2018 / Jun / 21

La presentación había terminado. Estábamos en su casa, un apartamento demasiado caro para cualquier bolsillo normal, pero el suyo no lo era, evidentemente. Miré a William que permanecía al teléfono para pedir nuestra comida. Me quité los zapatos de tacón aprovechando su descuido y agradeciendo muchísimo el contacto del suelo con mis pies. No había sido una tortura china, pero reconocía que si seguía teniendo que usar zapatos tan altos volvería a los planitos de toda la vida que me hacían bastante menos daño.

La voz de William se deslizaba por todo el lugar. Era un sitio enorme sin apenas separaciones entre las distintas habitaciones. Lo primero que había al llegar era el salón y justo escondida detrás de una pared estaba la cocina que no tenía separación con el salón salvo por la isla que hacía las veces de mesa. Podía imaginarme a William allí desayunando todas las mañanas mientras esperaba a que el tiempo pasase porque estaba más que convencida que no llegaba tarde a ninguna de las clases de su cátedra.

Literatura del siglo del terror. Una asignatura sorprendemente negativa si nos paramos a pensar que el siglo del terror era el mismo que estábamos viviendo. No podía negarse que así era. ¿Había alguien que pudiese salir tranquilo a la calle sin temer que otro pudiese clavarle un puñal, metafóricamente hablando? Bueno, y sin metáfora de por medio. El peligro estaba ahí y éramos nosotros mismos.

Deslicé mis dedos por el enorme sofá de color gris oscuro. Era suave, confortable y seguro que era perfecto para continuar describiendo esa parte de la casa que hasta ahora había podido ver. Por eso, con los zapatos en mi mano fui hasta allí y me senté en el sofá lamentando ser tan maleducada por no haberle pedido permiso, pero en cuanto habíamos entrado él me había dicho que me pusiese cómoda así que eso era lo que estaba intentando.

Sentada en el sillón observé todo lo demás. En lugar de tener una televisión, tenía una amplia chimenea hacia la que estaba orientado el sofá y los monoplazas que tenía formando una C o una U dependiendo de la perspectiva de cada uno. En el centro había una mesita de té de cristal y sobre él un cenicero que había sido usado en numerosas ocasiones, pero que mantenía su pulcritud. Solamente se podía saber que no era nuevo por los desgastes y ligeras quemazones producidas en los lugares donde había apagado los cigarrillos que se había fumado.

Apoyé mi espalda en el respaldo y miré toda la decoración. No había ni una sola fotografía. Había cientos de libros, pero en general aquel piso era básicamente de un soltero empedernido. No había pisado por el lugar ni un solo niño ni una mujer que hubiese dejado una huella que hubiese durado más de veinticuatro horas. Todo era un vivo ejemplo de la oscuridad que se escondía en el interior de William y que ansiaba descubrir.

¿Resultaría sorprendente si digo que mi héroe favorito es Batman? ¿Y si comento que siempre me había vuelto loca intentando entender el raciocinio de su villano más conocido, el Joker? ¿Y si la oscuridad de Gotham me había cautivado hasta el punto de desear ser Selina Kyle? Esa sinuosa, sensual y sorprendente gata que traía de cabeza a Bruce Wayne. Puede que, a menudo, soñemos ser lo que no podremos ser nunca, lo que no somos o ese espíritu que siempre permanecerá encerrado en nuestro interior porque no sabemos cómo dejarlo ir. Sea como fuere, yo era una puritana en comparación con Catwoman y no tenía nada que ver mi mundo con el suyo. Ella era mil veces más fuerte que yo.

Perdida en todos mis pensamientos negativos había obviado que William había dejado de hablar por teléfono.

— Nuestra cena llegará en unos veinte minutos —anunció antes de quitarse la corbata y la chaqueta del traje.

— Perfecto. Mientras… podemos hablar —propuse subiendo mis pies al asiento del sofá.

— ¿De qué quiere hablar, señorita Mijáilova? —comentó terminando por quitarse la corbata de alrededor del cuello de su camisa blanca y abrir un par de botones de la misma.

— De usted…

Noté cómo rápidamente se tensaba hasta el punto que casi podía distinguirle los pectorales por debajo de aquella camisa ajustada a su cuerpo cincelado por algún escultor al estilo de Miguel Ángel, seguro. Aquello hizo que me acordase de Gustav. Una pequeña sonrisa atravesó mis labios y pude ver rápidamente la gran diferencia entre ambos y no solamente en el aspecto físico.

— Me gustaría saber por… bueno, diablos. ¿Cómo es que su madre y su padre estaban casados sabiendo Catherine que su marido era homosexual?

Al fin lo había soltado. La gran pregunta del millón que me tenía desconcertada y a diferencia de lo que pensaba, eso pareció relajar a William quien se desabotonó los puños de la camisa quitándose los gemelos y después se remangó una manga mostrando un antebrazo fibroso y sin una gota de grasa acumulada, pero con algunas señales del pasado en tonos más claros que los de su piel.

— Fácil, señorita Mijáilova —sonrió dirigiéndome una mirada para luego volver a su parsimonia de doblar y volver a doblar el puño de su manga hacia arriba—. Mis padres, en realidad no se casaron nunca. Son hermanos. Catherine y Peter tienen el mismo apellido por esa razón consiguieron engañar a todos. Además, a Catherine no le importó, de cara a la galería, fingir que era esposa de su hermano y así evitarle ser atacado por la sociedad por su homosexualidad. Ambos han tenido exitosas carreras manteniendo su vida privada lejos de la prensa. Se lo han apañado bien mientras debían. Ahora la sociedad es bastante más abierta y no hay problema en que Peter vaya con Roger cogido de la mano allá donde quiera.

— Vaya… es sorprendente. ¿Nadie se percató de que eran hermanos? —pregunté mirándole con sorpresa y también curiosidad.

— Se sorprendería el tipo de cosas que se han hecho en las familias para ocultar secretos…

— Había oído que los homosexuales se casaban por obligación para esconder su verdadera sexualidad, pero jamás había pensado que pudiese darse algo así entre hermanos. ¿Y si se descubría todo? ¿No era peor el hecho de ser hermanos a los ojos de todos casados y no que su hermano fuese homosexual? —pregunté frunciendo mi ceño.

— Por mucho que se sorprenda, señorita Mijáilova. Hay veces que no podemos comprender hasta qué punto se podía desprestigiar a una persona si no hemos vivido determinadas épocas —murmuró antes de cambiar su atención hacia la otra manga que aún no había remangado hasta el codo—. Sin embargo, parece escandalizada.

— Bueno, reconozco que la sola idea de imaginarme a mí, con mi hermano o que la gente pensase que estamos juntos… me da bastante repelús —me estremecí por completo y luego fui consciente de que aquel antebrazo a mis ojos tenía unos tatuajes.

Me levanté del sofá y caminé hacia él antes de darme cuenta que estaba deslizando mis dedos por los tatuajes de su antebrazo. Alcé mi mirada a sus ojos y como si se debatiese si debía decir algo o no, finalmente, en el instante que llamaron a la puerta se limitó a comentar el tema de los tatuajes.

— Recuerdos de juventud.

Se separó de mí y fue visiblemente tenso hasta la puerta para pagar al repartidor. ¿Qué había hecho en esta ocasión?

 


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