2018 / Jun / 30

Aún no podía creerme que él estuviese allí. Lo último que había sabido de él había sido antes de desaparecer. Ni una llamada, ni un correo, ningún mensaje. Había perdido toda la esperanza de poder saber algo de Damian, y… ahí estaba. Siempre buscándome como si fuese yo la que me escapase siempre.

Mis dedos se agarraron a su cabello correspondiéndole el abrazo. Me había quedado en estado de shock. Ahora comenzaba a pensar que todo tenía sentido, que las cosas volvían a sonreírme. Él había sido el primer chico en ser mi amigo, el primer chico que había conocido durante años a través de la pantalla del ordenador y que ahora aparecía frente a mí. Era una sensación muy extraña pues no había pensado poder abrazarle jamás. Siempre creí que nuestra amistad se quedaría entre las pantallas de nuestros ordenadores y que jamás podría ver su rostro en nada que no fuese una fotografía.

Su olor era embriagador. La manera en que su calor me envolvía provocó que mis lágrimas se me saltasen por completo. Era él. Estaba ahí.

— ¿Cómo…?

— Quería darte una sorpresa —musitó dejando un gran beso en mi mejilla.

— Me pillas por los pelos, acabo de regresar de Nueva York —dije antes de mirar por encima de su hombro y comprobar que no venía solo.

Allí estaba ella. ¿Cómo había podido traerla a mi hogar? No la soportaba. Él lo sabía bien. Me importaba bien poco que fuese su novia, aquella visita debía hacerla él solo. Me tensé inmediatamente en sus brazos y él supo porqué era. Era igual que si me leyese la mente. Después de más de cinco años de amistad nos entendíamos a la perfección aunque tuviésemos nuestras discusiones.

— Ha querido venir… —me susurró en el oído.

Los ojos de arpía de aquella morena insoportable me observaron como si fuese el insecto más asqueroso de toda la tierra que había que aplastar cuanto antes. No me costó ningún problema devolverle el gesto de completo asco y necesidad de soltarle a los perros en caso de que los hubiese tenido.

Alta, su cabello moreno deslizándose por sus hombros, una piel más bronceada de lo normal en aquel país y una sonrisa “Profident” casi tan falsa como la bondad que fingía de cara a Damian.

Me separé despacio de mi amigo antes de indicarles que pasasen. No hice amago alguno de desearle buen día ni de regalarle una sonrisa o algo parecido. Era un sujeto hostil en mi hogar y si le abría la puerta era tan solo por mi amigo. Por mí la hubiese dejado pastar como a las vacas fuera, lejos de nosotros.

Ecaterina. La mujer que tantos problemas me había causado con Damian por ser simplemente ella… una bruja, entró detrás de mi amigo para finalmente sentarse en el sofá, en el grande, para estar juntitos sin dejarme un hueco a su lado. Mordí mi lengua para no decirle lo inapropiado que me resultaba eso, pero no quise montar un numerito, no con todo lo que me había pasado en tan poco tiempo.

Me senté en el otro sofá mirándoles a ambos. Ni tan siquiera era capaz de tener buenos modales de anfitriona porque no quería darle nada a aquella arpía asquerosa. Una sonrisa de visible desagrado en mi rostro se terminaba transformando en una de completa sinceridad cuando mis ojos se posaban en mi amigo.

— Así que querías darme una sorpresa —comenté antes de apoyarme hacia el lado que estaba más cerca de mi amigo indicando que ella me importaba más bien poco.

— Sí… sé que he estado desaparecido y que no ha debido ser muy agradable para ti estar sola, pero…

— … estaba conmigo —terminó con aquella voz de bicharraca. Todo el conjunto la acompañaba.

La miré con indiferencia aunque sentí un malestar que tuve que disimular en todo lo posible. Damian me había dejado tirada para ir al consuelo de Ecaterina. No era la primera vez que lo hacía, siempre estaba ella delante de mí y comprendía que fuese a sí si estaba enamorado de ella, pero habían pasado demasiadas cosas entre ambos tiempo atrás que me hicieron creer que no había relación posible entre ellos.

Su brazo se deslizó por el de Damian. Su mejilla se apoyó en su hombro y le miró como corderito degollado provocando que tuviese ganas de vomitar. Era patética. ¿Los hombres realmente caían tan fácilmente en trucos falsos de damisela en apuros y de falsa inocencia? Desvié la mirada asintiendo para finalmente decidir preocuparme por ella de mi forma peculiar, esa que tenía reservada para toda aquella que había intentado hacerme la vida imposible.

— ¿En serio? No me digas que te golpeaste la cabeza y te quedó tan solo una de tus neuronas operativa —imité la cara que ella le había hecho a Damian y a diferencia de lo que pensaba que ocurriese, mi amigo me miró con una cara que fingía ser dura, pero se estaba riendo en el fondo.

— Kyra… —musitó.

Asentí y luego murmuré un casi inaudible “perdón”, pues realmente no lo sentía para nada lo que había dicho.

— No. Había estado completamente indispuesta. Como recordarás acabábamos de terminar hacía tan solo un par de meses y bueno…

Alcé una de mis cejas. Me lo esperaba. Esperaba sentir el jarrón de agua fría recorriendo mi columna, haciendo que me estremeciese. Sabía que lo lograría. Esa era la intención de ella desde el principio, atarle de la forma que fuese. Lamentaba el infierno que parecía haber aceptado mi amigo.

— Estás embarazada, supongo —terminé la frase que había dejado inconclusa.

Los ojos de ambos se encontraron con mi expresión de póker. Aunque no me hacía ni la más mínima gracia un bebé siempre era motivo de alegría aunque fuese un pequeño engendro del mal como su madre. Me preguntaba si le molestaría todas las noches para que no pudiese dormir más de una hora seguida.

— Sí. Está embarazada. De… mí —tragó en grueso Damian observándome como si me pidiese perdón por algún motivo que desconocía.

— Enhorabuena, Osito. Espero, con toda sinceridad, que salga igualito que tú —comenté antes de sonreírle con afecto y apoyar mi mano sobre la ajena.

Mientras tanto, Ecaterina me observaba con una mezcla de incomprensión, sorpresa y triunfo. En la batalla que ella había creado entre ambas, se sentía vencedora habiendo asestado el golpe final.


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