2018 / Jun / 28

— Kyra…

Escuché la voz grave de alguien intentando despertarme. En mi mente semi inconsciente no era capaz de poner rostro ni nombre a esa voz.

— Kyra… despierta, vamos a llegar —continuó aquella voz acariciando mi mejilla derecha suavemente.

Abrí los ojos poco a poco encontrándome con los enormes contrarios. Una sonrisa se deslizó por mis labios porque supe que no podía ser otro que no fuese Gustav. Me había quedado dormida en su hombro y a diferencia de intentar apartarme, había terminado rodeando mi cuerpo con un brazo para mantenerme junto a él. Era agradable sentirse refugiada en el cuerpo de alguien.

Gustav era un hombre fuerte, de eso no había duda alguna y ahora que me sentía al borde de la extenuación, en un instante en que el dolor sentimental era demasiado grande, saber que no se estaba sola fuera del ambiente familiar era algo a tener en cuenta. Hablando además de la familia, tenía que telefonear a mi madre que seguro estaba completamente taquicárdica por no haber recibido noticias mías.

— Perdón por haberme dormido —musité restregándome los ojos antes de acordarme que estaba maquillada. Miré mi mano y comprobé que tenía todo el dedo lleno de color negro. El eyeliner no había aguantado aquella prueba de fuego. Me preguntaba cuándo harían uno contra los restriegues, aunque ¿cómo nos lo quitaríamos entonces?

Reí ligeramente antes de buscar algo con lo que limpiarme el dedo. No había tiempo para retocarse dado que estábamos aterrizando ya. Miré a Gustav esperando que se riese por mi ojo sin maquillar, y terminé pensando que lo mejor era quitarme también el eyeliner del otro.

— Vaya… tus ojos son más bonitos aún sin maquillaje —musitó a mi lado.

Me sonrojé completamente por su comentario. ¿Qué acababa de decir? Le miré sorprendida y luego bajé la mirada negándome a crear algo así. Mis ojos no eran bonitos, con o sin maquillaje. Jamás se había fijado nadie en ellos. Mis ojos eran algo así como la entrada a un alma solitaria, triste y sin vida. No creía que yo pudiese tener algo bonito en todo mi ser. Siempre había repudiado todo y lo único que me había gustado, más o menos, que era mi pelo, lo había cambiado tantas veces que ya ni tan siquiera recordaba mi color original.

— Gracias —dije con un hilo de voz.

No estaba acostumbrada, para nada, a los halagos. Cada vez que me enfrentaba a algo así, a recibir un piropo de alguien mi mente trabajaba a toda velocidad. Durante medio segundo podía creerme que era cierto, pero justo después la arpía sin corazón que residía en mi cabeza me hacía rebuscar miles de posibilidades diferentes hasta que encontraba algo que le indicase que se estaba riendo de mí, que ese cumplido no era sincero, que había una segunda intención oculta que me dejaba en ridículo.

Después de años de reflexionar me había dado cuenta que era tan grande mi propia inseguridad que era ella misma quien salía a ponerse pico a pico con ese cumplido como si le hubiesen dado una bofetada en lugar de una caricia o ese abrazo que llevaba esperando toda mi vida sentir.

Procuré mandar ese hilo de pensamientos hasta mi inconsciente. Allí sabía que seguiría rumiando, tergiversando y provocando que finalmente ese cumplido se convirtiese en un insulto. Sin embargo, prefería pasar ese tiempo lo mejor posible hasta que una parte de mí pudiese enfrentarse a aquella arpía poderosa. Mi ser racional aún estaba despertándose del sueño.

Miré por la ventanilla del avión y sentí esa sensación rara en mi estómago cuando termina de aterrizar el avión. Me ocurría también en el coche. Había tenido que enfrentarme a aquello que muchas personas disfrutaban en las montañas rusas y reconocía que lo soportaba porque era una vez cada mucho, si tuviese que pasar un cuarto de hora en una de esas atracciones del infierno lo más fácil es que me tirase en mitad de una subida.

Si echaba la vista lo suficientemente atrás podía recordar mi primera experiencia en una atracción. Recordaba que mi hermano y yo íbamos a subirnos a un coche dentro de uno de esos tiovivos modernos que hay para los niños. Tendría como mucho unos cuatro o cinco años. Mi hermano, finalmente, decidió bajarse antes de que la atracción comenzase y me quedé sola, completamente sola. Para mí el resto del mundo y de los niños no importaba.

Podía aún cerrar los ojos y sentir esa angustia sorprendente porque cada vez que mis padres desaparecían de mi campo de visión pensaba que se irían con mi hermano, que me dejarían allí, que no volverían a recogerme. Lloré tanto… Mi padre se tuvo que subir y pedirle al hombre que parase la atracción para que yo pudiese bajarme. Ni sabía cómo lo logró, tampoco sabía cómo me sentí después entre sus brazos, solamente recordaba la angustia, una gran angustia en mi pecho temiéndome lo peor.

— … ¿quieres? —escuché la voz de Gustav terminar una frase que no había sido capaz de procesar mi cerebro por estar perdido en su propio ensimismamiento.

— ¿Qué? —pregunté mirándole.

A diferencia de lo que pasaba en mi hogar que nos solíamos enfadar cuando no éramos oídos a la primera, Gustav me regaló una sonrisa y volvió a repetirme lo que me había dicho.

— Decía que si quieres venirte a tomar algo cuando estemos fuera del aeropuerto y hayamos dejado las maletas.

Le devolví la sonrisa porque era inevitable.

— No puedo. Aún tengo un trayecto hasta Evesham. ¿Recuerdas que te comenté que mi destino final no era Londres?

Su expresión pareció perder por un momento toda la alegría. Aquello hizo que mi corazón se encogiese y finalmente mi cabeza me dio la solución, pues podía estar ocupada en varias cosas a la vez.

— Pero si quieres antes de que coja el tren podemos tomarnos algo. Eso sí, si no te importa ir cargado con las maletas —propuse apoyando mi mentón en su hombro mientras esperaba su respuesta.

— ¡Suena genial!

Su entusiasmo en algunas cosas lograba hacerme reír. Normalmente había estado rodeada de personas muy serias que me impedían ser como yo realmente deseaba: afectiva y cálida. Imaginaba que debía compensarlo de alguna forma, pero… ¿cómo?

El avión finalmente paró y solté un suspiro. Debía cerrar el capítulo de mi vida en Nueva York, para siempre.


Leave a comment