2018 / Jun / 23

William me llevó hasta una habitación distinta. Sus labios besaron mi boca de esa forma hasta que pude sentir que tenía la cara irritada por el roce de su barba. Finalmente me dejó respirar mientras se centraba en mi cuello bajando lentamente hasta rozar la base de mis senos que estaban casi a la vista. Estaba nerviosa, mucho, ¿cómo no estarlo? Iba a ser mi primera vez, pero ese hombre me hacía desearle como un condenado. ¿Sería posible que me negase a ello? Cerré mis ojos mientras su boca se dedicaba a recorrerme.

— William yo…

— Es tu primera vez, lo sé.

Asentí acariciando su nuca con mis dedos y luego volvió a besarme los labios haciéndome comprender que a él no le importaba ni lo más mínimo. Yo, por el contrario, temía ser demasiado novata y no darle placer alguno en la relación sexual.

Me dejó de pie sobre la alfombra de una habitación que no tuve tiempo de descubrir qué era. Nuestras bocas permanecían buscando a la otra para que de esta forma el deseo no cesase en el otro en ningún momento. Sus dedos se deslizaron hasta el lugar donde tenía la cremallera y lentamente la fue bajando de forma que quedaba bastante poco que cubriese la parte de mi espalda de cualquier tacto suyo. Subió lo suficiente para deshacer el lazo que hubiese escondido el sujetador de no ser más que imposible llevarlo y después la tela fue desapareciendo muy lentamente de forma que mis senos quedaron expuestos a él.

Sus ojos me miraban fijamente. Sus dedos se dedicaban tan solo en rozar la piel que iba descubriendo a medida que bajaba la tela y en el instante que mi abdomen empezaba a ser expuesto, tomé su mentón y negué mirándole con temor.

— No me mires de los senos para abajo, por favor —supliqué.

Él me miró sorprendido y después dejó caer mi vestido cuando paseó por mis caderas.

— Tampoco toques… —musité sonrojándome hasta las orejas.

Aquello pareció sorprenderle aún más que antes y entonces tomé mi rostro entre sus manos antes de besarme con dulzura los labios.

— Espérame aquí… —susurró contra mis labios antes de salir de la habitación.

No comprendía nada. Estaba allí, casi desnuda. Tan solo con mis bragas puestas y él se había ido de la habitación. Mordí mi labio inferior temerosa de que eso fuese para algo todavía peor, ¿algún tipo de broma? Deseaba que no fuese así, que no regresase con una cámara o algo parecido ni nada que pudiese terminar inmortalizándome de aquella forma y terminando en alguna página cutre de esas pornográficas.

Escuché concienzudamente y regresó de forma silenciosa mirándome tan solo a los ojos. En la mano llevaba un pañuelo de seda.

— Átame los ojos. No veré nada que no quieras que vea —dijo entregándome el pañuelo de seda.

Mi corazón se derritió en ese momento. Era… era ese hombre que había estado esperando toda mi vida, estaba más que segura.

Me puse detrás de él y le até el pañuelo, sin embargo, cuando volví a mirarle todo empezó a parecerme impersonal con la venda allí puesta. Me obligué a pensar que simplemente tenía los ojos cerrados, eso era todo. Mis manos fueron lentamente desabotonando su camisa y se la quité finalmente antes de besar sus labios. Después, sus manos agarraron mis muslos por la parte de atrás y con cuidado por haber perdido la visión, me fue tumbando sobre la alfombra. Mi corazón iba a mil por hora, sabía que ya no había marcha atrás porque yo no quería que la hubiese.

Su boca bajó por mi cuerpo provocando en mí suspiros de placer antes de tomar uno de mis pezones de su propiedad. Gemí ligeramente agarrando su cabello, sintiendo como aquella zona de mi cuerpo era extraordinariamente sensible. Me arqueé debajo de su boca y le permití seguir jugando con mis pechos y mis pezones todo lo que desease. Aquello, tan solo aumentaba mi excitación.

Su boca descendió muy lentamente por mi vientre, rozándolo tan solo con los labios y cuando estuvo al borde de mis bragas las bajó poco a poco hasta dejarme completamente desnuda. Era algo extraño llevar los zapatos en aquel momento, pero mis pensamientos no pudieron ir a otro lugar pues su boca se adueñó de la zona más íntima de mi cuerpo. Me recorría con la lengua como si estuviese degustándome y pensé en lo extraordinariamente asqueroso que siempre me había parecido algo así, pero sentir, aunque extraño, con la temperatura tan alta que tenía mi cuerpo era casi una liberación. Su lengua supo encontrar mi clítoris y solté un gemido pues era la primera que era estimulada por otro hombre. A veces, uno de los mayores placeres estaba en la sorpresa, en no saber hacia dónde iba a ir el objeto intruso y era algo que acaba de aprender en ese mismo momento.

El sexo oral desde luego era un descubrimiento que no pensaba que fuese a gustarme tanto. Sabía que estaba roja por la vergüenza, pero no por ello frenaba mis gemidos o me negaba a disfrutar de todo lo que pudiese entregarme. Mis manos aferradas a su cabello parecían pedir más, siempre más, que no se separase, pero lo hizo, con la barba ligeramente mojada alrededor de la cara.

Se desabrochó el pantalón, se bajó la cremallera y después los bóxer junto a los pantalones. Me quedé observando su erección a punto de tener un ataque nervioso. ¿Cómo iba a caber todo eso dentro de mí? Sabía de sobra que era estrecha, así que el grosor tampoco ayudaba ni lo más mínimo.

Se colocó entre mis piernas palpando con sus manos y finalmente se puso sobre mí a punto de deslizarse en mi interior, pero no lo hizo. Lo agradecí, porque si algo no quería es que estuviese esa condenada venda entre él y yo en ese momento. ¿No era necesaria esa intimidad que tan solo se consigue con la mirada? Le quité el pañuelo y él me miró sin comprender. Negué y besé sus labios para evitar que hablase antes de sentir como poco a poco se hundía en mi interior sin ningún tipo de preservativo entre su piel y la mía.

Podía sentir con claridad la dificultad, el roce de mis paredes vaginales con la forma de su miembro y en el momento en que llegó al himen tuvo que empujar algo más fuerte para romperlo por lo que no pude evitar encoger las facciones por el dolor que ese movimiento me había causado.

— ¿Estás bien? —me preguntó mirándome con esos enormes ojos azules que me estaban volviendo loca.

— Sí… —susurré—, solamente… ve despacio, por favor.

Me agarré a sus hombros mientras él seguía entrando dentro de lo posible en mí y se retiró con la misma suavidad. Volvió a entrar y volvió a salir, aunque esta ocasión por completo. Luego, se levantó, se puso un preservativo y se tumbó a mi lado, lo cual yo entendí como una invitación a estar yo encima. Había oído que era una mejor posición para las mujeres en las primeras veces pues así eran ellas quienes tenían el control de la situación y podía proporcionarle más placer.

Finalmente, lo hice, me puse a horcajadas sobre él, sintiéndome expuesta y hundí toda su erección en mi interior poco a poco. Estaba completamente roja de la vergüenza, pero él no tocaba donde no debía, me pedía permiso con sus enormes ojos para apoyar sus manos en mis caderas y se lo concedí. Necesitaría ayuda pues no  tenía idea de cómo debía moverme.

Poco a poco el dolor cesó y la pasión aumentó en ambos. Se incorporó sentándose debajo de mí y busqué su boca mientras la habitación empezaba a llenarse del ruido de los golpes de nuestras caderas, el chapoteo del mete y saca y los gemidos de ambos que a duras penas podían perderse en la boca del otro.

Mi primer orgasmo fue arrollador. Ni tan siquiera imaginé que podría llegar a tenerlo, pero él me había estado estimulando casi todo el tiempo en otras zonas erógenas de mi cuerpo cuando yo había estado absolutamente concentrada en aquella cabalgada. Él también llegó al orgasmo, apoyando su rostro entre mis senos y jadeando por el esfuerzo físico y la excitación previa.

Ese hombre tenía que amarme, lo sabía. Una parte de mí estaba tan segura y eufórica por aquella muestra de amor que ni tan siquiera dejó a la otra parte de mi cerebro pensar y ser racional.

Entonces, despacio, salió de mí, dejó un casto beso en mis labios y fue a quitarse el preservativo.

— Ven a la habitación —dijo mientras yo intentaba recuperar el aliento.

Me puse su camisa, caminé con las piernas temblorosas hasta la habitación de enfrente, su dormitorio y me invitó a meterme en la cama. Una gran sonrisa apareció en mis labios y me acurruqué a su lado justo antes de sentir cómo él me ponía sobre su pecho. Dejó un beso en mi frente antes de susurrar:

— Ahora sí, señorita Mijáilova. Tiene que dormir si quiere acompañarme mañana.

Y con una boba sonrisa de oreja a oreja le robé un beso antes de intentar quedarme dormida.

— Buenas noches, William —fue lo único que pronuncié después que apagase las luces.


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