2018 / Jun / 21

Nuestras cenas estuvieron sobre la isla de la cocina. Estaban en envases poco elegantes lo cual desentonaba con nuestras ropas y su hogar, pero al que yo estaba bastante acostumbrada. La comida rápida solía ser un recurso para todos aquellos que queríamos darnos un pequeño homenaje o no nos daban las horas para cocinar algo decente. Yo misma recordaba los momentos en los que habíamos ido a las cadenas de comida rápida. Había sido en situaciones especiales cuando toda la familia había estado en la misma ciudad y siempre por petición de mi abuela quien decidía a regañadientes con mis padres, pagar todo lo que hubiésemos comido.

Había otras ocasiones en las que no íbamos a restaurantes de comida rápida, también acudíamos a algún asiático o a un pequeño restaurante en el que siempre pedíamos pollos asados para comer juntos los domingos en que había algo que celebrar siempre que no fuese una festividad tipo Navidad o Fin de año.

Aún podía recordar la forma en que mi abuela siempre conseguía que el camarero le hiciese caso a ella diciéndole: «¿quién es la más vieja? Yo, ¿no? Pues hágame caso a mí».

Era hasta divertido verles discutir por quién pagaba la comida.

Caminé hasta la isla de la cocina y abrí una de aquellas complejas cajitas donde venía la comida china. Él había pedido otro filete con patatas fritas y me llegué a preguntar si no era lo único que comía durante su vida. No le había visto tomar gran cosa más aunque lo cierto es que ambos nos conocíamos de muy poco tiempo.

Me senté en el taburete y agradecí en gran manera que William hubiese pedido un tenedor. Mi forma de comer con palillos era igual que un milagro si algún grano de arroz llegaba a mi boca. Mi pulso, en aquellas prácticas que requerían precisión, era casi igual que ponerme a tocar panderetas. A veces temía por tener una de las enfermedades de mi padre, pero no había ningún motivo que pudiese indicarlo.

— William… —comencé tras haber tragado la primera pinchada del arroz tres delicias que estaba tan delicioso como yo lo recordaba—, creo que debe saber algo sobre mí. No sé si hago esto por temor o quizá porque creo que sea mejor así para evitar en cualquier posible caso que todo vaya a más si le supone algún problema esta parte de mí.

Mordí mi labio inferior mientras sentía cómo sus ojos me miraban fijamente. No podía devolverle la mirada, me costaba un mundo y por primera vez en mi vida, no era capaz de llevarme más comida a la boca si no decía lo que tenía que decir.

En mi cabeza, la voz de mi madre y mi propia voz me recordaban que nadie tenía porqué saber mi pasado, que nadie tenía porqué enterarse de mi problema psicológico aún vigente, que nadie, absolutamente nadie, tenía derecho a juzgarme por ello, pero quizá mi propio ser masoquista buscaba el pequeño traspiés que él hiciese para lanzarme a los leones ¿y qué mejor forma que hacerlo que presentándome como antes lo hacía? Problema en mano como carta de bienvenida. Una forma segura de alejar a todo aquel que pudiese lastimarme en algún momento.

— Recuerda lo que le dije antes sobre mi profesión, ¿verdad? —pregunté esperando no tener que ser más directa aunque pronto entraría en algo más complicado de expresar.

— Así es… —contestó con prudencia.

Aspiré profundamente y deslicé mi comida un poco hacia delante antes de entrelazar mis dedos para comenzar ese discurso que la parte más racional de mí no podía parar.

— Tengo… tengo un trastorno de personalidad, William. Exactamente, «trastorno de personalidad Cluster C», o al menos, es donde tanto tiempo me catalogaron, aunque creo que difiere en algunos aspectos. No soy una persona accesible de muchas formas. Soy alguien que a menudo aleja a quien necesita —jugué con mis dedos antes de continuar—. Sufrí acoso escolar. No el típico de golpes. Nunca llegaron a herirme físicamente, pero existen muchas formas de herir a una persona. Mi vida familiar tampoco era mi refugio puesto que tenía otro enemigo en casa, mi hermano, alguien a quien yo le había puesto tal calificativo sin que él se lo ganase de ninguna forma, al menos, al principio. Me separé de la humanidad en general cayendo en una depresión durante los dieciséis años. Le ahorraré saber más detalles, pero… creo que debería saber que estuve ingresada en psiquiatría en un total de tres ocasiones. Conozco lo que es el dolor en la propia piel y sé que no soy para nada una mujer sencilla para mantener una relación de la índole que sea. Soy orgullosa, cabezota y estoy como una cabra, lo reconozco, pero… en fin, creo que debía ser sincera con usted —comenté antes de sentir como todo mi estómago rugía y no por el hambre sino por la ansiedad por saber qué diantres pensaría él en ese momento.

Los segundos en silencio fueron eternos. Agarré la comida dispuesta a llevarme algo a la boca porque ahora la ansiedad sí que estaba pudiendo conmigo. No controlaba nada comiendo, pero, al menos, recibía una pequeña satisfacción.

— Evasión, evitación… Temor a ser dañado de nuevo, ¿no? —preguntó.

Le miré sin comprender. ¿Por qué respondía precisamente eso?

— Así es… —admití en voz alta.

Se llevó una patata a la boca mientras me miraba tranquilamente. Ambos parecíamos escudriñar al otro con la mirada y no lo entendía. ¿Qué buscaba él encontrar en mi rostro que no pudiese dárselo ya masticado la explicación que le había dado antes?

— ¿Qué busca diciéndome eso, señorita Mijáilova? ¿Que dejemos de vernos?

La sorpresa se hizo presente en todo mi rostro. Su análisis había sido brillante. Había llegado a la deducción correcta. ¡Eso quería mi mente! Era una forma de recordarme a mí misma que jamás podría estar con nadie porque nadie me aceptaría por ser lo que soy, calificándome a mí misma como si no hubiese nada más que ese trastorno.

— Solo quería que estuviese en su conocimiento —musité.

Sus ojos volvieron a fijarse en los míos antes de suspirar un instante.

— Lamento lo ocurrido en su pasado, señorita Mijáilova, pero no puedo darle mi rechazo si era eso lo que buscaba —concluyó antes de indicarme con un gesto de su mano que comiese.

No entendía porqué. Debería sentirme ofendida, pero por alguna razón creía haberme quitado un peso de encima. Aún así, mi demonio interno ya estaba haciendo cábalas para buscar otra forma de recibir ese rechazo.


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