2018 / Jun / 24

2002

— Háblame de tu infancia.

Isobel estaba delante de mí, al otro lado de la mesa. La madera desconocía de qué árbol sería, pero no era contrachapado, eso podía asegurarlo. Estaba barnizada de forma bastante mate, pero el color de la madera era bastante oscuro como para saber que tendrían que haberla oscurecido mínimo un par de tonos.

Ella me observaba con aquella mirada que me recordaba tanto a la de mi tía. Sus cabellos largos, lacios, le caían por las mejillas dándole aún más sensación a angulosidad a su rostro de por sí afilado.

— No hay mucho que contar. No tenía amigos, no es un período de mi vida que recuerde con muchos momentos felices. Estaba siempre con mis libros y soñando ser alguien que no era —me encogí de hombros ligeramente antes de observar que ella quería hacer más preguntas, era evidente.

— ¿Nunca has tenido amigos?

— Lo que debería ser un amigo al menos, no. No he tenido amigos nunca. Mi primer recuerdo de la infancia es estar sola en el recreo, sin acercarme a nadie, jugando yo conmigo misma para intentar de esa forma que fuese menos aburrido —suspiré mientras la imagen se volvía nítida en mi cabeza como si la estuviese viviendo en el mismo momento.

— ¿Y después?

— He tenido amistades, supongo… en el colegio estuve siempre rodeada de las personas que poco a poco me hacían llorar casi todos los días. Era igual que si fuese su pañuelo de lágrimas y esas mismas personas fueron a los mismos lugares hasta que terminé dejando de estudiar —comenté mordiendo después mi labio inferior.

— ¿Por qué dejaste de estudiar, Kyra?

— Porque… ellos estaban allí. Todos. Pensé que me libraría de todos ellos, pero no lo hice, de ninguno. Fue realmente horrible saber que tendría que estar hasta la universidad con ellos ¿y si me los encontraba también? Algunos estaban en mi clase y «tenía que unirme a ellos». No lo hice. El problema es que todos mis recreos los pasé en completa soledad —musité suspirando profundamente antes de secar una de mis lágrimas—. Mi padre trabajaba al otro lado de la verja que daba a mi instituto y… dejaba durante esa media hora su trabajo para hablar conmigo. Podía verle cubierto de grasa con su mono de mecánico, pero siempre me regalaba una sonrisa —hice una pausa antes de encogerme en el asiento.

Isobel se quedó en silencio. No dijo nada. Tan solo me invitaba a desahogarme cuando yo quisiese, sin presionarme, me daba mi espacio. Sabía que admitir ese tipo de cosas no era algo fácil de hacer. Seguramente estaría viendo en mí la negativa a admitir en voz alta lo que tantas veces había gritado en mi interior. Me sentía desprotegida, me sentía desnuda en mitad de una ventisca y todas las zonas de mi anatomía comenzaban a helarse, despacio, muy despacio. Notando como el dolor se iba haciendo más intenso y el calor de mi cuerpo se apagaba como si alguien estuviese jugando con una vela de broma el día del cumpleaños de alguien.

— Cuando tuve el primer problema no quise volver a clase. Le dije a un chico, quizá por pura desesperación o pensando que era bueno, que no soportaba a uno de los de mi clase que había llegado allí con el resto de la manada y ¿qué mejor cosa pudo hacer ese condenado cabrón que decírselo a todo el mundo? Hubiese deseado con todas mis fuerzas partirle la cara en ese momento. ¿Por qué la gente tiene que ser así? ¿No pueden guardar un puto secreto? —la rabia e impotencia por ese dolor vivido aún era tan grande que las palabrotas escapaban de mi boca con asco y envenenadas buscando hacer daño a aquel que no estaba allí solamente por hablar de él.

Mi psicóloga me miró fijamente. Yo no podía mantener la mirada, me era imposible. Antes lo hacía en gesto amenazador, retando a todo el mundo, pero ahora que me había quitado la coraza era realmente difícil para mí permanecer en esa postura.

— ¿Qué ocurrió cuando estabas en el colegio con esos amigos tuyos, Kyra? —preguntó.

— No gran cosa… —me encogí de hombros—, principalmente me abrían la mochila, levantaban la mano cuando me confundía para que toda la clase supiese que me había confundido y se riesen… ese tipo de cosas.

— ¿Has hablado alguna vez de ello?

Negué mirándole mientras apoyaba mi cabeza en el respaldo de la silla.

— Jamás he hablado de ello. No, al menos, de ese tipo de cosas, solamente de lo mal que me sentía con quienes pensaba que eran mis amigos. Eso es todo —musité antes de soltar todo el aire contenido.

— ¿Por qué no lo contaste?

Entonces volví a mirarla antes de suspirar.

— Supongo que sentía que era lo normal…

— ¿Se lo hacían a los demás compañeros?

— No —respondí rápidamente.

— ¿Entonces porqué era normal?

Me quedé unos segundos pensativa antes de mordisquear mi labio inferior.

— Porque… era yo, supongo.


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