2018 / Jun / 26

Había hecho una idiotez. Lo sabía. Había dejado que mi mente ganase la batalla, pero era lo suficientemente orgullosa para no aceptar que me había confundido. Quería ponerle culpa a él. Ese último mensaje en el que me había comunicado que él no iba con la polla en la mano había logrado que me sintiese profundamente herida. ¿Por qué? ¿Porque no me comprendía o porque el golpe con la realidad había sido demasiado duro como para que lo soportase mi sistema nervioso?

El dolor es parte de la vida, es cierto, pero hay gran parte de este mismo que nos provocamos nosotros solos cuando le damos a alguien intenciones que no son suyas. Que seamos conscientes de ello no significa que podamos verlo.

La ira me cegaba. Odiaba ser la culpable. Estaba harta de ser la responsable de todos los males de la humanidad que ya no aguantaba ni una gota más en ese vaso que se había desbordado hacía años. Que viese el mundo diferente no significaba que siempre fuese todo mi culpa. ¡No lo aceptaba más!

Aún así, una parte de mí había tomado la iniciativa, le había mandado un pequeño recado, una forma de solucionar las cosas. Era como si yo tuviese la potestad de decidir lo que había que hacer, pero él fuese el único que tuviese en su mano si lo hacía o si no. Le ponía una pistola en la sien. Si lo hacía, me recuperaba, sino… debía olvidarse de mí para siempre como yo lo haría de él.

Había dejado la habitación del hotel hacía una hora. Había dejado una nota y aquel hermoso vestido rosa que había usado la noche anterior. Había escrito en la nota lo que tenía que hacer, ir al aeropuerto como en las películas. Mi cabeza estaba segura que daría tiempo de sobra siempre que lo quisiese, que él estuviese seguro de lo ocurrido, que él quisiese que me quedase, que él sintiese algo por mí.

Aún permanecía sentada en uno de los bares que había antes de la puerta de embarque. Tenía aún tiempo para llegar, ¿verdad? Miré mi móvil comprobando que no me quedaban casi minutos para poder recorrer toda la terminal después de pasar el control aduanero. En tan solo cinco minutos tenía que cruzar aquella medida de seguridad o perdería el avión para… nada.

Hacía rato que había pagado la consumición. Un refresco de naranja sin una sola burbuja. Para mí estaba realmente delicioso, pero sabía que el resto de la sociedad, aquellos pro-efervescencia, disfrutaban más de lo que yo más odiaba, la manera en la que se explotaban en la lengua y terminaban subiendo hasta la nariz. Ni tan siquiera iba a esperar hasta el último segundo. Aún tenía una cola que hacer. Recogí mis cosas y fui hasta la cola que, al igual que yo, tenía que pasar por el control.

Mi cabeza en ese momento podía evitar imaginarse la escena de película. Esa en la que él llegaba, me agarraba de la cintura, me besaba como solamente se besa en esas escenas y finalmente me decía que viviese con él, que no podía existir sin mí. Pero todo aquello no dejaba de ser nada más que mi imaginación, esas ensoñaciones que uno se crea con la estupidez del verdadero amor. Hollywood tenía mucho poder y había logrado corromper las mentes románticas como la mía.

Finalmente, no llegó. Y aunque lo hubiese hecho no me hubiese dado cuenta porque cuando tenía que dejar mis objetos de valor, me percaté de quién era la persona que estaba delante de mí. ¡Gustav!

Como si me leyese la mente, igual que si hubiese gritado su nombre en voz alta y no mentalmente, se giró. Al percatarse de mi presencia, me sonrió y me abrazó como si me hubiese extrañado durante mucho tiempo.

— ¿También abandonas el país? —preguntó tras soltarme.

— Sí. Se me han acabado las mini-vacaciones —admití antes de comenzar a ponerme las cuatro cosas que había tenido que quitarme para pasar el control de metales.

— ¿Dónde vas? —preguntó antes de fruncir levemente el ceño—. ¿Regresas a Rusia?

Negué casi tan pronto como me hizo la pregunta.

— No, para nada. Me voy a Evesham, a Inglaterra. Allí es donde resido ahora, donde tengo mi trabajo. No es la gran cosa, pero algo es —me encogí de hombros yendo con él hacia las pantallas donde indicaban la puerta a la que tenía que ir cada pasajero para coger su vuelo.

— Así que… ¿a Londres primero?

— Así es —admití buscando el número del vuelo en las pantallas.

— ¡Serás mi compañera de vuelo! —comentó con alegría y me sorprendió comprobar que él también fuese a Inglaterra. ¡Menuda casualidad!

Suponía que aquellos momentos era en los que uno descubría que cuando el destino o tú mismo, cierras una puerta, una ventana se abre por el efecto del golpe o algo parecido. Gustav era mi ventana. No porque tuviese intención alguna de mantener una relación con él, sino porque no estaría sola en aquel horrible viaje y podría intentar despejar mi mente permitiéndome ser un poco más yo sin venderle a mi hermana como si fuese ganado.

Necesitaba cariño, calor, así que me abracé a su brazo y me acurruqué contra su cuerpo esperando no verme tan frágil como me sentía. Decía adiós a demasiadas cosas, pero sobre todo adiós a él, al profesor. Un hombre que no volvería jamás a ver. Me lo había prometido a mí misma.


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