2018 / Jun / 29

2002

Dejé que la música gobernase mi mente. No quería pensar en nada. Necesitaba desviar mi atención de ello, quería no sentirme ridícula y completamente insegura. A veces, me preguntaba si era tan fácil confundir los sentimientos. Si cuando uno en está en plena adolescencia tiene sensación de tener un gusto extraño hacia alguna persona del mismo sexo. Había escuchado una canción hacía poco que hablaba sobre el amor entre dos mujeres. Nunca había visto eso posible. ¿Se podía tener esos tabúes? ¿Estaban inculcados de alguna manera en mi cabeza? ¿Sería yo lesbiana?

Todo aquello no podía evitar preguntármelo puesto que había mantenido una relación extraña con el sexo contrario. Los chicos siempre habían estado a más de veinte metros. No había tenido amigos, aunque tampoco amigas realmente, por lo que eso no significaba nada. No obstante, para mí, el sexo contrario era como una raza tan diferente que me resultaba incomprensible. En realidad, ¿mi propio sexo me resultaba comprensible?

Si recordaba mis propias experiencias en todo ese tema de la sexualidad, jamás había sentido nada por una mujer. Siempre recordaba haber estado enganchada a un chico. El primero que me gustó fue casi instantáneo. Con tan solo cuatro años me pareció el niño más guapo del mundo. Recordaba que mis sentimientos habían estado intactos durante todo el colegio y parte del instituto. De hecho, tenía una anécdota horrible. Una de las que por aquel entonces creía mis amigas, que no lo eran, con seis años decidió confesarle a ese chico que me gustaba mis sentimientos estando yo delante. ¿Qué se me ocurrió? Pagarla con la misma moneda. Fui corriendo hasta el chico que le gustaba a ella y le dije lo mismo. Sin embargo, mi venganza no fue placentera. Nunca lo era.

Rememoraba sin problema las veces en que soñaba que él también sentía algo por mí, pero… ¿quién iba a estar enamorado o sentir algo por la “gorda” de la clase? Quizá me había acomodado demasiado en esa etiqueta con el paso del tiempo. No obstante, la crueldad de las otras niñas y niños había sido bastante mortal.

Me estiré en la cama y suspiré pensando en un momento clave en mi vida que no supe comprender hasta mucho tiempo después. Ese mismo chico. Dmitri formaba parte de mi grupo en el taller de tecnología. Mientras intentaba en lo posible organizar el grupo y ver cómo podíamos hacer el trabajo, él se pasaba el tiempo contándome sus hazañas de caballero andante. Había comenzado a salir con una chica mayor, una de la clase de mi hermano y mientras le regalaba sonrisas falsas hacía lo posible por no quemarme los dedos con la silicona que salía de la pistola para poder juntar una pieza con otra.

Durante esos momentos siempre me preguntaba si me contaban todas esas cosas por el placer morboso de verme sufrir. Después pensé que lo único que quería hacer era…¿encontrar una amiga en mí? Suponía, pero no era lo mío. La amistad, las relaciones sociales, todo aquello era por completo mi asignatura pendiente. Yo podía ser el oído que escuchaba, pero ese oído sufría indescifrablemente con cada palabra porque yo no vivía lo mismo, sabía que no podría vivirlo jamás y la envidia me recorría como si se tratase de lava ardiendo.

Cuando llegaba de clase siempre hacía lo mismo. Me negaba a pensar, me negaba a soñar, me negaba a sentir y comenzaba a realizar las tareas hasta terminarlas. Poco a poco, comenzaron a dejar de ser el lugar donde podía ir a refugiarme. La ansiedad me embriagaba si no hacía todas las tareas perfectas y los libros fueron la fuente de alimento de mi fantasía. Adoraba las novelas románticas. Vivían todo aquello que yo quería vivir. Orgullo y prejuicio se hizo mi favorita y soñé tantas veces que yo tendría un Darcy…

Sin embargo, no fue ese el único chico que me gustó, ni mucho menos. Quizá inducida por supuesta amiga o puede que por el hecho de tener algo en común con todo el mundo, o quizá, esa tontería de espiarle para ver si la miraba a ella, comprobé que me engañaba a mí misma asumiendo que era más que imposible que se fijase en ella y no en mí. Yo era mil veces superior… en mi mundo imaginario, claro. ¿Que si era egocéntrica? No, no creía eso, pero era un mecanismo de defensa que no sabría hasta mucho tiempo después que no era algo tan exagerado, tan anormal, sino una forma de evitarme más dolor de alguna forma.

Recordaba las veces en las que había estado cerca de aquel chico, Grigorii, en cómo había deseado con todas sus fuerzas que sus miradas significase que sentía algo por mí, pero seguramente aquellas miradas no eran para mí, o eran para mí porque no dejaba de observarle como si desease matarle.

Mis intentos de seducción habían sido tan patéticos que me había puesto en ridículo. Había negado por completo cualquier posibilidad existente para lograr algún tipo de acercamiento y quizá como método de defensa porque estaba realmente aterrada ante la idea de gustarle a alguien, de tener más. Nunca había pensado en la posibilidad de que nadie se fijase en mí y por eso soñaba con que sí fuese. Un universo donde yo era la mujer que todos querían alcanzar y jamás podrían tener. Ensoñaciones de una mente que se sabía inferior a todo el mundo.


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