2018 / Jun / 22

Pude verle disfrutando de su filete. Su mirada estaba fija en mí. Me sentía completamente evaluada, pero sabía que había más margen para la sinceridad entre nosotros. No le escondía nada de mí, bueno, casi nada. Había temas que no consideraba que fuese necesario hablar porque jamás había sacado un tema semejante con nadie, al menos, hablando cara a cara.

Mordisqueé mi labio inferior buscando algún tipo de conversación diferente, aunque no deseaba resultar frívola. ¿Cómo podía conseguir pasar de un tema a otro? Si hubiese practicado más este tipo de situaciones tendría más recursos, o al menos, me saldrían de forma más automática, pero este hombre lograba estremecerme de pies a cabeza y tenerme tensa, pensando que quizá en cualquier momento diría algo que provocase que desapareciese, algo que no podía permitirme.

— ¿Por qué? —preguntó de repente.

— ¿Por qué qué? —respondí confusa.

— ¿Por qué busca la forma de escapar como si estuviese encerrada en alguna parte en contra de su voluntad?

Su pregunta me dejó sorprendida. ¿Daba esa impresión? ¿Seguía dando esa imagen que parecía querer demostrar algo, pero a la vez desaparecer antes de ser excesivamente presente o que alguien se acercase a mí hasta el punto de terminar herida? Bajé mi mirada a mi plato sintiéndome al borde de las lágrimas. Si no había avanzado en eso me preguntaba si era capaz de ayudar a mis propios pacientes. ¿Y si les estaba haciendo más mal que bien? ¿Era realmente buena para entregarles la ayuda que necesitaban?

Respiré intentando contener mi estupidez. ¡Claro que era válida para ello! Mi propia tutora Cecille me había incentivado a ser usuaria experta, a ser una agente de ayuda mutua porque tenía todas las cualidades para lograr tal hazaña y porque ayudar, el deseo de quitar dolor a todos los demás, era parte de mi propio ser, de mi adn. Estaba impreso en cada partícula de mi cuerpo durante tanto tiempo maltratado por mí misma.

— Tengo miedo a sufrir. Y sé que si no me expongo también lo haré y no lograré otras posibles maravillosas experiencias, pero el miedo es el miedo, irracional. Y, a menudo, es más fácil dejarse llevar por los miedos que enfrentarse a los demonios y darse cuenta que la vida no es un camino de rosas —musité mientras arrugaba ligeramente la nariz haciendo un análisis propio de mi forma de comportamiento conforme a los sentimientos que tenía.

Pensé en un ejemplo que había siempre en la mayor parte de las religiones. El camino del bien era siempre el más dificultoso, el que más sacrificios pedía, al menos, a priori. Sin embargo, el camino del mal parecía sencillo, llano o incluso, cuesta abajo, y que lograríamos nuestro objetivo más fácilmente. No obstante, todo lo fácil suele conllevar unas circunstancias peores en el futuro. Algo, que podíamos terminar pensando que al estar en un futuro será casi tan lejano que no tendremos que enfrentarnos realmente a ello.

Me escuchó atentamente. No dijo nada más, pero pude leer en su semblante que aquello le parecía una tontería, algo que me hirió profundamente. ¿Había hecho bien en intentar encontrar en aquel hombre alguien que pudiese comprenderme? Contuve mis ganas de cruzarle la cara pues consideraba que era desproporcionado cuando podían ser tan solo imaginaciones mías.

— Mañana es mi último día en la ciudad y me preguntaba si podría pasarlo con usted —comenté intentando cambiar de tema.

— ¿Mañana?

— Sí, así es. Me gustaría poder verle en su trabajo, si no le supone ninguna molestia —continué llevándome comida a la boca entre frase y frase. ¡Podría comerme en ese mismo instante un elefante!

— Comprendo —dijo terminándose el filete lo cual me dejó en las mismas—. Creo que debería irse a la cama, señorita Mijáilova.

Mi cara fue un poema. ¿Me estaba echando? ¿En serio? La ira fue apoderándose de cada partícula de mi ser mientras intentaba contenerla, algo que no había logrado nunca. Estaba convirtiéndome de nuevo en ese ser irracional que no siente nada más que ataques por todas partes y montaría un espectáculo que no tendría nada que ver con lo que fuere que hubiesen escuchado sus vecinos hasta ese momento.

Con mala cara, me bajé del taburete y fui hasta donde había dejado mis zapatos para ponérmelos. Quería tranquilizar a esa bestia, pero habló antes de que me permitiese ponerle el bozal.

— Lamento haberle molestado durante esta noche, señor Verdoux. No era mi intención. Sin embargo, la forma de echarme, no ha sido realmente apropiada. Si tanto quería que me fuese podría haberse inventado una excusa socialmente aceptable, que aunque me hubiese tocado las narices de la misma forma no hubiese sido un rechazo y un «ahí tienes la puerta, encanto» de manual que me acaba de hacer. Que pase buenas noches —concluí mi sermón antes de caminar como alma que lleva el diablo hasta la puerta.

En un abrir y cerrar de ojos sentí mi cuerpo darse la vuelta y mi espalda golpear la puerta mientras unos ojos hambrientos y una sonrisa pícara adornaban el rostro del profesor.

— Es un carácter difícil de domar —musitó con diversión—. Tan solo dije que tendría que acostarse porque había pedido acudir a mi clase si no recuerdo mal y es muy temprano la hora a la que doy mi cátedra —comentó acercándose más a mi rostro mientras mi corazón iba a mil por hora.

Vale, le había malinterpretado, pero su diversión estaba consiguiendo darle más alimento a mi mala uva. Mi ceño se había fruncido e intentaba escaparme, pero cuando iba a decir algo, su boca atrapó la mía en un beso apasionado e intenso. Me resistí al principio, molesta ante la idea de que me creyese tan fácil de calmar, pero poco a poco me fui dando cuenta que así era.

Mis dedos se agarraron a su cabello e intenté mantenerle pegado a mí, besándonos de esa forma. Mi interior ahora empezaba a sentir un ardor diferente, fruto del deseo y mientras nuestras lenguas se reconocían en ese beso demoledor, sus manos iban bajando por mi cuerpo hasta situarse a la altura de mis muslos donde, tras invitarme a elevarme, él lo hizo provocando que tuviese que envolver su cintura con mis piernas con una gran dificultad por el vestido que había escogido.

¿Sería ahora? ¿Sería al fin? Tendría mi primera vez, o eso parecía porque salvo que él parase, por muy nerviosa que yo estuviese, no pensaba parar.


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