2018 / Jun / 30

Habíamos bajado del avión. Por suerte las maletas no pesaban demasiado. Había ido a Nueva York por un período de tiempo muy corto. Sin embargo, había hecho bien en ponerme una rebeca antes de salir del avión, porque la temperatura en Inglaterra siempre era infernal. Sentía un frío recorrerme por la columna a pesar de que estuviese acostumbrada a temperaturas muy frías, pero el frío tenía la cualidad de calar hasta los huesos.

Me abracé al brazo que Gustav me ofrecía mientras íbamos entre la gente a alguno de aquellos bares que seguramente sacaban un ojo de la cara a todo iluso que quisiese comprarse algo en ellos. Yo había caído en la adolescencia en comprar sin mirar precios, después me había vuelto igual que mi madre salvo necesidades imperiosas de esas incomprensibles.

No obstante, en aquella ocasión me gastaría el dinero gustosa porque pasaría un rato más con Gustav antes de que finalmente tuviese que regresar al pequeño hogar que me esperaba en Evesham. No era una casa demasiado grande porque mis ingresos no me lo permitían. Yo era como el resto de la población mundial, tenía que trabajar duro y ahorrar durante muchos meses para poder permitirme un capricho. Para mi viaje a Nueva York había ahorrado desde mi primer sueldo.

Llegamos a uno de esos negocios de comida rápida que esperábamos que tuviesen los precios más estandarizados. Gustav, me sacó la silla para que me sentase y me ayudó a acercarme a la mesa. Aquello era exactamente igual que estar en una escena de película, salvo por el restaurante de mucho menos prestigio y nuestras ropas que no eran precisamente de Armani.

— Gracias —le dediqué una sonrisa.

— ¿Qué quieres tomar? —preguntó fingiendo ser el camarero algo que me causó algo de gracia.

— Creo que me tomaré uno de esos helados y una botella de agua. El helado con chocolate siempre me da sed —informé aunque no había necesidad.

— Un helado enorme con chocolate para la señorita y una botella de agua para la sed. ¡Marchando! —comentó con diversión antes de irse hacia las cajas para hacer el pedido.

Me descubrí a mí misma riéndome por aquella gracieta, quizá algo boba. Apoyé mi codo en la mesa y observé a Gustav desde donde estaba como si no hubiese nada más en aquel lugar. Él desprendía luz, la irradiaba como si fuese él mismo un cuerpo celeste creado para iluminar el planeta o quizá, mi propio mundo. Puede que necesitase eso, luz propia para alejar mis sombras, mis fantasmas, mis miedos, mis problemas. ¿Era lo que necesitaba no sentirme indefensa? ¿Realmente estaba indefensa o era tan solo mi necesidad por tener a alguien que me valorase al lado? Sabía que no lo pasaría bien cuando me fuese a Evesham y quizá no volviese a verle hasta mucho tiempo después.

Él regresó con esa sonrisa que solamente parecía mostrar en determinadas situaciones. Me percaté, gracias a tener la mano colocada contra una de mis mejillas, que me había sonrojado porque él me había pillado mirándole. Bajé mi mirada sintiéndome igual que en aquellos años en los que no me permitía mirar a los chicos a los ojos viviendo en mi mundo de ensoñación, para finalmente coger el vasito del helado entre mis dedos y llevar una cucharada a mi boca.

— ¿Pasa algo? ¿Me he manchado o algo así? —pregunté una vez que mi mirada volvió a cruzarse con la suya. Me miraba de una forma que no comprendía. Era como si admirase algo en secreto. Seguramente estaba confundida al leer su manera de mirarme.

— No, no te has manchado —respondió con esa sonrisa impecable suya.

Tras volver a comer otra cucharada de helado, suspiré profundamente. Me sentía de una forma extraña. Sabía que si William no hubiese aparecido en mi vida hubiese visto a aquel chico como el hombre más maravilloso del mundo. Sin embargo, ahora le miraba como aquel chico, mi primer amigo fuera de las pantallas. Era algo difícil de definir.

— ¿Vivirás siempre en Evesham? —preguntó de repente.

Asentí mirándole y luego me quedé algo pensativa. No sabía si sería así, pero por el momento no tenía ningún otro plan. No tenía pensado cambiar aún de vivienda, así que se lo aclararía.

— En realidad, bueno… creo que no tengo motivo alguno para cambiarme de casa. No tengo trabajo en ninguna otra parte, ni tampoco a nadie le interesa demasiado dónde estoy. Además, no puedo dejar solos a mis pacientes.

— Entiendo —su respuesta fue escueta por lo que intenté buscar otro tema de conversación.

— ¿Y tú dónde vas a estar? ¿Permanecerás mucho aquí y luego regresarás a tu hogar o tienes más viajes que hacer?

— Sí, estaré un tiempo aquí y luego me iré a mi casa en Belfast para seguir con mi trabajo y mi estudio teórico, al menos, por el momento.

— Belfast… no te lo he preguntado nunca, pero… ¿es bonito? Nunca he estado allí.

Me contó cómo había llegado hasta aquella ciudad. Me explicó lo diferente que era y el misterio extraño que parecía albergar en su interior. En algunas zonas la historia te envolvía. En otras, en cambio la modernidad y la vida se deslizaba por sus calles como si jamás hubiese pertenecido a otra época. Era igual que sumirse en un caos ordenado que te hacía anhelar aquellos momentos en los que los edificios más antiguos eran nuevos, acababan de construirse.

Pude ver rápidamente su amor por la historia y reí ligeramente por mi propios pensamientos.

— ¿Qué he dicho tan gracioso? —preguntó con una sonrisa, pero visiblemente confundido.

— No, no es nada que hayas dicho. Es que veo en ti ese espíritu de alguien que ama con todas sus fuerzas su profesión. En tu caso la historia es lo que te mueve, te motiva y te hechiza. Si hubiese tenido algún profesor de historia como tú, seguramente me hubiese parecido la historia mucho más interesante hace mucho más tiempo —me encogí de hombros antes de sonrojarme por confesar que no era perfecta en todo, siempre me pasaba aunque sabía que no lo era ni podría serlo nunca.

Su mirada, por alguna razón, era dulce, como si le encantase verme de aquella forma, nerviosa y sonrojada aunque no pudiese decírmelo realmente. Sabía, de sobra, que iba a echar de menos a Gustav si no volvía a verle.


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