2018 / Jun / 30

Mi solitario hogar me recibió con su silencio acostumbrado. Todo lo que no había sido recogido antes de que me fuese de viaje, permanecía en su sitio. En momentos así, es cuando una se da cuenta del verdadero trabajo que hacían las madres manteniendo impoluta la casa y haciendo que tras cada viaje, tras todas las horas que uno se pasaba lejos del hogar, se encontrase la cama hecha, los libros recogidos, nada de polvo, la ropa en su lugar… ¿cómo éramos tan idiotas de no verlo hasta que no vivíamos solos? Ni tan siquiera nos preguntábamos si ellas estaban cansadas o no. Ahora, en cambio, sí pensábamos en todo eso porque éramos nosotros quienes completamente agotados aún debíamos hacer todas esas tareas del hogar.

Las infravaloradas madres ahora estaban en un completo pedestal para mí.

Me recogí el cabello en una coleta mientras llevaba la maleta hasta la habitación. Era más que evidente que cuanto antes me pusiese manos a la obra antes lograría terminar todo aquello. Regresé al salón, fui hacia la cocina para coger los objetos para la limpieza y después quise invocar a mi madre para recordar de la mejor manera posible qué lecciones me había dado para poder limpiar cada cosa con su producto adecuado. Recordé ese libro que ella había tenido que aprenderse para tener una plaza de trabajo que lamentablemente nunca llegó, para ser una de las mujeres de la limpieza de cualquier lugar en que quisiese mandarle el gobierno. Prácticamente tenías que ser química para entender todas aquellas reacciones químicas que tenían los distintos productos de limpieza con el material del que estaba hecha la superficie a limpiar.

Me remangué y finalmente comencé a ordenar, barrer y quitar el polvo de todos los muebles que había en mi salón. Recordaba a todos los personajes que siempre había visto en series que disfrutaban de la limpieza compulsiva aunque con el disfrute también había un sufrimiento porque si no eran capaz de dejar la casa impoluta, sin gérmenes y perfectamente ordenada podían estar horas y horas sin parar de limpiar.

Esperaba que ninguna de esas personas fuese a mi casa nunca. No por mí. Sabía que me sentiría una verdadera descuidada en comparación con sus dotes de limpieza, pero ellos podrían sufrir un grave ataque de ansiedad solamente con entrar. Algo que a mí me había pasado en la puerta de un aula, como si todo volviese a repetirse si pisaba una de ellas.

Después de dos horas limpiando, me senté en el sofá hecha polvo. El trabajo físico no era lo mío, de ninguna manera. Me quité los zapatos y dejé que mis pies reposasen descalzos sobre la tarima del suelo que había conseguido que terminase de secarse, al menos, en la zona donde yo estaba sentada.

Me estiré ligeramente antes de acurrucarme en el sofá tumbándome de costado. Cogí el mando de la televisión y la encendí para buscar algo que ver, algo que me ayudase a pensar en otra cosa que no fuese mi soledad continua de cara al futuro. Comencé a bajar por todas las opciones de cine y encontré que ponían una película sobre Jane Austen.

Una sonrisa se deslizó casi inmediatamente por mis labios. No tuve que pensarlo demasiado. Puse la película y me abracé al cojín que me hacía las veces de almohada. Allí estaba la esplendorosa Anne Hathaway, protagonista de múltiples historias en las que era la mujer más deseada. Lo que tiene a menudo ser la protagonista de las películas. No obstante, debía reconocer que su Catwoman no me había terminado de convencer del todo, puede que porque ese traje con el pelo largo a mí no me cuadraba ni de broma. Sabía que Catwoman había pasado por todo tipo de etapas, pero mi favorita era esa última en la que su cabello corto era parte de su rebeldía. Era simplemente perfecta. Todo lo que yo hubiese deseado ser.

Me fijé en el galán de la historia. No era otro que James McAvoy, aquel a quien había visto en miles de ocasiones que habían intentado emparejarle con su compañero de reparto en una de esas películas de mutantes que si había visto, había sido solamente por pura curiosidad o por ver a parte del reparto.

Uno de esos ships homosexuales que la gente parecía adorar a pesar de que ambos, incluídos los personajes que interpretaban, eran heterosexuales. No obstante, ¡el mundo es libre! Yo siempre había disfrutado con las imágenes de alguna pareja de una película en concreto y me había inventado también otras parejas que me hubiese encantado ver juntas, pero la vida es diferente y no somos dueños del destino de nuestros ídolos. A menudo, terminaban con sus parejas que no tenían nada que ver con quien uno podía pensar, sin conocerles por supuesto, que casaban a la perfección.

Permanecí mirando la película, añorando ser esa mujer. Yo quería ser una escritora, yo quería remover al mundo con mis historias. Mi imaginación era desbordante en todos los sentidos. Quería, necesitaba, amaba escribir. Sabía que era Anne Hathaway y no era la verdadera Jane Austen, pero no podía evitar sentir ese orgullo al verla trabajar. Ese orgullo fan por la forma en que se inspiraba, dejaba sus palabras fluir. Vivía el sentimiento a pesar de no tener ella su final feliz. ¿Cómo podía existir tanta perfección en el mundo? No obstante, me fascinaba la forma de la vida en aquella época. El papel de la mujer, la vergüenza que simbolizaba que su mente fuese despierta y no fuese un mueble más en la casa, que tuviese independencia económica sin que el motivo fuese su viudez y la riqueza de su difunto marido…

¿Cuántas veces había soñado con una situación en la que de repente llegaba mi príncipe encantador? Cerré mis ojos anhelando que sonase la puerta y justo en ese momento lo hizo. Sorprendida me incorporé pensando que lo había deseado con demasiada intensidad. El timbre volvió a sonar y me levanté temerosa pues no sabía quién podía venir aquel día a verme.

Abrí la puerta y estaba allí, moreno, ojos claros, sonrisa endiabladamente encantadora, cuerpo endiabladamente mortal y uno de esos hombres que no puedes evitar girarte al verle porque tiene ese aire de malo, al estilo Danny Zuko.

— ¿Damian? —pregunté sorprendida sintiendo que la sonrisa volvía a brotar en mi rostro.

— Hola, Osita —musitó antes de abrazarme con todas sus fuerzas.


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