2018 / Jun / 20

El glamour y los lujos no era algo a lo que cualquiera se acostumbrase fácilmente. Seguramente muchos se deslumbrarían por todo lo que se puede conseguir con chasquear los dedos cuando tienes cierto poder adquisitivo, pero para mí, todo aquello era abrumante. Todas las sonrisas iban dirigidas a ti, pero ese tipo de sonrisas que uno sabe que son falsas, que son por cumplir, que lo hacen porque se supone que eres alguien, que le importas a alguien más que a tu padre y a tu madre.

Me pregunté a mí misma si sería bueno para mí que me crease una versión ficticia de mí para ese momento. Todos eran escritores o eruditos en sus materias de trabajo o estudio. Yo, a duras penas si había podido sacarme la carrera hacía dos años. Ser especial, no era un calificativo que pudiese describirme. Era una persona común y corriente, tirando a bastante mediocre en algunos aspectos y con tantos defectos que podrían resultar angustiosos si eran observados de cerca.

William parecía estar en su salsa y me sorprendí de que él fuese así con otros y conmigo necesitase casi que le inyectase un remedio a lo «veritaserum» en vena para poder saber qué diablos pasaba por su cabeza o, en su defecto, si tenía un par de hermanos. Aquello podía molestarme, pero puede que fuese alguien parecido a mí, alguien que tuviese que esconder secretos que nadie conocía y temiese que en cualquier momento esos secretos, en la persona adecuada, le hiciesen tanto daño que le desangrase casi por completo. Quizá fuese por esa idea mía, pero algo en mi interior había comenzado a enternecerse ante la posibilidad de que él creyese que yo podía hacerle daño cuando estaba segura que si lo llevábamos a la práctica, él ya tenía todo el poder de destruirme con tan solo dos palabras.

Por ese motivo, por el sufrimiento ajeno, me aferré a él intentando darle algo de consuelo aunque no lo necesitase a simple vista. De alguna forma quería demostrarle que estaba ahí, para él, pero no veía reciprocidad en nada de lo que hacía. ¿Podía estar segura de no ser esa muñeca entre sus dedos con la que se estaba divirtiendo en ese momento? Quizá había jugado tantas veces con otras mujeres como lo hacía conmigo. Ni un mísero piropo había recibido hasta el día de hoy. ¿Pero no era también cierto que él no era mi prototipo físicamente en el momento que le conocí? Mi mente estaba hecha un lío. Seguramente estaba cometiendo todos los fallos que se cometen en la primera relación, donde todas las verdaderas inseguridad salen a relucir y ese momento no indicaba nada más que un punto de inflexión en mí. Una parte de mi mente había firmado un ultimátum consigo misma. Si recibía algún rechazo me escaparía de su vida.

Cerré mis ojos con fuerza unos instantes antes de escuchar la grave voz de William sacarme de mis pensamientos. Le miré con una ligera sonrisa en mis labios y supe que me estaba estudiando, como si quisiese leerme la mente, por lo que me obligué a calmar mis completas locuras e inseguridades, tenerlas bajo mi mandato, dado que no dejaría que me hiciesen sufrir. Antes de ser golpeada, esta gatita salvaje había aprendido a morder.

— Catherine nos está esperando —comentó antes de que asintiese.

Fui con él hasta el lugar donde la catedrática nos sonreía a ambos con amabilidad. Pude fijarme bien en ella. Era una mujer algo entrada en carnes, pero no demasiado. Su expresión generalmente era severa, pero se suavizaba rápidamente cuando la sonrisa se deslizaba por sus labios finos, que en esta ocasión había pintado de un tono nude que no era capaz de descubrir. ¿Qué color era ese?

— Kyra… ¡me alegra que estés aquí! —comentó la mujer.

Me sorprendí porque ella había decidido hablarme por mi nombre de pila. Recibí gustosa los dos besos que me daba y los que acto seguido me entregaba el padre de William. ¿Cómo diantres había dicho ayer que se llamaba? Los nombres no eran lo mío, desde luego. Las caras sí. Aunque supongo que estaba tan molesta por lo que pensaba que había dicho el profesor que ni tan siquiera había prestado atención para quedarme con un nombre que tendría que olvidar en cuanto le diese una bofetada a su hijo por meterse donde no le llaman.

Me había confundido de cabo a rabo y ahora no quería meter la pata de ninguna forma.

— A mí también me alegra volver a verles —respondí con una sonrisa amable y sincera en mis labios. ¿Cómo no sentir un repentino impulso de gusto y de agradecimiento con el mundo cuando te recibían de aquella manera?

Mi cabeza, mientras tanto, estaba analizando el comportamiento tan diferente de William con respecto a su familia. Ellos eran cercanos, accesibles, se encariñaban fácilmente. Él, en cambio, permanecía tratando a todo el mundo de usted, poniendo una barrera entre él y el mundo. ¿Tanto desconfiaba? Era evidente que el trato desfavorable que había recibido durante su infancia había provocado que él terminase así, alejado del mundo, negándose a sentir. ¿Y no había sido yo misma así también? Tras el acoso escolar, tras el rechazo de toda persona que conocía, ¿cómo no podías encolerizarte y obligarte a que si el mundo no te aceptaba te importase una mierda? ¿Estaba ante un reflejo de mis propias respuesta del pasado? ¿Tendría también ese hambre por ser amado, querido y necesitado por alguien en quien pudiese confiar con los ojos cerrados?

A veces las personas llenas de sombras se atraen como aquellos con los mismos ideales. Es como una fuerza cósmica, algo sobrenatural, que nos hace saber que el otro sufre y nos necesita como nosotros a él. 


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