2018 / Jun / 29

24 de enero de 2004.

La escritura siempre había sido mi método de desahogo desde que la había descubierto. Tenía tantísimas cosas en la cabeza que necesitaba sacarlas de alguna forma. Pensé en mí. Pensé en todo lo que estaba en mi cabeza. Pensé en la forma en que lloraba incluso sin motivo aparente. Pensé en que era culpable de mil cosas. Pensé, pensé, pensé… y pensé. Si algo saqué en conclusión de todo eso es que pensar no era nada bueno si se hacía demasiado y durante mucho tiempo.

Comencé a escribir. Puede que por necesidad más que por otra cosa. Porque no podía poner en voz alta todo lo que sentía y porque quería que alguien en alguna parte del mundo sintiese compasión por mí. Quería importar a alguien, eso era todo.

Capítulo 1. Sin sentido

¿Cómo llegué a odiarme? Esa pregunta se la hacen tantísimas personas que me han conocido a lo largo de mi inútil vida… 

¿Tiene sentido preguntarse algo semejante si en tan solo segundos puedo desaparecer del planeta? Yo creo que no pero es la pregunta que sé que cada día, cada minuto, cada maldito segundo pasa por la mente de todos los que se creen conocerme. 

¿Alguien salvo yo tiene derecho a decirme que hago las cosas mal? Ahora ya no, quizá haya normas, tal vez haya moral, no lo niego pero me volví agnóstica de todos y cada uno de los sentidos posibles. Temo decir que ni creo ni dejo de creer, para mí todo comenzó a carecer de sentido hace demasiado tiempo cuando aún creía en papá noel y me maravillaba que un diente se transformase en dinero por obra y gracia de un pequeño ratoncito que siempre intentaba atrapar con queso. Ahí, ahí quedó mi inocencia en cuatro malditos recuerdos que echando la vista atrás solo están borrosos y no soy capaz de desbloquear mi mente para que me muestre ni un solo momento feliz. 

¿Crueldad del destino? Lo dudo, tan solo yo sé que es lo que ocurrió para que dejase de comportarme como debía una niña de mi edad… pero eso quedó tan atrás… 

Ahora con veinte años mi mundo es simple y llanamente lo peor que jamás haya nadie podido imaginar. ¿Me pongo de víctima? ¿Para qué? Importaría poco si mis problemas seguirán ahí aferrándome a un destino que yo misma, por estúpida decidí sin saberlo. 

Dejé el bolígrafo a un lado, estaba exhausta de escribir nada más que puras incoherencias que conseguían taladrar mi pecho una y otra vez como si nada más tuviese sentido que el maldito dolor que no tuvo derecho de ser creado. 

Las páginas del diario aquel que ahora había comenzado debían estar llenas en poco tiempo o al menos eso esperaba aquel que me había mandado escribirlo pero no sentía ánimos de redactar nada más. Las lágrimas resbalaban por mis mejillas indicándome que estaba llorando pero como tantísimas otras veces no me lo permití. Las sequé rápido antes de que comenzasen su recorrido de descenso hasta llegar a mi barbilla donde si llegaban ellas habrían triunfado sobre mi voluntad. 

Levanté la mirada y vi como el cielo compasivo de mí también lloraba. Daba pena hasta los ángeles y eso me molestaba, me irritaba considerablemente pero no podía hacer nada más que aguantar todo aquello que sentía porque nadie iba a poder escucharlo o a mi entender comprenderlo. 

Las gotas de lluvia resbalaban por el doble cristal que tenía la habitación para aislarla del frío. Las observé atentamente como si fuese cierto que todas fuesen iguales y hermosas pero cuando me di cuenta de la estupidez que estaba cometiendo me levanté de un salto después de hacer una mueca de asco y me senté en la cama. 

En aquella habitación la temperatura era idónea para estar toda la vida lo deseases o no. En mi caso, no tenía mucho caso discutir por una posible alternativa así que permanecía allí las horas que debía que solo salía para las comidas ya que hasta ellos sabían que debía comer; pero hacía bastante que la comida no podía entrar por mi garganta. En su lugar la servilleta servía de mucho. No tenía anorexia en absoluto pero una vez que la comida llegaba a mi estómago por alguna razón que yo ahora mismo desconocía volvía con mayor intensidad provocándome un odioso malestar e incluso el vomito que tantísimo detestaba. 

Subí las piernas a la cama y me senté como una india ya que era lo que mi ropa podía permitirme. 

¿Había algún posible pasatiempo que me ayudase a dejar de pensar en aquel dichoso diario que tenía que escribir? No, la habitación estaba completamente vacía de cosas divertidas, solo un sillón, una cama y una televisión que no funcionaba. Bueno, además de mi amiga “Vica” con la que compartía los días y las noches, las fantasías y las realidades, el dolor, la tristeza…. ella siempre estaba allí. Estaba hasta cuando no deseabas verla pero estar siempre, ocurriese lo que ocurriese. 

Me quedé sentada mirando el frente con el ceño fruncido como si la pared cobrase vida, como si alguien me hablase o como si algo interesante estuviese ocurriendo pero en su lugar mi mirada estaba fija en un punto blanco de la habitación intentando viajar para dejar de sentir aquel dolor que gobernaba mi pecho.

Releí lo que acababa de escribir. Era una afirmación de todo aquello que en realidad dudaba. Había escrito algo que me ponía a mí de mártir, de víctima, de sufridora de todo el sistema. No era más que alguien en un mundo entre millones de sociedades diferente, pero que no encajaba y sí, la autocompasión estaba empezando a gobernar mi raciocinio. Quizá era una fase más. Necesitaba ser víctima, decir cosas que no había dicho nunca antes de estar dispuesta a aceptar, vergonzosamente, la verdad ante todos.


Leave a comment