2018 / Jun / 27

2002

Todo resultaba algo caótico. No saber mi posición, no poder decidir dónde ir y donde no. Había tomado una nueva determinación, quizá obligada por mis padres más que por gusto propio. Había tenido que matricularme a un curso de dos años pensado para terminar en un trabajo. Siendo realista, creía que no tenía sentido, porque ni tan siquiera me apetecía entrar en el curso. No obstante, y quizá porque era lo que se esperaba de mí, había tenido una subida del ánimo. Enmascaraba mis temores y mis pocos deseos con una sonrisa. Incluso, me negaba a mí misma a aceptar que no quería volver a clase, así que de cara a la galería y a mí misma estaba clarísimo que un curso nuevo era todo lo que necesitaba para seguir adelante.

Tenía muchas cosas que hacer. Había descubierto que había un examen para poder entrar. ¡Un examen! La sola idea me revolvía las tripas, pero una parte de mí, esa Kyra competitiva quería hacer hasta lo imposible por lograr entrar al curso. Lo llamaban examen específico, puesto que yo cumplía con las necesidades mínimas de estudios secundarios.

Delante de mí pude ver un ejemplo de uno de aquellos exámenes, al menos, de una de las partes. ¡Había que comentar un cuadro! A la mierda… no tenía ni idea de eso. Había dado arte, sí, pero no nos habían enseñado las técnicas adecuadas para poder comentar un cuadro. No conocía los estilos, no sabía cómo definir los colores…. ¡no sabía los significados ni las distintas etapas! Conocía el renacimiento, el barroco… pero, ¿qué cuadros iban en donde? Si me ponían la Gioconda pues sí sabía que era de Leonardo y del renacimiento, sin embargo, ¿de qué siglo? ¿qué sabía yo de la vida de Da Vinci?

Mi corazón me dio un vuelco doloroso. Iba a suspender ese examen, lo sabía. ¿Cómo podía aprenderme todos los cuadros o diferenciar de quien es quien si, aunque me gustase muchísimo, no sabía gran cosa de arte? Estaba completamente sorprendida de que nos obligasen a hacer algo así. ¿Eso era legal? Que yo supiese la mayoría de esos estudios debían darse en la carrera, o en la segunda parte de los estudios secundarios de una rama específica, pero yo que me había ido por ciencias… ¿cómo iba a saber comentar un cuadro?

Tenía, exactamente un mes para prepararme toda la historia del arte. Cerré los ojos esperando no tener un colapso nervioso y pensar en posibles soluciones. Justo entonces recordé a mi tía, la tía que vivía en Italia. Ella había estudiado historia del arte como carrera. Ella podría ayudarme, al menos, a que no fuese un completo desastre mi comentario sobre la obra que me pusiesen delante en caso de que fuese de autores conocidos. Si me ponían algún autor flamenco o algo parecido, estaba más que perdida.

Comencé a mirar pintores y decidí en lo posible desechar aquellos que no eran demasiado conocidos para mí y centrarme también en aquellos maestros de la pintura nacional porque era más probable que nos pusiesen algo semejante. Sin embargo, los máximos exponentes de algunos estilos me resultaban casi difíciles de comprender por la forma en la que pintaban. Esa manera de deformar la pintura, seguramente era producto de mi incultura en aquel arte, pero el surrealismo, el cubismo… y todos sus derivados me dejaban exactamente igual que observando un dibujo mal hecho, y que me perdonasen Pablo Picasso y sus contemporáneos, pero a simplemente no veía el arte, no sabía entenderlo.

Me quedé mirando el cuadro del Guernica el suficiente tiempo como para saber que escondía algo, algo que se tenía que entender a simple vista, pero que yo parecía tener los ojos ciegos ante esa forma de expresión tan complicada y difusa.

En cualquier otro momento se hubiese despertado mi curiosidad, pero llevaba demasiados años dormida. Ya no me preguntaba los porqués de las cosas ni tan siquiera disfrutaba realizando algo que tuviese que ver con las matemáticas. Mi mente no parecía querer trabajar, estaba metida en un pozo, mirando a su alrededor y descubriendo simplemente oscuridad, sombras, fantasmas y monstruos escondidos a cada paso que daba. Sin embargo, siempre me había tomado el estudio como obligación y ¿por qué no podría hacerlo ahora también?

Recogí toda la información posible de los autores más importantes que me había comentado mi tía una vez me hubo respondido el correo y de ahí tenía que resumir, sintetizar, leer… ¿quién pensaría que sería tarea más difícil de lo pensado cuando la mente no acompaña? Nunca me habían enseñado a entender. Había tenido que aprender de memoria y ahí siempre había tenido el hándicap cuando me había olvidado de una palabra para poder continuar la frase. También había tenido la dificultad de aquellos profesores que se habían negado a aceptar un sinónimo de una palabra en una definición o concepto. Momentos en los que había tenido que controlar a esa Kyra que se pasaba el día llorando patéticamente.

Tantas hojas impresas, tantas terminologías que aprenderse y la única posibilidad de ser yo misma quien me concediese los métodos de estudio no me hacían fácil esa labor. Mi válvula de escape era el ordenador y mientras le veía a lo lejos, mientras sabía que estaba en la misma habitación ejercía una fuerza superior que me impulsaba a usarlo. La rebeldía adolescente estaba aún en mí o quizá el autodescubrimiento de mi propia esencia. Pero de poco servía si trescientas hojas me gritaban que tenía que estudiarlas o fracasaría en ese examen.

Finalmente, no sé ni cómo, intenté meterme en la mente de esos eruditos en su materia.


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