2018 / Jun / 29

2003

El dolor era comprensible para cualquiera que hubiese vivido mi situación si se paraba a intentar comprenderla. El rechazo había sido parte de mi vida y ahora había terminado cediendo a un amor diferente. Alguien había aparecido en mi vida. Tenía la suerte de que no tenía nada más que permanecer conectada varias horas. Él no me veía, yo no le veía y puede que por eso hubiese tenido verdadero éxito aquella extraña relación. No estaba acostumbrada a ser mínimamente atrayente para nadie. De hecho, aún me sorprendía demasiado que él terminase accediendo a mis estúpidas peticiones de formas desconocidas.

Si echaba la vista atrás él había tenido que renunciar a muchas cosas básicamente por mis celos enfermizos. Sí, lo tenía que reconocer, tenía celos enfermizos, verdaderos celos enfermizos. Era horroroso. No podía pensar con claridad. Competía con todo el mundo, absolutamente con todo el mundo y cualquier chica era una amenaza. A mis ojos, él no tenía ningún fallo salvo que sentía que yo no era lo suficientemente importante para él.

¿Cómo podía ser tan egoísta? Ahora ni tan siquiera podía pensar claramente. No veía mi propio egoísmo, mi propia obsesión con ser la única, completa y absolutamente la única persona de su vida.

¿Su nombre? Miesha. Era un ruso que se había mudado hacía varios años al sudamérica. Sabía hablar perfectamente ruso y también español, sin embargo, los kilómetros de distancia afianzaban la extraña relación en la que había tenido que ser yo quien le confesase mis sentimientos, de una forma que era muy rara. Nunca lo había hecho a través de un personaje inventado. Jamás había sabido lo que se sentía bien fuera de estos amores irreales y lo que tenía más claro de todo era muy simple: si me había sentido atraída en su momento era porque el rostro de su personaje era el de aquel famoso que tanto me gustaba y al que él le ponía personalidad. ¿Era todo un engaño? ¿No estaba realmente enamorada de él? ¿Le estaba sometiendo a una tortura para nada?

La relación era tóxica. Los celos de uno se habían convertido en los celos del otro también. Todo era demasiado intenso. La forma en la que terminaban nuestros personajes a menudo consistía en la muerte o intento de suicidio del otro personaje. Y, que Dios se apiadase de mi mentiroso ser, pero… yo misma había jugado con los sentimientos de quien estaba al otro lado buscando su amor mientras ponía en peligro mi propia vida. En ocasiones, tan solo era de palabra, esperaba sus agonizantes respuestas manteniéndome en desconectado.

He llegado a odiarme muchísimo, pero el comportamiento era similar siempre. ¿Por qué necesitaba tales pruebas de amor? ¿Por qué no podía acercarse a una chica sin que yo me pusiese de uñas? ¿Por qué debía ser la única en todo su planeta?

Dolía reconocerlo y aún así, no podía evitar hacerlo. No obstante, cada vez que se lo iba a contar a mi psicóloga me parecía tan vergonzoso que ninguna palabra salía de mi boca. ¿Era tan manipuladora para jugar con él siempre así? Lo era. Claro que lo era y no parecía haber forma de que pudiese cambiar eso.

Sin embargo, aquel día fue aún más doloroso que cualquier otro. Suponía que me lo merecía. Todo había terminado entre nosotros hacía una semana, más o menos. En realidad, para mí no se había terminado porque pensaba que le tenía sobre la palma de mi mano, que sus sentimientos eran sinceros y que el amor era único entre nosotros a pesar de ser tóxico, dañino y prácticamente mortal.

Todo había comenzado de forma muy extraña. Habíamos hablado y teóricamente era otra persona quien estaba al otro lado de la pantalla. Le pregunté por él. No me engañaba. ¿Quién iba a saber ruso de sus amistades de allí? Sin embargo, decidí caer en la trampa. Mientras conversábamos comenzó a contarme una historia que prácticamente me hizo vomitar. Su ex había regresado.

Su ex nunca se había ido en realidad. Varias veces había tenido que leer la frase en la que él me dejaba hablando sola con la pantalla mientras ella llegaba y finalmente había un beso entre ambos. Un beso teóricamente robado y hasta ese día, creí que todos eran robados y que él la mandaba a paseo.

Descubrí gracias a ese “amigo” que Miesha y Roberta se habían ido no mucho tiempo antes de esa conversación a la casa de ella. Ambos se habían besado después de las clases, y en la casa de ella se habían terminado desnudado hasta que finalmente se habían acostado o casi porque los padres de ella habían llegado en ese momento para “evitar lo inevitable”.

Finalmente, descubrí los porqués cuando volvió a ser Miesha quien me hablaba. Aunque yo sospechaba que no había dejado de hablarme en ningún momento. Había respirado profundamente y me había desconectado cuando se suponía que era mi hora de dormir.

¿Me había engañado? ¿Era eso un engaño? Teóricamente lo habíamos dejado, sí, era cierto, era libre, pero ¿tan fácilmente soy de olvidar? ¿No sabía que era como las otras muchas veces en que lo habíamos dejado? Una inmensa grieta se abrió poco a poco en mi pecho recordándome que no había nada en este mundo que pudiese doler tanto como el amor. Ahora entendía a todos aquellos que sufrían desesperadamente en las novelas cuando su pareja no les valoraba lo suficiente o había otra persona más. Escocía, ardía, quemaba y arrancaba la piel a tiras ese tipo de dolor y yo era alguien muy curtida en dolores.

Esa noche dejé que todas las lágrimas saliesen. Eran lágrimas de desesperación. Eran lágrimas de impotencia. Eran lágrimas que soltaba una parte de mi mente mientras la otra le decía: “te lo dije”. Eran lágrimas de un corazón roto que nuevamente se sentía insuficiente para cualquiera.


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