es el dolor en la propia piel y sé que no soy para nada una mujer sencilla para mantener una relación de la índole que sea. Soy orgullosa, cabezota y estoy como una cabra, lo reconozco, pero… en fin, creo que debía ser sincera con usted —comenté antes de sentir como todo mi estómago rugía y no por el hambre sino por la ansiedad por saber qué diantres pensaría él en ese momento.

Los segundos en silencio fueron eternos. Agarré la comida dispuesta a llevarme algo a la boca porque ahora la ansiedad sí que estaba pudiendo conmigo. No controlaba nada comiendo, pero, al menos, recibía una pequeña satisfacción.

— Evasión, evitación… Temor a ser dañado de nuevo, ¿no? —preguntó.

Le miré sin comprender. ¿Por qué respondía precisamente eso?

— Así es… —admití en voz alta.

Se llevó una patata a la boca mientras me miraba tranquilamente. Ambos parecíamos escudriñar al otro con la mirada y no lo entendía. ¿Qué buscaba él encontrar en mi rostro que no pudiese dárselo ya masticado la explicación que le había dado antes?

— ¿Qué busca diciéndome eso, señorita Mijáilova? ¿Que dejemos de vernos?

La sorpresa se hizo presente en todo mi rostro. Su análisis había sido brillante. Había llegado a la deducción correcta. ¡Eso quería mi mente! Era una forma de recordarme a mí misma que jamás podría estar con nadie porque nadie me aceptaría por ser lo que soy, calificándome a mí misma como si no hubiese nada más que ese trastorno.

— Solo quería que estuviese en su conocimiento —musité.

Sus ojos volvieron a fijarse en los míos antes de suspirar un instante.

— Lamento lo ocurrido en su pasado, señorita Mijáilova, pero no puedo darle mi rechazo si era eso lo que buscaba —concluyó antes de indicarme con un gesto de su mano que comiese.

No entendía porqué. Debería sentirme ofendida, pero por alguna razón creía haberme quitado un peso de encima. Aún así, mi demonio interno ya estaba haciendo cábalas para buscar otra forma de recibir ese rechazo.

2018 / Jun / 21

2002

Me sentía completamente avergonzada. Era igual que si se hubiesen burlado de mí en todos los sentidos. ¿Quién podía haberse reído de mí de tal forma? Cerré mis ojos con fuerza intentando serenarme. Las ganas de ir arrancando cabezas aumentaban conforme pensaba más en lo que había sucedido. Recordé entonces la forma en la que pocos años antes, cuando aún estaba estudiando los estudios secundarios me quedaba mirando al profesor o profesora después de que mis compañeros se hubiesen reído o me hubiesen dedicado algún comentario mordaz. A veces, ni tan siquiera era tan directo, sino que era tan simple como abrirme la mochila y dejarme sin mis tareas cuando yo sabía que las había hecho.

Mi forma de controlar mi ansiedad y mis ganas de mandar a la mierda a todos los presentes para no llorar, era imaginarme a mí misma desmembrando a mis compañeros y comportándome cual Vlad El empalador. ¿Por qué? Era una forma de avisar a todos de lo que les podría pasar y cómo debían respetarme. Incluso, en mi mente, me respetaban tanto que ni tan siquiera le decían a la policía quién había sido el culpable dado que terminaban viendo los cadáveres más personas que solamente mis compañeros.

Tenía miedo de esa parte asesina residente en mi interior. Recordaba que cuando era pequeña solía ganar las discusiones con mi hermano básicamente porque le plantaba un manotazo doloroso en la espalda y se la dejaba completamente marcada. No sentía remordimientos, al contrario, él se lo había ganado. Y si analizaba esa parte de mi ser tal y como me pedían que hiciese en la introspección para encontrar los porqués de mi comportamiento, temía poder encontrar a una asesina en serie, despiadada, sin miramientos que estaba tan solo a un paso de encontrar su vocación arrancando corazones por venganza pura y dura.

Puede que mi mente fuese demasiado fantasiosa, pero quizá no. ¿No era el típico caso que veía en las series que tanto le gustaban a mi madre? CSI, en todas sus alternativas, estaba lleno de ese tipo de locos y algunos de ellos, en concreto, eran seres con una maldad que se deslizaba por sus venas junto con la sangre. Era parte de ellos mismos y yo no quería ser como esas personas. ¿Debía contener mis emociones? ¿Cómo hacerlo si finalmente todo lo que no expresaba de alguna forma terminaba quemándome hasta que se volvía una pelota demasiado grande y explotaba sin remedio a diestro y siniestro llevándome a inocentes a mi paso en forma de proyectil?

Tenía en mi interior una fiera que estaba alimentándose de rabia, de resentimiento y no era capaz de ver quién la alimentaba tanto y tan rápido para que las cadenas con las que la tenía sujeta fuesen inservibles. No saltaba a la yugular, es cierto, pero me cegaba de una forma que lo único que podía era ver al otro como mi mayor enemigo. Era un combate a vida o muerte. Su orgullo o el mío. No había más salida que ganar la batalla porque demasiadas otras había dejado que me pisoteasen y me obligasen a besar el barro o limpiar sus botas con mi lengua por no saber qué defensa utilizar. Hasta ese momento me había presentado a las batallas a pecho descubierto, blandiendo una espada de madera y siendo atestada con espadas envenenadas hasta que claudicaba aceptando mi derrota. Pero ahora no. Todas aquellas veces perdidas se concentraban de alguna manera en mi odio desmedido y blandía mi espada, sacaba los cañones y las caballerías estaban a una sola orden para acabar con el enemigo. No importaba si la lucha era desigual, si el número se posicionaba en mi contra. Era igual que aquellos valientes espartanos, los 300 luchando contra un sin fín de ejércitos que no parecían acabarse nunca. A menudo, mis fuerzas flaqueaban, pero cuando eso ocurría aceptaba que era el instante de asestar el golpe final y mi mente, rápida y veloz acudía en mi rescate para lanzar el más cruel insulto que pudiese escapar de mis labios.

Ese carácter lo había heredado de la familia de mi padre, según decían todos. Una leona dispuesta a rugir en el instante que cualquier león osease contradecirla. No obstante, había visto cómo mis tíos perdían el control a base de insultos, había escuchado las situaciones en las que mi padre había perdido el control y recordaba perfectamente un momento en que, por pura frustración, había agarrado una silla y la había zarandeado porque no podía hacerlo ni con mi madre ni con ninguno de nosotros.

Aún así, la familia de mi madre tampoco se libraba de tal posible herencia. Una de mis tías tenía más genio que todas juntas, aunque la crueldad en las discusiones existía en ambas familias desde que se había escuchado un discurso similar a: «¿para qué discute uno? Pues para hacer daño sino no tiene sentido». Algo que no dejaba de ser una batalla campal, algo que había mamado desde pequeña y que venía incluido en mi ADN. ¿Sería imposible entonces domar a la bestia que se había despertado sumida en la ira más absoluta por el rencor que tenía acumulado contra el mundo?

Molesta, furiosa, cansada de no encontrar soluciones sencillas decidí comenzar a escribir una historia diferente por internet, algo más propio, más personal. Pero siempre que pusiese el rostro de una chica que agradase a todo el mundo era más que suficiente, ¿no? Sí. Era la mejor forma de vender algo oscuro y triste, con un envoltorio bonito y así, utilicé a la actriz de moda como físico del personaje principal por mucho que yo la detestase: Marillene Boutrix sería la candidata perfecta para que el mundo se abriese a mi rabia contenida.

2018 / Jun / 21

La presentación había terminado. Estábamos en su casa, un apartamento demasiado caro para cualquier bolsillo normal, pero el suyo no lo era, evidentemente. Miré a William que permanecía al teléfono para pedir nuestra comida. Me quité los zapatos de tacón aprovechando su descuido y agradeciendo muchísimo el contacto del suelo con mis pies. No había sido una tortura china, pero reconocía que si seguía teniendo que usar zapatos tan altos volvería a los planitos de toda la vida que me hacían bastante menos daño.

La voz de William se deslizaba por todo el lugar. Era un sitio enorme sin apenas separaciones entre las distintas habitaciones. Lo primero que había al llegar era el salón y justo escondida detrás de una pared estaba la cocina que no tenía separación con el salón salvo por la isla que hacía las veces de mesa. Podía imaginarme a William allí desayunando todas las mañanas mientras esperaba a que el tiempo pasase porque estaba más que convencida que no llegaba tarde a ninguna de las clases de su cátedra.

Literatura del siglo del terror. Una asignatura sorprendemente negativa si nos paramos a pensar que el siglo del terror era el mismo que estábamos viviendo. No podía negarse que así era. ¿Había alguien que pudiese salir tranquilo a la calle sin temer que otro pudiese clavarle un puñal, metafóricamente hablando? Bueno, y sin metáfora de por medio. El peligro estaba ahí y éramos nosotros mismos.

Deslicé mis dedos por el enorme sofá de color gris oscuro. Era suave, confortable y seguro que era perfecto para continuar describiendo esa parte de la casa que hasta ahora había podido ver. Por eso, con los zapatos en mi mano fui hasta allí y me senté en el sofá lamentando ser tan maleducada por no haberle pedido permiso, pero en cuanto habíamos entrado él me había dicho que me pusiese cómoda así que eso era lo que estaba intentando.

Sentada en el sillón observé todo lo demás. En lugar de tener una televisión, tenía una amplia chimenea hacia la que estaba orientado el sofá y los monoplazas que tenía formando una C o una U dependiendo de la perspectiva de cada uno. En el centro había una mesita de té de cristal y sobre él un cenicero que había sido usado en numerosas ocasiones, pero que mantenía su pulcritud. Solamente se podía saber que no era nuevo por los desgastes y ligeras quemazones producidas en los lugares donde había apagado los cigarrillos que se había fumado.

Apoyé mi espalda en el respaldo y miré toda la decoración. No había ni una sola fotografía. Había cientos de libros, pero en general aquel piso era básicamente de un soltero empedernido. No había pisado por el lugar ni un solo niño ni una mujer que hubiese dejado una huella que hubiese durado más de veinticuatro horas. Todo era un vivo ejemplo de la oscuridad que se escondía en el interior de William y que ansiaba descubrir.

¿Resultaría sorprendente si digo que mi héroe favorito es Batman? ¿Y si comento que siempre me había vuelto loca intentando entender el raciocinio de su villano más conocido, el Joker? ¿Y si la oscuridad de Gotham me había cautivado hasta el punto de desear ser Selina Kyle? Esa sinuosa, sensual y sorprendente gata que traía de cabeza a Bruce Wayne. Puede que, a menudo, soñemos ser lo que no podremos ser nunca, lo que no somos o ese espíritu que siempre permanecerá encerrado en nuestro interior porque no sabemos cómo dejarlo ir. Sea como fuere, yo era una puritana en comparación con Catwoman y no tenía nada que ver mi mundo con el suyo. Ella era mil veces más fuerte que yo.

Perdida en todos mis pensamientos negativos había obviado que William había dejado de hablar por teléfono.

— Nuestra cena llegará en unos veinte minutos —anunció antes de quitarse la corbata y la chaqueta del traje.

— Perfecto. Mientras… podemos hablar —propuse subiendo mis pies al asiento del sofá.

— ¿De qué quiere hablar, señorita Mijáilova? —comentó terminando por quitarse la corbata de alrededor del cuello de su camisa blanca y abrir un par de botones de la misma.

— De usted…

Noté cómo rápidamente se tensaba hasta el punto que casi podía distinguirle los pectorales por debajo de aquella camisa ajustada a su cuerpo cincelado por algún escultor al estilo de Miguel Ángel, seguro. Aquello hizo que me acordase de Gustav. Una pequeña sonrisa atravesó mis labios y pude ver rápidamente la gran diferencia entre ambos y no solamente en el aspecto físico.

— Me gustaría saber por… bueno, diablos. ¿Cómo es que su madre y su padre estaban casados sabiendo Catherine que su marido era homosexual?

Al fin lo había soltado. La gran pregunta del millón que me tenía desconcertada y a diferencia de lo que pensaba, eso pareció relajar a William quien se desabotonó los puños de la camisa quitándose los gemelos y después se remangó una manga mostrando un antebrazo fibroso y sin una gota de grasa acumulada, pero con algunas señales del pasado en tonos más claros que los de su piel.

— Fácil, señorita Mijáilova —sonrió dirigiéndome una mirada para luego volver a su parsimonia de doblar y volver a doblar el puño de su manga hacia arriba—. Mis padres, en realidad no se casaron nunca. Son hermanos. Catherine y Peter tienen el mismo apellido por esa razón consiguieron engañar a todos. Además, a Catherine no le importó, de cara a la galería, fingir que era esposa de su hermano y así evitarle ser atacado por la sociedad por su homosexualidad. Ambos han tenido exitosas carreras manteniendo su vida privada lejos de la prensa. Se lo han apañado bien mientras debían. Ahora la sociedad es bastante más abierta y no hay problema en que Peter vaya con Roger cogido de la mano allá donde quiera.

— Vaya… es sorprendente. ¿Nadie se percató de que eran hermanos? —pregunté mirándole con sorpresa y también curiosidad.

— Se sorprendería el tipo de cosas que se han hecho en las familias para ocultar secretos…

— Había oído que los homosexuales se casaban por obligación para esconder su verdadera sexualidad, pero jamás había pensado que pudiese darse algo así entre hermanos. ¿Y si se descubría todo? ¿No era peor el hecho de ser hermanos a los ojos de todos casados y no que su hermano fuese homosexual? —pregunté frunciendo mi ceño.

— Por mucho que se sorprenda, señorita Mijáilova. Hay veces que no podemos comprender hasta qué punto se podía desprestigiar a una persona si no hemos vivido determinadas épocas —murmuró antes de cambiar su atención hacia la otra manga que aún no había remangado hasta el codo—. Sin embargo, parece escandalizada.

— Bueno, reconozco que la sola idea de imaginarme a mí, con mi hermano o que la gente pensase que estamos juntos… me da bastante repelús —me estremecí por completo y luego fui consciente de que aquel antebrazo a mis ojos tenía unos tatuajes.

Me levanté del sofá y caminé hacia él antes de darme cuenta que estaba deslizando mis dedos por los tatuajes de su antebrazo. Alcé mi mirada a sus ojos y como si se debatiese si debía decir algo o no, finalmente, en el instante que llamaron a la puerta se limitó a comentar el tema de los tatuajes.

— Recuerdos de juventud.

Se separó de mí y fue visiblemente tenso hasta la puerta para pagar al repartidor. ¿Qué había hecho en esta ocasión?