2018 / Jun / 21

2002

Me sentía completamente avergonzada. Era igual que si se hubiesen burlado de mí en todos los sentidos. ¿Quién podía haberse reído de mí de tal forma? Cerré mis ojos con fuerza intentando serenarme. Las ganas de ir arrancando cabezas aumentaban conforme pensaba más en lo que había sucedido. Recordé entonces la forma en la que pocos años antes, cuando aún estaba estudiando los estudios secundarios me quedaba mirando al profesor o profesora después de que mis compañeros se hubiesen reído o me hubiesen dedicado algún comentario mordaz. A veces, ni tan siquiera era tan directo, sino que era tan simple como abrirme la mochila y dejarme sin mis tareas cuando yo sabía que las había hecho.

Mi forma de controlar mi ansiedad y mis ganas de mandar a la mierda a todos los presentes para no llorar, era imaginarme a mí misma desmembrando a mis compañeros y comportándome cual Vlad El empalador. ¿Por qué? Era una forma de avisar a todos de lo que les podría pasar y cómo debían respetarme. Incluso, en mi mente, me respetaban tanto que ni tan siquiera le decían a la policía quién había sido el culpable dado que terminaban viendo los cadáveres más personas que solamente mis compañeros.

Tenía miedo de esa parte asesina residente en mi interior. Recordaba que cuando era pequeña solía ganar las discusiones con mi hermano básicamente porque le plantaba un manotazo doloroso en la espalda y se la dejaba completamente marcada. No sentía remordimientos, al contrario, él se lo había ganado. Y si analizaba esa parte de mi ser tal y como me pedían que hiciese en la introspección para encontrar los porqués de mi comportamiento, temía poder encontrar a una asesina en serie, despiadada, sin miramientos que estaba tan solo a un paso de encontrar su vocación arrancando corazones por venganza pura y dura.

Puede que mi mente fuese demasiado fantasiosa, pero quizá no. ¿No era el típico caso que veía en las series que tanto le gustaban a mi madre? CSI, en todas sus alternativas, estaba lleno de ese tipo de locos y algunos de ellos, en concreto, eran seres con una maldad que se deslizaba por sus venas junto con la sangre. Era parte de ellos mismos y yo no quería ser como esas personas. ¿Debía contener mis emociones? ¿Cómo hacerlo si finalmente todo lo que no expresaba de alguna forma terminaba quemándome hasta que se volvía una pelota demasiado grande y explotaba sin remedio a diestro y siniestro llevándome a inocentes a mi paso en forma de proyectil?

Tenía en mi interior una fiera que estaba alimentándose de rabia, de resentimiento y no era capaz de ver quién la alimentaba tanto y tan rápido para que las cadenas con las que la tenía sujeta fuesen inservibles. No saltaba a la yugular, es cierto, pero me cegaba de una forma que lo único que podía era ver al otro como mi mayor enemigo. Era un combate a vida o muerte. Su orgullo o el mío. No había más salida que ganar la batalla porque demasiadas otras había dejado que me pisoteasen y me obligasen a besar el barro o limpiar sus botas con mi lengua por no saber qué defensa utilizar. Hasta ese momento me había presentado a las batallas a pecho descubierto, blandiendo una espada de madera y siendo atestada con espadas envenenadas hasta que claudicaba aceptando mi derrota. Pero ahora no. Todas aquellas veces perdidas se concentraban de alguna manera en mi odio desmedido y blandía mi espada, sacaba los cañones y las caballerías estaban a una sola orden para acabar con el enemigo. No importaba si la lucha era desigual, si el número se posicionaba en mi contra. Era igual que aquellos valientes espartanos, los 300 luchando contra un sin fín de ejércitos que no parecían acabarse nunca. A menudo, mis fuerzas flaqueaban, pero cuando eso ocurría aceptaba que era el instante de asestar el golpe final y mi mente, rápida y veloz acudía en mi rescate para lanzar el más cruel insulto que pudiese escapar de mis labios.

Ese carácter lo había heredado de la familia de mi padre, según decían todos. Una leona dispuesta a rugir en el instante que cualquier león osease contradecirla. No obstante, había visto cómo mis tíos perdían el control a base de insultos, había escuchado las situaciones en las que mi padre había perdido el control y recordaba perfectamente un momento en que, por pura frustración, había agarrado una silla y la había zarandeado porque no podía hacerlo ni con mi madre ni con ninguno de nosotros.

Aún así, la familia de mi madre tampoco se libraba de tal posible herencia. Una de mis tías tenía más genio que todas juntas, aunque la crueldad en las discusiones existía en ambas familias desde que se había escuchado un discurso similar a: «¿para qué discute uno? Pues para hacer daño sino no tiene sentido». Algo que no dejaba de ser una batalla campal, algo que había mamado desde pequeña y que venía incluido en mi ADN. ¿Sería imposible entonces domar a la bestia que se había despertado sumida en la ira más absoluta por el rencor que tenía acumulado contra el mundo?

Molesta, furiosa, cansada de no encontrar soluciones sencillas decidí comenzar a escribir una historia diferente por internet, algo más propio, más personal. Pero siempre que pusiese el rostro de una chica que agradase a todo el mundo era más que suficiente, ¿no? Sí. Era la mejor forma de vender algo oscuro y triste, con un envoltorio bonito y así, utilicé a la actriz de moda como físico del personaje principal por mucho que yo la detestase: Marillene Boutrix sería la candidata perfecta para que el mundo se abriese a mi rabia contenida.


Leave a comment