2018 / Jun / 25

Desperté agitada. No podía creerme lo que acaba de soñar. Tenía ganas de vomitar. Había tenido una pesadilla en la que yacía con un hombre disfrutando del placer más absoluto y ese hombre se había transformado en mi padre finalmente. Había actuado asqueada, realmente asqueada al descubrirlo, gritando y maldiciéndole en la pesadilla, pero ahora… ahora simplemente no podía quitarme esa horrible imagen de la mente.

Miré a mi lado para asegurarme que estaba sola en la cama, y entonces le vi a él. El profesor aún dormía medio desnudo. Respiré aliviada porque eso significaba que mi dolor interno no se debía nada más y nada menos que haber yacido con él y que mi padre seguía a millones de kilómetros. Y no es que mi padre pudiese hacer algo así, pero el sueño había sido demasiado vivido, tanto que solo recordarlo llevaba la cena de la noche pasada a las puertas de mi garganta para expulsarla.

Corrí hasta el baño y vomité aquello que ya no podía contener en mi organismo. Después de limpiarme bien la boca, decidí meterme en la ducha para de esa manera poder intentar calmar mi cuerpo agarrotado y sudoroso. Tras salir de la ducha, me sequé lentamente y comprobando que William seguía aún dormido, me puse otra de sus camisetas y unos pantalones cortos que en lo posible tapasen todo aquello que no quería que viese.

Salí de la habitación antes de caminar hacia la cocina. Allí pensé que lo mejor que podía hacer para darle las gracias por la noche anterior era hacerle un bizcocho para que tuviese un recuerdo dulce, porque seguro que había sido más que desastrosa para la noche anterior con una completa novata que no debió haberle satisfecho ni de broma.

Rebusqué entre todos los armarios los ingredientes y también abrí el frigorífico. Intenté recordar bien la receta que me había aprendido en inglés gracias a mi prima quién durante un año había estado dándome el idioma para tener, en lo posible, los conocimientos del nivel superior de estudios secundarios.

Yogur, azúcar, harina, aceite, levadura y huevos. Era así, ¿verdad? Dudaba sobre el último ingrediente, por lo que decidí pensarlo bien antes de agregarlos. Tras batir todos los ingredientes y dejar una mezcla no demasiado espesa completamente homogénea, lo puse en un molde que había untado de mantequilla antes. Después lo metí en el horno esperando que el olor a bizcocho despejase mi cabeza completamente.

Empecé a preparar el café para él justo en el momento que su voz llegó a mis oídos.

— Señorita Mijáilova… pensé que se había escapado.

Me giré algo asustada porque no le esperaba y reí un poco antes de caminar hasta él y depositar un beso en sus labios mientras sus brazos rodeaban mi cintura y su boca respondía ese beso casto que hubiese deseado que hubiese sido algo más apasionado.

— No, sigo aquí preparándole un bizcocho para… bueno… agradecerle lo de ayer —musité mientras mis mejillas se tornaban de un rojo intenso sin atreverme a mirarle los ojos.

— ¿Agradecerme? —preguntó confuso con un tono entreverado que no sabría describir con claridad.

— Sí… ¿no… no es lo que se hace? —alcé mi mirada para observar toda la expresión de su rostro que no fui capaz de comprender.

— No, señorita Mijáilova. El placer fue de ambos y no solamente suyo. Debería agradecerle yo a usted por permitirme ser el primero —dijo antes de apoyar su frente contra la mía.

Permanecí sonrojada un poco más mientras él me miraba de aquella forma y luego de robarle un beso fui hasta el horno para ver cómo estaba el bizcocho e impedir por otro lado que se me quemase el café.

— ¿Qué tal ha dormido? —pregunté sonriente sirviéndole una taza del líquido oscuro y dejándola frente a él.

— He dormido de maravilla. ¿Y usted? ¿Algún dolor? —se interesó entre preocupado y divertido.

— Sí, pero resulta agradable —le miré de reojo y después saqué el bizcocho del horno cuando estuvo hecho.

Corté un par de porciones y le puse la suya en un plato dejándola frente a él.

— Tenga cuidado, está caliente.

Sus ojos me miraron con una intensidad sorprendente. Me miró de arriba abajo y me pregunté si era normal desear más de la persona con la que habías estado hacía tan solo unas horas. No obstante, en lugar de demostrar mi creciente deseo llevé mi porción de bizcocho a mi boca tras soplarlo un poco. Era algo masoquista, pero el bizcocho caliente estaba delicioso.

— Tengo que llevarla a su casa para que pueda vestirse —comentó aún mirándome de aquella forma.

— Se lo agradecería —asentí previo a acercarme a él y quedarme entre sus piernas dispuesta a acurrucarme en su pecho si el momento lo permitía en algún instante.

No sabía cómo uno debía reaccionar después de una situación así. No las había vivido. Tan solo sabía lo que leía en las novelas y en la televisión. En las novelas románticas uno normalmente suele tratar al otro como si fuese el amor de su vida siendo ya novios de manera impepinable. En las series solía pasar lo mismo. Luego, por ejemplo, tenía las novelas eróticas donde había mucho sexo, nada de amor hasta casi el final de la obra si es que llegaba a haberlo. Ninguna de las opciones era de mucha ayuda, así que intenté no contenerme demasiado, pues no solía ser cariñosa por culpa de una regla establecida en la familia en que las muestras de afecto parecían sobrevaloradas y luego, tenía que contener a mi mente soñadora que ya empezaba a escuchar campanas de boda.


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